7 de febrero de 2008

James Agee












Estados Unidos, 1909-1965. Fue escritor, novelista y periodísta. Su novela autobiográfica A death in the Family (Una muerte en la familia) de 1957, ganó el premio Pulitzer. La novela fue llevada al teatro con éxito (1960) y se rodó una película sobre ella (1963); las dos aparecieron con el título de All the Way Home. Agee también escribió varios guiones de cine, entre ellos La reina de África, dirigida por John Huston, y La noche del cazador, dirigida por Charles Laughton. Sus críticas cinematográficas se publicaron en Agee on Film (2 vol., 1958-1960). Letters of James Agee to Father Flye (1962) sugieren lo complejo de su personalidad.





A Walker Evans



Contra el tiempo y los daños del cerebro
Afila y calibra. Aún no del todo
Pero sí en alguna parte arbitrada
Ordena la fachada del lánguido verano

Espías moviéndose con delicadeza entre el enemigo
Los hijos menores, los necios
Apartan un poco los dialectos y las pieles manchadas de locura
Fingida,
Señalan ambiguamente y engañan al centinela eludido.

Edgar, llorando de piedad, a la repisa de aquel risco pálido,
Lleva a su padre ciego y describe un poco,
Mírale, despierto a medias, caído entre pequeñas flores silvestres
Pero, desapercibido, retírate.

Aún no es aquella hora desnuda cuando, armados
Desechado el disfraz, desafiamos al enemigo cara a cara.
Todavía , compañero, corren las bestias y destruyen el cielo
Todavía cautivo esta el rey viejo y bravío.


...





Una muerte en la familia (fragmento)




" No quiero referirme ahora a los juegos con que se divertían los niños por la tarde, sino a un ambiente contemporáneo que tenía poco que ver con ellos: el de los padres de familia, cada uno en su jardín, con la camisa que se les decoloraba a la luz artificial y el rostro gris, regando las plantas. Las mangueras estaban fijadas a grifos que salían de los cimientos de ladrillo de las casas. Las lanzas de las mangueras eran de muy diversas formas; pero, generalmente, lanzaban un bonito chorro de espuma. La lanza yacía mojada en la mano que la sostenía, y había gotas de agua en el antebrazo derecho y el agua trazaba un cono largo y estrecho, curvado, produciendo un grato sonido. Al principio, el ruido de la lanza era violento; luego irregular, de ajuste, y después íbase suavizando hasta convertirse en un tono constante y perfectamente acordado con el volumen y el estilo del chorro, como un violín. ¡Cuántos tonos de sonido salen de una manguera! ¡Cuántas diferencias corales en aquellas mangueras que estaban al alcance del oído! Fuera de cada manguera, el silencio casi absoluto de la suelta, y el suave y corto arco de las gotas grandes desprendidas, silente como el aliento contenido, y el único ruido el grato son en las hojas y el césped al caer sobre ellos cada una de aquellas grandes gotas. Eso y el fuerte silbo con el impetuoso chorro; eso, y aquella impetuosidad haciéndose, no menor, sino más apacible y dulce al ser movida la lanza, hasta aquel murmullo extremadamente tierno cuando el agua no era más que una campana lejana que daba un toque para anunciar que podía romperse el silencio. "