1 de septiembre de 2011

El yugo del buey

    


                             








    Dolores Labarcena     
                           
Una res pastando no dice mucho. Pero si dijera una colgada en el gancho de un carnicero, ya sería otra cosa. En la pintura (como en las letras) un animal mutilado puede dar horror, pero también a otros les daría apetito. Y esto lo supo Francis Bacon, que elige desmembrar toda imagen fotográfica y armar verdaderos adefesios, aberraciones inimaginables que asustarían hasta al mismísimo Belcebú. Su obsesión, la bestialidad del espíritu.

En piezas como Tres estudios para una crucifixión, Figura con carne, o Pintura, 1946; Bacon, quien dijo “somos carcasas en potencia…”, da un suculento homenaje a la carne, no al cuerpo, a la carne tal cual.

Al contrario de El caramelo, cuento muy habanero donde un niño-vieja, o una vieja-niño, o un cerdo con cara de párvulo es testigo de una muerte insulsa en un transporte público; La carne de René, novela del propio Virgilio Piñera, no es ningún caramelo sino un manjar con espinas que no resulta fácil de digerir. La familiaridad de esta escritura con la violencia es arrolladora. No cabe duda que como sibarita y burlón, Piñera gozó con cada suplicio que se auto-infligían sus personajes. Pero, aunque parece obcecado en jugar con la carne, (en cualquiera de los sentidos de la palabra) es la propia carne la que juega con él y lo lanza de canto contra una pared. ¿Debe acaso guardar el secreto o simplemente cargarlo como una tortura china?

Su homosexualidad, al igual que su alma de marquesa empolvada y su condición misma de poeta (piedra en el zapato de muchos) lo parapetan en la negación, hacen de él esa “gorgona” que se mantiene en guardia contra la piara decadente que lo juzga, y en otros casos, lo persigue a su antojo.

En La Colonia penitenciaria, Kafka construyó una máquina que era el orgullo del oficial (uno de los personajes del cuento). Esta máquina, aparato guarnecido de cadenitas, correas, embudos y de cuanto su inventor le pudo adosar, además del condenado, es nuestro instinto animal pero burocratizado, es decir, atrapado entre la ley y el Estado. Y esto alerta de un hecho: la producción en serie, la carne, el plato del día. 

Cuánto habrá sufrido (gozado) con ese aguijón en la espalda.

El gran guiño de Kafka en La colonia penitenciaria, (ya que huía del páter como quien huye de la peste) fue la fuga. ¿Sería suficiente un bote? Sí, pero hacia dónde…

El yugo lo pone únicamente el carretero, y el buey, pasivo acepta.



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