28 de abril de 2013

Stephane Mallarmé
















El cigarro



Toda el alma resumida
cuando lenta la consumo
entre cada rueda de humo
en otra rueda abolida.

El cigarro dice luego

por poco que arda a conciencia:
la ceniza es decadencia
del claro beso de fuego. 

Todo el coro de leyendas

hasta tu labio aletea. 
Si has de empezar suelta en prendas
lo vil por real que sea. 
Lo muy preciso tritura
tu vaga literatura. 




Traducción de Alfonso Reyes




23 de abril de 2013

Antonio Armenteros



















Toda aquella noche en que nos agotamos discutiendo sobre la posibilidad

de la existencia de la mujer-pájaro. Hibernia –dijiste— desde la prisión,

el sueño reiterativo del olor de ciertos hombres: “Déjame recorrer axilas,

encontrar ese sonido inflamable en la pelambre, déjame”.

De noche la mano sin querer abandonar el sitio.

Hablamos de la Hidra, de Hibernia hasta el amanecer. La ciudad en su

ineptitud predecible nos recordaba a cierta isla de Lípari. O sea, aprendimos

a ver en otros archipiélagos la posible existencia de la mujer-pájaro. Hibernia

--dijiste--  desgajada de un remoto sueño correctivo: “Déjame recorrer axilas,

hallar ese sonido desacorde entre el pelaje, déjame”.

Toda la noche la mano sin querer desobedecía algunas leyes.

Déjame –dijiste--  uniendo sin saber las islas.






 LEYENDA


A la cuarta noche –mientras esperábamos el regreso—

alguien decidió de mal humor que ya no era necesario.

Tratando de no hacer ruido doy vueltas y vueltas

                                                                       sobre mí mismo,

sin importarme el dolor o el deseo que habían roto.


Ahora intento recordar esos extraños éxtasis,

lo insólito ofrecido en su incompleto cuerpo.

En algún espacio del laberinto indago por el fracaso de aquella noche.

Alguien decidió que no era vital aguardar más. Alguien…

En algún sitio del laberinto de mi cerebro

                                                 --estoy convencido—

a la cuarta noche, se acuna en los recuerdos:

“Puede que ella, a su modo no ortodoxo,

también me vea como un hombre normal”.







TOUR DE FORCE EN ATOCHA


La escalera se abre a innumeras posibilidades,

por eso: somos otros ante cada espejo de la mansión,

flanqueada / blanqueada por esos mármoles,

por estas puertas, entre esas fuentes y los muros breves…


Las escaleras blancas nos miran sin Consuelo,

se empinan para situarnos en otra cosmología.






21 de abril de 2013

Dolores Labarcena















Abre que viene el cucuyé…


Decorada, pintada, con moño postizo o no, pero quincallera, la diva mal hablada, la travestida, la reina del carnaval… ¿Cuántas veces no hemos visto estos personajes, esta escritura del maquillaje, el desfile y la serpentina?

En La Habana para un Infante difunto hay de todo. El autor se pasea por esa ciudad nocturna de clubes y cabaret donde el filin y otros géneros musicales van convoyados con la seducción y el erotismo. Sus peripecias y picardía para cazar a esa hembra que se pavonea en tacones con medias de seda, lo mismo por 23 que por El Capitolio, son múltiples. A veces con suerte engrampaba, (según las crónicas) otras, oh macho infeliz,  terminaba entre amigos y copas en bares de mala muerte coreando a la cantante de turno (que de talento mucho pero de belleza poca). “En el tronco de un árbol una niña…”

No menos hace Sarduy en Cobra. La diva es un “él” con doble incluido que busca desenfrenadamente convertirse en “ella”, y para esto, qué mejor lugar que el teatro. Con las luces y el telón de fondo las lentejuelas adquieren otra dimensión. Pero el público exige y no bastan amuletos y gárgaras para afinar la voz. Hay que ser barroco. Y el atuendo, las plumas y falsas pestañas no complementan lo que entre bambalinas se queda cojo. ¡Más colorete, por favor! Primero muerta que simple y desprestigiada (parece  decir el personaje). La procesión, mejor llevarla por dentro.

En El color del verano, Arenas ridiculiza el desfile institucional por medio de la fanfarrea carnavalesca con un “abre que viene el cucuyé...” Entre tambores y maracas, carrozas, orquestas y cerveza a granel, discurre esa Habana travestida y austera con sus solares y gente de mundo, artistas, pintores, poetas, locas, faranduleras…etc. Y aunque la realidad muchas veces supera a la ficción, sus personajes son la mezcla de una trágica Cecilia Valdés con una arrolladora y despampanante Celeste Mendoza. Cantando se quitan las penas, y actuando también. 
       
Por medio de la exageración y el choteo, Cabrera Infante, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, como partícipes, y según el palco que les ha correspondido, captan esos planos donde confluyen la lengua (en su sentido más desbordado) y el lenguaje coloquial. No hay historia sino escenario, tarima para reinventarla y cantarle un bolero. Otro bolero. No precisamente el de Ravel.



Severo Sarduy














La señorita SS


  Severo Sarduy, según sus propias declaraciones -nunca se encontró su acta de nacimiento, a pesar de la persistente investigación a que se entregaron sus estudiosos en las sacristías de su ciudad natal- nació en Camagüey, Cuba, el 25 de febrero de 1937. Su nombre de bautismo, parece ser, fue Eleonora, aunque para los suyos, siempre fue Nora, y luego, para Gustavo Guerrero, Juana Pérez. Para ella misma, fue sucesivamente María Antonieta Pons, Blanquita Amaro, Rosa Carmina, Tongolele o Ninón Sevilla, según fueron cambiando, con el tiempo, sus preferencias cinematográficas o rumberas.
 De su infancia se sabe muy poco, fuera de lo que cuenta en su autobiografía: una penosa letanía de anécdotas banales y de terribles injusticias en un contexto de pobreza y de discriminación racial característica de las pequeñas ciudades de la provincia insular. En este testimonio, sin duda apócrifo, se presenta como una Justina moderna, cuya virtud ultrajada no podía sino convertirlo en un ser desamparado, frustrado para siempre y por definición.
 A decir verdad, en su alegato contra la sociedad de consumo, hay detalles que sólo se repitieron unos años más tarde, en ese documento, orgullo de nuestras letras y modelo de sintaxis que es El derecho de Nacer: un padre que abandona el hogar, una madre embarazada y soltera que pierde, por ello, su puesto de sirvienta; malos tratos, tareas más que humildes, violaciones, y finalmente, la casa de corrección, esa perífrasis con que se designaba la cárcel de menores o el atenuado manicomio que padeció. En unas palabras, todos “los ingredientes de la tragedia humana”, para decirlo con una frase típica de Jacques Lacan...
 En pago por los mandados y limpiezas que hacía para la patrona de una equitable casa de citas del vecindario, frecuentada por el obispo y la policía local, la casa de Raquel Vega -lástima que en tanto orden quedaran colillas por el suelo y una luz que nadie apaga; se ve cómo ganaban de fácil el dinero...-, la madame la autorizaba a que pasara algunos discos en el fonógrafo que decoraba el salón. Allí conoció a sus grandes ídolos: Daniel Santos, Lucho Gatica, y sobre todo Mirta Silva, la Gorda de Oro, de la que admiraba sobre el repertorio y las letras tan bien escritas por los mayores poetas, el “inmenso volumen sonoro y el feeling particular”.
 Fuera de todas las especulaciones a que puede dar lugar una biografía con orígenes tan obscuros, hay algo seguro: si Severo Sarduy llegó a ser cantante fue por casualidad, o porque, para citar a Claude Lévi-Strauss, “todo está escrito en el destino y el ser humano no puede más que leer”, en el sentido, claro está, que da a esta palabra el célebre grafólogo francés.
 Todo sucedió en La Habana, cuando fue a encontrar a su madre, que entonces residía en esa megalópolis cubana. Acababa de abandonar el presidio de la Isla de Pinos, donde había pasado cuatro meses por posesión ilícita de mariguana y un agravante de prostitución.
 Tenían que pagar el cuarto -aunque nimio, escrupuloso- que arrendaban en un prestigioso solar de Guanabacoa. Una noche, pasando por Marte y Belona, dió con un cartelito discreto que, con impecable ortografía reclamaba bailarinas y meseras para el encumbrado local.
 Aquel familiar speak easy era particularmente célebre por los pianistas que lo amenizaban tarde en la noche y hasta el crepúsculo del alba. El más popular de ellos era Chapotín, que encantaba a los danzantes con un estilo estridente y que, con su sombero de gala, el “bombín”, su pajarita negra a toda hora y su tabaco en la boca, conversaba con los clientes sin dejar de tocar esos arpegios que, para fortuna de musicólogos y rumberos, La Voix de son Maître tuvo el tino de captar.
 Antes de terminar el primer ensayo, el propietario se levantó y con un gesto, aunque drástico, versallesco le dijo al joven candidato que era inútil que siguieran perdiendo tiempo ya que no tenía ni las menores dotes para el baile y no daba ni siquiera un paso que no estuviera al revés.
 El pianista se apiadó. Le preguntó, al verla humillada, postergada, fânée, descangayada, soslayada y llamada a desaparecer, si sabía cantar.
 Ella respondió que conocía sólo de memoria una canción: “Un chorizo na má queda, bombo camarú”. La entonó, logrando notas de una exquisita coloratura, arabescos vocales y un vibrato que no se escuchaba desde la Malibrán. 
 Esa noche llegó, y para siempre, al cénit lírico y vocal.
 O, como escribiera años más tarde el Bárbaro del Ritmo: “Esa noche, el significante fonético/nómada tuvo su primera y/o última anagnórisis con la criolla epis temé.
 Pero volvamos a Severo. Por entonces, ganaba dieciocho pesos por semana, más las pródigas propinas que la ya naciente clase de sacarócratas comprometidos -dril cien, sombrero panamá, diamante en el meñique y tacón- le deslizaba en el atrevido escote o bajo la liga de las medias, cuando iba canturreando de mesa en mesa después del séptimo daiquirí.
 Pero ese modo de capturar la clientela masculina, cada vez más numerosa, le resulta humillante. Decide terminar de una vez y adopta esa actitud que los otros juzgarán arrogante y que le valdrá el apodo de la Duquesa o de Lady S.S.
 Graba su primer disco. Entra en un período fasto, ya que, después de las carestías del machadato, el país disfruta de una danza de millones tan inverosímil que los cabarets se multiplican; los hay en cada esquina. Tropicana deslumbra al mundo entero y los traganíqueles hacen los primeros discos por una pieza de un medio. Se convierte, de la noche a la mañana, en la gran rival de Rita Montaner. Hollywood le reclama.
 Viaja a California para participar en el cortometraje de la Paramount Symphony in Black donde interpreta uno de los raros blues de su carrera.

 Prefiero no consignar el resto de su vida.
 que es largo y tendido.
 Y que luego tornaré a contaros.


 Tomado de Vuelta, no 261, Agosto de 1998, pp. 62-63. 


18 de abril de 2013

Rito Ramón Aroche: Las fundaciones


















Por Luis Álvarez Álvarez


Las fundaciones, el nuevo poemario de Rito Ramón Aroche (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2012), vuelve a enfrentarnos al problema esencial de la poesía, es decir, al carácter irrepetible y enigmático de cada una de sus iluminaciones. Este libro se construye desde el más intenso —y por otra parte natural en tono y en fluencia— desgajamiento verbal: nada se extraña, ninguna palabra sobra, ningún mecanismo relumbra como artilugio: palabra desgajada de sí misma, que tiene que ser sobre todo presentida, de modo que su lectura obliga a cumplir lo que uno de los versos nos describe: “La interpretación —qué estoy diciendo— viene en el agua”. Pues Las fundaciones es un libro que, como su título sugiere, alude a la construcción de un universo. En efecto, el sujeto lírico avanza tanteando, descubriendo gradualmente su mundo, del cual se apropia como quien levanta su hogar propio:

Y si aparece aun, dinos, delimitábase.
Donde se deposita.
                                 Donde.
Delimitábanse, fechas, las descripciones, dinos
bajo qué sombras.

El poemario avanza como un descubrimiento progresivo del entorno, revelado al poeta bajo una luz más grave y difusa, derivada de un diálogo soterrado del hombre con su más íntimo acaecer: “Qué heridas son esas que nunca cierran. /Del cuerpo ¿sobre las escrituras? /Ellos: La muerte de un animal. Uno: La muerte”.

El poema “La manta” insiste en la instalación de una perspectiva, un punto de mira hacia el entorno, a través del cual el poeta configura un universo propio, crecido hacia sí mismo de preguntas y sondeos: “¿Ya presumen o están?  — ¿Las vi descalzo? /Interior de las formas había escrito. /En papel colocado en una taza”.

En visión entrecortada, como entre dos lampos fotográficos, el poeta devela —para sí mismo, para nosotros— un universo entrecortado; el poema “Hechos” nos sitúa frente a la imagen facticia e inquietante de un paisaje extraño, que se confunde con el propio crispamiento interior:

Cabrillean las aguas.
Esmalte el pico de los pájaros.
Todo allí es sembradío
El humo, los puestos.
El humo se desprende.
¿Cieno? —el humo, las imágenes.

Es, ciertamente, la función de un ámbito en su más concentrada inmediatez. El sujeto lírico busca orientarse en un espacio por completo distanciado, que ahora es preciso definir, incorporar así. Hay en esta actitud soterrada una postura de contemporaneidad suma, la búsqueda de una nueva certeza para el juicio, el gesto de adelantarse para acercar un nuevo espacio del ser humano en un mundo que parecía escaparse. El tiempo mismo resulta transformado: se rescata otra vez el ritmo entrecortado en que el sujeto puede recuperar su aliento:

No es lugar que uno fije.
El día
            funde
entre insectos. Entre     lugares ya no altos.
Como
             simiente en cuerpo el día      figura
ya no es ante / la piel insana / vieran     las tibias horas.

Una y otra vez se insiste en la interiorización, pero no en términos de mera emoción o sensibilidad, sino en un tensado hacia la reflexión, un nuevo asomarse sobre el horizonte, tan maltrecho y exiguo en el milenio nuevo. En Las fundaciones se percibe una acerada aspiración de transfigurar la perspectiva y, con ella, los perfiles del mundo cotidiano:

Te construyen un mundo de su mundo.
Y qué de ciertas colocaciones.
—Tú en tu sitio.
Un mundo de su mundo te construyen.
—No hallo aquí otro sentido.
Hay un dios allá abajo amor, dicen, que paga todo.
—No hallo aquí otro momento.
Lodos, que se concentran debajo amor, dicen, junto a los lodos.

Una llamarada sarcástica aflora por momentos y arrasa con la cotidianidad más chata, con la satisfacción rumiante que se acoge a las cosas más elementales del mercado y ensombrece cualquier percepción de una vida realmente humana. Así, en “Carros viejos”, el poeta apunta con acritud:

¿Exponen sobre todo, y prueban, sus ideas?
Las expondrían mientras
hablan y pintan, remiendan, en otro patio, carros viejos.
Seca la mata de naranja, o casi.
Sombra que se empantana, a veces, entre sombras.

La rabia por la deshumanización se descarga en una entonación más alta, metafísica incluso en un poema como “El bote”, en que la angustia se proyecta a una dimensión universal y profundamente humana, con un tono de una desesperada franqueza poco usual en la poesía de las últimas décadas en Cuba:

¿El detritus algo importa?
¿Tampoco la luminosidad por estos páramos? Donde
se instalarían las depuraciones. Y polvo
en el camino, o fango. ¿Hurgan       los moradores?
El humo desasido. Moscas. Porque se ha visto
revolotear al ave carroñera, y perros, vagar por estos días.
¿También hurgan los perros? Oye, aquí voltean
tractores y camiones     —grumos. ¿Los desperdicios?
Que no llegue a la noche. Aquí se habita. De aquí…
bueno. Y sacos de botellas. Latas. ¿Viven?
El mundo es reciclable, oh Dios. ¿El mundo que creaste?

El alarido de poemas como el anterior, se asordina en retratos estremecidos del ser humano como tal, sometido al misterio y la furia de la existencia cotidiana, en la cual una persona parece continuamente amenazada, expuesta al fragor y también a la incertidumbre. Véase la fuerza afilada de “Criaturas”:

Te cubres     si era rostro acerado y manos qué
buscan y rasgan     ¿lo que pueden?
fuerzas     que no saldrían ya de ti      ni voz / ¿nadie oiría?
rostro   acerado y fresca en ese instante
la mañana.
                  Perdida manilla de reloj y bolso     en forcejeos
lo poco     que no esperabas de ti misma y quizás sobre la hierba
hacías       de las más disparatadas cosas
acerada tú misma     en forcejeos     inútiles tú misma. De mañana.

Las fundaciones marca sin duda un hito en la trayectoria poética de Rito Ramón Aroche: hay un ensimismamiento con timbre peculiar, una voluntad de hablar no solo en su nombre, sino en el de todos. Se atreve uno a pensar que este poemario, de una meditación concentrada, apunta —alto— hacia un examen de la condición humana y, también, de la existencia insular en sus ángulos diversos —obsesión por el ser, apetito de lo minúsculo diario—. De aquí la resonancia peculiar de “Gnósis”, en que puede hallarse uno de los núcleos de mayor intensidad en el poemario:

Queremos descifrar      — dijimos. Y más tarde:
Queremos—dijimos— descifrarlo. Apenas un minuto.
¿Contarlo apenas?
No sé qué tanto        de aquella superficie toca
en un día      que podíamos ser completamente
y solo     lo fuimos a intentar
cuando       ¿el frasco contra la pared? ¿Se adensa el aire?
Ufanos de aquella superficie entonces, si hay una claridad.
               Si algo entendimos.

Y, en efecto, este mínimo y denso poemario a ello se refiere: a la comprensión de un presente, a la interiorización de una perspectiva sobre el devenir humano en nuestras propias circunstancias. Hay que decir, entonces, antes estas páginas, no más que uno de los versos ya dichos del poeta: “La interpretación —qué estoy diciendo— viene en el agua”.






Tomado de Cubaliteraria, 08 de abril de 2013  


14 de abril de 2013

Po Chu Yi

















Los filósofos 


"De sabios es callar,
los que hablan nada saben"
dicen que dijo Lao Tsé
en un librito de ochocientas páginas.






Liberación


Al alba suspiré por un pelo caído,
por un pelo caído, de noche suspiré.
Porque temí la hora del derrumbe total.
¡Quién lo dijera! Calvo, por fin, me siento libre.

Se acabó el peluquero, los tintes y el champú.
Y el peine siempre alerta para ocultar los claros.
Y ya no me despeino cuando hace calor
y chapoteo en el río fresco de una aljofaina.

Es como otro bautizo: tengo, por fin, la paz
de un monje a rape, libre del pelo y del temor.






Tu Fu





















a  PI-SU-YAO


Tenemos talento.
La gente dice que somos los poetas más notables de estos días.
Nuestras casas son pobres, trivial nuestro renombre.
Mal comidos, mal vestidos, los criados nos miran desde arriba.
En el mediodía de nuestra edad tenemos arrugas.
¿A quién le importa, qué sabe nadie de lo que nos pasa?
Somos nuestra propia audiencia. 
Sólo nosotros sabemos lo que somos.
Un día, junto a los poemas de los grandes muertos alguien leerá los nuestros.
Al menos tendremos descendientes.





Yanier Palao
















Arrancar


Largarse si es preciso,
dejarlo todo atrás.
La mujer que fue apaleada frente a sus hijos,
la que se lleva a la boca tierra.
Caminar repartiéndose,
entregarse al abismo.
Los animales bellos,
los potros, los gatos,
esos perros de los que cuelgan sexos obscenos.

Tocarlo,
tocar, es la única experiencia de salvación que conozco.
Hacer huecos en el suelo,
enterrar este país
las semillas de la inocencia.
Abrazar los postes del tendido eléctrico,
rezar en medio de los temblores,
la calma,
las lágrimas,
las voces de los muertos.



10 de abril de 2013

Patrick Kavanagh (1904-1967)


















Epopeya



He vivido en sitios importantes, en tiempos
en que grandes cuestiones se dirimían, de quién era
aquel octavo de acre pedregoso, una tierra de nadie
rodeada por reclamos defendidos con horquetas.
“Maldita sea tu alma” —escuché gritar a los Duffy—
y vi al viejo McCabe, desnudo hasta la cintura
pisar el terreno desafiando el acero:
“La marca son estas piedras rojizas”.
Ese era el año del asunto de Munich.  ¿Cuál era más trascendente?
Me inclinaba a perder la fe en Ballyrush y Gortin
cuando llegó el espectro de Homero, susurrando a mi conciencia.
“Hice la Ilíada de una riña local
como esa”, me dijo. Los dioses crean su propia importancia.



Traducción de Jorge Fondebrider y Gerardo Gambolini, 1999.





5 de abril de 2013

Caridad Atencio

























Qué hacer con una herida a lo lejos.

En el cristal de tu ojo pasa una imagen invisible.

Del árbol las ramas por nacer son presionadas contra el techo,

y las raíces aparentan que vuelan

atadas a unas sogas sobre un fondo de piedra.

Tus raíces se enredan en ti mismo,

se alimentan de ti y te devastan

como caballos

viviendo su galope en su propio latido.








De una estancia en el norte

1 de abril de 2013

Richard Murphy















Asombro


Estos son los justos
Que matan injustamente a hombres a quienes llaman injustos.

Estos son los puros de corazón
Que ven a Dios en las paredes manchadas de excremento.

Estos son los patriotas
Que se mueren de hambre por dar comida a los rapaces periodistas.

Estos son los mártires
Que se mueren por un futuro enterrado en el pasado.

Estos son el sacrificio
Que una palabra encarceló y que una palabra podría salvar.

 
Traducción de Jorge Fondebrider