22 de enero de 2014

Daniel García Helder















 En el campo de los Arocena



 Y a la vuelta del granero, tres ratas de oscuro y húmedo pelambre, rudas, ojos de confite, que salen despedidas por la boca de un desagüe, una atrás de otra, como por un recto. Hace apenas un instante, sus patitas apuradas en la cañería rat ra rat, rat rat. Y al dar la cara chillan de codicia entre las tres un solo chillido, corto, agudo y ascendente, dirigido a nadie.


 Diógenes descalzo no hubiera pisado este potrero sin compadecerlas, chapuceras de cloaca entre caldos fecales robando el grano a las gallinas, qué más, cavando tímeles con sus pezuñas de sirvienta, y de noche silbando para medir el tiempo que las despabila, ennegrecido. Pero todavía hay luz y envueltas en su propio vaho de peste se las ve correr en dirección al molino, donde un cúmulo de malvas arbóreas recibe la descarga de una nube de polvo.


 Aspas quietas en el fin de semana esperando lluvia. En el tanque australiano, las hojas se pudren con el agua abombada. Una camioneta por el camino de los plátanos, el verde seco, el ocre y la monotonía de las plantaciones, más nubes de borra en lento desplazamiento comprimido. Y si se vuelve los ojos, una tras otra ensartadas en un hilo de mofa trepan al penacho de una palmera; el tronco está enredado de tallos de hiedra, los cabos truncos de las hojas caídas parecen estacas.