4 de mayo de 2014

Dolores Labarcena





















Ni garduñas ni mofetas


Molestar, no molesta. De hecho, por esquivo y autosuficiente, en diversas culturas lo veneran. Para los antiguos egipcios, (quienes asimismo consideraban sagrados serpientes, vacas, cocodrilos, halcones, babuinos, escarabajos, hipopótamos, etc.) el gato era el súmmum; y  lo glorificaron con la diosa Bastet: símbolo de fertilidad y belleza, mujer con cabeza de gato. El fervor de los adoradores se expresaba en las exequias, pues lo colmaban de honores y le guardaban luto. Cuanto más poderosa la familia, más suntuoso el sarcófago. Para franquear el velo que separa este mundo del otro escoltaban al difunto (gato) ratas embalsamadas. Fue tal el respeto que sentían hacia este felino que en el año 525 A. C., cuando los persas asediaron las puertas de Pelusio, el rey Cambises II tuvo la curiosa idea de atar gatos en los escudos de 600 soldados, y por si fuera poco hizo volar a otros tantos por medio de las catapultas. Desde luego, los egipcios no contraatacaron por temor a lesionarlos y se rindieron.

En Grecia la recepción del gato ocurrió con moderación: cazador y punto. Hasta entonces la tarea la ejercían mofetas y garduñas, pero éstas, al contrario, carecen de refinamiento y no son domesticables. Además, los helenos no podían permitirse asumir una garduña o una mofeta de mascota. Así que para desratizar sus cosechas se hicieron servir del felino.

A partir de ahí proliferó en Oriente. En China, los comerciantes europeos lo intercambiaban por sedas y especias. Su serenidad la interpretaron como símbolo de paz y sus ojos radiantes sables contra los demonios. Según una socorrida fuente: “Los budistas aprecian la capacidad de meditación del gato, sin embargo, no forma parte de los cánones del budismo. Esta exclusión resulta de un incidente sucedido a un gato que se quedó dormido durante los funerales de Buda.” Un asunto penoso pero que no lo excluyó de hogares ni de cuanto templo existiese. ¿Su empresa? Espantar las energías maléficas y sobre todo a las ratas.

En el medioevo lo afiliaron con la hechicería. Su andar circunspecto y sus silenciosas apariciones hizo mella en el perfil de animal doméstico. Ya no era el consentido de los orientales, ni el raticida, y mucho menos aquel admirado por los egipcios. Toda bruja que se preciase debía lucir uno por fuerza y mostrarlo casi a modo de gargantilla. Por consiguiente, a la hora de la hoguera (ya se sabe que a la Santa Inquisición no le tembló el pulso)  iban los dos hermanados rumbo al fuego divino y purificante, la bruja y el gato.

No obstante la falta de lealtad (virtud ineludible del perro) el gato ha tenido sus cantatas.  H. P. Lovecraft, autor de Las ratas de las paredes, el cual sentía una fuerte animadversión por éstas y otras cosas más, escribió El pequeño Sam Perkins, poema a la memoria de su extinto gato. Borges tuvo el suyo, pero me interesa más el de Neruda, quien se quejó de su inescrutabilidad: “Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago… la botánica… la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato”. Y me pongo en su pellejo, no por el carácter enigmático del gato, sino porque mientras avanzo por esta calle estrecha, (y es la Fiesta Mayor, o una de tantas del bien montado varieté, algo que dista del pretérito aquelarre pero entretiene ¡y cuánto!) veo mallas, mallas de un balcón a otro, mallas repletas de gatos, no imitaciones del ashera ni del gato de angora, ni siquiera del gato común europeo: gatos y gatos indiferenciables, deliberadamente iguales, infinidades de gatos. Ah, diosa Bastet, como Neruda, tampoco “puedo descifrar”.               


           

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