31 de julio de 2014

Filiberto González (1969)



 
 













 
 
Diario Inédito

 
Aún siento (años ha) el pulso caliente,
las herramientas afiladas
de mi Padre en la sombra;
la tergiversada Historia
manipulando un árbol llamado mi origen.
Es lo común un diálogo así
sin obviar jamás el sujeto lírico,
refugiarse en los escritos que aclaman
un eco paternal:
Sí es el eco, es el eco
extraídos del organismo debilitado
y de sus colecciones labiales
un Archipiélago herido. 
Pueden ser las últimas sílabas
de su diario inédito
simbologías egipcias al método 
 que se deshoja:
puede ser el viento quien manipule
el Manifiesto
con palabras incomprensibles
Por ej. : blanco y negro es un turrón,
lo demás intervención de una Leyenda.
Nunca te arrepentirás  de este Amor,
son los gritos de aquí Octubre,
El de tu Hijo Menor.

 


 

28 de julio de 2014

Peter Sandelin

















¿Qué cavas?

¿Qué cavas
en los rostros de esos hombres?
¿Acaso no están ya suficientemente excavados?
Una excavación
no implica necesariamente una profundización.
Y si tú en uno de esos rostros atormentados
encuentras finalmente un diamante
¿habrás redimido a la humanidad?
¿le habrás dado una imagen más luminosa de mundo?
La llama que perfora el acero
no por ello nos proporciona una luz más duradera.
El agua que ha horadado la roca
ya se ha secado en su surco.






Krystyna Rodowska






















Más cerca de la desnudez


Durante los ejercicios matinales
delante de la ventana abierta
en un volar o bajar los brazos,
de repente percibes el chasquido
de advertencia de tus propios huesos
Ya está, repites, sin defensas,
escuchando el sonido implacable
de un arma a punto de tirar
Sientes que el enemigo debe rodar por aquí,
camuflado ( hasta cuándo?) con astucia
Vino el turno de las cosas invisibles
Se dejan oír del fondo de tu cuerpo
dispuestas a levantarlo





Reescrito en castellano por la autora



23 de julio de 2014

Moya Cannon
















Luz de Farrara

¿Por qué debería la luz del atardecer
que estalla a través de las puntas
de los lánguidos y amarillos álamos del valle
y los rojos cerezos salvajes de la ladera;
en la que perdura una tira de luz en el crepúsculo,
en el verde de la arista bajando
hasta la ermita de Santa Eulalia;
que abre un leve abanico azul,
sobre la cordillera en una inquietante variedad
de cimas hacia el oeste,
por qué habría de inundarme también
con una alegría inexplicable?




Versión de Marina C. Kohon.




22 de julio de 2014

Dolores Labarcena






















Alexis o la Dianética


Cuando Sara descolgó el teléfono y una voz familiar le informó que había descuartizado a su hija y arrojado sus miembros al río (“bracitos y piernas flotando corriente abajo”, dijo), corroboró de inmediato su dictamen. Su marido y padre de la criatura, el escritor y maestro de Cienciología Ron Hubbard, siempre lo dio por hecho, era un loco de atar; estaba segura, sin embargo, que la había secuestrado. Aunque la policía al final consideró el asunto “desavenencias domésticas”, Sara no sólo sostuvo el recurso de hábeas corpus sino que se fue al condado de Los Ángeles donde, a público y subasta, le planteó el divorcio, develando a los medios que su matrimonio era una farsa: Hubbard ya estaba casado.
No me detendré en el escándalo mediático en que se vio envuelto Hubbard, ya entonces suficientemente famoso, ni en la promiscua trayectoria de Sara desde sus tiempos de ocultista en el Templi Orientis bajo el liderazgo de Aleister Crowley, sino en Alexis, la niña. Según el padre, y a ojos de muchos acólitos, Alexis fue el primer “bebé dianético” del mundo, protegido desde el nacimiento contra cualquier disturbio o conflicto. Al contrario de un bebé común, había hablado a los tres meses, a los cuatro gateó y a los once casi hilaba un diálogo con preguntas y respuestas. Por estas dotes que la hacían envidiablemente única y que tanto la emparentaban a él, alegando “lavados de cerebro” por parte de la madre, un celoso y despechado Hubbard la secuestró.
El camino de huida o salvación pasaba por Chicago, donde se presentó ante un psicólogo a fin de contrarrestar la acusación de su mujer de que era un esquizofrénico de primer orden. El psicólogo le realizó varios exámenes, entre ellos el test de Rorschach, y concluyó que se trataba de una persona creativa, cuyos bandazos nerviosos se explicaban por problemas en el seno familiar. Contento con el resultado efectuó la referida llamada y se dirigió luego a la sede central de la Fundación Dianética, en Elizabeth, New Jersey, donde hizo un alto para proseguir a Florida, pues tenía la intención de escribir su próximo libro y requería de un clima más agradable. Sin embargo, después de algunos días en Tampa y todavía muy tenso por su delicada situación, pensó: por qué no a Cuba.
Claro que no le importaban el calor ni los cocoteros; la elección fue netamente geográfica, Cuba es una isla. ¿A quién se le ocurriría buscarlo allí? Así que al llegar a La Habana en febrero de 1951, junto a su ayudante Mille y la pequeña Alexis, se hospedó en un hotel del Paseo del Prado, no sin antes alquilar una máquina de escribir. Allí permanecieron solo dos noches en las que Hubbard trabajó de corrido, entre el ruido de las tuberías y el llanto de Alexis, en lo que a la postre sería La ciencia de la supervivencia, obra que terminó semanas más tarde en un cómodo apartamento del Vedado con ayuda de una y otra botella de ron. En cuanto a Alexis, se encargaron un par de niñeras jamaicanas.
Al parecer, poco debió tentarlo la ciudad. Un hombre que lucha contra Xenu, tirano galáctico gobernante de la Confederación Galáctica con sede en la estrella Markab, podía darse el lujo de plantarse un casco, metafóricamente hablando, contra las interferencias externas. De modo que concluyó sus apuntes sobre la “Escala de Tonos”, teoría según la cual el ser humano debía liberarse pasando por diversos niveles, dejando atrás el odio, la ira y las ambiciones hasta llegar al Thetan Operativo, o TO, algo que ni siquiera Buda o Jesucristo alcanzaron.
Sin embargo, ya en “busca y captura” por el FBI y viendo perseguidores apostados en todas partes, decidió escribirle a Sara comunicándole su paradero. En la carta decía algo así: “Estoy en un hospital militar en Cuba a punto de ser repatriado a los Estados Unidos como científico clasificado inmune a cualquier clase de interferencia”. Había terminado allí supuestamente por una parálisis del lado derecho, que adjudicaba a actos de magia negra por parte de sus enemigos. Añadía que Alexis estaba recibiendo excelentes cuidados y en postdata agregaba: “La Dianética durará 10.000 años”.
Al salir del hospital se presentó en la embajada de su país y alegó que estaba siendo objeto de persecución por los comunistas, quienes querían apropiarse de su manuscrito. El agregado consular, sumamente escéptico, envió de inmediato un telegrama al FBI en Washington pidiendo instrucciones sobre un visitante al que describía, entre otros rasgos, con “ojos bien desorbitados”. La réplica fue escueta pero de algún modo quitaba hierro al asunto: “Que regrese…”.   Y en efecto, eso hizo. Pero valiéndose de sus relaciones con el poderoso magnate Mr. Purcell, aviesamente interesado en la Dianética, quien fletara un avión que lo llevó hasta el aeropuerto de Wichita, donde aterrizó vestido con una guayabera color crema y lo esperaba una multitud de simpatizantes. A poco, escribiría una carta al fiscal general en la que se autotitula “científico del campo de los fenómenos atómicos y moleculares”, y en la cual, aprovechándose del apogeo del macartismo acusa a Sara de infiltrada comunista en la fundación Dianética, así como a su amante Miles Hollister, y a Gregory Hemingway, hijo del escritor. “¿Cuándo, cuándo tendremos una buena redada?”
El divorcio se llevó a término. Sara retiró los cargos de “estrangulaciones y experimentos científicos” e incluso las acusaciones de esquizofrénico, calificándolo ahora de “hombre fino y brillante” y, en cambio, Hubbard le entregó a Alexis. El trato consistía en que si la custodia le pertenecía a la madre, Hubbard la desheredaría de por vida, y así lo hizo.  
Según sus biógrafos (y esto explica, diría cualquier psicólogo, su identificación narcisista con Alexis) ya a los tres años Hubbard domaba caballos, a los cuatro se postulaba “hermano de sangre” de los indios pies negros y a los doce era el Eagle Scout más joven de Estados Unidos. Entre 1925 y 1929 estudió en China, India y el Tíbet, aprendiendo de los más altos maestros las enseñanzas del budismo. Habría combatido, además, en la Segunda Guerra Mundial, sufriendo graves lesiones por las que ganó honrosamente la medalla al valor. Pero sin embargo ninguno alude a sus tempranos cambios de humor, ni encaran aquella frase de su juventud: “Me gustaría comenzar una religión. ¡Ahí es donde está el dinero!”. Se saltan sus biográficos, igualmente, su homofobia, la que arrastró a Quentin, uno de sus hijos, al suicidio. Tras haberle expresado al padre que deseaba ser bailarín, y que dejaba la Cienciología, Quentin conectó una manguera al tubo de escape de su automóvil.  Pero lo que más llama mi atención al leer su biografía es el “Electrómetro”, un aparato que inventó en 1968 y que según Hubbard podía calcular el sufrimiento al que es sometido un tomate cuando se corta en rebanadas. Actualmente se expone en el Nonseum de Herrnbaumgarten, un pueblito cerca de Viena, donde comparte espacio con la Sub-ametralladora M3 de cañón curvo y el Escarba Nariz mecánico.





21 de julio de 2014

Carl Sandburg

















Dunas

Qué vemos aquí, en las dunas arenosas de la luna blanca,
a solas con nuestros pensamientos, Bill,
a solas con nuestros sueños, Bill, suaves como las mujeres
que se atan una pañoleta a la cabeza al bailar,
a solas con una imagen y una imagen tras otra, imágenes
de todos los muertos,
más muertos que todos esos granos de arena apilados
uno a uno aquí, en la luna,
apilados contra la línea del cielo que adquiere formas tal
como quiera la mano del viento,
qué vemos aquí, Bill, fuera de aquello en que se rompen
la cabeza los más sabios,
fuera de lo que claman los poetas, fuera de lo que buscan
con denuedo los soldados, hasta dejarse por ello
el cráneo al sol... ¿,Qué será, Bill?




Versión de Miguel Martínez-Lage

Ricardo Piglia
















Manuel Puig y la magia del relato


La educación sentimental. El gran tema de Puig es el bovarismo. El modo en que la cultura de masas educa los sentimientos. El cine, el folletín, el radioteatro, la novela rosa, el psicoanálisis: esa trama de emociones extremas, de identidades ambiguas, de enigmas y secretos dramáticos, de relaciones de parentesco exasperadas sirve de molde a la experiencia y define los objetos de deseo. Puig ha sabido aprovechar las formas narrativas implícitas en ese saber estereotipado y difuso.
Modos de narrar. Puig ha sabido encontrar técnicas narrativas en zonas tradicionalmente ajenas a la literatura: las revistas de modas, la confesión religiosa, las necrológicas se convierten en modos de narrar que permiten renovar Las formas de la novela. Al mismo tiempo manejó siempre los procedimientos más intensos del relato (el suspenso, el escamoteo de las identidades, las revelaciones sorpresivas, las omisiones y las implicancias oblicuas, el desenlace sorpresivo y brutal) e hizo ver que el interés narrativo no es contradictorio con las técnicas experimentales. El collage, la mezcla, la combinación de voces y de registros que rompen con los estereotipos de la novela tradicional se convierten también en un elemento clave del suspenso narrativo.
Después de la vanguardia. Puig fue más allá de la vanguardia; demostró que la renovación técnica y la experimentación no son contradictorias con las formas populares. Comprendió de entrada qué era lo importante en Joyce. "Yo lo que tomé conscientemente de Joyce es esto: hojeé un poco Ulises y vi que era un libro compuesto con técnicas diferentes. Basta. Eso me gustó." Por supuesto, ésa es toda la lección de Joyce, multiplicidad de técnicas y de voces, ruptura del orden lineal, atomización del narrador. Un escritor no tiene estilo personal. Escribe en todos los estilos, trabaja todos los registros y los tonos de la lengua.
La verdad y la ficción. En sus cuatro novelas siguientes la voluntad documental e hiperrealista de Puig se resuelve con una innovación técnica que lo coloca en la mejor dirección experimental de la narrativa contemporánea. Puig comienza a usar el grabador y la transcripción de una voz y de una historia verdadera a la que somete a un complejo proceso de ficcionalización. Valentín Arregui en El beso de la mujer araña; Pozzi en Pubis angelical; Larry en Maldición eterna a quien lea estas páginas. Son personajes y vidas reales a las que Puig contrapone una voz ficcional que dialoga y las enfrenta: Molina, el preso homosexual en El beso; Ana, la muchacha que se muere de cáncer en Pubis; el viejo enfermo y paralítico en Maldición. Ese contraste (exasperado hasta el límite en la magnífica Maldición eterna, la mejor novela de Puig desde La traición) crea un extraño desplazamiento: Puig ficcionaliza lo testimonial y borra sus huellas.
Un crimen. El crimen que se narra en Boquitas pintadas condensa bien el mundo narrativo de Puig. En esa muerte y en el desplazamiento de las culpas se tejen, más nítidamente que en toda la novela, las relaciones jerárquicas que sustentan la intriga y los elementos melodramáticos que acompañan un mundo de rígidas diferencias sociales. La malvada de buena familia, la sirvienta engañada, el cabecita negra, la niña bien, la madre soltera, el policía ambicioso: las figuras del folletín están en primer plano, aunque el crimen no ocupe el centro de la novela. Se ve por otro lado allí un aspecto de Boquitas que a menudo ha estado disimulado por la lectura "paródica" del texto: las relaciones de violencia y engaño que definen la trama social y que Puig ha ido poniendo cada vez más en la superficie de su mundo narrativo.





Fragmento del libro La Argentina en pedazos de Ricardo Piglia, 1993 Ediciones La Urraca

20 de julio de 2014

Bajo el signo de Leo
















Klaus Ziegler


La mejor poesía aspira a la condición de música, escribió alguna vez Borges. Y pocos poetas se acercan más a este esquivo ideal que Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler, el prodigioso León de Greiff, quizás el más trascendental y original de los poetas colombianos.
Mucho se ha escrito sobre este sujeto “taciturno, hermético, cogitabundo, parco de gesticulaciones, sobrio de ademanes, no nada modulador y de simpatía nula”. A sus biógrafos les encanta ponderar su abolengo escandinavo, insistir en la leyenda del superhombre ario, un mito que llega al extremo ridículo de alegar que su sorprendente don musical y su exclusivo lenguaje poético provienen de ese “norte recóndito”, cuando en realidad, y en palabras de su propio hijo Hjalmar, tanto sus padres como tres de sus abuelos y cuatro de sus bisabuelos eran colombianos. Incluso su abuelo alemán y sus bisabuelos suecos fueron en realidad más antioqueños que germánicos o nórdicos, pues vivieron más años en Antioquia que en sus respectivas patrias.
De Greiff es un poeta singular, inconfundible. Un rapsoda de pasmosa riqueza idiomática de la cual hace honor un glosario de casi seiscientas páginas, donde se recogen los innumerables neologismos, arcaísmos, latinajos y extranjerismos que aparecen en su obra, así como cientos de vocablos de su propia invención. No es fácil para el iniciado descubrir, por ejemplo, que “Bredunco” es un antiguo nombre del río Cauca, “el Bredunco de Almagro”, hasta que no se topa con el “Relato de Erik Fjordsson”: “Oh, tú, Bredunco, oh Cauca de fragoso peregrinar por chorreras y rocales/ atormentado, indómito, bravío/ y de perezas infinitesimales/ en los remansos de absintias aguas quietas/ y de lento girar en espirales/ y de cauce limoso/ oh Cauca, oh Cauca Río”.
Debo indicarle al procesador de palabras que no incluya “absintias” dentro de los errores ortográficos, pues el vocablo es un hermoso adjetivo que De Greiff deriva de “absintia”, nombre francés del licor de ajenjo, elixir de Poe, Baudelaire y Mallarme: “En el absintio quiero que se escondan/ -tras de sus de sirena glaucos ojos-/ mi espíritu arbitrario…
Su obra parece seguir el dictado de un oído prodigioso que logra el milagro de una poesía melódica, erudita, graciosa y cargada de fina ironía. De Greiff se burla de todos y de sí mismo; se deleita con la música de las palabras. Supongo que el goce es similar al de los niños cuando recitan por el solo placer de la rima, incluso sin comprender el significado de los versos. En el extremo opuesto está la pedantería de quienes se embelesan en el soporífero análisis literario —y hasta sicoanalítico— de su extensa obra, algo que uno sospecha, poco o nada hubiera interesado al poeta antioqueño.
Pocas cosas producen tanto placer como “nutrir el ocio” recitando en voz alta, y para uno mismo, la “Admonición a los impertinentes”, o el “Relato de Ramón Antigua”, o el “Relato de Guillaume de Lorges”, un poema extraordinario que contiene uno de los versos más hermosos de la lengua española: “Yo, señor, soy acontista./ Mi profesión es hacer disparos al aire./ ¿Todavía no habré descendido la primera nube?/ También soy jugador de dados/ y tengo mis ribetes de asesino./ Presumo haber en lontana ocasión hurtádome los vasos sagrados/ de ya no sé qué iglesia, abadía o convento/ Creo que han sido mías varias esposas de Jesús,/ cuyos votos de castidad y su amor al esposo divino/ fueron plumas al viento/ y golondrinas migratorias que soltaron su vuelo desde la Cruz”.
Como el mítico país de Bolombolo, “región salida del mapa”, la palabra “acontista”, de acontar, o apuntar, no figura en ningún diccionario. León de Greiff la define como la profesión de lanzar azconas, dardos y virotes al aire, rumbo a las imbeles constelaciones. Tampoco figuran en los mapas multitud de regiones imaginarias: “Netupiromba”, “Zuyexawivo”, o sí figuran, pero con nombres distintos de aquellos que el poeta utiliza en su universo propio para designar a Bogotá y a Medellín. Así mismo, De Greiff prefiere “favila”, por cenizas, y “rauco”, por ronco. Se complace en anacronismos como “ventalle”, por abanico, y en arcaísmos que rescata de la poesía castellana de finales del Medioevo: “vegada”, del latín “vicata”, en lugar de "vez". Igual que al oír el lamento del violín en la Chacona de la segunda partita de Bach, que nos recuerda el triunfo de la muerte sobre la vida, es imposible no quedar anonadado al escuchar por primera vez el comienzo de su Nocturno Número 4 en Si Bemol: “Tabardo astroso cuelga de mis hombros claudicantes y yo le creo clámide augusta”. En él se hace patente esa musicalidad inconfundible que caracteriza su obra, y que ya se advierte en los títulos y subtítulos de sus poemas.
Todos los años se celebran festivales internacionales donde poetas de todos los rincones del Planeta recitan en sus idiomas nativos, mientras un ejército de intérpretes se esfuerza hasta el límite por traducir la poesía. Sin embargo, y a pesar de la buena voluntad, los resultados son por lo general desastrosos. El producto final es algo tan torpe como una interpretación en chirimía de la Chacona para violín, o una versión reggaetón del Aire en la cuerda de Sol. Supe de un atrevido compositor y cantante que musicalizó algunos poemas populares de De Greiff. ¿El resultado? Unas baladas sin la menor fluidez, tan desafortunadas como las monótonas y cacofónicas melodías de “Juanes” cuando mezcla ritmos pop con música de cantina en su guitarra eléctrica. Cuentan que el poeta al enterarse del trabajo artístico del cantautor exclamó: “No sean pendejos, si mi poesía ya tiene música”.
Salvo contadas excepciones, la poesía resulta intraducible. Es un extraordinario privilegio para los hablantes de la lengua española contar con este genio singular, universal e insular a la vez, uno de los más extraños y originales poetas de todos los tiempos; en opinión de algunos, el más grande de los grandes poetas colombianos.




 El Espectador, Bogotá, agosto 31 de 2011

Tomado de Moir.org


17 de julio de 2014

Jean Arp




















El padre, la madre, el hijo, la hija
El padre se ha colgado
en el lugar del péndulo.
La madre está muda.
La hija está muda.
El hijo está mudo.
Los tres siguen
el tic tac del padre.

La madre es aire.
El padre vuela a través de la madre.
El hijo es uno de los cuervos
de la plaza San Marcos de Venecia.
La hija es una paloma mensajera.

La hija es dulce.
El padre come a la hija.
La madre corta al padre en dos
come una mitad
y ofrece la otra a su hijo.

El hijo es una coma.
La hija no tiene cola ni cabeza.
La madre es un huevo espoleado.
De la boca del padre
penden colas de palabras.

El hijo es una pala rota.
Por eso el padre se ve obligado
a trabajar la tierra
con la lengua.
La madre sigue el ejemplo de Cristóbal Colón.
Camina sobre sus manos desnudas
y atrapa con sus pies desnudos
un huevo de aire tras otro.
La hija repara el desgaste de un eco.

La madre es un cielo gris
y abajo muy abajo se arrastra
un padre de papel secante
cubierto de manchas de tinta. 
El hijo es una nube.
Cuando llora llueve.
La hija es una lágrima imberbe.



(Versión de Aldo Pellegrini)



6 de julio de 2014

4 de julio de 2014

Rafael Alcides





















El Cine

                          A Rufino Fernández
                          y María Luisa Mardones,
                          mis suegros.


Yo recuerdo, cuando muchacho,
que las hojas de los árboles caían
rápidas en el cien para significar
el paso de los años. Un gran viento
las batía, algunos copos de nieve,
y las hojas caían
sin angustia. Completamente inverosímiles.
Hoy recuerdo aquel viento
y aquellas hojas
con angustia. Así ha sido. Como en las películas.
Completamente inverosímil.


Poema de Amor 

Te devuelvo tus manos, tus muslos, tu silencio,
todo lo que fue bello entre los dos y, como tal,
quedará para siempre en la fotografía.
Me quedo con once calcetines por casar, sin refrigerador
ni junta para la olla de presión, sin el reloj;
y el canje de los libros, pendiente;
y mis dudas sobre el radio.
Y los libros que se perdieron.
Me quedo sin platos ni tazas ni shorts ni colador.
Con cuatro sábanas solamente me quedo
de todo lo que en septiembre aquí encontraste,
y un vale perdido de calzoncillos en el tren.
Tuve la posteridad cuando te desnudabas
y lo lamento. Te pedí por favor que no me ayudaras.

Devuélveme la llave.

1970


La nariz

La nariz tiene condición de juez.
Al contrario del ojo izquierdo y del derecho, que han tomado
                                                                           partido,
la nariz, inescrutable, se mantiene en el centro
— con algo de espada o de martillo.
Imitándola, la boca.
Pero la boca es hipócrita:
sonríe a la izquierda y a la derecha.

        
(De Y se mueren y mueren y mueren, 1988)