29 de noviembre de 2009

Ferreira Gullar III


Fotografía de Mallarmé


es una foto
premeditada
como un crimen

basta
reparar en el arreglo
de las ropas los cabellos
la barba todo
adrede preparado
-un gesto y la manta
acomodada sobre
los hombros
caerá-
especialmente la mano
con la pluma
detenida encima de la hoja
en blanco: todo
a la espera
de la eternidad

se sabe
tras el clic
la escena se deshace en la
calle Roma la vida volvió
a fluir imperfecta
pero
eso la foto no captó
que la foto
es la pose la suspensión
del tiempo
ahora
meras manchas
en el papel raso

si bien
tu mirada
encuentra la de él
(Mallarmé) que
allí
desde el fondo
de la muerte
mira

23 de noviembre de 2009

Ferreira Gullar II


Muerte de Clarice Lispector

Mientras te enterraban en el cementerio judío
de Caju
(el soterrado resplandor de tu mirada
resistiendo aún)
el taxi recorría conmigo la orilla de la Lagoa
en dirección a Botafogo
Y las piedras y las nubes y los árboles
en el viento
mostraban alegremente
que no dependen de nosotros

22 de noviembre de 2009

Ferreira Gullar


GALLO GALLO


El gallo
quieto en el zaguán.

Gallo gallo
de cresta alarmante, guerrero,
medieval.

De córneo pico y
espolones, armado
contra la muerte,
pasea.

Mide los pasos. Se detiene.
Inclina la cabeza coronada
dentro del silencio.
-¿qué hago entre cosas?
-¿de qué me defiendo?

Anda
en el zaguán.
El cemento olvida
su último paso.

Gallo: las plumas
que florecen de la carne silenciosa
y el duro pico y las uñas y el ojo
sin amor. Grave
solidez.
¿En qué se apoya
tal arquitectura?

¿Sabrá que, en el centro
de su cuerpo, un grito
se elabora?

¿Cómo contener, sin embargo,
una vez concluido,
el canto obligatorio?

He ahí que bate las alas, va
a morir, tuerce el pescuezo vertiginoso
donde el canto escarlata fluye.

Pero la piedra, la tarde,
el propio gallo feroz
subsisten al grito.

Se ve: el canto es inútil.

El gallo permanece -pese
a todo y su porte marcial-
solo, desamparado,
en un zaguán del mundo.
¡Pobre ave guerrera!

Otro grito crece
ahora en el sigilo
de su cuerpo; grito
que, sin esas plumas
y espolones y cresta
y sobre todo sin esa mirada
de odio,
no sería tan ronco
y sangriento.

Grito: fruto oscuro
y extremo de ese árbol: gallo.
Pero que, fuera de él,
es mero complemento de auroras.



trad. Pedro Marqués de Armas

20 de noviembre de 2009

Nicolai Gogol





















La perspectiva Nevski
[Cuento]



No hay nada mejor, por lo menos para Petersburgo, que la perspectiva Nevski1. Ella allí lo significa todo. ¡Con qué esplendor refulge esta calle, ornato de nuestra capital!... Yo sé que ni el más mísero de sus habitantes cambiaría por todos los bienes del mundo la perspectiva Nevski... No sólo el hombre de veinticinco años, de magníficos bigotes y levita maravillosamente confeccionada, sino también aquel de cuya barbilla surgen pelos blancos y cuya cabeza está tan pulida como una fuente de plata, se siente entusiasmado de la perspectiva Nevski. ¡En cuanto a las damas!... ¡Oh!... Para las damas, la perspectiva Nevski es todavía más agradable. ¿Y para quién no es ésta agradable?... Apenas entra uno en ella percibe olor a paseo. Aunque vaya uno preocupado por algún asunto importante e indispensable, es seguro que al llegar a ella se olvidan todos los asuntos.

Éste es el único lugar donde la gente se exhibe, sin sentirse acuciada por la necesidad o el interés comercial que abraza a todo Petersburgo. Diríase que el hombre que se encuentra en la perspectiva Nevski es menos egoísta que el de Morskaia, Gorojovaia, Liteinaia, Meschanskaia y demás calles, en las que la avaricia, el afán de lucro y la necesidad aparecen impresos en los rostros de los peatones y de los que la atraviesan al vuelo de sus berlinas u otros carruajes. La perspectiva Nevski es la principal vía de comunicación de Petersburgo; aquí el habitante del distrito de Petersburgski o de Viborgski, que desde hace años no visitaba a su amigo residente en Peski o en Moskovskaia Sastava, puede estar seguro de que lo encontrará sin falta. Ninguna guía ciudadana ni ninguna oficina de información podrían suministrar noticias tan exactas como puede hacerlo la perspectiva Nevski. ¡Oh, todopoderosa perspectiva Nevski!... ¡Única distracción del humilde en su paseo por Petersburgo! ¡Con qué pulcritud están barridas sus aceras y..., Dios mío..., cuántos pies han dejado en ellas sus huellas! La torpe bota del soldado retirado, bajo cuyo peso parece agrietarse el mismo granito; el zapatito diminuto y ligero como el humo de la joven dama, que vuelve su cabecita hacia los resplandecientes escaparates de los almacenes, como el girasol hacia el sol; el retumbante sable del teniente lleno de esperanzas que las araña al pasar..., ¡todo deja impreso sobre ellas el poder de su fuerza o de su debilidad! ¡Cuánta rápida fantasmagoría se forma en ellas tan sólo en el transcurso de un día! ¡Qué cambios sufren en veinticuatro horas!

Empecemos a considerarlas desde las primeras horas de la mañana, cuando todo Petersburgo huele a panes calientes y recién hechos, y está lleno de viejas con vestidos rotos y envueltas en capas, que asaltan primeramente las iglesias y después a los transeúntes compasivos. A esta hora la perspectiva Nevski está vacía: los robustos propietarios de los almacenes y sus comisionistas duermen todavía dentro de sus camisas de holanda o enjabonan sus nobles mejillas y beben su café; los mendigos se agolpan a las puertas de las confiterías, donde el adormilado Ganimedes que ayer volaba como una mosca portador del chocolate, ahora, sin corbata y con la escoba en la mano, barre, arrojándoles secos pirogi y otros restos de comida. Por las calles circula gente trabajadora; a veces, también mujiks rusos dirigiéndose apresurados a sus tareas y con las botas tan manchadas de cal, que ni siquiera toda el agua del canal de Ekaterininski, famoso por su limpieza, hubiera bastado para limpiarlas. A esta hora no es prudente que salgan las damas, pues al pueblo ruso le agrada usar tales expresiones, como seguramente no habrán oído nunca ni en el teatro. A veces, un adormilado funcionario la atraviesa con su cartera bajo el brazo, si se da el caso de que su camino al Ministerio pase por la perspectiva Nevski.

Decididamente, puede decirse que a esta hora, o sea hasta las doce del mediodía, la perspectiva Nevski no constituye objetivo para nadie, y sirve solamente como medio: poco a poco va llenándose de personas que por sus ocupaciones, preocupaciones y enojos no piensan para nada en ella. El mujik ruso habla de la grivna o de los siete groschi; los viejos y las viejas agitan las manos o hablan consigo mismos, a veces entre fuertes gesticulaciones; pero nadie los escucha ni se ríe de ellos, con excepción acaso de los muchachuelos de abigarradas batas que, llevando en las manos pares de zapatos o botellas vacías, corren por la perspectiva Nevski. A esta hora, aunque se hubiera usted puesto en la cabeza un cucurucho en lugar de un sombrero, aunque su cuello sobresaliera demasiado sobre su corbata, puede estar bien seguro de que nadie se fijará en ello.

A las doce, en la perspectiva Nevski hacen invasión los preceptores de todas las naciones, acompañados de sus discípulos, que lucen cuellos de batista. Los Jones ingleses y los Coco franceses llevan colgados del brazo a los alumnos que les han sido confiados, y con la conveniente respetabilidad explican a éstos que los rótulos que se encuentran sobre las tiendas están allí colocados para que pueda saberse lo que se contiene en dichas tiendas. Las institutrices, pálidas misses rosadas eslavas, caminan majestuosamente tras sus ligeras y movibles muchachas, ordenándoles que levanten un poco más el hombro y se enderecen.

Para abreviar: a esta hora la perspectiva Nevski es una perspectiva Nevski pedagógica. Sin embargo, cuanto más se acercan las dos de la tarde, más disminuye el número de preceptores, pedagogos y niños. Éstos han sido desplazados de allí por sus tiernos padres, que pasan llevando del brazo a las compañeras de sus vidas, de nervios débiles y vestidas de abigarrados colores. Poco a poco, a su compañía se unen todos aquellos que han terminado sus bastante importantes ocupaciones caseras, tales como, por ejemplo, los que han consultado al médico sobre el tiempo o sobre el pequeño grano salido en la nariz, los que se han informado de la salud de los caballos y de sus hijos (que, dicho sea de paso, muestran grandes capacidades), los que han leído los carteles y un artículo importante en los periódicos sobre los que llegan y los que se van, y, por último, los que han bebido su taza de café o de té; a éstos se unen también aquellos a quienes el destino, envidioso, deparara la bendita categoría de "funcionario" encargado de importantes asuntos: se unen los que, empleados en el Ministerio del Exterior, destacan por la nobleza de sus ocupaciones y costumbres. ¡Dios mío! ¡Qué empleos y servicios tan maravillosos existen!... ¡Cuánto elevan y regocijan el alma! Pero..., ¡ay de mí!... Yo, por no estar empleado, he de privarme del gusto que me proporcionaría el fino comportamiento de los superiores...

Todo lo que encuentre usted en la perspectiva Nevski está impregnado de conveniencia. Los caballeros de largas levitas y manos metidas en los bolsillos; las damas de redingotes de raso blanco, rosa, azul pálido y sombrero. Aquí encontrará usted patillas únicas, a las que se deja pasar con extraordinario, con asombroso arte, bajo la corbata. Patillas de terciopelo, de raso, negras como el carbón, pero, ¡ay!, pertenecientes tan sólo a los miembros del Ministerio del Exterior. A los empleados de otros departamentos el destino les ha negado esas negras patillas, y con enorme disgusto se ven obligados a llevarlas de color rojizo.

Aquí encontrará usted maravillosos bigotes. Ninguna pluma, ningún pincel puede describirlos. Bigotes a cuyo cuidado se ha dedicado la mejor mitad de la vida, que son objeto de largas atenciones durante el día y durante la noche; bigotes sobre los que fueron vertidos exquisitos perfumes, aromas y las más raras y costosas pomadas de todas clases; bigotes que se envuelven por la noche en el más fino papel; bigotes a los que va dirigido el afecto más conmovedor de sus poseedores y que despiertan la envidia de los transeúntes.

Sombreros, vestidos, pañuelos multicolores y vaporosos, que a veces hasta dos días seguidos han logrado la preferencia de sus propietarias, podrían con sus mil clases diversas deslumbrar a cualquiera en la perspectiva Nevski.

Se diría que todo un mar de maripositas desprendiéndose de los largos tallos se eleva de repente, agitándose cual resplandeciente nube, sobre los negros escarabajos del sexo masculino. Aquí encontrará usted cinturas tales como nunca las habrá soñado: finitas, estrechitas; talles no más gruesos que el cuellecito de una botella, y al encontrarse con ellos se apartará usted con respeto, para evitar el poder tropezarlas por descuido con un codo descortés. De su corazón se apoderarán entonces la timidez y el miedo de quebrar con la desconsiderada respiración tan maravillosa obra de la naturaleza y el arte. Y ¡qué mangas de señora verá usted en la perspectiva Nevski!... ¡Ay, qué maravilla! Se asemejan un poco a dos globos de oxígeno, hasta el punto de que la dama podría elevarse en el aire si el hombre no la sujetara; porque alzar una dama en el aire resulta igual de fácil y agradable que llevarse a los labios una copa llena de champaña.

En ningún sitio, al encontrarse, se saludan las gentes con tanta nobleza y desembarazo como en la perspectiva Nevski. Aquí encontrará usted la sonrisa única, la sonrisa que es una obra maestra; a veces tal, que, por el contrario, se verá usted más bajo que la misma hierba, y a veces tal, que se sentirá más alto que el pararrayos del Almirantazgo y levantará orgulloso la cabeza. Aquí encontrará usted a los que conversan sobre el tiempo o el último concierto con una extraordinaria nobleza y el sentido de su propia dignidad. Aquí encontrará usted millares de caracteres incomprensibles y fenómenos. ¡Oh, Creador!... ¡Qué caracteres tan extraños encuentra uno en la perspectiva Nevski! Hay allí infinidad de gentes que al ver a usted le mirarán irremisiblemente a los zapatos, y si usted pasa sin detenerse, se volverán de fijo para mirarle a los faldones.

Todavía no he podido comprender por qué ocurre esto. Al principio pensé que se trataría de zapateros; pero luego resultó que no era así. La mayor parte estaban empleados en diversos departamentos; muchos de ellos podrían escribir de una manera perfecta una comunicación y dirigirla de un departamento oficial a otro, o pasearse o leer periódicos en las confiterías... O sea, que la mayor parte son gente como es debido.

En esta bendita hora de las dos a las tres de la tarde (que puede calificarse de capital movible de la perspectiva Nevski) tiene lugar la principal exposición de las mejores obras del hombre. El uno exhibe una elegante levita guarnecida del mejor castor; otro, una maravillosa nariz griega; el tercero usa unas magníficas patillas; la cuarta un par de bellos ojos y un asombroso sombrerito; el quinto, una sortija con talismán pasada al elegante meñique; la sexta, un piececito dentro de un encantador y diminuto zapato; el séptimo, una corbata que despierta la curiosidad, y el octavo, unos bigotes que sumergen en asombro. Pero... dan las tres y la exposición se termina y la muchedumbre disminuye... A las tres sobreviene un nuevo cambio.

En la perspectiva Nevski, de repente, se hace la primavera; toda ella se cubre de funcionarios de uniformes verdes. Hambrientos consejeros titulares de Corte y de otras clases emplean todas sus fuerzas en acelerar su paso. Los funcionarios jóvenes y los secretarios se apresuran a aprovechar un poco más el tiempo y a pasear por la perspectiva Nevski con un porte que no demuestra que se han pasado seis horas seguidas sentados en una oficina del Estado; pero los viejos secretarios y consejeros titulares de la Corte caminan de prisa y con la cabeza baja. No tienen tiempo de ocuparse en la contemplación de los transeúntes. No se sienten todavía liberados de sus preocupaciones. En sus cabezas hay un enredo y todo un archivo de asuntos empezados y sin terminar; ha de pasar mucho tiempo hasta que dejen de ver, en lugar de un anuncio, la carpeta llena de papeles o el rostro carnoso del jefe de la cancillería.

A partir de las cuatro la perspectiva Nevski queda vacía, y será raro que encuentre usted en ella un solo funcionario. Alguna costurerilla que, saliendo de la tienda, corre con la caja entre las manos por la perspectiva Nevski; alguna lastimosa víctima de la prodigalidad, vestida con un mísero capote; algún bobalicón a quien se encuentra de paso y para el cual las horas son iguales; alguna alta y larguísima inglesa con el ridicule y el libro entre las manos; algún cobrador, el ruso de levita de mezcla de algodón (cuya cintura descansa en mitad de la espalda) y de delgada barba, que vive una vida prendida con alfileres, en la que todo se tambalea -la espalda, los brazos, los pies y la cabeza- cuando respetuosamente circula por la acera; algún artesano... y a nadie más encontrará usted en la perspectiva Nevski.

Pero tan pronto como desciende el crepúsculo sobre las casas y las calles, y el farolero cubierto de esparto se sube en su escalera para encender los faroles, y a las vitrinas de los escaparates se asoman aquellas estampas que no se atrevían a asomarse durante el día..., entonces la perspectiva Nevski vive de nuevo y empieza a moverse. Ha llegado la hora misteriosa en la que las lámparas prestan a todo una sugestiva y maravillosa luz. Encontrará usted a muchos jóvenes, solteros en su mayor parte, vestidos de levita y cubiertos con un capote. A esta hora se percibe que las gentes persiguen un fin o al menos algo parecido a un fin, un algo excesivamente inconsciente; los pasos se hacen más rápidos y desiguales, las largas sombras se deslizan raudas por las paredes y el suelo de la calle y casi alcanzan con sus cabezas el puente Politzeiski. Los jóvenes funcionarios y secretarios pasean durante largo rato, pero los viejos consejeros titulares y de Corte se quedan en su mayoría en casa, bien porque sean casados o porque sus cocineras alemanas les preparan muy bien la comida. Aquí encontrará usted a los viejos respetables que con tan importante aire y asombrosa nobleza paseaban a las dos por la perspectiva Nevski. Les verá usted correr, lo mismo que a los jóvenes secretarios, con objeto de mirar bajo el sombrero de alguna de esas damas, cuyos gruesos labios y maquilladas mejillas tanto gustan a muchos de los paseantes y aún más a los cobradores y comerciantes que, vestidos siempre de levita al estilo alemán, circulan en tropel y cogidos generalmente del brazo.

-¡Para! -gritó en este momento el teniente Piragov, dando un tirón al joven vestido de frac y cubierto con una capa que marchaba a su lado-. ¿Has visto?

-He visto. ¡Maravillosa! Es enteramente la Biancca de Peruggini.

-Pero ¿de quién estás hablando?

-¡Pues de ella! ¡De aquella de pelo oscuro!... ¡Qué ojos!... ¡Dios mío, qué ojos!... ¡Todo!... ¡El contorno! ¡El óvalo del rostro! ¡Es un milagro!

-Te estoy hablando de la rubia. De la que pasó tras ella por aquel lado... ¿Por qué no sigues a la morena si te ha gustado tanto?

-¡Oh!... ¿Cómo hacerlo?... -exclamó el joven vestido de frac, ruborizado. ¡Como si fuera una de esas que pasan por el atardecer por la perspectiva Nevski!... ¡Debe de ser una dama muy principal! Solamente su capa debe de valer por lo menos 80 rublos.

-¡Bobo!... -dijo con viveza Piragov, empujándolo con fuerza hacia el punto en donde flotaba la capa de alegre colorido. ¡Anda, pánfilo, que se te va a escapar! Yo, mientras tanto, iré tras la rubia.

Y ambos amigos se separaron.

"¡Ya las conocemos a todas!", pensó para sí Piragov con una sonrisa complacida y vanidosa, convencido de que no existía belleza que pudiera resistírsele.

El joven del frac y la capa se dirigió con tímido paso hacia el punto en que ondeaba a lo lejos la capa de vivos colores, que tan pronto brillaba a la luz del farol, al pasar junto a éste, como se cubría inmediatamente de oscuridad al alejarse. El corazón le latía en el pecho, y sin querer apresuraba el paso. No se atrevía siquiera a pensar que pudiera tener algún derecho a la atención de la belleza que se le escapaba volando a lo lejos, cuanto menos a dar cabida en su pensamiento a la negra alusión del teniente Piragov. Sólo quería ver la casa..., fijarse en dónde tenía la vivienda aquella encantadora criatura, que parecía haber caído directamente del cielo a la perspectiva Nevski, y que seguramente desaparecería no se sabría por dónde. Marchaba tan de prisa, que empujaba sin cesar fuera de la acera a los respetables señores de canosas patillas.

Este joven pertenecía a una clase que entre nosotros constituye un fenómeno bastante raro, y que tanto podía pertenecer a la ciudad de Petersburgo como la persona que vemos en sueños al mundo real. Esta casta excepcional era muy extraordinaria en aquella ciudad, donde todos eran funcionarios, comerciantes o artesanos alemanes. Era pintor. ¿No es verdad que era aquél un extraño fenómeno? ¡Un pintor de Petersburgo! ¡Pintor en la tierra de las nieves! ¡Pintor en el país de los finlandeses..., donde todo es húmedo, liso, llano, pálido, gris y embrumado! Estos pintores no se parecen a los pintores italianos, orgullosos, ardientes como Italia y su cielo. Por el contrario, son en su mayor parte gente buena, tímida, que se turba fácilmente, despreocupada, apegada calladamente a su arte, que bebe té junto a sus dos amigos en su pequeña habitación, que habla modestamente del tema querido y no piensa en nada superfluo. Acostumbra llevar a su casa a alguna mendiga vieja y la obliga a permanecer allí durante seis horas con objeto de plasmar después sobre el lienzo su expresión lastimera sin sentimiento. Dibuja la perspectiva de su habitación, llena de fruslerías artísticas: brazos y pies de escayola, que el polvo y el tiempo han tornado del color del café; rotos y pintorescos caballetes, la paleta volcada, el amigo que toca la guitarra, las paredes manchadas de pintura, la ventana abierta, a través de la cual se ve pasar el pálido Neva y los pobres pescadores vestidos con camisas rojas. El colorido de sus obras suele ser gris y turbio, como si llevara impreso el sello del Norte.

Además, se aplican a su trabajo con verdadero deleite. Frecuentemente esconden dentro de sí verdadero talento, y si sobre ellos hubiera soplado el fresco viento de Italia, seguramente ese talento se hubiese desarrollado con la misma brillantez y libertad que la planta sacada de la habitación al aire libre. Por lo general son muy tímidos: la vista de una condecoración o de unas gruesas charreteras produce en ellos tal azoramiento, que sin querer rebajan al punto el precio de sus creaciones. Gustan a veces de elegantizarse; pero esta elegancia resulta en ellos demasiado chillona, y se asemeja un poco a un remiendo. Los verá usted a veces vestidos con un magnífico frac y una capa manchada, con un rico chaleco de terciopelo y una levita sucia de pintura, del mismo modo que verá usted la cabecita de ninfa dibujada en el fondo de la obra realizada anteriormente con deleite, si no se ha encontrado sitio mejor donde dibujarla. Nunca lo mirará directamente a los ojos, y si lo hace será de un modo vago; no lo penetrará con la mirada del observador o con aquella de águila del oficial de Caballería.

Esto sucede porque al mismo tiempo que sus rasgos está contemplando los rasgos de algún Hércules que se encuentra en su habitación o porque se está representando ante él el cuadro que se propone crear. Por eso, a menudo contesta de una manera descosida y a veces hasta incoherente, ya que todas las ideas que se mezclan en su cabeza aumentan su timidez. A esta clase pertenecía el joven pintor Peskarev, tímido y fácilmente azorado, pero cuya alma estaba llena de chispas de sentimiento dispuestas a convertirse en llama. Con oculto temblor se apresuraba hacia aquel objeto de su atención que tanto lo había asombrado, pareciendo extrañarse él mismo de su atrevimiento. La criatura desconocida que se había apoderado de sus pensamientos y de sus sentimientos volvió de repente la cabeza y lo miró. ¡Dios mío!... ¡Qué rasgos prodigiosos!... La maravillosa frente, de una blancura cegadora, estaba sombreada por el magnífico cabello. Una parte de los maravillosos bucles caía bajo el sombrero y rozaba la mejilla, teñida de un fresco y fino rubor producido por el frío nocturno. La boca parecía cerrarse sobre un enjambre de maravillosos ensueños. ¡Todos cuantos recuerdos conservamos de la niñez, todo cuanto nos conduce al ensueño o a la callada inspiración -como nos conduce la lamparita ante la imagen-, todo parecía unirse y reflejarse en su armoniosa boca! Miró a Peskarev, y el corazón de éste latió bajo aquella mirada. Lo miraba y un sentimiento de indignación se traslucía en su mirada por verse objeto de aquella persecución tan descarada; pero aun el mismo enfado era encantador en aquel rostro maravilloso.

Lleno de vergüenza y timidez, se detuvo él, bajando la cabeza; pero... ¿cómo perder de vista a esta divinidad sin saber siquiera dónde se hospedaba? Tales pensamientos llenaban la cabeza del joven soñador, que decidió seguirla. Sin embargo, para no hacerlo notar dejó aumentar la distancia que los separaba, mirando al parecer distraídamente a los anuncios, pero sin perder de vista ni un solo paso de la desconocida. Los transeúntes eran más escasos; la calle se hacía más tranquila; la bella volvió la cabeza, y a él le pareció que una ligera sonrisa brillaba en sus labios. Todo su organismo tembló, sin poder dar crédito a sus ojos. No. Era sin duda la linterna, que con su engañadora luz había hecho expresar a su rostro aquella especie de sonrisa. No. Eran sus propios ensueños los que se reían de él. Sin embargo, la respiración se detuvo en su pecho; todo latía en su interior; todos sus sentimientos ardían, y todo ante él se cubrió de una bruma. La acera pasaba volando bajo sus pies; las berlinas, con sus caballos al galope, parecían estar inmóviles; el puente se estiraba y se partía por el centro de su arco; las casas estaban invertidas; la garita le salía al encuentro, cayendo sobre él, y la alabarda del guardia, mezclada a las palabras y las tijeras dibujadas en oro, parecían brillar en las mismas pestañas de sus ojos. Todo esto lo había producido una mirada, el girar de la linda cabecita. Sin oír, sin ver, pasaba volando sobre las maravillosas huellas de aquellos piececitos, esforzándose en contener la rapidez de su paso, que marchaba al mismo ritmo que su corazón. A veces se apoderaba de él la duda. ¿Era verdad que la expresión de su rostro había sido benévola?... Entonces se detenía un momento; pero el latido de su corazón y la invencible fuerza e inquietud de todos sus sentimientos lo impulsaban hacia adelante. Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla. Sus rodillas temblaban, ardían sus pensamientos y sentimientos, un relámpago de alegría penetró con insoportable agudeza en su corazón. No. ¡Esto ya no era ensueño! ¡Dios mío! ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos!

Sin embargo..., ¿no sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida, y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera. No lo dominaba ningún pensamiento terreno; no se sentía excitado por la llama de la pasión terrena. No. En aquel minuto era limpio y puro, como el adolescente virgen que experimenta todavía la necesidad del amor espiritual. Lo que en un hombre vicioso hubiera despertado atrevidos pensamientos hacía los suyos aún más elevados.

Esta confianza otorgada por la débil y maravillosa criatura le imponía la promesa de austeridad del caballero. La promesa de cumplir como un esclavo todas sus órdenes. Deseaba únicamente que aquellas órdenes fueran las más difíciles e irrealizables para volar con mayor esfuerzo a su conquista. No dudó por un momento de que algún misterioso y al mismo tiempo importante suceso obligaba a la desconocida a hacerlo objeto de su confianza, de que le exigiría servicios de mucho interés, y sentía ya dentro de sí fuerza y decisión para todo.

La escalera ascendía, y con ella ascendían también sus fugaces ensueños.

-Vaya usted con cuidado -sonó la voz, cual un arpa, llenando nuevamente de temblor todas sus venas.

En la sombría altura del cuarto piso la desconocida golpeó en la puerta, que se abrió, y ambos entraron. Una mujer de exterior bastante agradable, llevando una vela en la mano, les salió al encuentro; pero miró a Peskarev de una manera tan extraña y descarada, que éste, sin querer, bajó los ojos. Entraron en la habitación. Tres figuras femeninas en distintos rincones se ofrecieron a sus ojos. Una de ellas hacía solitarios, otra estaba sentada ante el piano y tocaba con dos dedos una especie de lastimera y antigua polonesa, mientras la tercera, sentada ante el espejo, peinaba sus largos cabellos sin pensar en interrumpir su toilette por la entrada de una persona desconocida. El desagradable desorden que sólo se encuentra en la vivienda del solterón reinaba por doquier. Los muebles, bastante buenos, estaban cubiertos de polvo; la araña había llenado con su tela el friso tallado; por la puerta entreabierta de la habitación se veía brillar la bota guarnecida de espuela y el color rojo del uniforme, mientras una fuerte voz masculina y una risa femenina se dejaban oír sin ningún recato.

¡Dios mío!... ¡Dónde ha venido a caer!... Al principio no quería creerlo, y se puso a examinar con atención los objetos que llenaban la habitación; pero las paredes vacías y las ventanas sin visillos no revelaban la presencia de ningún ama de casa cuidadosa; los rostros gastados de estas lastimosas criaturas, una de las cuales vino a sentarse ante su misma nariz, mirándolo con la misma tranquilidad con que se mira una mancha en el vestido ajeno..., todo le confirmaba que había penetrado en el asqueroso cobijo donde tiene su morada el lastimoso vicio producto de la vana instrucción y de la terrible abundancia de gente de la capital, cobijo donde el hombre pisotea y se ríe de todo lo limpio y sagrado que adorna la vida; donde la mujer, esta gala del mundo, aureola de la creación, se transforma en un ser extraño y ambiguo, que al mismo tiempo que la pureza del alma perdió toda su feminidad, adquiriendo los repugnantes ademanes y el descaro del hombre y cesando de ser aquella débil criatura tan distinta de nosotros, pero tan maravillosa.

Peskarev la miraba con ojos asustados de pies a cabeza, como queriendo asegurarse de que era la misma que lo había hechizado, haciéndolo seguirla por la perspectiva Nevski. Ella, sin embargo, aparecía ante él igualmente bella. Su cabello era igual de maravilloso, y sus ojos continuaban pareciendo celestiales. Su frescura era radiante, tenía sólo diecisiete años y se veía que el temible vicio había hecho su presa en ella desde hacía poco tiempo, y que aún no se atrevía a rozar sus mejillas, frescas y ligeramente sombreadas de fino rubor. Era maravillosa. Peskarev permanecía inmóvil ante ella y ya dispuesto a olvidarse de todo, como se olvidaba antes; pero la bella, aburrida de tan largo silencio, le sonrió de una manera significativa mirándolo a los ojos. Esta sonrisa estaba impregnada de cierto lastimoso descaro. Era tan extraña a su rostro y le iba tan mal como la expresión beatífica al del usurero o el libro de contabilidad al poeta. Él se estremeció. Se abrió la linda boca y comenzó a decir algo, pero necio y trivial... Se veía que al hombre, al perder la pureza, le abandona también la inteligencia. No quiso escuchar nada. Se produjo de una manera risible y con la sencillez de una criatura. En vez de aprovechar tal benevolencia, en vez de alegrarse de esta ocasión, como lo hubiera hecho sin duda cualquier otro en su lugar, echó a correr como un cordero salvaje hacia la calle.

Con la cabeza baja y los brazos caídos permaneció sentado en su habitación, como el pobre que después de encontrar una perla sin precio la ha dejado caer al mar.

¡Tan bella! ¡Unos rasgos tan maravillosos..., y en qué lugar se encuentra!, era todo lo que se sentía capaz de articular.

Nunca, en efecto, se apodera tanto de nosotros la piedad como ante la vista de la belleza alcanzada por la respiración podrida del vicio. ¡Si fuera, al menos, la fealdad la que girara con él!... ¡Pero la belleza!... ¡La tierna belleza!... En nuestro pensamiento sólo puede unirse con la pureza y la limpidez. La bella que había hechizado al infeliz Peskarev era ciertamente un maravilloso y extraordinario fenómeno. Su presencia en aquel despreciable ambiente resultaba aún más extraordinaria. Todas sus facciones estaban dibujadas con tal nitidez, toda la expresión de su maravilloso rostro respiraba tal dignidad, que de ninguna manera podía creerse que el vicio hubiera dejado caer sobre ella sus terribles garras. Hubiera constituido una perla sin precio, el universo entero, el paraíso, la riqueza toda de un apasionado esposo, hubiera sido una prodigiosa y plácida estrella dentro de un círculo familiar, y un movimiento de su maravillosa boca hubiera bastado a dispensar dulces órdenes, hubiera aparecido como una diosa entre la muchedumbre de un salón, deslizándose sobre el claro parquet iluminado por el resplandor de las velas, recogiendo la callada devoción de la multitud de admiradores rendidos a sus pies... Pero, ¡ay!, por la voluntad terrible del espíritu infernal que desea destruir la armonía de la vida, había sido arrojada con risa grotesca en el abismo...

Destrozado de piedad se hallaba sentado ante la vela encendida; hacía tiempo que había pasado la medianoche, y cuando la campana de la torre dio las doce y media continuaba sentado, inmóvil, inactivo y desvelado. La somnolencia, aprovechando su quietud, comenzaba cautelosamente a apoderarse de él; ya la habitación empezaba a desaparecer; tan sólo la llama de la vela traslucía a través de los sueños, venciéndolo, cuando de repente un golpe en la puerta lo hizo estremecerse y lo obligó a recobrarse. La puerta se abrió, dando paso a un lacayo vestido de rica librea2. Jamás había entrado una rica librea en su solitaria habitación y menos aún a hora tan extraordinaria. Se quedó asombrado y mirando con impaciente curiosidad al recién llegado lacayo.

-La señora en cuya casa -dijo con un respetuoso saludo el lacayo- hace unas horas tenía usted la amabilidad de encontrarse, me ordena que le ruegue que vaya a visitarla y le envía su berlina3.

Peskarev estaba callado y sorprendido. "Berlina..., lacayo de librea... ¡No! Aquí hay seguramente una confusión...", pensó.

-Escuche, amigo -pronunció con timidez-: usted seguramente se ha equivocado de lugar. Seguramente la señora ha enviado a buscar a algún otro que no soy yo.

-No, señor; no me he equivocado. ¿No fue usted quien tuvo la amabilidad de acompañar a la señora a pie hasta la casa de la calle Leteinaia, habitación del cuarto piso?

-Sí. Fui yo.

-¡Entonces!... Dese prisa, por favor. La señora desea verle sin falta y le pide que vaya directamente a su casa.

Peskarev bajó corriendo la escalera. En efecto, en la calle había una berlina. Se sentó en ella, se cerraron las portezuelas, las piedras de la calle resonaron bajo las ruedas y los cascos, y la perspectiva de las casas, iluminadas con brillantes anuncios, pasó volando ante las ventanillas de la berlina. Peskarev reflexionaba durante el camino, sin saber cómo explicarse esta aventura. "Casa propia, berlina, lacayo de rica librea..." No podía relacionar nada de esto con la habitación del cuarto piso, las ventanas empolvadas y el piano abierto. La berlina se detuvo ante una entrada brillantemente alumbrada, asombrándole de súbito la fila de carruajes, las voces de los cocheros, las ventanas resplandecientes y el sonido de la música que llegaba hasta él. El lacayo de la rica librea lo ayudó a bajar de la berlina, acompañándolo en actitud respetuosa hasta el vestíbulo, provisto de columnas de mármol, en el que se encontraba un portero con uniforme guarnecido de oro, y se veían capas y pellizas diseminadas por diversos lugares, así como una brillante lámpara.

Una airosa escalera de refulgentes barandillas e impregnada de aromas conducía al piso superior. Ya estaba sobre ella..., ya había entrado en la primera sala, asustado y retrocediendo sus pasos a la vista de tanta gente. La extraordinaria variedad de rostros lo dejó completamente aturdido. Le parecía como si algún demonio hubiera desmenuzado el mundo en infinidad de diversos pedazos y que todos aquellos pedazos se hubieran mezclado allí. Los hombros resplandecientes de las damas, los negros fraques, las arañas, las lámparas, los vaporosos volantes de gasa, las etéreas cintas y el grueso contrabajo que asomaba por la barandilla..., ¡todo lo deslumbraba! Vio de pronto reunidos tantos viejos venerables y hombres maduros, de decorados fraques; damas que con tanta ligereza, altivez y gracia se deslizaban por el parquet o permanecían sentadas en fila; oía tantas palabras pronunciadas en francés o en inglés; era tal, además, la distinción de los jóvenes de negros fraques, hablaban y vacilaban con tanta dignidad, sabían tan bien lo que tenían que decir o no decir, con tal solemnidad bromeaban, con tal respeto sonreían, llevaban unas patillas tan perfectas, con tanto arte sabían mostrar sus impecables manos arreglándose la corbata, las damas eran tan vaporosas, estaban tan sumergidas en la propia complacencia, bajaban con tanto encanto los ojos..., que...

Pero ya la modesta actitud de Peskarev, apoyado temeroso en la columna, revelaba el aturdimiento en que se encontraba. La muchedumbre rodeaba en aquel momento el grupo de los que bailaban. Volaban entre éste transparentes creaciones de París y vestidos tejidos por el mismo aire; las bellas rozaban descuidadamente el parquet con sus piececitos y hubieran sido más etéreas todavía si no lo hubieran siquiera rozado. Pero una de ellas estaba vestida mejor que ninguna, más ricamente y con más brillantez. El gusto más exquisito podía apreciarse en toda su vestimenta, pareciendo al mismo tiempo que ella ni se preocupaba de ésta ni le concedía la menor importancia. No miraba a la muchedumbre de espectadores en torno. Sus maravillosas y largas pestañas bajaban indiferentes sobre sus ojos, y la resplandeciente palidez de su rostro sorprendía más cuando, al inclinar la cabeza, una ligera sombra cubría su encantadora frente. Peskarev puso en juego todos sus esfuerzos para, atravesando la muchedumbre, poder contemplarla, mas para mayor enojo suyo una inmensa cabeza de oscuro y rizado pelo le interceptaba sin cesar la vista. La muchedumbre, además, lo estrujaba de tal manera, que no se atrevía a avanzar ni a retroceder por miedo a empujar a alguno de los consejeros. Sin embargo, pudo al fin adelantarse, y miró su traje para arreglar su atavío. "¡Santo cielo!... ¡Qué era aquello!... ¡Tenía toda la levita manchada de pintura!" En la prisa por llegar se había olvidado de ponerse un traje conveniente. Enrojeciendo hasta las orejas, bajó la cabeza y hubiera querido que lo tragara la tierra...; pero esto era imposible. Los gentileshombres de cámara, de resplandecientes trajes, formaban tras ella una compacta pared. Deseaba ahora encontrarse lo más lejos posible de la bella de maravillosas pestañas y linda frente. Temeroso levantó la suya para cerciorarse de que no lo miraban, pero..., ¡Dios mío!, estaba ante él... "¿Qué es esto?... ¿Qué es esto?... ¡Es ella!", exclamó casi en voz alta. En efecto, era ella; la misma a la que había visto por primera vez en Nevski; a la que había acompañado hasta su vivienda.

Ella alzó los párpados y contempló a todos con su clara mirada. "¡Qué bella es, ay!...", pudo tan sólo murmurar con entrecortada respiración. La joven miraba a todo aquel círculo que deseaba atraer su atención; pero su mirada era cansada y distraída cuando sus ojos, apartándose de él, encontraron los de Peskarev. "¡Oh, qué cielo aquel! ¡Qué paraíso! ¡Que otorgue fuerzas el Creador para soportar su contemplación! ¡Una vida entera no bastaría a contenerle y destrozará y enajenará el alma!"

Le hizo una seña, pero no con la mano; fueron los ojos los que la expresaron, pero con tal fineza, que nadie pudo observarla y sólo él la comprendió. El baile se prolongó durante largo tiempo, la fatigada música parecía apagarse y morir, pero de nuevo crecía, chillaba y retumbaba. Por fin cesó. Ella se sentó; su pecho se alzaba con la respiración bajo el fino cendal de la gasa; su mano... (¡supremo Hacedor! ¡Qué mano maravillosa!) cayó sobre las rodillas, oprimiendo con su peso el vaporoso vestido que parecía irradiar música y cuyo fino color lila subrayaba aún más perceptiblemente su brillante blancura. "¡Tan sólo rozar aquella mano! ¡Nada más! ¡Ningún deseo más! ¡Cualquier otro pensamiento sería una osadía!..." Se encontraba detrás de su silla; pero no se atrevía a hablar..., no se atrevía a respirar...

-¿Está usted aburrido? -exclamó ella-. También yo me aburro. Observo que me aborrece usted -añadió después, bajando las largas pestañas.

-¿Aborrecerla yo?... ¿A usted? -intentó decir Peskarev completamente desconcertado.

Seguramente hubiera dicho muchas más incoherencias si en ese momento no se les hubiera acercado un chambelán cuya cabeza lucía un rizado tupé y que comenzó a hacer gratas e ingeniosas observaciones. Mostraba éste de agradable manera una fila de dientes bastante bonitos, mientras con cada una de sus sutilezas introducía un afilado clavo en el corazón del joven pintor. Alguien por fin, y en buena hora, se dirigió al chambelán para hacerle una pregunta.

-¡Qué insoportable es! -dijo la bella, levantando sus celestiales ojos-. Voy a sentarme al otro lado del salón. Vaya usted allí.

Después, deslizándose entre la muchedumbre, desapareció. Como un loco se abrió paso a empujones entre la muchedumbre hasta trasladarse al otro lado. "¡Conque era ella!" Estaba sentada como una reina, pero más maravillosa que ninguna, y lo buscaba con los ojos.

-¿Está usted aquí? -pronunció en voz baja-. Voy a ser sincera con usted. Seguramente le habrán parecido extrañas las circunstancias de nuestro encuentro. ¿Será posible que haya usted pensado que yo pertenecía a aquella clase despreciable entre la que me encontró? Le parecerá extraña mi actitud, pero le revelaré un secreto. ¿Será usted capaz -agregó, mirándolo fijamente a los ojos- de no traicionarlo nunca?

-¡Oh!... ¡Lo seré! ¡Lo seré!...

En aquel momento se aproximaba un caballero de edad avanzada, que comenzó a hablar con ella en un idioma desconocido para Peskarev, ofreciéndole después el brazo. La joven lanzó una mirada suplicante a Peskarev y le hizo seña de permanecer en el mismo lugar esperando su regreso; pero él, presa de impaciencia, no tenía ya fuerza para recibir órdenes, aunque partieran de aquella boca. Se dispuso a seguirla; pero la muchedumbre vino a separarlos, y dejó de ver el vestido de color lila. Intranquilo, se dirigía de una sala a otra, empujando sin miramiento a todos cuantos encontraba; pero en ellas sólo había gente sentada ante las mesas, jugando a las cartas y sumergida en silencio mortal. En el rincón de un aposento discutían varios ancianos caballeros sobre las ventajas del servicio militar sobre el civil; en otro, algunas personas vestidas con magníficos fraques desgranaban ligeras observaciones sobre el trabajo, en varios volúmenes, de un laborioso poeta. Peskarev sintió de pronto que un señor de bastante edad y respetable aspecto lo cogía por el botón de su frac, proponiéndole que opinara sobre su última, justa, observación; pero el joven lo empujó brutalmente sin fijarse en que aquél ostentaba en el pecho una condecoración en demasía significativa. Se dirigió corriendo a otro aposento, pero tampoco allí estaba ella; un tercero, y tampoco.

-¿Dónde está? ¡Démenla! -exclamó desesperado-. ¡Yo no puedo vivir sin mirarla! ¡Quiero escuchar lo que quería decirme!

Pero toda su búsqueda resultó vana. Inquieto, cansado, se apoyó en un rincón mirando a la muchedumbre. Sus ojos, forzada su vista, empezaban a verlo todo nebuloso. Por fin empezaron a aparecérsele con claridad las paredes de su habitación. Levantó los ojos; ante él estaba la palmatoria con su vela a medio consumir, cuyo sebo se derretía sobre la mesa.

¿Se había dormido entonces? Y ¡qué sueño aquel, Dios mío!... ¿Por qué se despertó?... ¿Por qué no esperó un minuto más?... ¡Seguramente que ella habría vuelto!... Una luz enojosa, como nimbo empañado y desagradable, se asomaba por la ventana. ¡La habitación estaba llena de un desorden tan turbio y tan gris!... ¡Oh, qué repugnante era la realidad!... ¿Cómo poder compararla con el sueño?... Se desvistió rápidamente y envolviéndose en la manta se echó sobre la cama, anhelando volver, aunque sólo fuera por un instante, a aquel sueño desaparecido. Éste no tardó mucho tiempo en llegar, pero no en la forma que él deseaba: tan pronto veía al teniente Piragov con una pipa en la mano, como a un portero de academia, a un consejero o la cabeza de la lechera a la que en tiempos hiciera un retrato, o cualquier otro absurdo semejante.

Hasta el mediodía permaneció echado en la cama intentando dormir, sin que ella apareciera. ¡Si tan sólo por un momento hubiera dejado ver sus maravillosos rasgos! ¡Si sólo un momento se hubiera oído el ruido de sus ligeros pasos, o hubiera pasado raudo ante él el brillo de su brazo desnudo!...

Rechazando toda otra idea, olvidándose de todo, permanecía sentado en actitud desconsolada y sumergido únicamente en aquel ensueño. Sin moverse, sin tocar ningún objeto, miraban sus ojos, vacíos de interés y de toda vida, por la ventana que se abría sobre el patio, en el que un sucio aguador vertía el agua que se hacía hielo en el aire, y la cascada voz de un vendedor pregonaba: "¿Venden ropa vieja?..." Todo lo real, todo lo cotidiano, hería de extraña manera sus oídos. Así permaneció sentado hasta la noche, en que se tendió otra vez, ansioso, sobre la cama. Durante mucho tiempo luchó con el insomnio, pero por fin pudo vencerlo. De nuevo el sueño, pero el sueño vulgar..., feo... "¡Dios mío, apiádate de mí! ¡Aunque sólo sea un minuto!... ¡Un minuto solamente, muéstramela!" De nuevo esperó la llegada de la noche, de nuevo se durmió, soñó de nuevo con algún funcionario que era a la vez funcionario y fagot. ¡Oh!... ¡Aquello era insoportable!... ¡Por fin surgió ella!... ¡Su cabecita cubierta de rizos... lo miraba!... Pero ¡qué breve había sido su aparición!... De nuevo la niebla, de nuevo un sueño disparatado.

Al cabo, aquellos sueños llegaron a constituir su vida entera, y desde ese instante su vida adquirió un giro extraño. Podía decirse que dormía despierto y velaba dormido. Si alguien lo hubiera visto sentado y silencioso, delante de una mesa vacía, o andando sin rumbo por la calle, seguramente lo hubiera tomado por un lunático o por un ser destrozado por el abuso de las bebidas alcohólicas. Su mirada no revelaba la existencia de ningún pensamiento, y su habitual distracción había ido en aumento, hasta el punto de borrar de su semblante todo rastro de sentimiento. Sólo cuando llegaba la noche volvía a la vida.

Tal estado llegó a agotar sus fuerzas, siendo por fin su mayor martirio la pérdida total del sueño. Deseando defender aquella su única riqueza, puso en juego todos los medios para recobrarla. Había oído decir que había algo para conseguirlo y que esto era tan sólo el opio. Pero ¿dónde procurarse este opio? Recordó que conocía a cierto persa que tenía una tienda de chales y que siempre que lo encontraba le pedía que le hiciera el dibujo de alguna bella. Decidió dirigirse a él, pensando en que sin ninguna duda podía procurarle el opio que buscaba. El persa lo recibió sentado sobre sus pies cruzados en el diván.

-¿Para qué quieres el opio? -preguntó. Peskarev le refirió su insomnio.

-Bien. Yo te daré el opio que quieres, pero tendrás que dibujarme alguna beldad. Que sea bonita, que tenga las cejas negras y los ojos grandes como las aceitunas y que me dibujes a mí echado a su lado fumando mi pipa. ¿Me oyes? Que sea bonita..., que sea muy bonita.

Peskarev lo prometió todo. El persa salió un instante del aposento y volvió trayendo un tarrito lleno de un líquido oscuro, del que cuidadosamente vertió parte en otro tarrito que entregó a Peskarev diciéndole que no había de emplear más de siete gotas disueltas en agua. Ansioso, cogió aquél el valioso tarrito, que ni por un montón de oro hubiera cambiado, y alocado volvió a su casa. Al llegar a ésta echó unas cuantas gotas en un vaso de agua, las bebió y se echó a dormir.

¡Dios mío! ¡Qué alegría!... ¡Ella!... ¡Otra vez ella! Pero ahora completamente en distinto aspecto. ¡De qué bella manera estaba sentada junto a la ventana de una alegre casita de campo! Su vestimenta respiraba aquella sencillez con que la revistió el pensamiento del poeta. El peinado... ¡Qué sencillo este peinado y qué bien le iba!... Un pequeño pañuelo estaba echado al desgaire sobre su esbelto cuello. Todo en ella era recato, todo revelaba un inexplicable sentido del gusto. ¡Qué grato y gracioso modo de andar el suyo! ¡Cuánta música en el sonido de sus pasos y en el de su sencillo vestido! ¡Qué linda su muñeca oprimida por un brazalete!... Le decía, con una lágrima temblándole en los ojos:

-No me desprecie... No soy la que usted cree... ¡Míreme! ¡Míreme fijamente y dígame!... ¿Puedo ser yo capaz de lo que usted piensa?

-¡Oh!... ¡No, no! ¡El que se atreva a pensarlo...!

Pero en aquel momento se despertó, conmovido, deshecho y con los ojos llenos de lágrimas. "¡Más valiera que no hubieras existido nunca! ¡Que no hubieras pertenecido a este mundo y fueras sólo producto de la inspiración del artista! ¡No me hubiera entonces separado del lienzo, y eternamente te hubiera mirado y te hubiera besado!... ¡Hubiera vivido, hubiera respirado de ti como de un maravilloso ensueño y hubiera sido dichoso! ¡No hubiera tenido otros anhelos! Te hubiera evocado como a un ángel guardián antes del sueño o la vigilia, contemplándote cuando tuviera que expresar algo beatífico. En cambio, ahora..., ¡qué terrible vida!... ¿De qué puede servirme vivir? ¿Acaso la vida de un loco puede ser grata para los parientes y amigos que lo quisieron en un tiempo? ¡Dios mío!, ¿qué vida es la nuestra? ¿Una eterna pugna entre el sueño y la realidad?"

Semejantes pensamientos se sucedían en él sin cesar. No pensaba en nada. Apenas comía nada, y sólo con la impaciencia y pasión del amante esperaba la noche y con ella la llegada de la tan deseada aparición. Aquellos pensamientos, siguiendo siempre un mismo curso, llegaron a adquirir tal dominio sobre su ser y su imaginación, que la deseada imagen se le aparecía ya casi cada día y siempre en un aspecto contrario a la realidad; tan límpidos e iguales a los de un niño eran sus pensamientos. A través de aquel ensueño el objeto que lo motivaba se hacía más puro, transformándose completamente.

El opio encendía más vivamente sus pensamientos, y no hubo nunca un enamorado hasta un último y mayor grado de locura; uno más impulsivo, terrible, arrollador y rebelde que este pobre infeliz.

Entre todos sus sueños había uno que lo alegraba particularmente sobre los otros. Soñaba con su estudio. ¡Se veía en él tan alegre!... ¡Con tanto deleite sostenía la paleta entre las manos!... Ella estaba sentada allí. Era su mujer. Sentada a su lado, apoyaba su codo encantador sobre el respaldo de su silla, observando su trabajo. Sus lánguidos y cansados ojos parecían cargados de dicha. En toda la habitación se respiraba un ambiente de paraíso. ¡Era todo tan claro, tan cómodo! ¡Oh, supremo Creador!... Ella inclinaba su maravillosa cabecita sobre su pecho... ¡Nunca había tenido un sueño mejor! Después de él, se levantó más despejado y menos distraído que antes.

En su mente nacían extraños pensamientos. "¡Quién sabe si ha sido empujada al vicio por alguna terrible e involuntaria circunstancia! ¡Quién sabe si su alma se siente inclinada al remordimiento!... Puede que ella misma quiera escapar a su terrible situación... ¿Será posible asistir indiferente a su perdición, cuando bastaría tenderle la mano para sacarla de ella?" Sus pensamientos iban cada vez más lejos. "Nadie me conoce -se decía-. ¿A quién importo yo y quién me importa a mí? Si da pruebas de un claro remordimiento y cambia de vida, me casaré con ella. ¡Debo casarme con ella! Y seguramente haré mejor que otros que se casan con sus amas de llaves y hasta a menudo con las más despreciables criaturas. Mi rasgo, en cambio, sería desinteresado y hasta puede que grande. Devolveré al universo su más maravilloso adorno."

Cuando hubo formado este proyecto sintió que el rubor encendía su rostro. Se acercó al espejo y se asustó de la demacración de sus mejillas y de la palidez de su rostro. Comenzó a vestirse esmeradamente. Se lavó, se peinó, se puso un frac nuevo y un elegante chaleco, se echó una capa sobre los hombros y se lanzó a la calle. Al respirar el aire libre sintió un frescor en el corazón como el convaleciente que sale por primera vez después de una larga enfermedad. El corazón le latía al acercarse a aquella calle que sus pies no habían vuelto a pisar desde el fatal encuentro.

Empleó mucho tiempo en buscar la casa, pues la memoria parecía fallarle. Dos veces pasó por la calle sin saber ante qué casa detenerse. Por fin, en una creyó ver la que buscaba. Subió apresuradamente la escalera y golpeó sobre la puerta, que se abrió y... ¿quién imaginan ustedes que le salió al encuentro? ¡Su ideal! ¡Su imagen misteriosa! ¡El objeto de sus ensueños, al que se sentía tan terriblemente ligado con tanto sufrimiento y a la vez con tanta dulzura!... ¡Ella! ¡Ella misma estaba delante de él!... Temblando, apenas podía sostenerse sobre los pies en su arrebato de alegría: ¡tal era su debilidad!

Estaba tan hermosa como siempre, aunque sus ojos parecían adormecidos y la palidez asomaba a su rostro, que comenzaba a perder algo de su frescura. Sin embargo, seguía siendo hermosa.

-¡Ah!... -exclamó al ver a Peskarev y restregándose los ojos; en aquel momento eran las dos de la tarde-. ¿Por qué huyó usted de nosotras aquel día?

Exhausto, él había caído sentado en una silla y la miraba.

-Acabo de despertarme. Me trajeron a las siete de la mañana. Estaba completamente borracha -añadió con una sonrisa.

¡Oh! ¡Más hubiera valido que fuera muda antes que pronunciar tales palabras!... Como en un panorama, toda la vida de aquella mujer se mostró ante los ojos de él. No obstante, resolvió probar si sus admoniciones eran capaces de ejercer algún efecto. Recobrando el ánimo, con la voz temblorosa y al mismo tiempo llena de pasión, empezó a dibujarle todo el horror de la situación en que la veía. Ella lo escuchaba con atención y con aquel sentimiento de asombro que despierta en nosotros lo inesperado y lo extraño. Sonriendo ligeramente, dirigió una mirada a su amiga sentada en un rincón, que, dejando de limpiar el peine que estaba limpiando, se puso también a escuchar con atención al nuevo predicador.

-Es verdad que soy pobre -dijo por último Peskarey, después de su largo sermón- pero trabajaremos, nos esforzaremos a cuál más en mejorar nuestra vida. Nada hay más grato que debérselo todo a sí mismo. Yo, ocupado con mis pinturas; tú, sentada a mi lado, inspirando mis trabajos, bordarás o te emplearás en otras labores manuales, y no necesitaremos de nada más.

-¿Cómo iba a ser posible eso? -dijo ella, interrumpiendo su discurso y con cierto desprecio-. Yo no soy ninguna costurera o lavandera... para ponerme a trabajar.

¡Dios mío!... ¡Toda aquella vida baja y despreciable, que el ocio y el vacío, los dos fieles compañeros del vicio, ocupaban únicamente, se revelaba en estas palabras!

-¿Por qué no se casa usted conmigo? -dijo con descaro, de pronto, la amiga, que hasta entonces permanecía callada en un rincón-. Si yo llego a ser su mujer, me pasaré la vida así sentada.

Y diciendo esto, su lastimoso rostro adoptó una necia expresión, que hizo reír mucho a la bella.

¡Oh! ¡Esto ya era demasiado! Para soportarlo no le quedaban fuerzas. Incapaz de pensar ni de sentir ya nada, echó a correr fuera de allí. Su cerebro se turbó. Estúpidamente, sin rumbo determinado, vagó todo el día por las calles. Nadie pudo saber nunca dónde pasó la noche, y sólo a la mañana siguiente el torpe instinto lo condujo a su casa, en la que penetró pálido, con terrible aspecto y síntomas de locura en el semblante. Se encerró en su habitación, sin dejar pasar a nadie ni pedir nada. Cuatro días transcurrieron y su cuarto continuaba cerrado; después, una semana, sin que éste se abriera.

Se acercaron las gentes a su puerta, empezaron a llamar a ella, pero sin recibir respuesta; por fin la forzaron, y encontraron su cadáver con un tajo en la garganta. Una navaja cubierta de sangre se encontraba en el suelo, mientras que por sus brazos convulsivamente extendidos y el rostro terriblemente contorsionado podía deducirse que su mano no había sido certera y que había sufrido largo tiempo antes de que su alma pecadora abandonara su cuerpo.

Así, pues, pereció, víctima de su loca pasión, el pobre tímido, modesto, infantilmente ingenuo Peskarev, dotado de aquella chispa de talento que quién sabe si algún día se hubiera trocado en brillante llama. Nadie lo lloró, nadie estuvo junto a su cadáver en aquella hora, fuera del acostumbrado policía y el indiferente médico municipal. Su ataúd, sin celebración de oficios religiosos, fue llevado a Ojta, y con la única compañía de un viejo guarda, antiguo soldado, quien no cesó de llorar durante el fúnebre acto, y esto porque había bebido demasiado vodka. Ni siquiera el teniente Piragov vino a contemplar el cadáver del infeliz al que en vida dispensara su alta protección. No tenía tiempo para ello en aquel momento, pues se había visto mezclado con un acontecimiento extraordinario. Vamos, pues, a ocuparnos de él.

No me gusta nada todo lo relacionado con los difuntos, y siempre me resulta desagradable contemplar el desfile de un entierro, con su largo cortejo que se atraviesa en el camino, y cómo un soldado inválido, vestido de capuchino, se ve obligado a tomar rapé con la mano izquierda, porque lleva la derecha ocupada en sujetar un hachón. La vista de una rica carroza fúnebre, con su ataúd de terciopelo, causa siempre enojo en mi alma, mientras que la caja rota y desnuda de un pobre diablo, tras la que se arrastra una mendiga que no tenía mejor cosa que hacer y que se cruzó con él en la calle, me produce, en cambio, una mezcla de enojo y compasión.

Me parece recordar que abandonamos al teniente Piragov en el momento en que se separaba del desdichado Peskarev, apresurándose tras la rubia. Era esta rubia una criaturita ligera y bastante atractiva. Se detenía ante todas las tiendas, miraba los cinturones, pañuelos, pendientes, guantes y demás chucherías, moviéndose sin cesar, mirando en todas direcciones y volviendo la cabeza hacia atrás. "Bien, bien..., palomita mía", decía con aire satisfecho de sí mismo Piragov, prosiguiendo su persecución y ocultando el rostro bajo el embozo del capote, por si encontraba a alguno de sus conocidos. No estará de más, sin embargo, dar a conocer a los lectores quién era el teniente Piragov.

Antes de decirlo, convendría también ocuparnos un poco de la sociedad a que éste pertenecía. Hay algunos oficiales en Petersburgo que constituyen una cierta clase media de la ciudad. En la comida ofrecida por un consejero que después de cuarenta años de servicios obtuvo su categoría, encontrará usted siempre a uno de ellos. Entre unas cuantas pálidas (y tan descoloridas como Petersburgo) hijas de familia, de las cuales algunas alcanzaron una excesiva madurez; junto a la mesita de té, el piano y en medio de los bailes familiares, inseparables de todo esto, verá usted brillar a la luz de la lámpara, entre la rubia formalita, su hermanito o el amigo de la casa, las inevitables charreteras. No es empresa fácil divertir ni hacer reír a estas señoritas de sangre fría, y es preciso para ello disponer de mucho arte o, mejor dicho, no tener ninguno. Es necesario hablar de una manera que no sea ni demasiado inteligente ni demasiado chistosa y que todo esté impregnado de aquella mezquindad que tanto gusta a las mujeres.

En su habilidad para ejercitar este arte, hay que hacer justicia a dichos señores oficiales. Estos tienen el don especial de saber hacer reír y de saber escuchar a estas bellas descoloridas. Exclamaciones ahogadas en risa, semejantes a éstas: "¡Ah!... ¡Cállese ya!... ¿No le da vergüenza hacer reír de esa manera?...", suelen ser para ellos la mejor recompensa.

En la alta sociedad no se les ve con frecuencia; mejor dicho, no se les ve nunca. Son arrojados de ella por los llamados aristócratas. Sin embargo, se les considera gente erudita y bien educada. Les agrada charlar de literatura, alaban a Bulgarin, Pushkin y Grech y hablan con desprecio y de manera punzante de A.A. Orlov. No dejan pasar ninguna conferencia sin asistir a ella, aunque ésta verse sobre la contabilidad o sobre selvicultura. En el teatro, sea cual sea la obra, verá usted siempre a alguno de ellos, a no ser que la obra representada sea Filatki o cualquier otra de este género, que tanto ofende a su refinado gusto. En el teatro se pasan la vida. Son el público más ventajoso para las empresas teatrales. De una obra les agradan especialmente los buenos versos; también les complace llamar a escena con fuerte voz a los artistas. Muchos de ellos, por tener un empleo de profesor en una institución del Estado o por preparar a los alumnos para una de esas instituciones, llegan a poseer un coche y un tronco de caballos. Su círculo entonces se amplía y consiguen por fin hasta casarse con la hija de un comerciante, que sabe tocar el piano y que tiene 100,000 (o cerca de 100,000) rublos de dote y un montón de parientes barbudos. Sin embargo, a este honor no pueden aspirar hasta alcanzar por lo menos el grado de coronel, porque aquellos barbudos, aunque todavía olieran a coles, no querrían de ninguna manera casar sus hijas más que con generales o por lo menos con coroneles.

Éstos son los principales rasgos que caracterizaban a dichos jóvenes. El teniente Piragov, sin embargo, tenía una serie de habilidades de su propiedad particular. Sabía declamar de excelente manera los versos de Dimitri Donskoi y de Gore ot Uma, tenía un arte especial para extraer sortijillas de humo de su pipa (logrando formar hasta diez, las unas dentro de las otras), contaba con mucha gracia la anécdota del cañón y el rinoceronte. En suma, resulta bastante difícil enumerar todas las facultades con que el destino había dotado a Piragov. Gustaba de opinar sobre alguna actriz o bailarina, pero no con el tono rotundo con que suele hacerlo un joven alférez. Se sentía contento de su graduación, a la que sólo hacía poco tiempo ascendiera, aunque a veces, tendido en el diván, solía repetirse: "Todo son vanidades... ¿Qué importa que yo sea teniente?" Sin embargo, interiormente le halagaba aquella distinción.

En las conversaciones solía aludir a su graduación, y una vez, habiendo encontrado en la calle a un escribano del ejército que le pareció descortés, detuvo a éste y en pocas, pero enérgicas palabras, le hizo entender que ante él estaba un teniente y no un oficial cualquiera. Se sentía además especialmente elocuente, pues en ese momento pasaban delante de él dos señoras bastante agraciadas. Por lo general, Piragov aparentaba sentir pasión por todo lo que fuera fino, y protegía al pintor Peskarev, aunque esto tal vez ocurriera porque sentía grandes deseos de ver reproducida sobre un lienzo su vigorosa fisonomía. Pero ya hemos hablado bastante de las cualidades de Piragov. El hombre es una criatura tan portentosa, que resulta imposible enumerar todas sus cualidades, pues cuanto más considera uno éstas, más aparecen otras nuevas, por lo que la descripción de todas ellas sería interminable.

Así, pues, dijimos que Piragov continuaba su persecución de la desconocida, dirigiéndole de cuando en cuando alguna pregunta, a la que ella contestaba brevemente y con sonidos poco articulados.

Después de atravesar la puerta de Kasañ salieron a la calle Meschanskaia, calle de los estancos, de las tiendas de ultramarinos, de los artesanos alemanes y de las ninfas prebálticas. La rubia apresuró el paso y entró volando por la puerta de una casa bastante sucia. Piragov la siguió. Ella subió corriendo la estrecha y oscura escalera y se adentró por una puerta, por la que también Piragov penetró valientemente. Se encontró en una gran habitación de negras paredes, cuyo techo estaba sucio de hollín. Un montón de tornillos de hierro e instrumentos del mismo metal -relucientes cafeteras y palmatorias- estaba encima de la mesa. El suelo aparecía sembrado de virutas de cobre y de hierro. Piragov comprendió en el acto que aquélla era la casa de un artesano. La desconocida se metió por una puerta lateral. Piragov dudó un momento sobre lo que debía hacer; pero luego, siguiendo las reglas rusas, decidió seguir adelante. Entró en una segunda habitación, que no se parecía en nada a la primera y en la que reinaba cierto aseo, por lo que comprendió que su dueño era alemán. Después, la vista de algo particularmente extraño lo dejó asombrado.

Ante él estaba sentado Schiller. No aquel Schiller que escribió Guillermo Tell y la Historia de la guerra de los Treinta Años, sino el célebre Schiller, maestro forjador de la calle Meschanskaia. Junto a Schiller estaba, en pie, Hoffmann. No el escritor Hoffmann, sino el hábil zapatero de la calle Ofitzerskaia, gran amigo de Schiller. Éste, borracho, estaba sentado en una silla, golpeando el suelo con el pie y diciendo algo apasionado. Quizá esto solo no hubiera bastado a asombrar a Piragov; pero lo que sí le extrañó sumamente fue la posición singular de las figuras.

Schiller, sentado y alzando la cabeza, levantaba su asaz gruesa nariz, mientras Hoffmann sujetaba ésta con dos de sus dedos y daba vueltas sobre su superficie, con la mano, a una cuchilla de zapatero. Ambos hablaban en alemán, por lo que el teniente Piragov, que únicamente sabía decir en esta lengua guten Morgen, no podía comprender de lo que se trataba. En realidad, las palabras de Schiller eran las siguientes:

-¡No la quiero! ¡No necesito para nada la nariz! -decía gesticulando-. Sólo la nariz me hace gastar tres libras de tabaco al mes... ¡Por cada libra tengo que pagar 40 kopeks en una mala tienda rusa..., porque en la alemana no tienen tabaco ruso!... ¡Los pago!... Eso hace un rublo y 20 kopeks... ¡Al año..., 14 rublos y 40 kopeks! ¿Lo estás oyendo, amigo Hoffmann?... ¡Sólo la nariz me cuesta 14 rublos 40 kopeks!... Además, añade que los días de fiesta tomo rapé4, porque esos días no quiero tabaco ruso malo. Me tomo al año 2 libras de rapé, que me cuestan 2 rublos cada una. Seis..., más 14..., son 20 rublos 40 kopeks... ¡Sólo en tabaco! ¿Es o no es un robo, te pregunto yo, amigo Hoffmann? ¿No es verdad?... -Hoffmann, también borracho, le contestaba afirmativamente-. ¡20 rublos y 40 kopeks!... ¡Soy alemán!... ¡Tengo un rey en Alemania!... ¡Yo no quiero mi nariz! ¡Córtamela! ¡Toma mi nariz!

Es indudable que sin la aparición del teniente Piragov, Hoffmann se la hubiera cortado, en efecto, sin más ni más, pues ya tenía cogida la cuchilla de la manera que se suele coger ésta cuando se dispone uno a cortar una suela. El que un desconocido, una persona extraña, viniera de pronto a molestarlos, produjo gran enojo a Schiller. A pesar de encontrarse bajo los vapores de la cerveza y del vino, sentía la inconveniencia de mostrarse en aquel estado y ocupado en tal operación ante un testigo. Mientras tanto, Piragov, inclinándose ligeramente, según su grata manera, dijo:

-Perdóneme...

-¡Fuera! -gritó Schiller, prolongando las sílabas.

Esto dejó perplejo al teniente Piragov. Tal conducta era completamente nueva para él. La sonrisa que empezaba a dibujarse en su rostro desapareció de repente. Con una expresión de dignidad afligida, dijo:

-Me parece esto extraño, señor mío... Seguramente no se ha fijado usted en que soy oficial...

-Y ¡qué importa que sea usted oficial! ¡Yo soy alemán de Suabia! También yo seré oficial alguna vez. Año y medio de junker, dos de teniente... Como quien dice, mañana seré oficial. ¡Pero no quiero servir! ¡A un oficial le hago yo así!

Y diciendo esto, Schiller sopló sobre la palma de su mano. El teniente Piragov comprendió que no le quedaba otra cosa que hacer más que marcharse. Esto, sin embargo, no se avenía con su rango y le resultaba desagradable. Mientras bajaba se detuvo varias veces en la escalera, como queriendo recobrar el ánimo y pensar en la manera de hacer sentir a Schiller su atrevimiento. Por fin decidió que se le podía perdonar, porque tenía la cabeza llena de cerveza y porque, además, su imaginación seguía ocupada en la bonita rubia, en vista de lo cual resolvió dar al olvido el asunto.

Al día siguiente, muy de mañana, el teniente Piragov se presentó en la forja del maestro. En la primera habitación le salió al encuentro la linda rubia, que con una voz bastante severa, que iba muy bien a su carita, le preguntó:

-¿Qué desea usted?

-¡Hola, guapita! ¿No me reconoce, picaruela? ¡Qué ojos tan bonitos!...

Y diciendo esto, el teniente Piragov intentó de graciosa manera levantarle la barbilla.

Pero la rubia, asustada, lanzó una exclamación, y con la misma severidad volvió a preguntarle:

-¿Qué desea usted?

-Verla nada más -dijo el teniente Piragov, sonriendo agradablemente y acercándose más a ella; pero observando que la asustadiza rubia intentaba deslizarse por la puerta, añadió-: Necesito, monina, encargarme un par de espuelas. ¿Podría usted hacérmelas? Aunque el que la quiera, más que espuelas necesitaría riendas. ¡Qué manitas tan lindas!

El teniente Piragov era siempre sumamente amable en esta clase de conversación.

-Voy a llamar en seguida a mi marido -exclamó la alemana.

Se fue, y a los pocos minutos el teniente Piragov vio aparecer a Schiller, con ojos adormilados y apenas recobrado de su borrachera de la víspera. Al mirar al oficial recordó como un sueño embrumado los acontecimientos del día anterior. No se acordaba de nada determinado, pero tenía el sentimiento de haber hecho alguna tontería, lo cual le hizo recibir al oficial con aire severo.

-Por un par de espuelas no puedo llevar menos de quince rublos -dijo, deseando deshacerse de Piragov, pues como honrado alemán le daba vergüenza encontrarse ante quien lo viera en situación inconveniente.

A Schiller le gustaba beber sin testigos, sólo en compañía de dos o tres amigos, y durante este tiempo se ocultaba a los ojos de todos, incluso de sus empleados.

-¿Por qué tan caro? -dijo Piragov, con cariñoso acento.

-Es un trabajo alemán -contestó Schiller con sangre fría, acariciándose la barbilla-. Un ruso llevaría por ello dos rublos.

-Muy bien. Para demostrarle que me inspira usted afecto y que deseo llegar a conocerle, le pagaré quince rublos.

Schiller se quedó parado un momento, reflexionando. En su calidad de honrado alemán, sentía vergüenza. Deseando declinar el encargo, declaró que antes de dos semanas no podría hacerlas. Pero Piragov, sin discusión alguna, manifestó su conformidad.

El alemán, pensativo, empezó a meditar sobre cómo efectuar el trabajo para que éste valiera, en efecto, quince rublos. En este momento la rubia penetró en la forja, poniéndose a buscar algo en la mesa llena de cafeteras. El teniente, aprovechando la meditación de Schiller, se acercó a ella y estrechó su brazo desnudo hasta el mismo hombro. Esto no gustó en absoluto a Schiller.

-Meine Frau! -gritó.

-Was wollen Sie doch? -contestó la rubia.

-Gehen Sie a la cocina!

La rubia se retiró.

-Entonces, ¿dentro de dos semanas? -preguntó Piragov.

-Sí... Dentro de dos semanas -contestó pensativo Schiller-. Ahora tengo mucho trabajo.

-Adiós. Ya vendré a verlo.

-Adiós -contestó Schiller, cerrando la puerta tras él. El teniente Piragov decidió no abandonar su empresa, a pesar de que la alemana le había dado pocas alas. No podía comprender cómo se le podía rechazar, cuando su amabilidad y brillante rango lo hacían acreedor a toda clase de atenciones. Hay que decir también que la mujer de Schiller, a pesar de su grato exterior, era muy tonta. La tontería, por otra parte, constituye el encanto principal de una esposa guapa; yo, por lo menos, he conocido a muchos maridos que se sienten encantados de la estupidez de sus mujeres y ven en ellas todos los síntomas de una ingenuidad infantil. La belleza hace en este punto verdaderos milagros.

Todos los defectos morales en una bella, en lugar de producir repugnancia, se tornan extraordinariamente atrayentes; el vicio mismo se respira en ellas con agrado; desaparece, en cambio, la belleza, y necesita una mujer ser por lo menos veinte veces más inteligente que el hombre para inspirarle, si no amor, por lo menos estimación. La mujer de Schiller, a pesar de su estupidez, era siempre fiel a su deber, y por ello había de ser bastante difícil a Piragov conseguir éxito en su atrevida empresa; empero, al vencimiento de los obstáculos va siempre unido un goce, y la rubia se le hacía cada día más interesante. Comenzó a venir con bastante frecuencia a preguntar por sus espuelas, cosa que acabó aburriendo a Schiller, hasta el punto de que empleó todos sus esfuerzos para terminarlas cuanto antes. Por fin quedaron hechas.

-¡Qué magnífico trabajo! -exclamó el teniente Piragov al ver las espuelas-. ¡Dios mío! ¡Qué bien hechas están! ¡Ni siquiera nuestro general tiene unas iguales!

Un sentimiento de satisfacción floreció en el alma de Schiller. Sus ojos adquirieron una expresión de alegría e hizo las paces con Piragov. "El oficial ruso es un hombre inteligente", pensó para sí.

-Entonces, ¿podría usted hacer también una empuñadura a un puñal o a cualquier otro objeto?

-¡Oh! ¡Claro que puedo! -dijo Schiller con una sonrisa.

-Pues entonces hágame una empuñadura a un puñal. Tengo uno turco muy bueno, al que quisiera cambiársela.

Esto fue como una bomba para Schiller. Su frente se frunció de repente. "Ahora esto...", pensó para sí, reprochándose el haber sido el causante de que le encargaran un nuevo trabajo. Rehusar le parecía una falta de honradez, y además el oficial ruso había alabado su trabajo. Movió ligeramente la cabeza, expresando su conformidad; pero el beso que Piragov al marcharse depositó con descaro en los mismos labios de la linda rubia lo sumergió en el mayor asombro.

No considero superfluo hacer conocer al lector más estrechamente a Schiller. Era éste un verdadero alemán, en todo el sentido de la palabra. Ya a los veinte años, en aquella dichosa edad en que el ruso vive como le viene en gana, había Schiller organizado su vida entera sin apartarse en ningún momento de aquel modo de vivir. Decidió levantarse a las siete de la mañana, comer a las dos, ser exacto en todo y emborracharse cada domingo. Decidió en el transcurso de diez años hacerse un capital de 50,000 rublos, y su decisión era tan firme y tan invencible como el destino mismo. Antes podría olvidarse un funcionario de dar la consabida vuelta por la portería de su superior, que un alemán faltar a su palabra.

En ningún caso aumentaba sus gastos, y si el precio de las papas era más alto de lo corriente, no añadía para su compra ni una sola kopeika, sino que reducía su cantidad, y aunque se quedaba a veces un poco hambriento, llegaba a acostumbrarse. Su exactitud se extendió hasta el punto de decidir no besar a su mujer más de dos veces en veinticuatro horas, y para no hacerlo ni una sola vez más no tomaba más que una cucharadita de pimienta en la sopa, aunque hay que decir que el domingo esta regla no se ejecutaba tan severamente, porque Schiller aquel día se bebía dos botellas de cerveza y una de vodka con cominos, que, sin embargo, solía ser objeto de su censura. Su manera de beber no era igual a la de un inglés, que en cuanto acaba de comer cierra la puerta con pestillo y se emborracha solo. Él, por el contrario, como buen alemán, bebía con inspiración; unas veces con el zapatero Hoffmann y otras con el carpintero Kuntz, también alemán y gran borracho. Así era, pues, el carácter del distinguido Schiller, que por esta vez se veía en una situación excesivamente difícil. A pesar de ser flemático y alemán, el proceder de Piragov despertaba en él algo semejante a los celos. No obstante, movía la cabeza y no podía encontrar la manera de deshacerse de aquel oficial ruso. Mientras tanto, Piragov, fumando su pipa en el círculo de sus amigos (porque quiere el destino que donde haya oficiales haya pipas), hacía alusiones significativas, envueltas en grata sonrisa, sobre la aventura respecto de la bonita alemana, con la cual, según sus palabras, tenía ya mucha amistad, aunque en realidad casi había perdido ya toda esperanza de inclinarla a su favor.

Un día, mientras paseaba por la calle Meschanskaia mirando a la casa sobre la que destacaba hermosamente el anuncio de Schiller, en el que aparecían cafeteras y algún samovar, percibió con la mayor alegría la cabecita de la rubia, que se inclinaba por la ventana para mirar a los transeúntes. La saludó con la mano y dijo:

-Guten Morgen.

La rubia lo saludó a su vez como a un conocido.

-Qué, ¿está en casa su marido?

-Sí; está en casa -contestó la rubia.

-Y ¿cuándo no está en casa?

-Los domingos no está en casa -dijo la tontita rubia. "Bien -pensó para sí Piragov-. Hay que aprovechar esto."

Al domingo siguiente, como un aguacero inesperado, apareció ante la rubia. Schiller no estaba, en efecto, en casa. La linda dueña se asustó; pero Piragov, procediendo esta vez con mucho cuidado, la trató con gran respeto y mostró al saludarla toda la arrogancia de su esbelto talle. Bromeó agradablemente y con gran consideración; pero la tontita alemana le contestaba de una manera lacónica. Al cabo, y viendo que nada podía divertirla, le propuso bailar. La alemana se mostró conforme al momento, pues a todas las alemanas les agrada mucho bailar.

Piragov basaba mucho en esto sus esperanzas; primeramente, porque le gustaría; segundo, porque le daría ocasión de lucir su silueta y su habilidad, y tercero, porque bailando podía uno aproximarse más, abrazar a la bonita alemana y empezar su conquista. En una palabra, en esto radicaría su éxito.

Comenzó por una gavota, sabiendo que con las alemanas hay que emplear cierta graduación. Ella se colocó en el centro de la habitación y alzó el maravilloso piececito. Tal actitud admiró tanto a Piragov, que se apresuró a besarla. La alemana se puso a gritar, lo que la hizo aún más encantadora a los ojos de Piragov, que la cubrió de besos. De repente, la puerta se abrió y por ella entró Schiller, acompañado de Hoffmann y el carpintero Kuntz. Todos estos dignos artesanos estaban borrachos como cubas.

Dejo a mis lectores juzgar del frenesí y la indignación que se apoderaron de Schiller.

-¡Bruto! -gritaba, presa de la mayor furia-. ¿Cómo te atreves a besar a mi mujer? ¡Eres un canalla y no un oficial ruso! ¡Qué diablos, amigo Hoffmann! ¡Yo soy alemán, por fortuna, y no un cochino ruso! ¡Oh!... ¡No consiento que me engañe mi mujer! ¡Agárralo por el cuello, amigo Hoffmann!... ¡No lo consiento! -prosiguió, gesticulando mientras su cara se semejaba al paño rojo de su chaleco-. ¡Ocho años hace que vivo en Petersburgo! ¡En Suabia vive mi madre, y mi tío en Nüremberg! ¡Soy alemán! ¡Desnúdenlo! ¡Amigo Hoffmann, amigo Kuntz!... ¡Cójanlo por los pies y por las manos!

Y los alemanes cogieron por los pies y por las manos a Piragov. En vano se esforzaba éste por luchar. Aquellos tres artesanos eran los más robustos de todos los alemanes de Petersburgo. Se portaron con él de una manera tan brutal y tan descortés, que confieso no poder encontrar palabras capaces de describir el triste acontecimiento.

Estoy seguro de que al día siguiente Schiller, presa de una fuerte fiebre, temblaría como la hoja del árbol, esperando la llegada de la policía, como también estoy seguro de que hubiera dado todo lo indecible porque lo ocurrido la víspera hubiera sido un sueño. Sin embargo, esto ya no tenía remedio. En cuanto al enfado e indignación de Piragov..., nada había que pudiera comparárseles. La idea sólo de tan terrible ofensa le producía frenesí. Consideraba a Siberia y a todos los látigos como el ínfimo castigo para Schiller. Marchó corriendo a su casa para desde allí, después de vestirse, dirigirse directamente al general y describirle con los más vivos colores la furia de los artesanos alemanes. También se proponía presentar una queja al Estado Mayor, pensando también en elevar ésta aún más alto si el castigo infligido era pequeño.

No obstante, todo aquello terminó de una manera extraña: durante el camino entró en una confitería, en la que se comió dos hojaldres; leyó alguna cosa en el diario Abeja del Norte y salió de allí más aliviado del enfado. Además, la tarde, fresca y agradable, lo invitó a dar un paseo por la perspectiva Nevski.

Hacia las nueve, y habiéndose ya tranquilizado, empezó a encontrar incorrecto el molestar al general en un domingo, pensando también que estaría ausente. Por tanto, se dirigió a una reunión que celebraba en su casa el jefe del Colegio de Inspectores, a la que acudía una sociedad muy agradable compuesta de funcionarios y oficiales. Pasó con gran gusto la velada, distinguiéndose de tal manera al bailar la mazurka, que maravilló no solamente a las damas, sino también a los caballeros.

"¡Qué mundo tan extraño el nuestro!", pensaba yo cuando pasaba hace tres días por la perspectiva Nevski, acordándome de estos acontecimientos. ¡De qué modo tan singular, tan incomprensible, juega con nosotros el destino!... ¿Conseguimos alguna vez lo que deseamos? ¿Alcanzamos aquello para lo que están dispuestas nuestras fuerzas?

Todo ocurre, por el contrario, al revés. Al uno otorgó la suerte maravillosos caballos y pasea con ellos indiferente, sin reparar en su belleza, mientras que otro, cuyo corazón arde de pasión por los caballos, camina a pie y se satisface tan sólo chascando la lengua cuando delante de él pasa un buen trotador. Aquél dispone de un magnífico cocinero; pero, desgraciadamente, su boca es tan pequeña que no puede pasar por ella más de dos pedacitos; otro la tiene, en cambio, del tamaño del arco del edificio del Estado Mayor y ha de contentarse con comida alemana hecha a base de papas. ¡De qué extraña manera juega con nosotros el destino! Pero lo más singular de todo esto son los sucesos que ocurren en la perspectiva Nevski. ¡Oh!... ¡No crea usted en la perspectiva Nevski! Yo, cuando paso por ella, me envuelvo más fuertemente en mi capa y me esfuerzo en no mirar nada de lo que me sale al encuentro. ¡Todo es engaño! ¡Todo es ensueño! ¡Todo es otra cosa de lo que parece!

Imagina usted que el señor que pasea vestido de levita tan maravillosamente hecha es muy rico... Pues nada de eso. Ese señor se compone sólo de su levita. Usted imagina que aquellas dos gordinflonas detenidas ante una iglesia están apreciando su arquitectura... Nada de eso. Hablan de la manera extraña con que dos cuervos se sentaron uno frente a otro. A usted se le figura que aquel entusiasta que gesticula está contando cómo su mujer tiró por la ventana una bolita a un oficial desconocido..., cuando de lo que está hablando es de La Fayette. Piensa usted que estas damas... Pero a las damas créalas usted lo menos posible. Contemple lo menos posible los escaparates de las tiendas. Las bagatelas expuestas en ellas son maravillosas, pero huelen a enorme cantidad de dinero..., y, sobre todo..., ¡Dios le guarde de mirar bajo los sombreritos de las damas!... Aunque a lo lejos vuele, atrayente, la capa de una bella..., por nada del mundo iré en pos de ésta a curiosear. Lejos..., por amor de Dios..., ¡más lejos del farol! Pase usted muy de prisa, lo más de prisa que pueda, delante de él. Tendrá usted suerte si lo único que le ocurre es que le caiga una mancha de aceite maloliente sobre su elegante levita. Pero no es sólo el farol lo que respira engaño.

En todo momento miente la perspectiva Nevski; pero miente sobre todo cuando la noche la abraza con su masa espesa, separando las pálidas y desvaídas paredes de las casas, cuando toda la ciudad se hace trueno y resplandor, y minadas de carruajes pasan por los puentes, gritan los postillones saltando sobre los caballos y el mismo demonio enciende las lámparas con el único objeto de mostrarlo todo bajo un falso aspecto.

Edoardo Sanguineti (dos poemas)

















la poesía, en cierto sentido, es una máquina orgánica: (esto es, quiero decir)
rigurosamente fisiológica):
(que exige un mantenimiento vigilado,
cautelosamente controlado): (es como hacer las revisiones, al auto: incluso si,
como no? existe la tarea de los nueve años críticos, para la revisión: yo me conformo,
personalmente hablando, con los nueve meses de gestante clásica): (la lubricación
de la versificación es decisiva, comoquiera: del motor, de la piel, aún del condón):
pero
ves, ídolo mío, mi carburante de oro, mi tesoro: mi aceite poético eres tú:







la poesia, in un certo senso, è una macchina organica: (voglio dire, cioè,
assai rigurosamente fisiologica):
(que esige una manutenzione sorvegliata,
cautelosamente controllata): (è come fare i tagliandi, per l`auto: anche se,
come no? c´è la faccenda dei nove anni critici, per la revisione: io mi accontento,
personalmente parlando, dei nove mesi da gestante clasicca): (la lubrificazione
della versificazione è decisiva, comunque: da motore, da derma, anche da condom):
ma
vedi,idolo mio,mio carburante d`oro,mio tesoro: il mio olio poetico sei tu:





...




me he adaptado a las gafas (que la licencia, para mi, ya hace obligatorias),
sólo en un par de días: veo todo más nítido: (pero nada, por esto,
me resulta mejor, en verdad: un semáforo es siempre un semáforo, una
[acera
es siempre una acera: y yo soy siempre yo, así):
(en cuanto a la molesta sensación de
[vértigo,
vaticinada, con la hemicránea, por un Instituto Óptico de Avenida Buenos Aires, al cual
asistí, esta vez, lo he experimentado y lo he superado): (el oculista
afirmaba que, con el tiempo, me había construido una representación
[arbitraria
de la realidad, ahora destinada, con los lentes, a apartarse de golpe):
(y he podido
esperar, por un instante, para hacerme, a poco precio, una vida y una vista):






mi sono riadattato agli occhiali (che la patente, a me, rende abligati, ormai),
in un paio solo di giorni: vedo tutto piu netto: (ma niente mi é, per questo,
diventato migliore, in verità: un semaforo é sempre un semaforo,un
[marciapiede
é sempre un marciapiede: e io sono sempre io,così):
(quanto al doloroso senso di
[capogiro,
vaticinato, con l’emicrania, da un Istituto Ottico di corso Buenos Aires, al quale
mi sono rivolto, questa volta, l’ho sperimentato e l’ho superato): (l’oculista
affermava che, con il tempo,io mi ero construito una mia rappresentazione
[arbitraria
della realtà, adesso destinata, con los lentes, a sfasciarsi di colpo):
( e ho potuto
sperare, per un attimo, di potermi rifare, a poco prezzo,una vita e una vista):






Traducción:
Dolores Labarcena y Pedro Marqués de Armas

28 de octubre de 2009

Ismael González Castañer: Un delirante que progresa

















por: Caridad Atencio

Lo conocí en la concurrida casa de Almelio Calderón a principios de la década del noventa, por la que pasaron quizá muchos de los mejores poetas que comenzaron a publicar en ese tiempo. Se debatía una y otra vez y a lo largo de los años entre pasar su libro en una vieja máquina de escribir para enviarlo al Concurso David de la UNEAC o leernos sus poemas, llenos de delirio. Quizá el motivo de esta entrevista se resuma en estas breves líneas del autor:”Escribo poesía porque sé que después no haré más nada. Mirando profundo en la zona que está entre el Bien y el Mal, uno sólo puede percatarse de que el hombre sigue, como ha dicho Heart / Wind / Fire. Lo que sigue es el método de amor contemporáneo: Preocupación obsesiva por el hecho / No dejar que ese mismo hecho te deprima, como quiso Neil. Y recuerda que el amor es importante cada vez – me dijo Marta Isel”. Esa entrega o predisposición natural hacia lo poético, el hecho de haber sido por largo tiempo un creador que ya tenía admiradores y epígonos sin haber publicado su primer cuaderno, ser autor de uno de los pocos libros de poesía verdaderamente renovadores en los últimos diez años que ha podido obtener el Premio de la Crítica, o haber integrado el conocido Grupo de Creación Diáspora(s), vuelven deseable y hasta tentador este intercambio con un poeta afable y desapegado, con un escritor considerado experimental, o mejor dicho, tachado por algunos de “excesivamente experimental, acaso hermético”, dueño en realidad de una de las poéticas más originales entre los miembros de su generación.

1) ¿Qué piensas sobre la legibilidad o la ilegibilidad del texto? ¿Qué importancia tiene en general, y qué importancia le concedes tú?

No debemos confundir la legibilidad que pertenece a la esfera de la comunicación con la lectura del arte.
He invertido mucho tiempo en hacer notar ―no comprender― que se nos debe leer al modo autista, a la manera transfinita del aleph borgiano, o con la forma pospusiva del big crunch.
Al niño autista le preguntaron cuál es el resultado de multiplicar tres por dos, que como sabemos es seis, y entre el murmullo aislado y delirante que los caracteriza, dejó escuchar hexágono, que, como sabemos, es el polígono de seis lados.
En vez de responder con concisión o concretez, el muchachito lo hizo con una figura, con una imagen, con una traducción o con una equivalencia traducida.
Algo así nos parece la poesía, y el que no lo ve continúa haciendo una lectura digital, de dedos/ de contar con los dedos, en vez de intentar una lectura digital, ciberespacial/ ciberespecial.
El aleph borgiano (cuento El aleph de Jorge Luis Borges en Páginas escogidas, Casa de las Américas, 1988, 1999), esa esfera tornasolada de tres centímetros de diámetro, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, contiene, sin disminución de tamaño, el espacio cósmico visto desde todos los ángulos del universo, en colores y sin superposición ni transparencia. Si puedes imaginar de un vistazo ―simultáneamente― cada objeto del mundo ocupando su lugar sin tapar el de los otros, te aproximarías grandemente a nuestra concepción de poesía.
Pero vislumbrar la simultaneidad de las cosas, asusta; entonces, el lector que sólo maneja concepciones poéticas tradicionales, se queda con la Aritmética denostando la Geometría, los huecos negros, la imaginación.
El big crunch es la razón astrofísica relacionada con la expansión-contracción del universo, con una singularidad hacia su final; la singularidad es el punto de su espacio donde la curvatura se hace infinita; una de las consecuencias de esta curvatura sin fin, dice: el mundo carece de postrimerías; esto es que el tiempo, al no ser ni circular ni lineal, hará ver el borde, el límite, la frontera del universo como pared, pared rodando, pared pospusiva, pared relegada eternamente. A la misma vez.
Por otra parte, si el poeta compone en sentido figurado, ¿por qué el lector tiene que aprehenderlo en sentido recto?
Es verdad que todavía poesía es ese encanto indefinible que halaga y suspende, conmueve y deleita el ánimo; una concepción de la poesía que aún no separamos del sentimiento; pero hay mucho poeta, sin contar la casi totalidad del público, afianzado en que los poemas deben ser sencillos, sin desviaciones del orden natural de las palabras, y que el grado de concentración debe dirigirse al asunto, no a la manera de tratarlo ―según los anglos William Butler Yeats, Ford Madox Ford y Thomas Hardy. Como en el filme donde Pacino lee versos de Shakespeare a sus coempleados del restorán; al terminarlos, un cocinero le pregunta qué significan y Pacino, contrariado, responde que « ¡el sol sale al amanecer!»; entonces, el hombre riposta «por qué Shakespeare no puso ¡eso!»
Reclamos de fácil comprensión como el anterior, hace que se perpetúe la lectura tipo masticado, tipo blanda papilla para el niño sin dientes, perdiéndose, a cien años ahorita de haberlas conquistado, ganancias de las vanguardias del siglo XX, como aquella en que el lector se volvía coautor.
El lector no puede ser la medida de lo que está bien en poesía; el lector, tampoco puede saber, tácitamente, de antemano, lo porvenir, la nueva tradición o clasicismo si bien es un contribuyente —principal— que la conforma; el lector debe mostrarse tan expectante como el mismo escritor; el lector podrá tener atisbos, vislumbrar más que ver, sentir más que entenderlo todo; porque la condición literaria/ literariedad, hace mucho rato ya no es lo que espera de acuerdo con lo que conoció; y porque, al igual que el escritor, sufre la misma incertidumbre del hombre de nuestro tiempo: un hombre moderno y confuso, con dos corazones y extraño en su hogar.
Hasta que no se acepten concepciones transmodernas de la poesía, nos llamaremos Abel y nuestros hermanos lectores, llamados Caín, nos matarán cada vez.

2) Dices: “un negro no halla el árbol si no va corriendo en la noche”. Esa efectiva y hermosa imagen, qué reflexión te sugiere. Pensando no como los locos, sino con la mucha cordura que ampara siempre un diálogo, me sugieres que una mujer no halla el bosque si no va corriendo en la noche?

Esa imagen del poema El de las Amigas, en Mercados verdaderos, resume la magnitud del trabajo que pasamos para conseguir un sueño o la más nimia mundanidad: atravesando el oscuro… ¡y a toda velocidad!
Como aseveraba el célebre cineasta afronorteamericano Spike Lee aquí mismo en La Gaceta: «se nos exige ser diez veces mejores».
El esfuerzo, sacrificio y coraje que desplegamos para alcanzar humanidad, dignidad o respeto, doblemente ―de ahí tu enfoque preciso: «árbol para el hombre negro; bosque para toda mujer»— le corresponde al género: la mujer ―de perogrullo— es discriminada y vejada tanto como cualquiera de las otras minorías, sean estas grupos satánicos, gay, los tecos que quedan… (Vale la pena una digresión: a la llegada de los españoles, en lo que hoy es México, se hablaban unos 170 idiomas aborígenes; a finales del siglo XIX, ya sólo se hablaban 100; hoy se hablan 62; de las 62, 16 lenguas originales son conservadas por menos de 1000 descendientes; el teco, en 1998, nada más lo decían ¡50 personas!)
Tienes razón cuando descubres en tu artículo Llámenme Ismael: La Gaceta de Cuba, 4, 2006 mi interés por la mujer como ser fuerte, enigmático, trágico e independiente. Pero en mi texto No invitadas, de La misión, se progresa de racialidad a moralidad considerando el cliché simbólico de los colores blanco y negro: en realidad, si hemos establecido pureza y bondad para el blanco, e impureza y maldad para el negro, preferimos lo blanco en cualquier mujer: si una blanca es amoral ―o sea, negra, de acuerdo con el mantenido cliché―, tampoco es invitada.
En la pieza audiovisual Running With The Night/ Corriendo con la noche, el cantante pop Lionel Ritchie «pone en situación» a una mujer hasta que es rescatada ―se le restituye la sonrisa, la esperanza, el amor— por la alegría de vivir que siempre ofrecerá el baile y la música, el vítor y el festejo.
En el caso de mi verso, esa imagen la sugirió —en el testimonio Roots/ Raíces, popular serie de la televisión norteamericana― una de las tantas escapadas que Kunta Kinte —africano traído a América como esclavo— intentó para liberarse… En otra escena, que ha nacido su hija Kizzy, Kunta Kinte la lleva a un descampado, la alza sobre su cabeza hacia la oscura noche, y le dice: «Contempla lo único más grande que tú».
Quisiera que esa declaración de bautizo se tomara como Biblia no sólo para hombres y mujeres como nosotros; pues, como dijo Frantz Fanon, el negro, en lo absoluto, no es más digno de amor que el checo/ toda liberación unilateral es imperfecta/ de lo que se trata en verdad es de desamarrar y soltar al hombre.

3) ¿Cómo fueron tus inicios en el mundo literario? ¿Cuándo y cómo se manifestó esta inclinación en ti, y por qué demoraste tanto en publicar tu primer Cuaderno?

Sentí el halo o misterio de la poesía cuando a los quince años, becado, miraba y miraba por la noche lo lunar del platanal. Escribí la esencia de eso llamándolo Octavitamínicas praderas (porque el plátano tiene ocho vitaminas); un escrito muy raro, extrañísimo, en prosa, independiente de la escritura convencional que aprendía en la asignatura Español.
Escribí otro, Mademoiselle, inspirado en la belleza de una compañera de aula que pasaba por blanca/ «mulata blanconaza». Los di a un especialista. Se traumatizó. Su turbación me hizo ver que podía detener o mover al interlocutorio. Supe que podía dedicarme a escribir.
En el Pre me animaron las lecciones sobre la «memoria afectiva» en Proust, el «monólogo interior directo» de Joyce, el «narrador objetivo» de Kafka, el «futurismo» del poemario La nube en pantalones de Maiacovski; la manera en que el profesor de Literatura enfocaba las preguntas de los exámenes; y dos citas que había puesto en el mural.
Las citas son del dios de bronce de la literatura norteamericana, Ernest Hemingway: una, la archiconocida «el hombre puede ser destruido pero no vencido», de su noveleta El viejo y el mar, y la otra (cuya fuente —Un corresponsal llamado Hemingway, 1984— hallé 17 años después), «más vale vivir un día como un león que ciento como borrego», de su crónica Alas sobre África.
Aquel profesor de Literatura, y el de Geografía (de éste tomé la inscripción «más limpio no es el que más limpia sino el que menos ensucia», que había colocado en el dintel de su departamento), daban unas clases que te dejaban pensando el resto del día para que pudieras responder cuestiones —que nos parecían― tan arduas como «qué podría enseñarle el humilde pescador Santiago al alienado-cucaracha Gregorio Samsa de la Metamorfosis de Kafka?»
Todavía hoy, la edición cubana de los Relatos de Kafka, prologada por el maestro Ambrosio «Pocho» Fornet, sigue siendo uno de mis libros de cabecera. (Vale la pena otra digresión: el poeta Carlos Augusto Alfonso me confesó que había aprendido más de la narrativa que de la poesía para su poesía. «Es que hay mejores narradores que poetas», concluyó.)
Aquel halo o misterio me siguió a las clases de ingeniería en la CUJAE, al punto de que en medio de una conferencia podías encontrarme inspirando unos textos caóticos o herméticos sobre sabrá Dios qué asunto obscuro y, por supuesto, varias veces recibía calificación de —suspenso— dos puntos porque estaba absorto allá lejos/ donde usted me ve. Recuerdo cómo en los informes de la Práctica de Producción de Mecánica Automotriz, me interesaba más copiar los nombres vulgares de las piezas, mecanismos y procedimientos que los operarios profesionales utilizaban consuetudinariamente en la reparación de vehículos, que la nomenclatura oficial del Manual del Taller.
En 1983 ingresé al Taller Literario de 10 de Octubre, conducido por los asesores del momento: Ernesto Romero, quien fuera líder posteriormente del grupo de música pop Paisaje con Río, y Mercedes «Chachi» Melo, que ha ganado El Gaceta de cuento con una parodia de los anteriores Albertos premiados y coautora de la antología de la poesía experimental cubana Graffitis: signos sobre el papel, Extramuros, 2004.
Por medio de Chachi y Ernesto, que al igual que los peripatéticos enseñaban caminando, conocí a mi grupo-par, algunos de los escritores que hoy constituyen nuestra generación y que han dejado una huella perdurable: Almelio Calderón Fornaris (Fragmentos para un caballo de aire, 1987; Las provincias del alma, 1992), Juan Carlos Flores (Los pájaros escritos, 1994), Pedro Marqués de Armas (Fondo de ojo, 1988; Los altos manicomios, 1993), Antonio José Ponte (Trece poemas, 1987; Poesía/ 1982-1989, 1991), Víctor Fowler (El próximo que venga, 1985; Retrato de grupo/ antología, 1989); y los narradores Jorgito Aguiar (Adiós a las almas, colección Pinos Nuevos), Rafael de Águila (Ellos orinan de pie, Letras Cubanas) y Yamilé García; hasta que a partir de 1986, cuando ingresamos a la Asociación Hermanos Saíz, supimos de muchos otros conocidos.
Literatura cubana de los siglos XIX y XX; literaturas francesa, inglesa y norteamericana; Borges, Octavio Paz, Pessoa; las vanguardias artísticas, la música y el buen cine de todo el mundo informaban nuestro diálogo; deseos de viajar y de acceder a materiales teóricos y tecnológicos de actualidad, de punta; Revolución cubana, su tensión con USA, caída socialista y futuro de Cuba sin Fidel eran los acontecimientos políticos que más nos perturbaban. La crítica sin tapujos de la obra de todos y el cuestionamiento de todo; el préstamo de cultura; la conciencia o certidumbre de que trabajábamos y guardábamos una cifra; incluso, la cifra.
Me atrasé en publicar ―11 años después de Almelio― porque románticamente me vi en el papel del cofrade o conspirador que aguarda el momento de develar el secreto o la orden de alzamiento. Mientras tanto, la experiencia de trabajar como un pequeño dios se hacía placentera y era suficiente tener el aprecio y reconocimiento de mis iguales y de los iguales que iba conociendo por el país.
Ha resultado un retardo pícaro además, no cínico; pues vi pasar a los primeros rientes, riendo yo el último que, como dice el dicho, ríe mejor.

4) ¿Cómo se produce en tu poesía la superposición entre la ingenuidad y la sensibilidad inusual, entre elipsis y delirio?

Sorteando frases hechas, lugares comunes, temas manidos.
La poesía conversacional es un gran lugar común; pero es el discurso imperante en dos épocas, un tono arraigadísimo en la comunicación contemporánea; por tanto, hay que usarlo; lo que no quita dosificarlo y combinarlo con delirio para sacarle algo todavía distinguido dentro de la razón occidental.
Las frases lexicalizadas o manidas, los lugares comunes son importantes para el acto natural de la comunicación en el habla cotidiana; pero en un momento determinado, no resultan interesantes para el acto ―artificial— de la creación porque yo mismo, como lector, me he bloqueado cuando he leído imágenes imperdonables como «quiero ser el samurai de tus lunares», «calles grises de mi pueblo triste/ que hacen gárgaras con la miseria» o «intelectuales lágrimas» ―¡qué distancia con «el llanto militar» de Quevedo!
Mi apoteosis, la gran agitación de mi alma se da también en la colocación (creación o re-creación) de palabras inventadas, de palabras en inglés u otras lenguas, o en el recicle de las existentes. Esto puede estar originado en la fiebre por encontrar una expresión lo suficientemente espectacular ―«que tenga sabor y que tenga mendó»― que contribuya a la presentación del reino que surrondo (del inglés surround, rodear; ves: no puedo permanecer tranquilo ante la norma; por lo que a cada paso interviene mi eclecticismo, el desborde, el despropósito, no el disparate). El castellano podría tener la palabra precisa; pero el subconsciente dice «no tienes tiempo de buscarla ahora; porque lo que estás inspirando parece ―real-mente― algo nuevo y nunca visto».
El impacto que las cosas producen en nuestra sensibilidad, ocurre de un modo entrañable, sorpresivo y maravilloso (espero que la palabra maravilla no llegue desprestigiada al lector); y uno trata de que el texto que pretende revelar esas cosas, contenga el porciento legible de extrañeza y azoro necesarios para que el lector se catapulte; entonces, con una palabra inventada nombro directamente la cosa que me avispa, acoplándola al contexto de todo el poema, que incluye ganancias comunicativas y formales tradicionales y rupturales, para que no quede aislada en abstracto y cumpla las demás funciones, no sólo la de ser elemento atractivo, epatante o perturbador.
Así, en el poema Edificios, de Mercados verdaderos, la palabra inventada durrens suena a interesante —en cuanto al interés arquitectónico de los inmuebles, de su diseño― porque está contaminada del sentido brindado por la palabra que le antecede, “fascículos” —hacecillos de las flores; tipo de cuaderno.
En Delicia, de La misión, la positiva fuerza expansiva de la belleza femenina en general (la de una “señora”, la de una “colegiala”, la de otra “muchacha” cualquiera) encontrada en la mañana, debe aleccionar al hombre ordinario y, de paso, a la Especie (“Hombre” con inicial mayúscula en el poema).
La hermosa irradiación, la energía que provocan debe estar sólo en función de que cada persona consiga los mejores tipos de ricura, representados por las palabras inventadas —subrayadas― de la tercera estrofa: pul, ol, ol, pulul:

Tengo que decir el fuego de por la mañana
cuando no existe alguno que parezca estar
fuera del movimiento para obtener pul y ol, y también ol.
Dulce niña/ delicada
dime: ¿Había algún pulul, algún
en la madeja intransigente de tus sueños antenoche?

El segundo ol, aunque se escribe igual y parezca enfático, también sugiere una ricura superlativa como en la escala que va de lo mejor a lo óptimo. ¿Y pulul? El mismo sujeto se asombra tanto de la tantísima posibilidad que albergaría la portadora (“Dulce niña/ delicada”), que lo menos que puede hacer es preguntarle si tuvo alguna ricura suprema (pulul) ayer, soñando.
En Cinco mujeres turcas, de Mercados verdaderos, la magnitud de un acto xenófobo ha sido tal que el tipo de lamentación es inédito. Por tanto, la palabra inventada lita debe cargar más sufrimiento y estupefacción que las conocidas “bruces” (boca abajo —el lector puede asociar, además, el tipo de castigo llamado boca-abajo que sufrían los negros esclavos) y “cruces” (en las tumbas de los cementerios, símbolo de muerte), hasta el punto de que otra palabra inventada, cobalese, sin saberse a cabalidad lo que significa, debe conformarle al lector la idea de que aquel horror no tuvo nombre:

Entonces (porque sólo fue “entonces)
alemanes, españoles / italianos y franceses
comenzaron a llorar. Era una lloradera lita,
que no tenía bruces / cruces, y menos cobalese
(que no sé qué puede ser, hablando sinceramente.

En el poema Círculo, de La misión, como analiza Ian Rodríguez en La Letra del Escriba: 51: 2006, con la palabra inventada inglan describo una clase de personas de presupuestos ético-estéticos distintos de las clases de la realidad aun partiendo de esta.
En Mirimara y tarará, del poemario en proceso Disfuerzo/ la Regla y el Tabú, mirimara sería la esencia o el corazón —una especie de «grial» o «El dorado»— de la música buscada por el sujeto poético; y tarará, tomada de la playa al este de La Habana, lo que nos exalta, exhorta y exulta/ glorifica, alienta y alegra, como en las antiguas fiestas en honor de la verdadera cruz.
Y, curioso, lejos de constituir un ―grave― problema para la traducción a otras lenguas, ha sido un problema «dulce», según me confesó mi amiga la traductora noruega Tove Bakke con la palabra inventada ollantar, del poema Mirar y mirar por la ventana (dedicado a mi madre, Bárbara Castañer) en Mercados verdaderos. La Bakke pudo resolver mi verbo ollantar en noruego ―ojantere― a través de la pista ofrecida por los versos “un tiempo adelante” y “por lo Por-venir” ―Por-venir en noruego es From-tida, donde From es adelante y tida, tiempo.
A todo esto se une, por supuesto, mi sentido de la metáfora, la mezcla de culturas, la intertextualidad y la experimentación de ritmos.
Como cualquier poeta, trato con metáforas; pero no las hago aparecer en el texto a la manera primitiva de el espejo del agua o campo del viking (el mar); mas bien las digiero en la mente para que aparezcan diluidas o poco costuradas en el texto; esto es porque sigo lo que se me antoja un método que particularmente llamo Asociación Constructiva, operación de la memoria donde un elemento te lleva a otro u otros; empate de reminiscencias, imágenes y conceptos no sólo distantes sino disímiles que legitiman la idea que uno tiene de las cosas.
Basada en la pitagórica dos puntos (como mínimo) determinan una recta, la Asociación Constructiva nos dice que si a un objeto de estudio le hallamos un análogo o más, no sólo será auténtico el objeto de estudio sino igualmente el análogo o los similares convocados; la verdad, valor, significado, interpretación, esencia, o descubrimiento alcanzado serían o estarían contenidos en la recta que definen el objeto de estudio y sus parecidos. No importa la cualidad que tenga el elemento unitivo, el vínculo: si dos o más cosas pueden ser asociadas, entonces tienen razón: porque aquel elemento fue necesario para establecer la conexión, permitió un movimiento en tu cabeza.
En el poema Biblioteca de Alejandría, de Mercados verdaderos, por el vínculo “atraso”, asocié tres hechos —a: no haber facilitado la comunicación con una persona queridísima; b: que Da Vinci dejara de inventar la aviación al morir por imprudencia un sirviente suyo que probaba el protomodelo sin permiso del sabio; c: que una muchacha no compartiera su receta para hallar o encontrar felicidad— con el incendio y desaparición de la biblioteca; de manera que las cuatro situaciones ofrecen una idea del error humano, de su lamentabilidad.
En Nunca fuisteis a una fiesta con nosotros, de La misión, al amigo apático que no quiso divertirse se le ofrecen razones estéticas ―a: el cambio de drama a comedia que supuso la llegada del impresionismo; b: que Renoir haya mantenido la amistad con los impresionistas no obstante haber inasistido a sus muestras; c: la acogida final del gótico por el arte italiano a pesar de su consabida renuencia a aceptarlo— para que re-evalúe su actitud de inapetencia y desasosiego.
La cultura popular tradicional mezclada a la «alta cultura», ha sido una meta en mí. He registrado las voces o giros de expresión popular, coloquial o simplemente conversacional de las que surgieron muchos versos míos; formas del habla cotidiana, común y regular de la gente que aparecen transfiguradas en el texto. Roberto Zurbano, a propósito del «Premio de la Crítica a las mejores obras publicadas en 1998» que recibió mi poemario Mercados verdaderos, asegura que esas formas de habla son «habaneras y marginales» porque soy citadino barrial, y «dió en el clavo».
En el poema Los trabajadores van, la expresión «voy a echar una placa», referida a la acción de «construir el techo de una casa», fue el núcleo que dio pie a la construcción de los versos “Los trabajadores van a sus casas a echar sus demonios/ Yo voy a echar un jardín”, siendo «echar» la palabra pivote.
En Monólogo del galgo/ monólogo del lebrel, las frases marginales «hacer el pan» y «hazme la pala» ―referidas respectivamente a «lograr un negocio, obtener beneficios por haber vendido alguna mercancía» y «acompáñame»―, fueron trasmutadas en esta estrofa: “Esta mañana no he tenido amigos para realizar el pan. / Nos codeamos con la mala savia la otra noche/ y no sé en quién se ha de posar la pala”.
Si hubiera trasladado al poema esas frases tal y como vienen de la realidad, para un tipo de lector no «aplatanado», la recepción hubiera resultado tan hermética como el «tíbiri-tábara» popular de los 70 en boca (o en texto) de José Lezama Lima; pero al sustituir «hacer» por “realizar”, o adosarle a «la pala» un verbo como “posar”, que en apariencias no parece corresponderle, cualquier lector puede inferir la nueva relación que adquieren por haber sido insertas en un nuevo contexto.
El manejo de ambas culturas hace que preste especial atención al ritmo, que me ha dado experiencias como la del poema Novela, de La misión, donde —si apartamos el ritmo que cada lector en silencio le daría— aparecen dos más: primero, el que recitaba yo de acuerdo con la mediana y enrarecida velocidad que obligaba la disposición cuasi métrica de los versos mas bien largos; segundo, el compás subconsciente del rap (soy adicto de la música de la contracultura hiphop), que hoy recito más a petición del público. El desgarramiento del poema se atenúa con la propiedad festiva de esa música —generalmente de temas violentos—, siguiendo ese modus operandi que siempre me propuse: gracia bajo presión.

5) Crees que un autor debe distinguir su estilo de un libro a otro o acentuar sus propias marcas?

Cuando uno halla su estilo debe usarlo intensamente en la profundización; pero la palabra creación implica moverse a otro punto distinto de a o de ene.
Si puedes. Porque, ¿cuánto más pudo moverse Brull al final de su jitanjaforismo? ¿Y Piñera con «el tepuén»?
Lorca, posterior a poemas y dramas al estilo de «Perlimplín en el jardín» (por cierto, sus fieles cofrades Buñuel y Dalí le confesaron más apenados que encabronados: «verdad, Federico; es una mierda»), no obstante, pudo cambiar al contundente, íntimo, profético y metafísico versolibrismo de Poeta en Nueva York.
Lezama nunca cambió, manteniendo su «opulencia verbal» hasta en los ensayos.
Nicolás Guillén —uno de los pocos que pudo cambiar tres veces, como la Loynaz: Poemas sin nombre (1953), Bestiario, los poemas en prosa—, se desmarcó dos veces más después de la Elegía a Jesús Menéndez (1951) con El Gran Zoo (1967) y El Diario que a diario (1972).
Los estilos son irrepetibles y producen en sus portadores el vértigo que los atrae y abisma hacia sus propios huecos; te dejan tan exhaustos (Guillén demoró tres años para culminar la Elegía; y el Gran Zoo fue retomado tras varios años de abandono) que la tarea de forjar otro se vuelve una misión imposible segunda y tercera partes. Menciono las partes porque se intenta una y otra vez, y muchos fracasamos ―aunque otros colegas, como tú misma, han podido ver al fin su sucesión después de salinas, viles aislamientos, notas y cursos imantados (juego con algunos de los hitos-títulos de tu magnífica poesía/ hembra y varón).
Con suerte, el talento parece que sólo nos concede —como media— dos oportunidades; tras las cuales volvemos a la «normalidad» de la producción de nuestra época, del camino conocido (cuando terminen los inventos-intentos de renovar la décima, se tendrá que volver a Espinel); porque parece inhumano mantenerse fresco y novísimo siempre en una media creativa de 20 años.
Estoy por afirmar que in-superarse a uno mismo, no debiera tomarse para desmeritarnos; pero cuando veo en los concursos nacionales, verbigracia, que no se destaca a un poeta de ardua poética por encima de un mero poeta de mera producción; o que poetas a punto de su definición mejor presentan libros dadores de pena, aprieto mis dientes —parafraseo al Guillén de Burgueses— y pienso en las duras noches en que sólo nos teníamos a nosotros mismos sin presión de la historia literaria; o, mejor, como dice Fowler en su poema Generación, cuando con hambre hallábamos cosas mínimas, desjuntadas, sin buscar el gran salto que nos liberara de una vez.

6) ¿Cómo ves el mundo literario actual cubano y cuál es tu posición en él?

Si bien nos da la impresión de que no existe hoy ya suficiente misterio ni en la realidad, y lo que es peor, ni en el interior del literato joven o maduro; existe, sin embargo, una producción cumpliendo el canon o la convención de lo que la literatura fue, ha sido, es y podría ser.
Como los jóvenes están emergiendo, no tienen un plan de escritura secreto; les compele mostrar su evidencia, su honestidad, su época o momento; decir yo también pasé por aquí, repitiendo los ismos, las vanguardias por las que todos pasamos; y no me da que ningún «mayor» —salvo Manzano con su Vector de intencionalidad y trabajo artístico, y su teoría que llamo del golpe a la realidad— en ninguno de los géneros esté urdiendo una lengua, una perturbación.
Y es lógico: los mayores ya hicieron lo suyo. Pero eso es lógico y la poesía no tiene lógica alguna.
A nosotros, que no somos ni jóvenes ni viejos, nos veo consolidados, en sazón; incluso, a algunos de nosotros, cuestionados; pues ya somos bibliográficos, padres a los que habría que matar como en cualquier época/ complejo de Edipo.
Veo también que la Institución le está dando barbas a quien no tiene quijá, y aunque no me puedo quejar del grado de inserción e influencia de que gozo entre menores y epígonos, entre mayores y decadentes, me siento igualmente recelado.
Me veo solicitado como poeta y explicador: trabajo con los Talleres Literarios, la Asociación Hermanos Saíz, y con la generación más joven que labora en centros de la Institución. Es un medio donde se nos permite aclarar, por ejemplo, que la poesía no es el género más libre sino el ensayo. Es un medio que aprende cómo cultivarse y divertirse, cómo vivir con la fatalidad de crear entre tanta desventaja para hallar su lugar o reconocimiento.
Pero amerita, como dijo Mañach, necesarias faltas de respeto, o, parafraseando a Villena, una carga para matar bribonadas; carga que daríamos en la sección de crítica que a Rito Ramón Aroche y a mi nos inspira un personaje de la película Pantaleón y las visitadoras, versión cinematográfica de la novela de Vargas Llosa, quien, desde su capacidad radial, con el eslogan «¡CAIGA QUIEN CAIGA!», amenaza con desenmascarar al responsable de una operación castrense que le parece corrupta sin que le importe su jerarquía y prestigio.
Desde ESE, me gustaría denunciar, por ejemplo, cómo se han publicado críticas que prometen referirse a la poesía finisecular o la del nuevo siglo-milenio (correspondería principalmente a poetas nacidos en los 70-80) y no se nombran los supuestamente estudiados y se termina hablando de poetas que «no hacen el peso», o nombrando a escritores que murieron ¡precisamente! en los 70 ―vea Sic, 35, 2007; y La letra del escriba, 74, 2008, donde, aparte de no nombrarse a los gestores de la literatura cubana actual o futura, se asegura que esa literatura presente o prevista se encuentra o encontrará en otra parte, no precisamente en los libros recientes o porvenir.
Miedo a la polémica, temor del crítico a crearse enemigos, a fallar, equivocarse, descubrirse; y eso que la Preceptiva le permite al crítico, contrario al historiador, que inmiscuya en su trabajo sus sentimientos.
Nosotros, sin trastabillar, habríamos referido que las mejores mentes que hoy sanan nuestro mundo poético andan ya por la literatura a la segunda potencia que representa el paratexto dentro del fenómeno de la intertextualidad; poetas que para interpretar y tramontar la lectura de sentido a significancia, de inmanencia a trascendencia, manipulamos la hibridez de los géneros y las insospechadas funciones de los tipos de títulos, introducciones y epílogos, notas marginales, epígrafes, ilustraciones, sobrecubiertas y otras señales accesorias:

Ernesto Ernesto (1950): Bujamey / novela (Unicornio, 2001). Ángel Escobar (GTM, 1957-CHA, 1997): El examen no ha terminado (Letras Cubanas, 1999). Norge Sánchez (CAM, 1959): Calendario de la espuma (Sanlope, 2003). Andrea García Molina (LHA, 1961): Noticias para el Hijo del Hombre (Unicornio, 2000). Rito Ramón Aroche (1961): Cuasi / volumen uno (Unión, 2002). Antonio Armenteros (1963): Nastraienie (Casa Editora Abril, 2000). Caridad Atencio (1963): Notas a unas notas sobre L.A. (Unión, 2005). Alfredo Pérez Muñoz (1963): Luz & figuras (Ediciones Orto, 2007). Alberto Hernández (1967): Y escribo en el agua (Extramuros, 1992). Alessandra Molina (1968): As de triunfo (Unión, 2001). José Taboada (IJU, 1968): Infield Hit (El Abra, 2003). Carlos Esquivel (LTU, 1968): El Boulevard de los Capuchinos (Oriente, 2003). Noël Castillo (SSP, 1968): Skating (Sed de Belleza, 2006). Edgardo Hinginio (GRA, 1969): El hombre obscuro (Ediciones Bayamo, 2007). Francis Sánchez (CAV, 1970): Luces de la ausencia mía (Ávila, 2003). Daniel Díaz Mantilla (1970): Templos y turbulencias (Unión, 2004). Gerardo Fernández Fe (1971): Las palabras pedestres (Unión, 1996). Edwin Reyes (1971): Catalepsia (Extramuros, 2005). Ian Rodríguez (1973): Agudos de silencio (Mecenas, 2000). Katia Gutiérrez (GTM, 1973): Toda eternidad y otras regiones (El Mar y la Montaña, 2002). José Miguel Gómez (CFG, 1973): La saga del señor E. Pérez (Reina del Mar, 2007). Raúl Hernández Pérez (LHA, 1974): Tren a Occidente (Unicornio, 2007). Leymen Pérez (MTZ, 1976): Corrientes coloniales (Editora Abril, 2007).

Pero mi verdadera preocupación es el país, su economopolítica y futuro. Realmente, como dice la canción de don César Portillo de la Luz, ese es mi delirio.

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21 de agosto de 2009

Poesía Cubana Hoy


Enrique Saínz

La poesía cubana del siglo XXI que se está escribiendo ahora en Cuba, de singular fuerza en la creatividad de sus más jóvenes representantes y en la obra plena y sustanciosa de los maestros, aquellos autores que comenzaron su vida literaria en la década de 1940, muestra nombres de relieve internacional, a la altura de lo mejor que se escribe hoy en cualquier parte del mundo. En estos primeros años del nuevo siglo muestran su quehacer dos miembros de la llamada generación de la revista Orígenes: Cintio Vitier y Fina García Marruz, consumados maestros de la palabra poética y de la reflexión en torno a la poesía, con libros que se han constituido,
con el decursar del tiempo, en verdaderos paradigmas por la riquezaverbal y la profundidad de la mirada, las preocupaciones y cuestionamientos que los nutren, renovados en tiempos recientes con poemas de similar intensidad y colmados de una sabiduría más alta, consecuente con la evolución que se aprecia en sus creaciones anteriores, como si el diálogo que ambos poetas realizaron durante décadas con la realidad en sus diversas manifestaciones hubiese hallado ahora nuevas iluminaciones y caminos para ahondar en el conocimiento de lo desconocido.
Ahí están, como ejemplo mayor, los más recientes textos de García Marruz no recogidos en libro y el cuaderno de Vitier titulado Epifanías (2003),conjuntos que se caracterizan por la frescura de su palabra y la naturalísima asimilación de los elementos de la vidacotidiana en la plenitud de su misterio y de su trascendencia, signos inequívocos de la dimensión espiritual que han alcanzado ambos creadores. Nacida también en la década de 1920, pero no parte del grupo que se reunió en torno a José Lezama Lima en la revista Orígenes, continúa escribiendo dentro de la línea neorromántica que la caracteriza, si bien con matices diferenciadores que enriquecen su voz poética, CarildaOliver Labra, una figura que ha experimentado evidentes ganancias en los últimos años.
Entre los miembros de la llamada generación del 50, integrada en estos años por un grupo de magníficos poetas de obra ya hecha en lo esencial,encontramos asimismo una poesía de magnífica factura, culminación de unatrayectoria que se inició por aquellos años con libros de incuestionable excelencia y madurez, virtudes enriquecidas más tarde con nuevas ganancias que provenían del conversacionalismo y de otras corrientes que habían tenido una significación importante en estos autores desde su primera juventud. Después de aquellos libros de los comienzos y de los que escribieron en las décadas sucesivas, con los que sus nombres de creadores se fueron difundiendo en Cuba y en otros países, han continuado estos poetas hasta nuestros días dándonos el más vivo testimonio de su visión de la vida y de la realidad en páginas en las que observamos un nuevo modo de sentir y de comprender el acontecer, pero con un estilo que se mantiene, con las variaciones de rigor, desde sus obras de los años 1960-1980.
Se trata, simplemente, de transformaciones dentro de una constante, en unos casos más evidente y en otros menos, pero siempre con calidades y hallazgos que nos hablan de una evolución enriquecedora. Cualquiera de los nombres de esa generación que hoy continúan su labor (Roberto Fernández Retamar, Pablo Armando Fernández, César López, Rafael Alcides, Francisco de Oraá, Pedro de Oraá, Luis Marré, Antón Arrufat, Mario Martínez Sobrino) deja ver aportes dentro su propia evolución personal y en la historia de la poesía de estos decenios, incorporando sucesivamente nuevas inquietudes, cambios sociales, angustias, hallazgos, estilos, memorias, siempre abiertos a nuevas maneras para asumirlas o reencontrar sus propios caminos, para adentrarse en problemáticas a las que no se habían acercado antes o volver a las mismas que en el pasado los movieron a escribir, pero ahora desde un ángulo nuevo o para ahondar en una dimensión que entonces no vieron.
Como los representantes de la generación de la revista Orígenes, de quienes recibieron, como todas las generaciones posteriores, lecciones imborrables, estos autores, representantes en Cuba del coloquialismo de la década de 1960, nos han entregado últimamente páginas verdaderamente renovadoras de su propio quehacer y aun dentro delpanorama actual de la lírica cubana, sin dejar por ello las maneras que les
son propias y que los individualiza y les de su personalidad propia. Así, por ejemplo, los poemas mas recientes de Francisco de Oraá o de Mario Martínez Sobrino vienen a iluminarnos zonas de la realidad y maneras de sentir y cuestionarse el ser de las cosas de un modo que no vemos en sus creaciones previas, pero que de algún modo estaba en aquellos textos precedentes. Podemos entonces hablar de transformaciones dentro de preocupaciones y búsquedas que siempre les fueron consustanciales, pero que no ocupaban en el pasado los primeros planos de su escritura. Han evolucionado, como siempre sucede, dentro de sus potencialidades comocreadores, hecho de suma importancia en la medida en que nos hace saber que
mantienen viva su obra.
Los poetas de la generación siguiente, nacidos entre 1940 y 1955 aproximadamente, traen una visión diferente de la poesía y de sus relaciones como creadores con la realidad, notoriamente influidos también por las dos grandes generaciones que los precedieron, aunque fuese una influencia que culminó, en muchos casos, en un rechazo y la propuesta de una escritura distinta. Algunos de los nombres más importantes de la poesía cubana actual son los de las figuras más conspicuas de esa generación, portadora en la década de 1980 de cambios sustanciales en la lírica del país. Entre esos cambios quizá el más notorio sea, por su trascendencia y lo que entrañaba en tanto expresiónde una concepción del mundo, la imperiosa necesidad de un adentramiento en los conflictos capitales del individuo y el gradual desentendimiento del suceder histórico y, consecuentemente, del canto a la realidad político-social de la nación, tema fundamental de los creadores de los años 1960-1980.
Esa vuelta hacia los problemas existenciales del individuo, sus angustias, su destino en tanto persona, sus conflictos consigo mismo y con la existencia como problema espiritual, no social, está en el centro de esos poetas, como puede verse en las obras más relevantes de Reina María Rodríguez, en cuyos textos más recientes hallamos un ahondamiento de ese diálogo hacia adentro que fue apareciendo a mediados de los80 en la obra de algunos autores, entre ellos Raúl Hernández Novás y Ángel Escobar, fallecidos antes de iniciarse el nuevo siglo.
Otros nombres de esa generación, como Miguel Barnet y Nancy Morejón, han experimentado cambios en relación con su poética inicial, pero sin romper totalmente con los temas que dieron cuerpo a sus primeros libros, en los que hallamos una relación armoniosa con el acontecer social y una visión jubilosa y optimista de la Historia, presente en sus más recientes creaciones, en las que vemos también cuestionamientos de naturaleza íntima, entremezclados con temas en los que el individuo y sus angustias ocupan el centro dinamizante del poema.
En los tres casos mencionados, a los que podríamos añadir los nombresde Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casáus y Alex Fleites, entre otros de esa generación, se aprecia una calidad que viene de lo que podríamos llamar un rico proceso de maduración intelectual que se sustenta en lecturas y experiencias múltiples, abiertas a diversas líneas de expresión, asimiladas como paradigmas de una escritura auténtica.
En estos momentos, los años transcurridos desde 2000, esa generación de
los nacidos entre 1940 y 1955 continúa nintegrando una obra que, sin dejar de
incorporar nuevos elementos de una creciente diversidad de tópicos y líneas
que vienen de la tradición de la poesía social o del intimismo, cada uno a su modo, van reencontrándose con viejas problemáticas de su propio quehacer o abriéndose a posibilidades consustanciales con los tiempos que corren, en los que las crisis de naturaleza diversa engendran nuevos conflictos o agudizan los ya existentes.
Las dos generaciones subsiguientes, 1955-1985, han hecho un sustantivo aporte al devenir de la poesía cubana con la elaboración de una obra en la que confluyen numerosas corrientes ideoestéticas y siempre renovadores replanteos de la cuestión poética, asumida de manera especial por los más jóvenes como una necesaria ruptura
con ciertos paradigmas del canon que a lo largo de los años se fue imponiendo
desde posiciones oficiales de la cultura o desde las calidades intrínsecas de los
creadores.
Como sucede en cualquier movimiento espiritual de importancia, vemos coexistir en ambas generaciones estilos y tendencias disímiles, pero conun rasgo común, predominante ya desde mediados de los años ochenta: el desentendimiento de las conquistas sociales y las transformaciones políticas de la historia nacional en tanto temas y preocupaciones de primer orden, sin que ello signifique que sean emocionalmente ajenos a los problemas de la realidad inmediata, ahora vistos por estos poetas como un sustrato profundo del que emergen los dramas y las angustias
existenciales, pero no como objetos del canto, centrado entonces en preguntas
y cuestionamientos de vieja estirpe en la historia espiritual de la cultura de occidente en unos casos y en otros en una voluntad de ruptura que ha dado valioso frutos a la palabra poética más reciente entre nosotros.Para explicarnos mejor diremos que autores como Roberto Méndez, Jesús David Curbelo, Rito Ramón Aroche, Caridad Atencio, Antonio Armenteros, Ismael González Castañer, Ricardo Alberto Pérez, Juan Carlos Flores, Víctor Fowler, Omar Pérez, Liudmila Quincoses, Reinaldo García Blanco, Rigoberto Rodríguez Entenza, Ileana Álvarez, Francis Sánchez, Livio Conesa, Dolores Labarcena, han traído a la poesía cubana una diversidad nunca antes vista, si bien en ocasiones observamos, dentro de esa multiplicidad de maneras y voces, inocultables desigualdades en la trayectoria de más de uno de estos autores y del corpus de obra de algunos de ellos en relación con la riqueza lograda por otros miembros de esas dos generaciones. Así, cuando comparamos los libros de Méndez y Curbelo, por ejemplo, ambos de significativa calidad y diferentes entre sí, cada uno con su poética muy propia, con los de Aroche, Fowler, González Castañer, R.A. Pérez o Flores, pongamos por caso, expresión cada uno de ellos de estilos innegablemente suyos, inconfundibles, hallaremos mundos absolutamente diferentes, sin semejanzas de ningún tipo, y a su vez otros en relación con lo que han venido haciendo en estos años recientes los representantes de la generación de Orígenes y de las dos inmediatamente posteriores. Por su parte, un poeta como Omar Pérez, representante de una espiritualidad de raíces orientales y de otras culturas que no entran dentro del llamado canon occidental, sin ignorar aportes fundamentales de ese canon (Shakespeare, D. Thomas), nos entrega una obra en plenitud creadora que nada tiene que ver tampoco con los coetáneos suyos que hemos venido citando, ni tampoco con los maestros precedentes que hoy continúan escribiendo en Cuba. Conesa y Labarcena, en cambio, se mueven en una búsqueda que quiere adentrarse en un diálogo que desentrañe las oscuras e impenetrables relaciones de los distintos elementos de la realidad circundante, indagación semejante y a la vez diferente de la que hace décadas emprendieron los origenistas, pero asumido ahora con vivencias personales y colectivas que los origenistas no tuvieron, no al menos matizadas por las lecturas que estos jóvenes han tenido de autores que fueron apareciendo a lo largo de los últimos treinta años.
Algunos de estos creadores, integrantes en los noventa del grupo Diáspora(s), entre cuyos aportes a la poesía cubana estuvo el de proponer una ruptura radical con las poéticas nacionales precedentes para plantearse el fenómeno de la poesía y en general de la escritura desde otra dimensión, desde lo que podríamos llamar el lado oscuro de la Historia, una manera irreverente de ver las relaciones entre Poesía e Historia, entre palabra y realidad, entre política y literatura. En la obra de estos autores, en plena formación pero ya con frutos logrados, se evidencia en primer lugar un discurso desestructurador, ajeno a cualquier lirismo convencional, en el que la realidad se nos aparece de una manera muy diferente de como la hemos venido viendo y sintiendo en otros poetas jóvenes. Así sucede en los libros de Juan Carlos Flores, en especial en Distintos modos de cavar un túnel (2004, Premio de Poesía “Julián del Casal”, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba), del que dijimos lo siguiente en otro momento: “…no contempla el entorno ni reconstruye
el pasado desde la invención fabulada ni la exaltación mítica, sinodesde la búsqueda de un suceder oculto y despreciado por los discursos líricos precedentes. Este es un libro sin paisaje y sin historia, desentendido de la belleza clásica, hecho sólo de extraños y alucinantes fragmentos –realidades despedazadas–, raigalmente trágico, pero sin patetismos ni poses agónicas, sino como una crónica natural de ciertas zonas
de la realidad: la crónica de lo que su autor percibe en su estar en la vida día a día. Muy poco o nada tienen que ver estos poemas con la poesía cubana que los antecede, elaborados como están desde experiencias diferentes de las que aquella testimonia o privilegia.
Las imágenes del propio yo del poeta no se diferencian de su entorno porque
le pertenecen, pues el autor no es un sujeto que viene a observar desde otros
ámbitos el suceder oculto o penumbroso que sus palabras nos entregan. La sensación de intemperie vuelve una y otra vez en estas páginas, atentas a pequeños movimientos, a espacios despoblados y a ruinas y suciedades que nos parece que van a poseerlo todo, a deshacerlo con su voraz presencia. La lectura se torna sombría porque, paradójicamente, el léxico y la sintaxis nos iluminan el horror de una vivencia tan real y vigorosa como la de la luz o la alegría, y cobramos conciencia entonces de esa otra verdad: la esencial desolación ontológica en la que vivimos cotidianamente en los supuestos centros de realización personal o social, asediados por la periferia corrosiva que nos envuelve.”
No se trata en estos casos de poesía experimental, sino de una poética ya integrada, de un modo de estar en la vida y de adentrarse en el suceder. Así ha venido elaborando su poesía Rito Ramón Aroche desde sus inicios, ahora con un mayor dominio de su estilo y de sus propuestas, en especial en los poemarios Del río que durando se destruye (2005) y El libro de los colegios reales(2005). Del primero ha expresado Armenteros este acertado juicio: “Un libro que nos acerca a la sequedad expansiva, no hablo obviamente de abstracciones, o de metafísicas verificables o no, me refiero y quiero ser entendido sin dobleces de ningúngénero: a un poemario en que el diálogo
es contundente, cansados de utilizar la bien a(r)mada frase: económico. No,Rito Ramón Aroche quiere con sequedad exponer un híbrido, ¿no son acaso los pueblos jóvenes el mejor ejemplo de la mixtura y la futuridad de la especie? Pero los textos se deben soñar en su escritura misma o corregirse cuando se leen, también se deben mirar con los ojos ingenuos y a su vez profundos de los juegos de la infancia, que es padecer la inocencia; es regresar al estado puro, o como se explicaba Montale: «se debe confundir en la recepción, se debe saber decepcionar la confusión». Y de ahí el misterio hallado en estos textos.
Ciertamente, esta poesía nos conduce a otra manera de mirar y de sentir nuestro entorno, nuestras distancias, los objetos, su significado probable, verdadera apertura hacia espacios y relaciones que la poesía cubana tradicional no habían visto ni habían llegado a sentir con tanta nitidez. Las alusiones múltiples que hallamos en cualquiera de los poemas de Aroche, presencias que sólo aparecen mencionadas ocupando un sitio en nuestra vida cotidiana o en nuestro pensar, es decir, como objetos palpables o como entidades de la imaginación, o bien como distancias ajenas a todo paisajismo o a sentimientos y recuerdos de la memoria afectiva, puros y simples cuerpos de un estar ahí inexplicable por ninguna de las vías tradicionales de la intelección de lo real, esa diversidad de entidades queintegran estas páginas nos hacen contemplar el entorno y aun nuestra propia historia personal como nunca antes otros poetas cubanos.
Creo que el más ostensible rasgo de la poesía cubana del siglo XXI se halla en su inabarcable variedad, en las múltiples tendencias y maneras que la caracterizan, todas representadas por autores que han logrado calidades de primer orden entro de una novedad con importantes y apreciables aportes a la historia del género no sólo en Cuba, sino incluso en el ámbito general del idioma.
Los poetas cubanos de hoy ostentan una obra plena, de una admirable sobreabundancia conceptual y formal, con preocupaciones y propuestas que los sitúan entre los mejores exponentes del género en cualquier latitud. Sus libros más importantes y representativos han incorporado soluciones formales en consonancia con la época de cambios y apertura, de fecunda interrelación genérica que hoy vivimos,transformaciones ideostéticas muy bien asimiladas por estos creadores que en los años iniciales de este nuevo siglo han continuado una significativa y dilatada obra anterior o apenas han comenzado a escribir, con aún muy escasas entregas.
Desde Epifanías, de Vitier, hasta La sucesión (2004), de Atencio, o Las puertas dialogadas (2004), de Labarcena, representantes de los extremos del arco que se despliega desde la mayor hasta la más joven de las voces que en este comienzo de milenio se encuentran creando y publicando en Cuba, hay un verdadero torrente de autores de calidad que engrosan la herencia lírica nacional y la elevan a una altura que en nada desmerece de los más altos períodos de creación poética de nuestro país, con nombre que son ya clásicos de la lengua.

26 de junio de 2009

Gerardo Deniz


AMOR Y OXIDENTE

(fragmento)

Caía la tarde sobre aquel París de antaño;
cruzaban, lentos, la pasarela y encima del poniente
lució la estrella del pastor. Jorge Spero giró con elegancia
estrechando el talle de la sólida demi-vierge. Señaló con el índice y aspiró a fondo:
-Venus, planeta segundo,
gravita a dieciocho millones de leguas del sol.
(La joven Yclea, dulcemente, aprobaba; sonriendo
entornaba pestañas pajizas.) Un tren expreso
lanzado a velocidad de sesenta y tres millas por hora
tardaría siete años y medio en alcanzar aquel astro. Venus, insisto
-Jorge se enardecía-,‘
con una densidad de cuatro punto cincuenta y uno,
desplaza cada dieciséis minutos un volumen de once trillones
de toesas cúbicas; a Marte
-rozaba Yclea con ocho dedos la barandilla del puentedicho
expreso tardaría diecinueve años. -¿A Júpiter? -bisbiseó la hermosa
desfalleciente mientras el sabio, volviéndola sin ceremonia, le buscaba en el pecho.
-Cincuenta y dos años siete meses. ¿Saturno?
-¡Ciento cuatro años! -y amasaba salvajemente la teta diestra.
Yclea, mordiéndose los labios: -¿Neptuno?
-¡Quinientos veintinueve y veintiséis semanas!
(Spero se abalanzó. La joven bramó como un reno
pero logró poner los codos en el pretil y apretar ambos puños.) -¿A la Polar, entonces?
-¡Tres mil setecientos lustros! -y él, aferrado a las caderas,
embestía frenético por detrás, ropa contra la ropa, falda y miriñaques. -¿Aldebarán?
-¡Trescientos nueve siglos.? -¿Antares? -¡Ciento cuarenta
y ocho mil años! (Ella oscilaba con el amado
subido a su opulenta espalda
y pataleando al aire.) .-¿...Sirio? -los dientes rechinan.
-¡Seiscientos treinta y cuatro mil bisiestos! -Jorge se restregaba con violencia,
resoplaba en aquella nuca rubia.
Unos deshollinadores hicieron alto para mirar a los novios.
-¿Betelgeuse? -¿Cuál dices? -Betelgeuse. Alfa
Orionis, pues. -¡Dos millones dos
cientos mil
trimestres! -un académico los contemplaba distante a pocos pasos,
cruzando hacia el Instituto, espadín y bicornio;
Jorge, con un largo gemido, comenzó a resbalar
hasta que las puntas de sus botines tocaron de nuevo el suelo.
-¿Las Pléyades? -suspiró la bella con alivio, mirando aún hacia el río, por si acaso.
-Millón y pico... -ya él
se corregía el gorro, peinaba con languidez los pliegues de su capa
y ofrecía galantemente el brazo a la blonda noruega.
Creció la noche y en ella se perdieron, despacio, discretos.

Vuelta 128 / Julio de 1987


FECAL

a Doña Margarita Michelena


Tanta cosa como estudian, y nadie se interroga
por la mierda de los seres mitológicos.
¿Era ancha plasta la del Minotauro?
¿boñigo ovoide la de la Quimera?
¿Eran mixtas, acuosas, blancuzcas, como de ave
las deyecciones de la Hidra? ¿especialmente pestalocis
las de la Esfinge? ¿Fue estreñida Escila?
¿Qué aclarar, al respecto, de Tifón?
-si Nonno nos lo pinta melómano, entre otras cosas,
informa muy poco acerca de sus aguas mayores.

Fuentes, las eternas; los vasos, las inscripciones, la colección Teubner
y hay otras. Que perforar tarjetas. Paralelamente
convendría establecer el corpus de los coprolitos
encontrados en la cuenca mediterránea,
Asia Menor, el Euxino y aun Panticapea, por si acaso.
Ir, cada mañana, del manoseo respetuoso
al banco de datos, y viceversa.
Llevar un cedazo de Boas en la canana
y, mientras no se vea claro, buscarle funciones inéditas
con entremeses, postres y otros materiales no procesados.

Diréos, congéneres, lo que a mi juicio ocurrió
(y si los resultados de las investigaciones computadorizadas discrepan,
peor para las investigaciones computadorizadas):
los excrementos de cada uno de aquellos
entes abonaron parcelas del escribir clásico,
géneros nuevos brotaron en suelos feraces
diferencialmente, y así tuvimos tragedia y comedia,
épica y lírica, historia, elocuencia,
más la filosofía, cosecha inexhaurible.
Olfateando las clámides a distintos estilistas
-como esos conocedores que huelen los corchos del coñacpodría
conjeturarse, apostar.
-Ego, inquit, poeta sum...

Vuelta 189 / Agosto de 1992


CAMPESTRE

Como ya no la riñen por bellaca,
puedechapalear en el riachuelo.
Luego pliega una pierna al sol. No me ha visto,
despierto, a ras del musgo, revolviendo los ojos
con el fácil motu de la forma esférica.

Contemplo pie, huesito, rodilla (aún brusca) arriba;
vellos castaño claro por la tibia
(detrás el cielo azul),
arista escarpada, es un fresco otro mundo de sencilla flora
con globos de agua que atrapan al ínfimo intruso si los toca
-tensión superficial se llama este fenómenoo
ponen arcoíris -refracción- en su frente cuando trepa
asiéndose de tallos flexibles y encerados
(pesa tan poco que ella nada siente),
de gota en gota. Son muchas.
Tantas,
que me incorporaré sobre el codo, y con süave estilo-


Rómulo Augústulo

And after some more talk we agreed that the
wisdom of rats had been grossly overrated,
being in fact no greater than that of men.


Borré tan bien mis huellas
que nunca sabrán nada. Ya corre el siglo sexto,
mirando a la Propóntide un necio casó con una puta;
cosas que pasan. Ahora que me acaben de zurcir la tarde
y regrese despacio entre sombras de la Campania
(roída, sí, como piel de Plotino, por lava subterránea, salpicada
de enconos a los que ya no atiendo),
si alguien se pone otra vez a ponderar enormidades de soberanos
y g e n e r a l e s
con un brillo de envidia en los ojos de chivo,
le diré, con mi infancia presente y sin nombrarla,
que hará falta toda la estupidez de todos
para abrir otra era, enorme y delicada,
y que los poderosos no van hacer distintos
de quienes los erigen, los cuelgan, los restauran.
Esta piedra no estaba anoche en el camino.
¿La Kovalevskaya? Era una lógica.


Bruja


Lleno de respeto hacia las probabilidades,
considero a María Gaetena Agnesi como fea;
no obstante,
procederé como si fuera hermosa.

Fanciulla pedante trilingüe
-a cada palabra te arranco otro trapo-,
sabihonda sabrosa, presiento
por ciertas instituciones analíticas
que en materia de senos puedes todo.

Abajo tu hermana toca y canta a gritos
-Oh¡ Sophonisba, Sophonisba, Oh!-
mientras nos perseguimos voraces
caterwauling
por los tejados sublimes de Bolonia.

Pero has puesto el coseno bajo el seno,
por la tangente escapas. ¡Qué transvección, versiera!
Ya en la escoba eres un punto que dibuja
una onda frente a la luna.


TCL

nec plus quam minimum

La seca lluvia vertical continuaba,
ningún nacido de mujer había entrado nunca en la oficina,
decirle de prisa frases ambiguas, vejarlo y multarlo,
sellos amoratados, reglamentos, tubos de luz sanvito,
letras grandes en las ventanas decían algo al revés.
Afuera gris arriba, gris abajo.
Entonces el del escritorio de reclamaciones,
el que fue ascendido al otro día,
sacó un dedo por ver si amainaban las gotas ganchudas:
tal fue el clinamen.
La lluvia
con un estruendo de dominó ateo
se derrumbó en sí misma. Al rato
notaron que ya había un sol redondo,
nació suelo verdiazul bajo las nubes nuevas,
pasaban saurios, hordas, bergantines.
Fue la primera vez
que apagaron, cerraron y salieron.
La cajera, la gorda, se despidió gritando:
- ¡Mañana habrá causantes!


Gerardo Deniz nació en la ciudad de México, en 1970, con la publicación de Adrede (o tal vez dos años antes, al publicar "Tres poemas" en Diálogos, la revista de Ramón Xirau). Libro abundante en sorpresas verbales y no pocas dificultades, "que al principio nos confunden pero que avanzada la lectura aceptamos de pronto", según escribió Ulalume González de León, lectora excepcional de ese primer texto. A diferencia de la mayoría de los críticos que se han ocupado de su obra, considerándolo excéntrico y "de vanguardia", esta autora mostró que la poesía de Deniz se inscribe en la tradición poética de Occidente: la multirreferencialidad tiene la edad de la poesía, los poemas multilingües son de raíz medieval, la incorporación del lenguaje científico es parte de la vieja tendencia a ensanchar el vocabulario poético, etc. (Vuelta, agosto 1978). En su siguiente libro —Gatuperio, 1978— radicalizó sus recursos: una soberbia libertad de sintaxis, un continuo cambio de registros en su habla, una adjetivación insólita. Su humor apareció entonces en plenitud: irónico, sarcástico, negro en ocasiones, cruel cuando la situación lo amerita, un humor ácido, paródico, sumamente escatológico, siempre al servicio de la inteligencia. Sus blancos predilectos los enumeró, a propósito de su tercer libro (Europa, 1986), Aurelio Asiain: "La presunción vana de los poetas, la estupidez erudita, los delirios del pensamiento doctrinario, la mala fe de las buenas conciencias, el desamor, la hiel negra de las ciudades, las vejaciones de la burocracia, la naturaleza 'Sucia del ser humano'". En Picos pardos (1987) ensayó una suerte de poema novelesco, con un escenario reconocible y un tramo lógico y delirante a un tiempo. "Todo el arte puesto —escribió Eduardo Lizalde— al servicio de la literatura más admirablemente resistente; lo poético más magistral y voluntariamente mal manufacturado." A Picos pardos le seguirán Mansalva (1987), Grosso modo (1988), Amor y oxidente (1991), Mundonuevos (1991), Op. cit. (1992), Ton y son (1996) y Letritus (1996). A decir del novelista argentino César Aira, autor de un notable Diccionario de autores latinoamericanos, "lo más atractivo de su obra son los poemas largos, o series de poemas, en los que actúan y dialogan algún personaje histórico o literario y un interlocutor menos ubicable (el Capitán Novo y un tal señor Aronnox en Gatuperio, Comille Flomarion y un señor Spero en Amor y oxidente) en lo que terminan siendo verdaderas novelitas filosóficas pobladas de aventuras, que pueden releerse indefinidamente (porque nunca se las termina de entender), siempre con placer". Más tarde publicó un formidable libro de extraños relatos, Alebrijes (1992), el volumen de heterodoxos ensayos Anticuerpos (1998), el autobiográfico Paños menores (1999), una antología poética bilingüe: Poemas (2000), una original colección de poemas acompañados de sus respectivas exégesis: Visitas guiadas (2000) y Fosa escéptica (2002).

por Fernando García Ramírez (Tomado de Letras Libres, septiembre de 2004).

24 de junio de 2009

Salvador Novo


VIAJE

Los nopales nos sacan la lengua
pero los maizales por estaturas
con su copetito mal rapado
y su cuaderno debajo del brazo
nos saludan con sus mangas rotas.

Los magueyes hacen gimnasia sueca
de quinientos en fondo
y el sol -policía secreto-
(tira la piedra y esconde la mano)
denuncia nuestra fuga ridícula
en la linterna mágica del prado.
A la noche nos vengaremos
encendiendo nuestros faroles
y echando por tierra los bosques.

Alguno que otro árbol
quiere dar clase de filología.
Las nubes inspectoras de monumentos
sacuden las maquetas de los montes.

¿Quién quiere jugar tenis con nopales y tunas
sobre la red de los telégrafos?

Tomaremos más tarde un baño ruso,
en el jacal perdido de la sierra
nos bastará un duchazo de arco iris
nos secaremos con algún stratus.

De "Veinte poemas" 1925


SONETO

Este fácil soneto cotidiano
que mis insomnios nutre y desvanece,
sin objeto ni dádiva se ofrece
al nocturno sopor del sueño vano.

¡Inanimado lápiz que en mi mano
mis odios graba o mis ensueños mece!
En tus concisas líneas aparece
la vida fácil, el camino llano.

Extinguiré la luz. Y amanecida,
el diamante de ayer será al leerte
una hoguera en cenizas consumida.

Y he de concluir, soneto, y contenerte
como destila el jugo de la vida
la perfección serena de la muerte.


EL AMIGO IDO

Me escribe Napoleón:
"El Colegio es muy grande,
nos levantamos muy temprano,
hablamos únicamente en inglés,
te mando un retrato del edificio..."

Ya no robaremos juntos dulces
de las alacenas, ni escaparemos
hacia el río para ahogarnos a medias
y pescar sandías sangrientas.

Ya voy a presentar sexto año;
después, según las probabilidades,
aprenderé todo lo que se deba,
seré médico,
tendré ambiciones, barba, pantalón largo...

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.


LA HISTORIA

¡Mueran los gachupines!
Mi padre es gachupín,
el profesor me mira con odio
y nos cuenta la Guerra de Independencia
y cómo los españoles eran malos y crueles
con los indios —él es indio—,
y todos los muchachos gritan que mueran los gachupines.
Pero yo me rebelo
y pienso que son muy estúpidos:
Eso dice la historia
pero ¿cómo lo vamos a saber nosotros?


RETRATO DE NIÑO

En este retrato
hay un niño mirándome con ojos grandes;
este niño soy yo
y hay una fecha: 1906.
Es la primera vez que me miré atentamente.
Por supuesto que yo hubiera querido
que ese niño hubiera sido más serio,
con esa mano más serena,
con esa sonrisa más fotográfica.
Esta retrospección no remedia, empero,
lo que el fotógrafo, el cumpleaños,
mi mamá, yo y hasta tal vez la fisiología
dimos por resultado en 1906.


UN MAROF

¿Qué puta entre sus podres chorrearía
por entre incordios, chancros y bubones
a este hijo de tan múltiples cabrones
que no supo qué nombre se pondría?

Prófugo de la cárcel, andaría
mendigando favores y tostones;
no pudieron crecerle en los cojones,
en la cara la barba le crecía.

Bandido universal, como la puta
que el ser le dio, ridícula pipilla
suple en su labio verga diminuta.

Treponema ultrapálido, ladilla
boliviana, el favor de que disfruta
es lamerle los huevos a Padilla.

*

Antes que el documento se nos pierda
en las indoctas sombras del mañana,
has de saber, Ermilo, que sor Juana,
cual todas las demás, cagaba mierda.

Esta opinión, como verás, concuerda
con la que dio Miss Schons cuando en la Habana,
halló que se pelaba la banana
y que a cada reloj le daban cuerda.

Otro dato importante de la vida
de esa monja que estudias con empeño,
es que tenía su entrada y su salida.

Y que a fin de engendrar Primero sueño,
a falta de una verga a su medida,
entre las piernas deslizóse un leño.


Salvador Novo (1904-1974)*. Fundador, junto con Xavier Villaurrutia, de las revistas Ulises (1927) y Contemporáneos (1928), fue activo participante en la renovación de nuestra literatura. Si Novo puede ser el prosista más diestro de los "Contemporáneos", su poesía cuenta entre las mejores de ese grupo. (Como autor de versos satíricos nadie se le compara.) Espíritu afín al de Tablada en algunos aspectos, Novo "nacionaliza" el humor de vanguardia: sus poemas manifiestan la burla del sentimiento modernista y la apertura hacia el paisaje de la primera posguerra: urbano, industrial, publicitario. En las letras inglesas descubre su auténtica voz. Las breves, casi epigramáticas, composiciones de Espejo rescatan, fijan con distancia crítica, imágenes de la infancia perdida. En Nuevo amor el encuentro, la separación, la memoria de sal o de ceniza se
expresan directa y libremente, con una tonalidad de íntima pesadumbre que no menguó nunca su novedad ni su frescura. Novo ganó el Premio Nacional de Literatura en 1967.
Su poesía está en XX poemas (1925), Nuevo amor (1933), Espejo (1933), Seamen Rhymes (1934), Décimas en el mar (1934), Romance de Angelillo y Adela (1934), Poemas proletarios (1934), Never ever (1934), Un poema (1937), Poesías escogidas (1938), Dueño mío. Cuatro sonetos inéditos (1944), Decimos: "Nuestra tierra" (1944), Florido laude (1945), Dieciocho sonetos (1955), Poesía 1915-1955 (incluye Poemas de infancia, 1955), Sátira (1955) y Poesía (l961).

* Tomado de Poesía en movimiento. México, 1915-1966 (editado por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis), Siglo XXI, México.

Octavio Paz



PIEDRA DE SOL


La treizième revient...c'est encor la première;
et c'est toujours la seule-ou c'est le seul moment;
car es-tu reine, ô toi, la première ou dernière?
es-tu roi, toi le seul ou le dernier amant?


Gérard de Nerval (Arthémis)


un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:
un caminar tranquilo
de estrella o primavera sin premura,
agua que con los párpados cerrados
mana toda la noche profecías,
unánime presencia en oleaje,
ola tras ola hasta cubrirlo todo,
verde soberanía sin ocaso
como el deslumbramiento de las alas
cuando se abren en mitad del cielo,

un caminar entre las espesuras
de los días futuros y el aciago
fulgor de la desdicha como un ave
petrificando el bosque con su canto
y las felicidades inminentes
entre las ramas que se desvanecen,
horas de luz que pican ya los pájaros,
presagios que se escapan de la mano,

una presencia como un canto súbito,
como el viento cantando en el incendio,
una mirada que sostiene en vilo
al mundo con sus mares y sus montes,
cuerpo de luz filtrado por un ágata,
piernas de luz, vientre de luz, bahías,
roca solar, cuerpo color de nube,
color de día rápido que salta,
la hora centellea y tiene cuerpo,
el mundo ya es visible por tu cuerpo,
es transparente por tu transparencia,

voy entre galerías de sonidos,
fluyo entre las presencias resonantes,
voy por las transparencias como un ciego,
un reflejo me borra, nazco en otro,
oh bosque de pilares encantados,
bajo los arcos de la luz penetro
los corredores de un otoño diáfano,

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño de esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos lo veranos,
las joyas de la sed arden al fondo,
rostro desvanecido al recordarlo,
mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,

a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,

busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante,

busco una fecha viva como un pájaro,
busco el sol de las cinco de la tarde
templado por los muros de tezontle:
la hora maduraba sus racimos
y al abrirse salían las muchachas
de su entraña rosada y se esparcían
por los patios de piedra del colegio,
alta como el otoño caminaba
envuelta por la luz bajo la arcada
y el espacio al ceñirla la vestía
de un piel más dorada y transparente,

tigre color de luz, pardo venado
por los alrededores de la noche,
entrevista muchacha reclinada
en los balcones verdes de la lluvia,
adolescente rostro innumerable,
he olvidado tu nombre, Melusina,
Laura, Isabel, Perséfona, María,
tienes todos los rostros y ninguno,
eres todas las horas y ninguna,
te pareces al árbol y a la nube,
eres todos los pájaros y un astro,
te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo,
yedra que avanza, envuelve y desarraiga
al alma y la divide de sí misma,

escritura de fuego sobre el jade,
grieta en la roca, reina de serpientes,
columna de vapor, fuente en la peña,
circo lunar, peñasco de las águilas,
grano de anís, espina diminuta
y mortal que da penas inmortales,
pastora de los valles submarinos
y guardiana del valle de los muertos,
liana que cuelga del cantil del vértigo,
enredadera, planta venenosa,
flor de resurrección, uva de vida,
señora de la flauta y del relámpago,
terraza del jazmín, sal en la herida,
ramo de rosas para el fusilado,
nieve en agosto, luna del patíbulo,
escritura del mar sobre el basalto,
escritura del viento en el desierto,
testamento del sol, granada, espiga,

rostro de llamas, rostro devorado,
adolescente rostro perseguido
años fantasmas, días circulares
que dan al mismo patio, al mismo muro,
arde el instante y son un solo rostro
los sucesivos rostros de la llama,
todos los nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro,
todos los siglos son un solo instante
y por todos los siglos de los siglos
cierra el paso al futuro un par de ojos,

no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche, contra un sueño
de ayuntadas imágenes soñado,
duramente esculpido contra el sueño,
arrancado a la nada de esta noche,
a pulso levantado letra a letra,
mientras afuera el tiempo se desboca
y golpea las puertas de mi alma
el mundo con su horario carnicero,

sólo un instante mientras las ciudades,
los nombres, lo sabores, lo vivido,
se desmoronan en mi frente ciega,
mientras la pesadumbre de la noche
mi pensamiento humilla y mi esqueleto,
y mi sangre camina más despacio
y mis dientes se aflojan y mis ojos
se nublan y los días y los años
sus horrores vacíos acumulan,

mientras el tiempo cierra su abanico
y no hay nada detrás de sus imágenes
el instante se abisma y sobrenada
rodeado de muerte, amenazado
por la noche y su lúgubre bostezo,
amenazado por la algarabía
de la muerte vivaz y enmascarada
el instante se abisma y se penetra,
como un puño se cierra, como un fruto
que madura hacia dentro de sí mismo
y a sí mismo se bebe y se derrama
el instante translúcido se cierra
y madura hacia dentro, echa raíces,
crece dentro de mí, me ocupa todo,
me expulsa su follaje delirante,
mis pensamientos sólo son su pájaros,
su mercurio circula por mis venas,
árbol mental, frutos sabor de tiempo,

oh vida por vivir y ya vivida,
tiempo que vuelve en una marejada
y se retira sin volver el rostro,
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece:

frente a la tarde de salitre y piedra
armada de navajas invisibles
una roja escritura indescifrable
escribes en mi piel y esas heridas
como un traje de llamas me recubren,
ardo sin consumirme, busco el agua
y en tus ojos no hay agua, son de piedra,
y tus pechos, tu vientre, tus caderas
son de piedra, tu boca sabe a polvo,
tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida,
pasadizo de espejos que repiten
los ojos del sediento, pasadizo
que vuelve siempre al punto de partida,
y tú me llevas ciego de la mano
por esas galerías obstinadas
hacia el centro del círculo y te yergues
como un fulgor que se congela en hacha,
como luz que desuella, fascinante
como el cadalso para el condenado,
flexible como el látigo y esbelta
como un arma gemela de la luna,
y tus palabras afiladas cavan
mi pecho y me despueblan y vacían,
uno a uno me arrancas los recuerdos,
he olvidado mi nombre, mis amigos
gruñen entre los cerdos o se pudren
comidos por el sol en un barranco,

no hay nada en mí sino una larga herida,
una oquedad que ya nadie recorre,
presente sin ventanas, pensamiento
que vuelve, se repite, se refleja
y se pierde en su misma transparencia,
conciencia traspasada por un ojo
que se mira mirarse hasta anegarse
de claridad:
yo vi tu atroz escama,
Melusina, brillar verdosa al alba,
dormías enroscada entre las sábanas
y al despertar gritaste como un pájaro
y caíste sin fin, quebrada y blanca,
nada quedó de ti sino tu grito,
y al cabo de los siglos me descubro
con tos y mala vista, barajando
viejas fotos:
no hay nadie, no eres nadie,
un montón de ceniza y una escoba,
un cuchillo mellado y un plumero,
un pellejo colgado de unos huesos,
un racimo ya seco, un hoyo negro
y en el fondo del hoyo los dos ojos
de una niña ahogada hace mil años,

miradas enterradas en un pozo,
miradas que nos ven desde el principio,
mirada niña de la madre vieja
que ve en el hijo grande un padre joven,
mirada madre de la niña sola
que ve en el padre grande un hijo niño,
miradas que nos miran desde el fondo
de la vida y son trampas de la muerte
¿o es al revés: caer en esos ojos
es volver a la vida verdadera?,

¡caer, volver, soñarme y que me sueñen
otros ojos futuros, otra vida,
otras nubes, morirme de otra muerte!
esta noche me basta, y este instante
que no acaba de abrirse y revelarme
dónde estuve, quién fui, cómo te llamas,
cómo me llamo yo:
¿hacía planes
para el verano? -y todos los veranos-
en Christopher Street, hace diez años,
con Filis que tenía dos hoyuelos
donde bebían luz los gorriones?,
¿por la Reforma Carmen me decía
«no pesa el aire, aquí siempre es octubre»,
o se lo dijo a otro que he perdido
o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?,
¿caminé por la noche de Oaxaca,
inmensa y verdinegra como un árbol,
hablando solo como el viento loco
y al llegar a mi cuarto ?siempre un cuarto?
no me reconocieron los espejos?,
¿desde el hotel Vernet vimos al alba
bailar con los castaños ? "ya es muy tarde"
decías al peinarte y yo veía
manchas en la pared, sin decir nada?,
¿subimos juntos a la torre, vimos
caer la tarde desde el arrecife?
¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos
gardenias en Perote?,
nombres, sitios,
calles y calles, rostros, plazas, calles,
estaciones, un parque, cuartos solos,
manchas en la pared, alguien se peina,
alguien canta a mi lado, alguien se viste,
cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos,

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes esculpidas
y el huracán de los motores, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos,
los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio,
no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres,
verdad de dos en sólo un cuerpo y alma,
oh ser total...
cuartos a la deriva
entre ciudades que se van a pique,
cuartos y calles, nombres como heridas,
el cuarto con ventanas a otros cuartos
con el mismo papel descolorido
donde un hombre en camisa lee el periódico
o plancha una mujer; el cuarto claro
que visitan las ramas de un durazno;
el otro cuarto: afuera siempre llueve
y hay un patio y tres niños oxidados;
cuartos que son navíos que se mecen
en un golfo de luz; o submarinos:
el silencio se esparce en olas verdes,
todo lo que tocamos fosforece;
mausoleos de lujo, ya roídos
los retratos, raídos los tapetes;
trampas, celdas, cavernas encantadas,
pajareras y cuartos numerados,
todos se transfiguran, todos vuelan,
cada moldura es nube, cada puerta
da al mar, al campo, al aire, cada mesa
es un festín; cerrados como conchas
el tiempo inútilmente los asedia,
no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,
abre la mano, coge esta riqueza,
corta los frutos, come de la vida,
tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

todo se transfigura y es sagrado,
es el centro del mundo cada cuarto,
es la primera noche, el primer día,
el mundo nace cuando dos se besan,
gota de luz de entrañas transparentes
el cuarto como un fruto se entreabre
o estalla como un astro taciturno
y las leyes comidas de ratones,
las rejas de los bancos y las cárceles,
las rejas de papel, las alambradas,
los timbres y las púas y los pinchos,
el sermón monocorde de las armas,
el escorpión meloso y con bonete,
el tigre con chistera, presidente
del Club Vegetariano y la Cruz Roja,
el burro pedagogo, el cocodrilo
metido a redentor, padre de pueblos,
el Jefe, el tiburón, el arquitecto
del porvenir, el cerdo uniformado,
el hijo predilecto de la Iglesia
que se lava la negra dentadura
con el agua bendita y toma clases
de inglés y democracia, las paredes
invisibles, las máscaras podridas
que dividen al hombre de los hombres,
al hombre de sí mismo,
se derrumban
por un instante inmenso y vislumbramos
nuestra unidad perdida, el desamparo
que es ser hombres, la gloria que es ser hombres
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos;

amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan las alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amo sin rostro;
el mundo cambia
si dos se miran y se reconocen,
amar es desnudarse de los nombres:
"déjame ser tu puta", son palabras
de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
la tomó por esposa y como premio
lo castraron después;
mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos
enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita
que lleva por clavel en la solapa
un gargajo, mejor ser lapidado
en las plazas que dar vuelta a la noria
que exprime la substancia de la vida,
cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo
en monedas de cobre y mierda abstracta;

mejor la castidad, flor invisible
que se mece en los tallos del silencio,
el difícil diamante de los santos
que filtra los deseos, sacia al tiempo,
nupcias de la quietud y el movimiento,
canta la soledad en su corola,
pétalo de cristal en cada hora,
el mundo se despoja de sus máscaras
y en su centro, vibrante transparencia,
lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,
se contempla en la nada, el ser sin rostro
emerge de sí mismo, sol de soles,
plenitud de presencias y de nombres;

sigo mi desvarío, cuartos, calles,
camino a tientas por los corredores
del tiempo y subo y bajo sus peldaños
y sus paredes palpo y no me muevo,
vuelvo donde empecé, busco tu rostro,
camino por las calles de mí mismo
bajo un sol sin edad, y tú a mi lado
caminas como un árbol, como un río
caminas y me hablas como un río,
creces como una espiga entre mis manos,
lates como una ardilla entre mis manos,
vuelas como mil pájaros, tu risa
me ha cubierto de espumas, tu cabeza
es un astro pequeño entre mis manos,
el mundo reverdece si sonríes
comiendo una naranja,
el mundo cambia
si dos, vertiginosos y enlazados,
caen sobre las yerba: el cielo baja,
los árboles ascienden, el espacio
sólo es luz y silencio, sólo espacio
abierto para el águila del ojo,
pasa la blanca tribu de las nubes,
rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,
perdemos nuestros nombres y flotamos
a la deriva entre el azul y el verde,
tiempo total donde no pasa nada
sino su propio transcurrir dichoso,

no pasa nada, callas, parpadeas
(silencio: cruzó un ángel este instante
grande como la vida de cien soles),
¿no pasa nada, sólo un parpadeo?
y el festín, el destierro, el primer crimen,
la quijada del asno, el ruido opaco
y la mirada incrédula del muerto
al caer en el llano ceniciento,
Agamenón y su mugido inmenso
y el repetido grito de Casandra
más fuerte que los gritos de las olas,
Sócrates en cadenas" (el sol nace,
morir es despertar: "Critón, un gallo
a Esculapio, ya sano de la vida"),
el chacal que diserta entre las ruinas
de Nínive, la sombra que vio Bruto
antes de la batalla, Moctezuma
en el lecho de espinas de su insomnio,
el viaje en la carretera hacia la muerte
?el viaje interminable mas contado
por Robespierre minuto tras minuto,
la mandíbula rota entre las manos?,
Churruca en su barrica como un trono
escarlata, los pasos ya contados
de Lincoln al salir hacia el teatro,
el estertor de Trotsky y sus quejidos
de jabalí, Madero y su mirada
que nadie contestó: ¿por qué me matan?,
los carajos, los ayes, los silencios
del criminal, el santo, el pobre diablo,
cementerio de frases y de anécdotas
que los perros retóricos escarban,
el delirio, el relincho, el ruido obscuro
que hacemos al morir y ese jadeo
que la vida que nace y el sonido
de huesos machacados en la riña
y la boca de espuma del profeta
y su grito y el grito del verdugo
y el grito de la víctima...
son llamas
los ojos y son llamas lo que miran,
llama la oreja y el sonido llama,
brasa los labios y tizón la lengua,
el tacto y lo que toca, el pensamiento
y lo pensado, llama el que lo piensa,
todo se quema, el universo es llama,
arde la misma nada que no es nada
sino un pensar en llamas, al fin humo:
no hay verdugo ni víctima...
¿y el grito
en la tarde del viernes?, y el silencio
que se cubre de signos, el silencio
que dice sin decir, ¿no dice nada?,
¿no son nada los gritos de los hombres?,
¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

no pasa nada, sólo un parpadeo
del sol, un movimiento apenas, nada,
no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,
los muerto están fijos en su muerte
y no pueden morirse de otra muerte,
intocables, clavados en su gesto,
desde su soledad, desde su muerte
sin remedio nos miran sin mirarnos,
su muerte ya es la estatua de su vida,
un siempre estar ya nada para siempre,
cada minuto es nada para siempre,
un rey fantasma rige sus latidos
y tu gesto final, tu dura máscara
labra sobre tu rostro cambiante:
el monumento somos de una vida
ajena y no vivida, apenas nuestra,

-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuando somos de veras lo que somos?,
bien mirado no somos, nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito,
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie, todos somos
la vida ?pan de sol para los otros,
los otros todos que nosotros somos?,
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra, siempre allá, más lejos,
fuera de ti, de mí, siempre horizonte,
vida que nos desvive y enajena,
que nos inventa un rostro y lo desgasta,
hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

Eloísa, Perséfona, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco:
vida y muerte
pactan en ti, señora de la noche,
torre de claridad, reina del alba,
virgen lunar, madre del agua madre,
cuerpo del mundo, casa de la muerte,
caigo sin fin desde mi nacimiento,
caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,
recógeme en tus ojos, junta el polvo
disperso y reconcilia mis cenizas,
ata mis huesos divididos, sopla
sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,
tu silencio dé paz al pensamiento
contra sí mismo airado;
abre la mano,
señora de semillas que son días,
el día es inmortal, asciende, crece,
acaba de nacer y nunca acaba,
cada día es nacer, un nacimiento
es cada amanecer y yo amanezco,
amanecemos todos, amanece
el sol cara de sol, Juan amanece
con su cara de Juan cara de todos,

puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados,

puerta del ser: abre tu ser, despierta,
aprende a ser también, labra tu cara,
trabaja tus facciones, ten un rostro
para mirar mi rostro y que te mire,
para mirar la vida hasta la muerte,
rostro de mar, de pan, de roca y fuente,
manantial que disuelve nuestros rostros
en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,
indecible presencia de presencias...

quiero seguir, ir más allá, y no puedo:
se despeñó el instante en otro y otro,
dormí sueños de piedra que no sueña
y al cabo de los años como piedras
oí cantar mi sangre encarcelada,
con un rumor de luz el mar cantaba,
una a una cedían las murallas,
todas las puertas se desmoronaban
y el sol entraba a saco por mi frente,
despegaba mis párpados cerrados,
desprendía mi ser de su envoltura,
me arrancaba de mí, me separaba
de mi bruto dormir siglos de piedra
y su magia de espejos revivía
un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre:

México, 1957

Jorge Cuesta


CANTO A UN DIOS MINERAL

Capto la seña de una mano, y veo
que hay una libertad en mi deseo;
ni dura ni reposa;
las nubes de su objeto el tiempo altera
como el agua la espuma prisionera
de la masa ondulosa.

Suspensa en el azul la seña, esclava
de la más leve onda, que socava
el orbe de su vuelo,
se suelta y abandona a que se ligue
su ocio al de la mirada que persigue
las corrientes del cielo.

Una mirada en abandono y viva,
si no una certidumbre pensativa,
atesora una duda;
su amor dilata en la pasión desierta
sueña en la soledad y está despierta
en la conciencia muda.

Sus ojos, errabundos y sumisos,
el hueco son, en que los fatuos rizos
de nubes y de frondas
se apoderan de un mármol de un instante
y esculpen la figura vacilante
que complace a las ondas.

La vista en el espacio difundida,
es el espacio mismo, y da cabida
vasto y nimio al suceso
que en las nubes se irisa y se desdora
e intacto, como cuando se evapora,
está en las ondas preso.

Es la vida allí estar, tan fijamente,
como la helada altura transparente
lo finge a cuanto sube
hasta el purpúreo límite que toca,
como si fuera un sueño de la roca,
la espuma de la nube.

Como si fuera un sueño, pues sujeta,
no escapa de la física que aprieta
en la roca la entraña,
la penetra con sangres minerales
y la entrega en la piel de los cristales
a la luz, que la daña.

No hay solidez que a tal prisión no ceda
aun la sombra más íntima que veda
un receloso seno
¡en vano!; pues al fuego no es inmune
que hace entrar en las carnes que desune
las lenguas del veneno.

A las nubes también el color tiñe,
túnicas tintas en el mal les ciñe,
las roe, las horada,
y a la crítica muestra, si las mira,
por qué al museo su ilusión retira
la escultura humillada.

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa.
Cuando en un agua adormecida y mansa
un rostro se aventura,
igual retorna a sí del hondo viaje
y del lúcido abismo del paisaje
recobra su figura.

Íntegra la devuelve el limpio espejo,
ni otra, ni descompuesta en el reflejo
cuyas diáfanas redes
suspenden a la imagen submarina,
dentro del vidrio inmersa, que la ruina
detiene en sus paredes.

¡Qué eternidad parece que le fragua,
bajo esa tersa atmósfera de agua,
de un encanto el conjuro
en una isla a salvo de las horas,
áurea y serena al pie de las auroras
perennes del futuro!

Pero hiende también la imagen, leve,
del unido cristal en que se mueve
los átomos compactos:
se abren antes, se cierran detrás de ella
y absorben el origen y la huella
de sus nítidos actos.

Ay, que del agua el imantado centro
no fija al hielo que se cuaja adentro
las flores de su nado;
una onda se agita, y la estremece
en una onda más desaparece
su color congelado.

La transparencia a sí misma regresa
y expulsa a la ficción, aunque no cesa;
pues la memoria oprime
de la opaca materia que, a la orilla,
del agua en que la onda juega y brilla,
se entenebrece y gime.

La materia regresa a su costumbre.
Que del agua un relámpago deslumbre
o un sólido de humo
tenga en un cielo ilimitado y tenso
un instante a los ojos en suspenso,
no aplaza su consumo.

Obscuro perecer no la abandona
si sigue hacia una fulgurante zona
la imagen encantada.
Por dentro la ilusión no se rehace;
por dentro el ser sigue su ruina y yace
como si fuera nada.

Embriagarse en la magia y en el juego
de la áurea llama, y consumirse luego,
en la ficción conmueve
el alma de la arcilla sin contorno:
llora que pierde un venturero adorno
y que no se renueve.

Aun el llanto otras ondas arrebatan,
y atónitos los ojos se desatan
del plomo que acelera
el descenso sin voz a la agonía
y otra vez la mirada honda y vacía
flota errabunda fuera.

Con más encanto si más pronto muere,
el vivo engaño a la pasión se adhiere
y apresura a los ojos
náufragos en las ondas ellos mismos,
al borde a detener de los abismos
los flotantes despojos.

Signos extraños hurta la memoria,
para una muda y condenada historia,
y acaricia las huellas
como si oculta obcecación lograra,
a fuerza de tallar la sombra avara
recuperar estrellas.

La mirada a los aires se transporta,
pero es también vuelta hacia adentro, absorta,
el ser a quien rechaza
y en vano tras la onda tornadiza
confronta la visión que se desliza
con la visión que traza.

Y abatido se esconde, se concentra,
en sus recónditas cavernas entra
y ya libre en los muros
de la sombra interior de que es el dueño
suelta al nocturno paladar el sueño
sus sabores obscuros.

Cuevas innúmeras y endurecidas,
vastos depósitos de breves vidas,
guardan impenetrable
la materia sin luz y sin sonido
que aún no recoge el alma en su sentido
ni supone que hable.

¡Qué ruidos, qué rumores apagados
allí activan, sepultos y estrechados,
el hervor en el seno
convulso y sofocado por un mudo!
Y graba al rostro su rencor sañudo
y al lenguaje sereno.
Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive
en el fondo aterrado y no recibe
las ondas todavía
que recogen, no más, la voz que aflora
de una agua móvil al rielar que dora
la vanidad del día!.

El sueño, en sombras desasido, amarra
la nerviosa raíz, como una garra
contráctil o bien floja;
se hinca en el murmullo que la envuelve,
o en el humor que sorbe y que disuelve
un fijo extremo aloja.

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa,
y asciende un burbujear a la sorpresa
del sensible oleaje:
su espuma frágil las burbujas prende,
y las prueba, las une, las suspende
la creación del lenguaje.

El lenguaje es sabor que entrega al labio
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
despierta en la garganta;
su espíritu aun espeso al aire brota
y en la líquida masa donde flota
siente el espacio y canta.

Multiplicada en los propicios ecos
que afuera afrontan otros vivos huecos
de semejantes bocas,
en su entraña ya vibra, densa y plena,
cuando allí late aún, y honda resuena
en las eternas rocas.

Oh, eternidad, oh, hueco azul, vibrante
en que la forma oculta y delirante
su vibración no apaga,
porque brilla en los muros permanentes
que labra y edifica transparentes,
la onda tortuosa y vaga.

Oh, eternidad, la muerte es la medida,
compás y azar de cada frágil vida,
la numera la Parca.
Y alzan tus muros las dispersas horas,
que distantes o próximas, sonoras
allí graban su marca.

Denso el silencio trague al negro, obscuro
rumor, como el sabor futuro
sólo la entraña guarde
y forme en sus recónditas moradas,
su sombra ceda formas alumbradas
a la palabra que arde.

No al oído que al antro se aproxima
que al banal espacio, por encima
del hondo laberinto
las voces intrincadas en sus vetas
originales vayan, más secretas
de otra boca al recinto.

A otra vida oye ser, y en un instante
la lejana se une al titubeante
latido de la entraña;
al instinto un amor llama a su objeto;
y afuera en vano un porvenir completo
la considera extraña.

El aire tenso y musical espera;
y eleva y fija la creciente esfera,
sonora, una mañana:
la forman ondas que juntó un sonido,
como en la flor y enjambre del oído
misteriosa campana.

Ése es el fruto que del tiempo es dueño;
en él la entraña su pavor, su sueño
y su labor termina.
El sabor que destila la tiniebla
es el propio sentido, que otros puebla
y el futuro domina.


Aunque sólo vivió 38 años, Jorge Cuesta dejó una obra valiosa y compleja que abarcó poesía y ensayo. Hijo de padre mexicano y madre francesa, nació en Córdoba, Veracruz.
En la ciudad de México estudió en la Escuela Nacional Preparatoria, donde conoció a Gilberto Owen y a los demás poetas del grupo Contemporáneos. Posteriormente, estudió en la Universidad de México la carrera de Ingeniería química, profesión que ejerció a lo largo de su vida, paralelamente a la literatura. No es de extrañar que su obra más destacada sea el poema de largo aliento Canto a un dios mineral, en el que puede apreciarse cierta conjunción entre la mística y la materia, tal como puede apreciarse en el siguiente fragmento.
Publicó sus primeros textos en la revista Ulises (1927-1928), que era dirigida por los poetas Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. En 1928 editó una polémica Antología de la poesía mexicana moderna, criticada por lo que muchos consideraron el incluir a escritores muy jóvenes y dejar fuera a los consagrados de aquella época. En ese mismo año se casó con Lupe Marín, quien había estado casada anteriormente con Diego Rivera. El matrimonio sólo duró cuatro años.
De sus poemas se ha dicho que son “disposiciones de palabras hechas con el cuidado de una fórmula química”; él mismo afirmó que: “la poesía es un método de análisis, un instrumento de investigación”, por ello sus textos se han relacionado con un estilo culto y dificultoso. Entre sus ensayos destaca “El diablo en la poesía”.
Jorge Cuesta se quitó la vida el 13 de agosto de 1942.

22 de junio de 2009

El jinete del aire



por Octavio Paz

A Manuel Calvillo

Un telegrama de México me anunció la muerte de Alfonso Reyes. La noticia me pareció irreal, como si anunciase la muerte de otra persona. Sabía que desde hacía años estaba enfermo y que sólo se aliviaba para volver a recaer; no sabía, o lo había olvidado, que la muerte, siempre esperada, es siempre inesperada. La última vez que lo vi, hace seis meses, la víspera de mi salida de México, me dijo: "Quizá no volvamos a conversar, ya me queda poco tiempo aquí". Y me señaló, con la mirada sus libros. No podría ahora repetir mi respuesta; sin duda fue una de esas frases con las que, no sin hipocresía, a un tiempo tratamos de calmar la ansiedad de los enfermos y nuestro propio, secreto terror ante la muerte. Recuerdo que sentí una absurda vergüenza, como si mi salud fuese algo indiscreto y poco merecido. Reyes se dio cuenta de mi confusión, cambió el tema y alegremente me guió por las espesuras de la poesía hermética.
Admirable prueba de salud moral: en una época sorda a fuerza de gritar, un hombre enfermo, encerrado en su biblioteca, casi sin esperanzas de ser oído, se inclina sobre un texto olvidado y pesa imágenes y pausas, ritmos y silencios, en una delicada balanza verbal. Ante un mundo que ha perdido casi completamente el sentimiento de la forma, al grado de que la frase hecha, después de conquistar periódicos, parlamentos y universidades, se convierte en el medio de expresión favorito de poetas y novelistas, el amor de Reyes al lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro. Pocas veces vi a Reyes tan lúcido, tan claro y relampagueante, tan osado y tan reticente y, en una palabra: tan vivo, como aquella noche en que me hablara, entre una y otra toma de oxígeno, de las delicias y los peligros de Licofrón y Gracián. ¿Falta de humanidad, insensibilidad social, ausencia de sentido histórico? Yo diría: amor a la vida en un tiempo que venera no tanto a la muerte como a la ausencia de vida. El culto a la muerte es una superstición arcaica; nosotros, los modernos, adoramos la abstracción desangrada y el número informe: ni vida ni muerte. El amor, los amores de Reyes, eran distintos: amor a la forma, amor a la vida. La forma es la encarnación de la vida, el instante en que la vida pacta consigo misma.
No, no estamos hechos para la muerte, y Alfonso Reyes, "caballero andante de Mayo", el mes solar, como dice en uno de sus poemas, era el hombre menos dispuesto, filosóficamente, amorir. No porque se rebelase estérilmente contra la idea de la muerte sino porque morir no le parecía una idea, esto es, una razón, algo dueño de sentido. Nunca hizo de la muerte una filosofía, como tantos escritores de nuestra lengua. Más bien la veía como la negación, la definitiva refutación de la idea misma de filosofía. La aceptaba, no sin ironía, como una prueba más de la locura cósmica. En cierto modo, no le faltaba razón: la muerte es el fruto, la consecuencia natural de la vida y, así no es un accidente; sin embargo, es el gran accidente, el único accidente. Y esto, ser contingente y necesaria, la hace aún más enigmática. La muerte es la contradicción universal.
Reyes, el enamorado de la mesura y la proporción, hombre para el que todo, inclusive la acción y la pasión, debería revolverse en equilibrio, sabía que estamos rodeados de caos y silencio. Lo informe, ya como vacío ya como presencia bruta, nos acecha. Pero nunca intentó aherrojar al instinto, suprimir la mitad oscura del hombre. Ni en la esfera de la ética ni en la de la estética ­­menos aún en la política­­ predicó las virtudes equívocas de la represión. A la vigilia y al sueño, a la sangre y al pensamiento, a la amistad y a la soledad, a la ciudad y a la mujer, a cada parte y a cada uno, hay que darle lo suyo. La porción del instinto no es menos sagrada que la del espíritu. ¿Y cuáles son los límites entre uno y otro? Todo se comunica. El hombre es una vasta y delicada alquimia. La operación humana por excelencia es la transmutación, que hace la luz de la sombra, palabra del grito, diálogo de la riña elemental.
Su amor por la cultura helénica, reverso de su indiferencia frente al cristianismo, fue algo más que una inclinación intelectual. Veía en Grecia un modelo porque lo que le descubrían sus poetas y filósofos era algo que estaba ya en su interior y que, gracias a ellos, recibió un nombre y respuesta: los poderes terribles de los hubris y el método para conjugarlos. La literatura griega no le reveló una filosofía, una moral, un "debe ser" sino al ser mismo en su marea, en su ritmo alternativamente creador y destructor. Las normas griegas, dice Jaeger, son una manifestación de la legalidad inmanente del cosmos: el movimiento del ser, su dialéctica. Reyes escribió una y otra vez que la tragedia es la forma más alta y perfecta de la poesía porque en ella la desmesura encuentra al fin su tensa medida y, así, se purifica y redime. La pasión es creadora cuando encuentra su forma. Para Reyes la forma no era una envoltura ni una medida abstracta sino el instante de reconciliación en el que la discordia se transforma en armonía. El verdadero nombre de esta armonía es libertad: la fatalidad deja de ser una imposición exterior para convertirse en aceptación íntima y voluntaria. Ética y estética se enlazan en el pensamiento de Reyes: la libertad es un acto estético, es decir, es el momento de concordia entre pasión y forma, energía vital y medida humana; al mismo tiempo, la forma, la medida, constituyen una dimensión ética, ya que nos salvan de la desmesura, que es caos y destrucción.
Estas ideas dispersas en muchas páginas y libros de Reyes, son la sangre invisible que anima su obra poética más perfecta: Ifigenia cruel. Quizá no sea innecesario recordar que este poema es, entre otras muchas cosas, el símbolo de un drama personal y la respuesta que el poeta intentó darle. Su familia pertenecía al ancien régime. Su padre había sido ministro de la guerra del gobierno de Porfirio Díaz y su hermano mayor, el jurista Bernardo Reyes, era un profesor universitario y un polemista político de renombre. Ambos fueron conservadores y enemigos del gobierno revolucionario de Madero. Su padre murió en el asalto al Palacio Nacional y su hermano, al triunfo de los revolucionarios, se refugió en España y desde allá no cesó de atacar al nuevo régimen. Así, la situación de Alfonso Reyes no era muy distinta a la de Ifigenia: el hermano le recuerda que la venganza es un deber filial; rehusarse a seguir la voz de la sangre es condenarse a servir a una diosa sanguinaria ­­ Artemisa en un caso, la Revolución Mexicana es el otro. Ifigenia decide quedarse en Táuride y Reyes se pone al servicio del régimen revolucionario. Por supuesto, el poema es algo más que la expresión de este conflicto íntimo; visión de la mujer y meditación sobre la libertad, Ifigenia cruel es de las obras más perfectas y complejas de la poesía moderna hispanoamericana.
Reyes escoge la segunda versión del mito. Como es sabido, en esta versión no se consuma el sacrificio de la virgen. En el momento en que Ifigenia debe morir en Áulide para aplacar la cólera del viento, Artemisa substituye su cuerpo por el de una cierva y la conduce a Táuride. Allá la consagrada sacerdotisa de su templo: Ifigenia debe inmolar a todos los extranjeros que llegan a la isla. Un día recoge entre los extraños que un naufrago arroja a la costa, a Orestes. Vence el destino, la ley de la casta: los dos hermanos se fugan, no sin robarse la estatua de la diosa, y regresan al Ática. Reyes introduce un cambio fundamental en la historia, algo que no aparece ni en la obra de Eurípides ni en la de Goethe: Ifigenia ha perdido la memoria. No sabe quién es ni de dónde viene, Sólo sabe que es "un montón de cólera desnuda". Virgen sin origen, que "brotó como un hongo en las rocas del templo", desde el principio del principio atada a la piedra sangrienta, virgen sin pasado y sin futuro, Ifigenia es un ciego movimiento sin conciencia de sí, condenado a repetirse sin cesar. La aparición de Orestes rompe el hechizo; sus palabras penetran la pétrea conciencia de Ifigenia, que pasa gradualmente del reconocimiento del "otro" ­­el hermano desconocido y delirante, el semejante remoto siempre al redescubrimiento de su identidad perdida. Para ser nosotros mismos, parece insinuar Reyes, es menester reconocer la existencia de los demás. Al recobrar la memoria, Ifigenia se recobra. Está en posesión de su ser porque sabe quién es: virtud mágica del nombre. La memoria le ha vuelto la conciencia; y la devolverle la conciencia, le otorga la libertad. No es ya la poseída por Artemisa, "al tronco de sí misma atada", ya puede elegir. Su elección ­­y aquí la diferencia con la versión tradicional es aún más significativa­­ es inesperada: Ifigenia decide quedarse en Táuride, Le bastan dos palabras ("dos conchas huecas de palabras: no quiero") para cambiar en un instante vertiginoso todo el curso de la fatalidad. Por ese acto reniega de la memoria que acaba de recobrar, dice no al destino, a la familia y al origen, a la ley del suelo y de la sangre. Y más: se niega a sí misma. Esa negación engendra una nueva afirmación de sí Al negarse, se elige. Y este acto, libre entre todos, afirmación de la soberanía del hombre, encarnación fulgurante de la libertad, es un segundo nacimiento. Ifigenia ya es hija de sí misma.
Escrito en 1923, el poema de Reyes no sólo se anticipa a muchas preocupaciones contemporáneas sino que encierra, en cifra, condensada en un lenguaje que participa de la dureza de la piedra y de la amargura del mar, artificioso y bárbaro a un tiempo, toda la evolución posterior de su espíritu. Todo Reyes ­­el mejor, el más libre y suelto­­ está en esta obra. Ni siquiera falta el guiño secreto, el aparte malicioso para el goce de los entendidos, el anacronismo y la señal de inteligencia hacia otras tierras y otros tiempos. Erudición, sí, pero también gracia, imaginación y dolorosa lucidez. Ifigenia, su cuchillo y su diosa, inmensa piedra labrada por la sangre, aluden simultáneamente a los cultos precortesianos y al "eterno femenino", el soneto del monólogo de Orestes es un doble homenaje a Góngora y al teatro español del siglo XVII; la sombra de Segismundo oscurece a veces el rostro de Ifigenia; otras, la virgen pronuncia enigmas como la Hérodiade de Mallarmé o se palpa con el pensamiento como La joven Parca; Eurípides y Goethe, el libre arbitrio católico y los experimentos rítmicos del modernismo y hasta los temas mexicanos (universalismo y nacionalismo) y la querella familiar, todo se funde con admirable naturalidad. Nada sobra porque nada falta. Cierto, nunca volvió a escribir un poema de arquitectura tan sólida y aérea, tan rico de significaciones, pero sus mejores páginas en prosa son una apasionada meditación sobre el misterio de Ifigenia, la virgen libertad.
El enigma de la libertad es también el de la mujer. Artemisa es una divinidad pura y carnicera: es la luna y el agua, la diosa del tercer milenio antes de Cristo, la domadora, la cazadora y la hechicera fatal. Ifigenia es apenas una manifestación humana de esa deidad pálida y terrible que atraviesa los bosques nocturnos seguida de una jauría sanguinaria. Artemisa es un pilar, el árbol primordial, arquetipo de la columna como el bosque es el modelo mítico del templo. Ese pilar es el centro del mundo:

En torno a ti danzan los astros
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!

Artemisa es virgen e impenetrable; "¿Quién vislumbró la boca hermética de tus dos piernas verticales?" Ojos de piedra, boca de piedra ­­pero "las raíces de sus dedos sorben los cubos rojos del sacrificio, a cada luna". Peña, pilar, estatua, agua quieta, es también carrera loca del viento entre los árboles. Artemisa busca y rehúsa alternativamente, la encarnación, el encuentro con el otro, adversario y complemento de su ser. El abrazo carnal es lucha mortal.
En la obra de Reyes el erotismo ­­en el sentido moderno del término­­ aparece siempre velado. La ironía modera el alarido; la sensualidad dulcifica el gesto terrible de la boca; la ternura transforma la garra en caricia. El amor es batalla, no carnicería. Reyes no niega la omnipotencia del deseo, pero ­­sin cerrar los ojos ante la naturaleza contradictoria del placer ­­busca de nuevo un equilibrio. Si en Ifigenia cruel­­ y en otros textos, algunos publicados y otros inéditos, como la farsa de Landrú­­ el deseo aparece revestido con las armas de la muerte, en los más numerosos y personales su temperamento cordial ­­melancolía, ternura, saudade­­­ calma a la sangre y sus abejas. El epicureísmo de Reyes no es una estética ni una moral: es una defensa vital, un remedio viril. Pacto: no renuncia ni guerra sin cuartel. En un poema de juventud bastante más complejo de lo que revela una primera lectura, dice que en sus imaginaciones identifica a la flor (que es una flor mágica: la adormidera) con la mujer y confiesa su temor:

¡Tiemblo, no amanezca el día
en que te vuelvas mujer!

La flor esconde, como la mujer, una amenaza. Ambas provocan sueño, delirio y locura. Ambas hechizan, es decir, paralizan el ánimo. Para librarse del cuchillo de la virgen Ifigenia y de la amenaza de la flor, no hay exorcismo conocido, excepto el amor, el sacrificio ­­que es, siempre, una transfiguración. En la obra de Reyes no se consuma el sacrificio y el amor es una oscilación entre la soledad y la compañía. A la mujer ("trataba en la obra ­­libre aunque se da y ajena") la tenemos un instante en la realidad.
Y siempre en la memoria, como nostalgia:

Mercedes, Río, mercedes
soledad y compañía,
de toda angustia remanso,
de toda tormenta orilla.

Pacto, acuerdo, equilibrio: estas palabras son frecuentes en la obra de Reyes y definen una de las direcciones centrales de su pensamiento. Algunos, no contentos con acusarlo de "bizantinismo" (hay críticas que, en ciertos labios, resultan elogios), le han reprochado su moderación. ¿Espíritu moderado? No lo creo, al menos de la manera simple con que quieren verlo las inteligencias simplistas. Espíritu en busca de equilibrio, aspiración hacia la medida; y también, gran apetito universal, deseo de abarcarlo todo, lo mismo las disciplinas más alejadas que las épocas más distantes. No suprimir las contradicciones sino integrarlas en afirmaciones más anchas; ordenar el saber particular en esquemas generales­­ siempre provisionales. Curiosidad y prudencia: todos los días descubrimos que aún nos falta algo por saber y que, si es cierto que todo ha sido pensado, también lo es que nada se ha pensado. Nadie tiene la última palabra. Es fácil darse cuenta de las ventajas y riesgos de una actitud semejante. Por una parte, irrita a los espíritus categóricos, que tienen la verdad en el puño; por la otra, el exceso de saber a veces nos vuelve tímidos y nos quita confianza en nuestros impulsos espontáneos. A Reyes la erudición no lo paralizó porque se defendió con un arma invencible: el humor. Reírse de sí mismo, reírse de su propio saber, es una manera de aligerarse de peso.
Góngora decía: "No es sordo el mar: la erudición engaña". Reyes no siempre se libró de los engaños de esa erudición que nos hace ver en la novedad de hoy la locura de ayer. Además, su temperamento lo llevaba a huir de los extremos. Esto explica, quizá, su reserva ante esas civilizaciones y esos espíritus que expresan lo que llamaría la exageración sublime (Pienso en el Oriente y en la América precolombina pero asimismo en Novalis y Rimbaud.) Siempre lamenté su frialdad ante la gran aventura del arte y la poesía contemporáneos. El romanticismo alemán, Dostoievski, la poesía moderna (en lo que tiene de más ariesgado), Kafka, Lawrence, Joyce y tantos otros, fueron territorios que recorrió con valentía de explorador pero sin pasión amorosa. Y aun en esto temo ser injusto, pues ¿cómo olvidar su afición a Mallarmé, precisamente uno de los poetas que encarnan con mayor lucidez la sed de absoluto del arte moderno? Tachado de tibieza en la vida pública, algunos señalan que en ocasiones su carácter no estuvo a la altura de su talento y de las circunstancias. Es verdad. Pero si es cierto que a veces calló, también lo es que nunca gritó como muchos de sus contemporáneos. Si no sufrió persecución, tampoco persiguió a nadie. No fue hombre de partido; no lo fascinó el número ni la fuerza; no creyó en los jefes; no publicó adhesiones ruidosas; no renegó de su pasado, de su pensamiento y de su obra; no se confesó; no practicó la "autocrítica"; no se convirtió. Y así, sus indecisiones y hasta sus debilidades ­­porque las tuvo­­ se convirtieron en fortaleza y alimentaron su libertad. Este hombre tolerante y afable vivió y murió como un heterodoxo, fuera de todas las iglesias y partidos.
La obra de Reyes desconcierta no sólo por su extensión, sino por la variedad de los asuntos que trata. Nada más alejado, sin embargo, de la dispersión. Todo tiende a la síntesis, inclusive esa parte de su producción constituida por notas, apuntes y resúmenes de libros ajenos. En una época de discordia y uniformidad ­­ dos caras de la misma medalla­­ Reyes postula una voluntad de concierto, es decir, un orden que no excluya la singularidad de las partes. Su interés por las utopías políticas y sociales y su continua meditación sobre los deberes de la intelligentsia hispanoamericana tienden el mismo origen que su afición a los estudios helénicos, la filosofía de la historia y la literatura comparada. En todo busca el rasgo individual, la variación personal; y procura siempre insertar esa singularidad en una armonía más vasta. No obstante, concierto, acuerdo o equilibrio son palabras que no lo definen por entero: concordia le conviene mejor. La merece más. Concordia no es concesión, pacto o compromiso sino juego dinámico de los contrarios, concordancia del ser y lo "otro", reconciliación del movimiento y el reposo, coincidencia de la pasión y la forma. Oleada de vida, vaivén de la sangre, mano que se abre y se cierra: dar y recibir y volver a dar. Concordancia, palabra central y vital. Ni cerebro, ni vientre, ni sexo, ni mandíbula: corazón.
La muerte es la única proposición irrefutable, la única realidad innegable. Al mismo tiempo, tal vez por el exceso de realidad que manifiesta, por esa brutalidad con que nos dice que la presencia es ausencia, la muerte infunde un aire de irrealidad a todo lo que vemos, sin excluir al mismo muerto que velamos. Todo está y no está. Nuestra realidad última no es sino una definitiva irrealidad. Podría decirse, modificando levemente un verso de Borges: la muerte, minuciosa de irrealidad. Reyes está aquí y no está. Lo veo y no lo veo. Como en su poema:

Pasa el jinete del aire
montado en su yegua fresca,
y no pasa: está en la sombra
repicando las espuelas.

Reyes cabalga aún. En la sombra relucen sus armas: la mano y la inteligencia, el sol y el corazón.


París, 4 de enero de 1960


Cuadernos, París, No. 41 (marzo-abril 1960) pp. 4-8

Alfonso Reyes


La Habana

No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba —que nunca vio Gaugin,
Que nunca vio Picasso—,
Donde negros vestidos de amarillo y de guinda
Rondan el malecón, entre dos luces,
Y los ojos vencidos
No disimulan ya los pensamientos.

No es Cuba — la que oyó a Stravisnsky
Concertar sones de marimbas y güiros
En el entierro del Papá Montero,
Ñañigo de bastón y canalla rumbero.

No es Cuba — donde el yanqui colonial
Se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
De brisa, en las terrazas del reparto;
Donde la policía desinfecta
El aguijón de los mosquitos últimos
Que zumban todavía en español.

No es Cuba — donde el mar se transparenta
Para que no se pierdan los despojos del Maine,
Y un contratista revolucionario
Tiñe de blanco el aire de la tarde,
Abanicando, con sonrisa veterana,
Desde su mecedora, la fragancia
De los cocos y mangos aduaneros.


A Eugenio Florit

Florit, la primavera se desborda
y vuelca Flora el azafate henchido,
y la naturaleza en cada nido
lanza un temblor y hace la vista gorda.

¿Qué pasa entonces, cuando el viento asorda
y el campo es todo asombro y todo ruido,
y aun el más recatado y retraído
toma el alma y la echa por la borda?

¿Qué arcaico rito o gresca dionisíaca,
que endiablada, o mejor, paradisíaca
celebración de las celebraciones?

Es que el poeta cumple el mandamiento:
hacer razones con el sentimiento
y dar en sentimiento las razones.


Yerbas del Tarahumara

Han bajado los indios tarahumaras,
que es señal de mal año
y de cosecha pobre en la montaña.
Desnudos y curtidos,
duros en la lustrosa piel manchada,
denegridos de viento y de sol, animan
las calles de Chihuahua,
lentos y recelosos,
con todos los resortes del miedo contraídos,
como panteras mansas.

Desnudos y curtidos,
bravos habitadores de la nieve
—como hablan de tú—,
contestan siempre así la pregunta obligada:
—"Y tú ¿no tienes frío en la cara?"

Mal año en la montaña,
cuando el grave deshielo de las cumbres
escurre hasta los pueblos la manada
de animales humanos con el hato e la espalda.

Los hicieron católicos
los misioneros de la Nueva España
—esos corderos de corazón de león.
Y, sin pan y sin vino,
ellos celebran la función cristiana
con su cerveza-chicha y su pinole,
que es un polvo de todos los sabores.

Beben tesgüiño de maíz y peyote,
yerba de los portentos,
sinfonía lograda
que convierte los ruidos en colores;
y larga borrachera metafísica
los compensa de andar sobre la tierra,
que es, al fin y a la postre,
la dolencia común de las razas de los hombres.
Campeones de la Maratón del mundo,
nutridos en la carne ácida del venado,
llegarán los primeros con el triunfo
el día que saltemos la muralla
de los cinco sentidos.

A veces, traen oro de sus ocultas minas,
y todo el día rompen los terrones,
sentados en la calle,
entre la envidia culta de los blancos.
Hoy solo traen yerbas en el hato,
las yerbas de salud que cambian por centavos:
yerbaniz, limoncillo, simonillo,
que alivian las difíciles entrañas,
junto con la orejela de ratón
para el mal que la gente llama "bilis";
y la yerba del venado, del chuchupaste
y la yerba del indio, que restauran la sangre;
el pasto de ocotillo de los golpes contusos,
contrayerba para las fiebres pantanosas,
la yerba de la víbora que cura los resfríos;
collares de semillas de ojos de venado,
tan eficaces para el sortilegio;
y la sangre de grado, que aprieta las encías
y agarra en la nariz los dientes flojos.

(Nuestro Francisco Hernández
—El Plinio Mexicano de los Mil y Quinientos—
logró hasta mil doscientas plantas mágicas
de la farmacopea de los indios.
Sin ser un gran botánico,
don Felipe Segundo
supo gastar setenta mil ducados,
¡para que luego aquel herbario único
se perdiera en la incuria y el polvo!
Porque el padre Moxó nos asegura
que no fue culpa del incendio
que en el siglo décimo séptimo
aconteció en El Escorial.)

Con la paciencia muda de la hormiga,
los indios van juntando sobre el suelo
la yerbecita en haces
—perfectos en su ciencia natural.


Visitación

—Soy la Muerte— me dijo. No sabía
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.

Ya no intento eludir su compañía:
mis pasos sigue, transparente y clara
y desde entonces no me desampara
ni me deja de noche ni de día.

—¡Y pensar —confesé—, que de mil modos
quise disimularte con apodos,
entre miedos y errores confundida!

«Más tienes de caricia que de pena».
Eras alivio y te llamé cadena.
Eras la muerte y te llamé la vida.


Alfonso Reyes nació en la ciudad de Monterrey (Estado de Nuevo León)
el 17 de mayo de 1889; fue hijo del General Bernardo Reyes y de doña
Aurelia Ochoa de Reyes. Hizo sus primeros estudios en escuelas
particulares de Monterrey, en el Liceo Francés de México, en el
Colegio Civil de Nuevo León, en la Escuela Nacional Preparatoria
y en la Facultad de Derecho de México, en donde obtuvo el título
de abogado el 16 de julio de 1913. En 1909 fundó, con otros
escritores mexicanos, el "Ateneo de la Juventud". Allí, junto con
Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos se organizaron
para leer a los clásicos griegos. En 1910 publicó su primer libro
"Cuestiones Estéticas". En agosto de 1912 es nombrado secretario de
la Escuela Nacional de Altos Estudios, en la que profesó la cátedra
de "Historia de la Lengua y Literatura Españolas", de abril a junio
de 1913. El 17 de este mes fue designado segundo secretario de la
Legación de México en Francia, puesto que desempeñó hasta octubre de
1914. Exiliado en España (1914-1924), después de la muerte de su
padre, el general Bernardo Reyes. Se integró a la escuela de
Menéndez Pidal y posteriormente en la estética de Benedetto Croce,
más adelante publicó numerosos ensayos sobre la poesía del siglo de
oro español, entre los que destacan: "Barroco" y "Góngora"; además,
fue uno de los primeros escritores en estudiar a sor Juana Inés de
la Cruz. De esa época son "Cartones de Madrid" (1917), su breve pero
magistral obra, "Visión de Anáhuac" (1917), "El suicida" en 1917 y
"El cazador" en (1921).
En España se consagró a la Literatura y al periodismo; trabajó en
el Centro de Estudios Históricos de Madrid bajo la dirección de don
Ramón Menéndez Pidal.
En 1919 fue nombrado secretario de la comisión mexicana "Francisco
del Paso y Troncoso", también en este año efectuó la prosificación
del poema del Mío Cid, y en junio de 1920, fue nombrado segundo
secretario de la Legación de México en España. A partir de entonces
hasta febrero de 1939, en que regresó definitivamente a México,
ocupó diversos cargos en el servicio diplomático; Encargado de
Negocios en España (1922-1924), Ministro en Francia (1924-1927),
Embajador en Argentina (1927-1930 y 1936-1937) y en Brasil (1930-
1936). En abril de 1939 fue presidente de la Casa de España en
México, que después se convirtió en El Colegio de México, Fue
miembro de número de la Academia Mexicana correspondiente de la
Española, y catedrático fundador del Colegio Nacional. En 1945
obtuvo el Premio Nacional de Literatura en México. De 1924 a 1939
se convirtió en una figura esencial del continente hispánico,
como lo atestigua el propio Borges. Entre sus ensayos de esos años
se cuentan "Cuestiones gongorinas" (1927), "Simpatías y diferencias"
(ensayos, 1921-1926), "Homilía por la cultura" (1938), "Capítulos
de literatura española" (1939 y 1945) y "Letras de la Nueva España"
(1948). Maestro del lenguaje, de 1939 a 1950 llegó a la cumbre de
su madurez intelectual y escribió una larga serie de libros sobre
temas clásicos, como "La antigua retórica" y "Última Tule" en 1942,
"El deslinde" (1944), "La crítica en la Edad Ateniense" (1945),
"Junta de sombras" (1949). También escribió temas muy variados
tales como: "Tentativas y Orientaciones" (1944), "Norte y Sur"
(1945), "La X en la frente" y "Marginalia", en 1952. Entre sus
traducciones se encuentra parte de "La Iliada" de Homero, en
1951. Su trabajo con el mundo clásico no se limita al de la
erudición, es más bien una reinvención de metáforas poéticas y
hasta políticas que definen nuevas perspectivas para articular
la realidad de México, como su "Discurso por Virgilio" (1931).
En "Ifigenia cruel" (1924), poema dramático en el estilo del
teatro clásico, el mito contado por Eurípides se reinventa, y se
transforma en una reflexión sobre la identidad y el pasado, una
alegoría de su propia vida personal y también de la del México
surgido de su propia Revolución. Fallece este insigne poeta
mexicano en el año de 1959.

21 de junio de 2009

José Juan Tablada


EL GALLO HABANERO

En el matinal gallinero
con el rendimiento caballero,
en torno a su hembra enreda
el arabesco de su rueda
sin cesar el gallo habanero;

cual blanco albornoz el plumón
envuelve su fiero ademán;
¡por su cresta-fez bermellón
y el alfanje de su espolón,
el gallo es un breve sultán!

Junto a la gallina coqueta,
de pronto su blanca silueta
fija en soberbia rigidez,
como el gallo de la veleta
o el caballo del ajedrez...

Echando atrás el cuello empina;
¡y en enfático frenesí,
rasga la matinal neblina,
sobre el jardín que ilumina
con su agudo kikirikí!


NOCTURNO ALTERNO

Neoyorquina noche dorada
Fríos muros de cal moruna
Rector's champaña foxtrot
Casas mudas y fuertes rejas
Y volviendo la mirada
Sobre las silenciosas tejas
El alma petrificada
Los gatos blancos de la luna
Como la mujer de Loth

¡Y sin embargo
es una
misma
en New York
y en Bogotá

La Luna...!


HAIKUS


LA ARAÑA

Recorriendo su tela
esta luna clarísima
tiene a la araña en vela.

EL SAÚZ

Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz...

LOS GANSOS

Por nada los gansos
tocan alarma
en sus trompetas de barro.

EL PAVORREAL

Pavorreal, largo fulgor,
por el gallinero demócrata
pasas como procesión.

LA TORTUGA

Aunque jamás se muda,
a tumbos, como carro de mudanzas,
va por la senda la tortuga.

HOJAS SECAS

El jardín esta lleno de hojas secas;
nunca vi tantas hojas en sus árboles
verdes, en primavera.

LOS SAPOS

Trozos de barro,
por la senda en penumbra,
saltan los sapos.

EL MURCIÉLAGO

¿Los vuelos de la golondrina
ensaya en la sombra el murciélago
para luego volar de día...?

MARIPOSA NOCTURNA

Devuelve a la desnuda rama,
mariposa nocturna,
las hojas secas de tus alas.

EL RUISEÑOR

Bajo el celeste pavor
delira por la única estrella
el cántico del ruiseñor.

LA LUNA

La Luna es araña
de plata
que tiene su telaraña
en el río que la retrata

HONGO

Parece la sombrilla
este hongo policromo
de un sapo japonista

LA GUACHARACA

¿Asierran un bambú en el gradual?
¿Canta la guacharaca?
Rac... Rac... Rac...

EN LILIPUT

Hormigas sobre un
grillo, inerte. Recuerdo
de Guliver en Liliput...

VUELOS

Juntos, en la tarde tranquila
vuelan notas de Ángelus,
murciélagos y golondrinas.

EL BURRITO

Mientras lo cargan
sueña de burrito amosquilado
en paraísos de esmeralda...

UN MONO

El pequeño mono me mira...
¡Quisiera decirme
algo que se le olvida!

PANORAMA

Bajo de mi ventana, la luna en los tejados
y las sombras chinescas
y la música china de los gatos.

PECES VOLADORES

Al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.

SANDÍA

¡Del verano, roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!

José Juan Tablada: Nació en la Ciudad de México en 1871, murió en Nueva York en 1945. Modernista en su primera etapa —de aquí tal vez hereda el gusto por la palabra, la aventura y el viaje; la noción del arte como cambio perpetuo— José Juan Tablada defendió esta corriente en la Revista Moderna (1989-1911). En 1900 fue al Japón. Desde entonces se interesó en "el ejemplo naturalista de los japoneses" cuya estética permite no una copia sino una "interpretación plástica" de la naturaleza. En 1914, al caer Victoriano Huerta, se exilió en Nueva York. Primer mexicano que habló con discernimiento del arte prehispánico y del popular, compañero y guía de López Velarde, amigo y defensor de los pintores Orozco, Rivera y tantos otros, Tablada inicia nuestra poesía contemporánea e introduce el haikú en lengua española. Da libertad a la metáfora antes que los ultraístas, escribe poemas ideográficos casi al mismo tiempo que Apollinaire. Revela a los futuros "Contemporáneos" un nuevo sentido del paisaje, el valor de la imagen, el poder de concentración de la palabra. Su nombre está ligado además a una de las figuras centrales de la música moderna: Edgar Varèse. El compositor francoamericano escribió hacia 1922 una cantata, Offrandes, con un poema de Tablada y otro de Huidobro. Citamos este hecho —poco conocido entre nosotros— para subrayar el interés de Tablada por todas las manifestaciones de vanguardia, tanto en la poesía como en la música y la pintura. Este poeta que descubrió tantas cosas espera todavía ser descubierto por nosotros.*
Libros de poesía: El florilegio (1899, 1904 y 1918); Al sol y bajo la luna (1918); Un día (1919); Li-Po y otros poemas (1920); El jarro de flores (1922); La feria (1928); Los mejores poemas de José Juan Tablada (1943).
La versión al inglés que aquí se presenta fue publicada en Anthology of Mexican poetry, preparada por Octavio Paz y traducida por Samuel Becket (Bloomington, Indiana University Press, 1958). La versión francesa procede de la misma Anthologie de la poésie mexicaine, editada por Octavio Paz y traducida por Guy Lévis Mano(Les éditions Nagel, París, 1952).

17 de junio de 2009

In Memoriam


Víctima de una época cada vez más sombría, y de una soledad insuperable que le tocaba las raíces mismas del ser, el 14 de mayo del pasado año se suicidó en Roma el escritor cubano Calvert Casey. Me atrevo a afirmar, parafraseando lo que Artaud dijo al referirse a la muerte de Van Gogh, que Calvert fue un artista suicidado por la sociedad y el tiempo en los que le tocó vivir. El ingenuo y delirante juego que la fiebre de su imaginación construyera para ahuyentar a sus enemigos, lo fue poblando de fantasmas —no por absurdos, menos reales y exterminadores. Al final, la literatura resultó incapaz de realizar un exorcismo último que justificara su existencia quedando él mismo convertido en fantasma. Quizá no sería del todo ilícito añadir que Calvert estaba demasiado comprometido con la vida (bien es cierto que de una manera extraña y misteriosa) para aceptar por más tiempo otra imagen de ella que no fuera la que le dictaba constantemente su deseo. Cuando comenzó a sentirla como “una pasión inútil” decidió lanzarse del otro lado del espejo, no para encontrar su definitivo y verdadero rostro sino para borrar el testimonio cruel de su memoria. Perdido en el laberinto de absurdas y endemoniadas circunstancias que lo rodeaba, con la interrupción de su conciencia se cumplía el término al irrealizable y angustioso proyecto que constituyó su vida. Ahora sólo nos quedan sus libros, sus palabras, arañando el pálido cristal de los recuerdos..., y algunas cartas que él me escribiera desde Cuba cuando yo me encontraba viviendo en Alemania. Los fragmentos de las mismas que ofrezco a los ojos del lector creo que revelan el hondo perfil humano de aquel hombre que fue mi amigo, Calvert Casey, que nació en Baltimore, amó a Cuba y se suicidó en Roma.

Fernando Palenzuela


la habana, febrero 1962

“Estoy mirando la fotografía que nos tomaron en aquel bellísimo patio de Camagüey durante aquel deprimente encuentro de poetas, no sé si recordarás. Qué rápido ha pasado el tiempo y cuántas cosas han pasado desde entonces. Tengo versiones fugaces de tu viaje, te imagino al volante de un camión de la casa Mercedes-Benz, por la Plaza de la Magdalena, en París, o inspeccionando las ruinas de la catedral de Colonia, la flamante obra de la civilización, luego he dejado de saber de ti hasta que O. llegó a mi casa y me habló de ti y de que querías que te escribiera”.

“He vivido fuera y sé la importancia que tiene recibir cartas, el prestigio increíble que tiene un sobre sin abrir, y el misterio. Recuerdo haberlos conservado hasta dos días y mirarlos sin querer abrirlos para no develar el misterio, que muchas veces, casi todas las veces no era más que palabras banales como éstas que te escribo, pero qué extraño y sugerente valor tenían cuando aún estaban dentro del sobre sin abrir”.
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“Por correo ordinario en un barco que tardará en llegar te estoy mandando un libro de cuentos míos que salió este mes. Espero que si abandonas Stuttgart te hagas remitir la correspondencia y te llegue el libro. Creo que en Camagüey me dijiste que te interesaba lo que escribía. Siento mi vida ya muy concluída y siento que debía tener ya media docena de libros; el tiempo perdido es irrecuperable. Con gran escepticismo he empezado una novela. Conspira también contra nosotros la sensación de desastre inminente que pesa sobre la humanidad, y que algunos días es muy fuerte, sobre todo en nuestro pequeño pedazo de tierra, por todas las amenazas que pesan sobre él”.
“Pienso en Stendhal que, salvando las enormes distancias, tuvo la suerte de vivir en la Europa de la Santa Alianza donde se podía planear una novela que tardaría meses o años en escribirse, porque había la seguridad del tiempo, que creo es algo que nos ha abandonado. Me pregunto si la anatomía humana, que se adapta a todo, reflejará en alguna forma, quizás monstruosa, esta sensación de apocalipsis inminente con la que (algunos días) parece que hemos aprendido a vivir”.
“Del pequeño mundo que tú conociste y sus ramificaciones, antecedentes y futuro prefiero que hablemos cuando volvamos a vernos. Creo que es tan pequeño, con tan pequeñas repercusiones en nuestro pequeño y subdesarrollado país, a pesar de nuestras ilusiones de ser importantes, que si dejara de existir no pasaría nada. No quieras mal a los que no te escriben, el momento es tan complejo que lo que te digan hoy, mañana dejará de ser válido”.
“Si te decides a escribirme cuéntame algo de tus viajes, si has conocido Italia. Si no, trata de hacerlo. Hay allí una vitalidad asombrosa, la vitalidad española, pero muy depurada, algo muy viejo y muy joven al mismo tiempo. Quizás Grecia sea así también, pero quizás, como España, más cruda. Roma es como si La Habana tuviera 2,000 años de fundada, y viejos palacios de príncipes vestidos de negro a los que nadie ve, porque lo extraño es que se me pareció a La Habana, y Génova en cierto modo también. Lo más cerca que te quedaría en París, donde me dice O. que vivirás, es Génova. Es una extraña ciudad, como La Habana pero tenebrosa. Y Nápoles es como La Habana, pero con algo malévolo y abyecto. Ya todo eso forma parte de mis recuerdos; en tí es cosa viva. Lo único que deseo es que, pase lo que pase, no tenga que abandonar nunca a Cuba. Tengo esa cosa pueril que se llama el nacionalismo, el amor al lugar donde se ha crecido, que te hará reir a carcajadas allá en tu rincón de Stuttgart, pero que a mí, hoy por hoy, me mantiene aquí”.

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la habana, marzo 31, 1962

“Cuenta con que el Libro de Rolando ha salido ya por vía marítima y te llegará. Creo que es un hemoso libro y que la pérdida de Rolando fue tremenda. Me parece, sin embargo, que el cursi epíteto de malogrado no le conviene. El libro parece obra de quien resume constantemente su experiencia porque sabe que va a morir muy pronto. Su temor (o su deseo) tarde o temprano se cumple. Pero yo no soy poeta y leo mal la poesía, todo está ahí y tu juzgarás mejor que yo”.
“No sé si conocías “En San Isidro”, que publiqué en el último número de “Ciclón”, único que salió después del famoso 1ro. de enero. Creo que es también lo de más vitalidad que yo he hecho. En todo caso, únelo a “El Rregreso”, porque es parte inseparable de mi visión de La Habana y de Cuba. Como ves, no es poema, ni cuento, sólo una especie de oratorio desesperado”.
“Estoy dando tu dirección a X., pues me la pidió con interés. Pero tú sabes que está un poco como todos nosotros, sujetos a cambios de humor. —Tiene el mismo espíritu invencible de siempre, a pesar de los ataques, de los años y de la soledad”.

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“Paso en estos momentos por una crisis personal y me es difícil escribirte nada que tenga sentido. He comenzado y terminado un capítulo de la novela — y me he preguntado ¿es que yo no puedo escribir más que sobre cosas y gentes muy jodidas como yo? ¿Y el lado alegre de la vida? ¿Y la alegría de estar vivo? ¿Y el humor? ¿Y el amor?”
“Luego la crisis personal inevitable de quien ve concluir la juventud y se pregunta qué pasará —posiblemente no pasará nada. La decadencia es demasiado sutil como para que “pase” nada — o eso es, precisamente: que no pasa nada”.

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la habana, junio 17, 1962

“Algo de la pesantez de Munich conozco por libros y por gente que me ha hablado; la capital de Luis I, el loco apasionado de Wagner, recubierta de mármol en un esfuerzo pedante por igualarla a Atenas ¿no hay algo de eso? Algún escritor malo de fin de siglo (creo que Blasco Ibáñez) la llamó “la de los mármoles fríos”. Pero ¿no son los alemanes del Sur, de cabellos negros, más vivaces y simpáticos que los del Norte, y más libres de sus manías de trabajo y limpieza? A lo mejor todo esto te hace sonreir; bien sonríe ante mi ignorancia”.
“Al fin cayeron sobre tu pobre isla, torturada por una sequía bíblica, feroz, inmensos enormes aguaceros tropicales, que me hacen ver a la Naturaleza como una madre menos cruel. El agua del cielo sin descanso, en cantidad diluviana, me agarró en Isla de Pinos. Algún día hablaremos de ese viaje. Qué bello y qué amenazador es el mar en la madrugada bajo un diluvio, lleno de relámpagos. Y yo aterido de frío durmiendo en cubierta, sintiéndome perdido en aquella inmensidad. Constantemente huyo de la ciudad, sobre todo de los pequeños grupos asfixiantes de los que tú, con gran prudencia, te mantuviste a distancia; viajo mucho por la isla; a fines de abril llegué hasta Remedios; Las Villas son amables, en algunas de ellas hay aún viejos fiacres que te transportan de lugar y de siglo por una peseta; barato ¿verdad? Hay viejos caserones remedianos conmovedores por lo hermosos; Trinidad es infinitamente superior, allí estuve cuando salí de La Habana, pero es que uno siente que a Remedios no llega nadie. Ya los amigos se han acostumbrado a estas desapariciones constantes mías, que en los últimos tiempos se han hecho obsesivas, y que muchas veces, en un país estremecido por los cambios sociales, tienen extrañas consecuencias que algún día (?) asumirán forma literaria”.
“Tu última carta larga desde Stuttgart me conmovió, pero también me hizo sentir que no estamos tan lejos el uno del otro. Yo también defiendo el derecho a la locura. Si hay segunda edición de los cuentos, figurará San Isidro como parte de ese derecho. Eso no me aumentará el número de amigos, ni aquí ni en el exterior, pero me reconciliará conmigo mismo. ¿Y tu locura? ¿Asumirá forma literaria? No olvides que ese será el único rastro de nuestras vidas antes de perderse en el vacío”.
“¿Crees que soy feliz o estoy contento? Como tantos otros, vivo desgarrado, aunque las apariencias indiquen otra cosa; estoy aquí por un profundo amor a mi país, que siento que no puedo abandonar a su dramática suerte, y por un deseo ingenuo de compartir sus tristezas y una esperanza más ingenua aún (estas ingenuidades suelen pagarse muy caras) de influir en esa suerte. Para los de fuera, las apariencias me acusarán de buscar mi mejor conveniencia. Bien, que piensen lo que quieran. Ellos también están sometidos a un sufrimiento intenso. La huella que va dejando el desgarramiento diario en el espíritu sólo es visible para quien lo sufre. Soy tan mal artista que ni siquiera tengo el talento de dejar constancia de ella”.
“Fernando, escríbeme cuando sientas la necesidad de hacerlo; tus cartas rompen la sensación esta de aislamiento, tan penosa, háblame de París, trata de ver algo del Teatro de las Naciones, que durará hasta julio y cuéntame”.
“Ya yo sabía, antes que me lo dijera Víctor Manuel la otra mañana en un café de O’Reilly, completamente ebrio, que lo más hermoso, y lo más terrible, es lo que no se dice. Dime tú lo que puedas”.
“Me siento mucho más sereno; hoy es domingo, un domingo en La Habana, que tan bien conoces. Anduve hoy con Z. por Guanabacoa, él es medio guajiro; anduvimos buscando viejos manantiales, admirando los ríos crecidos, llegamos hasta el río Cojímar, y sus altos paredones impresionantes y llenos de una paz infinita, donde no hace muchos años, aún corrían venados. Cómo se extiende la ciudad hacia allá, qué amenazadora y qué grande”.
“Y tú, que has visto el Elba y el Oder y el Rin, soportas en silencio que yo llame ríos a nuestros pobres arroyos casi secos”.