4 de junio de 2008

Derek Walcott




















Por Rito Ramón Aroche











No sé dónde pude haber leído alguna vez una frase como que "a un poeta, si es que lo es de veras, lo forman el tiempo o la raza". No creo que la frase sea exacta como tampoco a quién lo dijo - recuerdo. ¿Acaso Max Aud?



El mismo Borges -quiero decir, de los tantos que existen, Jorge Luis, el bueno, el argentino- creyó entrever que la poesía, o la belleza en la poesía era don de unos pocos. Luego creyó que a más de estar y ser, podía ser y estar en cualquier parte.



Tampoco sé, como en verdad pudiera no saber, si algunos de estos dones pertenecen a Derek Walcott; quien naciera en Claistres, capital de Santa Lucía, hacia 1930.



Pero lo cierto es que saber de él, lo que se dice saber, nada sabíamos hasta que en 1992 -vaya qué fecha si se viene a ver por los temas que toca D. W. en su poesía- un golpe de dados -¿de dados o de azar? ...ya que con los suecos nunca se sabe- pusiera en sus manos el tan codiciado y no por ellos menos controvertido premio Nobel que, dicho sea de paso, esta vez se hiciera justicia sacando a la palestra, a un poeta y dramaturgo muy mal conocido o desconocido entonces hasta en su propia lengua.



Derek viajó y ha viajado. Y en uno de ellos incluso conoció a Robert Lowe, de quien, y son palabras del propio Walcott, aprovechó para aprovecharse de algún que otro consejo, salido no solo de la amistad, sino de la boca y del oficio de Robert Lowe, otro raro.



Nada. Y es que los grandes llegan siempre primero a los grandes. O al menos esa es la norma que no tendría por qué sorprendernos. Así las cosas, de la valía de Derek Walcott ya habían dado cuenta en sus ensayos, un Nobel (un raro) Seamus Heanny y Joseph Brodsky, otro Nobel (otro raro).



De sus libros vertidos al español podría consultarse su denominada obra cumbre Omeros, en Anagrama; El testamento de Arkanzas, colección Visor; a más de una que otra antología de título Islas salida por alguna que otra colección, también española.



El poema aquí citado pertenece a su libro The star-apple kindgdon (El reino del caimito) traído y publicado al español por la editorial Norma, en Colombia.



Tal vez mañana podamos conocer, aquí, en Cuba, más ampliamente su obra, e incluso, su persona. Tal vez soñar.














Los Quemados (1997-1998)






PELEA CON LA TRIPULACIÓN






Había un hijo de puta abordo que me tenía entre ojos,

era el cocinero, un imbécil de St. Vicent

piel de gomero, roja y descascarada,

y desteñidos ojos azules; no me dejaba en paz un minuto,

como que se creía blanco. Yo tenía un cuaderno,

este mismo, que usaba para escribir

mi poesía; pues un día este hombre me lo arrancó

de las manos y empezó a tirarlo de aquí para allá

entre toda la tripulación, vociferando, "Cójanlo"

y comenzó a remedarme melindrosamente como si yo fuera una gallina

por los poemas. En unos casos es a puños,

en otros a garrote, en otros a cuchillo.

Este fue a cuchillo. Bueno, primero le rogué,

pero él seguía leyendo "Oh mis hijos, mi esposa"

llorando en burla para hacer reír a la tripulación;

tan rápido como un pez volador, el plateado cuchillo

fue a enterrarse justo en el bulto de su pantorrilla,

y se desvaneció muy despacio y se puso más blanco

de lo que él imaginaba que era. Supongo que entre hombres

estas cosas son necesarias. No está bien

pero así es. No hubo mucho dolor,

sólo sangre en abundancia, y Vincie y yo los mejores amigos,

pero ninguno de ellos volvió a joder con mi poesía.








(El reino del caimito)





LOS MARISCADORES DE CARACOLAS






Dado que la peluda ortiga, la bifurcada mandrágora y la maligna

seta, la baba de sapo y el afilado y espinoso erizo

son, por su naturaleza, venenosos, no deberíamos dudar de

lo que murmuran haber visto con sus ojos de luna los mariscadores de

caracolas.

¿Quién es este príncipe? ¿Qué yelmo lleva?

Vemos volar alto a los rabihorcados carroñeros, cada vez más abundantes,

vemos que nuestro aliento traza formas vacilantes,

pero que es lo que le perturba en los empapados acantilados,

mientras mira las estrellas insomne como el mar?

¿Qué embozados rumores atraviesan el reino,

ocultándose de las linternas de los vigilantes nocturnos en las calles mojadas?

Abofeteados por nuestros inquisidores, los mariscadores de caracolas sólo

farfullan:

«es como una concha soldada a la roca del mar,

y no hay cuchillo que pueda desprenderla».



Los sutiles torturadores

fingen creerlo. El moderno sermón del prelado

muestra que no hay mal, tan solo voluntad mal orientada,

pero los ojos de los pescadores de caracolas son grises como ostras

y la negra vela se desliza lentamente bajo su quilla musgosa.

«Es Abdón el usurpador, a cuyo corazón se adhiere el sapo.»

«No hay nada bajo su yelmo salvo vuestro miedo».

«Ha bebido las cuencas sorbidas de sus propios ojos,

y escamosas garras aferran la empuñadura de su espada».

«¿Y reaparece una vez que habéis hecho la señal de la cruz?»

«Sí. El escorpión de mar acude a su silbido como un perro».

«Bajo su saliva ácida los buitres despliegan sus paraguas,

y El mar reluce como su cota de malla a través de la niebla.

Se aferra al cuello de este mundo y no hay forma de desprenderle».

Cuando les damos caldo, y esto se prolonga durante noches,

El más joven mira El vapor hasta que se enfría.

«Si es Abdón El usurpador, ¿qué usurpará?»

Se estremece. «Ojalá se le enfrenten plateadas legiones de serafines».



Les explicamos que la luz de la luna amotinada sobre las olas,

El espejismo de los pescadores, que tan sólo están enloquecidos

por la sal en los cortes de las palmas de las manos, pero todos creen

que es Abdón, que lo que se yergue en El empapado rompeolas,

haciendo temblar sus alas nervudas como un perro mojado,

erecto como una pastinaca, es una manta, no El demonio;

pero El más joven repite con voz inhumana

por la afonía, como El cansino retirarse de las olas

sobre las rocas ulceradas por las caracolas: «Si no es él, ¿por

qué entonces desgarran la luna las nubes de negro manto

y ahogan su redondo grito como una loca?»

Ojos salvajes como caracolas sobre la cuchara alzada.





(Tomado de The Arkanzas Testament)











MAGIA BLANCA







La gens-gagée se desprende de su arrugada piel a patadas.

¡Meted su alma en un tarro! El lobo medio hombre

puede trotar con los codos doblados, erguirse, sonreír

con tetánica licantropía. Los incensarios

disuelven la niebla del suelo con sus sibilantes, errantes,

los no bautizados, no perfectos y no malditos

por decreto sagrado. Los griots de la isla aman a

nuestros elfos de las setas, las sombrillas del demonio

que ascienden como larvas desde los orificios podridos de los troncos,

sus bocas una obertura cosida, sus pies deformes invertidos.

El exorcismo no puede dejar anticuados

esos signos que oímos pasada medianoche en un bosque

donde una mujer pálida vuela como un búho ciego

hasta su ramilla horquillada, con lunas escarlatas por los ojos

que burbujean de duda. ¿Has oído un chapoteo argentino?

No es nada. Ignóralo si se deslizó sobre rocas

musgosas, sería un cangrejo cansado, un pez,

a menos que nuestra madre de las aguas con sus erizos húmedos

se deslice bajo esta página por debajo de tu pluma,

sólo un pueblo ingenuo cree que estas cosas pasan.

Las ninfas del bosque y las hamadriadas impregnaban

la corteza de la madera, el papiro y este papel;

pero cuando nuestras hojas secas crujen al paso del renqueante cazador

con pies de ciervo, Papa Bois,

es tan solo un clon de Pan, otro sátiro transferido.

La bruja que sale de su saco de azúcar

(aunque cubra los umbrales iluminados por la luna con harina blanca),

el beau l?homme que se te aproxima lentamente, la cabeza vuelta al revés,

los elfos de oreja de ratón, de pies de helecho, sin rostro,

esas fábulas de los subdesarrollados y los pobres

jaspeadas por la luz de la luna, se volverán blancas y más ricas.

Nuestros mitos son ignorancia, los de ellos, son literatura.





(Tomado de The Arkanzas Testament)