25 de enero de 2010

Zbigniew Herbert

El fin de una disnastía.

Toda la familia real vivía entonces en una habitación. Tras las ventanas había un muro, y junto al muro, un basurero. Allí las ratas se comían a los gatos a mordiscos. Pero eso no se podía ver. Las ventanas estaban pintadas con cal. Cuando entraron los verdugos, se encontraron con la escena cotidiana. Su Alteza perfeccionaba los reglamentos del regimiento de la Transfiguración del Señor¹, el ocultista Philippe intentaba mediante sugestión tranquilizar los nervios de la Reina, el Heredero dormía hecho un ovillo en un sillón, y las Grandes (y flacas) Duquesitas cantaban piadosos salmos y zurcían su guardarropía. El lacayo sin embargo permanecía inmóvil junto a la pared, intentando confundirse con el empapelado.

(1961)

¹El Regimiento de la Transfiguración del Señor era el nombre de un
cuerpo militar especial que constituía la guardia personal y fidelísima del zar.




Una fábula rusa.

Viejo se hizo el padrecito¹ zar, viejo se hizo. Ya ni a los palomos podía estrangular con sus propias manos. Áureo y frío se sentaba en el trono. Sólo la barba le crecía hasta el suelo. Y la iba arrastrando. Gobernaba entonces algún otro, no se sabe bien quién. Los curiosos escudriñaban el palacio a través de las ventanas, pero Krivonosov tapó las ventanas con horcas. Así, sólo los ahorcados podían ver alguna cosa. Al final se murió el padrecito zar de una vez. Las campanas repicaron, pero el cuerpo no fue retirado. El zar se había quedado pegadito a su trono. Las patas del trono se habían fundido con las piernas del zar. Su brazo se había quedado fundido con el brazo del trono. No había forma de arrancarlo de allí. Y enterrar al zar con su tronito de oro, ay, qué pena.


1957
¹El zar se hacía considerar «padre» de todos los rusos.



Versiones de Xaverio Ballester