27 de abril de 2010

John Updike


















18 de marzo de 1932, Reading, Pensilvania - 27 de enero de 2009, Beverly Farms, Massachusetts. fue un importante escritor estadounidense y autor de novelas, relatos cortos, poesías, ensayos y críticas literarias, así como un libro de memorias personales. La obra más importante fue la serie de novelas sobre su famoso personaje Harry Conejo Angstrom (Corre, Conejo; El Regreso de Conejo, Conejo es rico, Conejo en Paz y la novela de evocaciones y remembranzas del personaje, titulada Conejo en el Recuerdo). De la famosa tetralogía, Conejo es rico y Conejo en Paz le permitieron ganar sendos Premio Pulitzer en 1982 y 1991, respectivamente.





de Conejo en el recuerdo y otras historias



La evolución de Oliver

Sus padres no habían tenido la intención de maltratarlo, sino que habían querido volcar en él su cariño, y, en efecto, lo amaban. Pero Oliver había sido una incorporación tardía a su pequeño grupo de vástagos, en una época en que la capacidad de criar hijos estaba disminuyendo mucho, y él se reveló susceptible a los contratiempos. Había sido un feto de gran tamaño, apretado en el útero de su madre, nació con los pies curvados hacia dentro y aprendió a caminar con los pies enfundados en unos correctores de escayola que le llegaban hasta los tobillos. Cuando por fin se los quitaron, gritó aterrado, pues había creído que aquellas pesadas botas de yeso que raspaban e iban dando topetazos por el suelo formaban parte de su persona.

Un día, cuando era pequeño, lo encontraron en el suelo del vestidor con una caja de bolas de naftalina, algunas de ellas húmedas de saliva. Más adelante se preguntaron si realmente hubo necesidad de llevarlo corriendo al hospital para que lavaran su pobre y pequeño estómago. Desde entonces su rostro adoptó una tonalidad gris verdosa. El verano siguiente, cuando había aprendido a caminar, sus padres, sin pensar bien lo que hacían, se alejaron juntos de la orilla a nado, tratando de establecer por la mañana una armonía romántica, tras una fiesta prolongada hasta altas horas y una pelea propiciada por el alcohol, y, hasta que vieron al vigilante que corría por la playa, no se dieron cuenta de que Oliver había ido tras ellos con pasitos vacilantes y que estaba flotando bocabajo en el agua. De haber habido un vigilante menos atento, el pequeño habría permanecido así durante dos minutos letales. Esta vez el rostro se le volvió azul, y se pasó horas tosiendo.

De todos los hijos del matrimonio, el que menos se quejaba era él. No culpó a sus padres cuando ni ellos ni las autoridades de la escuela detectaron, a tiempo para tratarlo, que tenía el ojo derecho vago, con el resultado de que, cuando cerraba el otro todo parecía irremediablemente borroso. Tan sólo ver al muchacho sosteniendo un libro de texto en un ángulo curioso hacía que su padre deseara llorar de impotencia.

Y resultó que tenía la edad más delicada y vulnerable cuando sus padres iniciaron los trámites de su separación y divorcio. Sus hermanos mayores estaban ausentes, en el pensionado, en la universidad, embarcados en la vida de los adultos, liberados de la familia. Su hermana menor era lo bastante pequeña para que las novedades —las comidas en el restaurante con el padre, los hombres amistosos que aparecieron para salir con la madre— le parecieran emocionantes. Pero Oliver, a los trece años, se sentía abrumado por el peso de la domesticidad, hacía suyo el sentimiento de abandono que experimentaba su madre. De nuevo la impotencia afligía a su padre. En realidad era éste, y no el muchacho, quien se sentía culpable cuando empezaron a llegar las notas de la escuela y luego de la universidad. Oliver se rompió un brazo al caerse por la escalera del club estudiantil, o al saltar, según otra versión del confuso incidente, por una ventana de la residencia de las chicas. No sólo uno sino varios automóviles familiares tuvieron un final ruinoso cuando él iba al volante, aunque sin más lesiones que las rodillas contusionadas y los dientes delanteros que se le movían. Los dientes se volvieron firmes, gracias a Dios, pero su sonrisa inocente, que se le extendía lentamente por el rostro a medida que percibía la comicidad de su percance más reciente, era uno de sus mejores rasgos. Tenía los dientes pequeños, redondos y muy espaciados, unos dientes de criatura.

Entonces se casó, acontecimiento que pareció un contratiempo más que se sumaba a las noches en vela, los empleos abandonados y las fracasadas oportunidades de su vida de adulto. La joven, Alicia, tendía a sufrir accidentes tanto como él, a consumir drogas y a los embarazos no deseados. Sus trastornos emocionales eran dolorosos tanto para ella como para los demás. En comparación, Oliver era formal y tenía seguridad en sí mismo, y su mujer confiaba en él. Oliver se aferró a su empleo y ella a sus embarazos. Habrían de verle ahora, con sus dos hijos, una chiquilla rubia y un muchacho moreno. Oliver se ha ensanchado, y los abraza a ambos a la vez. Son pájaros en un nido. Él es un árbol, una roca que ofrece refugio. Es un protector de los débiles.