3 de junio de 2010

F. Salem Daie
















Hijo ilustre de la Avenida Paulista que lo vio nacer hace 29 años, F. Salem Daie es poeta, dramaturgo, periodista, además de lector impenitente de la obra de Guimarães Rosa y Lobo Antúnez. Actualmente cursa estudios de Maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad Estatal de Nuevo México.


Traducción del portugués y nota introductoria: Rafael Álvarez Rosales






Bebiendo con Francis Scott Fitzgerald


Tome esta cerveza, Scott - digo-
no es más de cabaré,
como hace 50 años.

Scott yergue el ceño. Está feliz
esta noche. El rostro colorado (perdónenme)
curado de torpeza.

- Quiero presentarle unos amigos. Estos son.
Usted sabe, es triste, muy triste volver para la casa
en una noche de viernes.
El hace una señal con el sombrero. Comienza
una canción del Memphis (o será New Orleans?).

- Qué legal, Scott! Conoce a Bob Dylan?
No lo conoce. Todo bien; nosotros realmente
gustamos de usted, nos gustan
los cafés en el Greenwich Village, whisky ocho años,
hasta doce, pero, qué diablos, sin ginger ale.

“Hay más hombres en cada vaso
que en cada ventana”, me dice. Y mira el cielo.
La amplitud rota y el ave muda
de este lado del paraíso.









El muro


hombre hecho
no digo adiós a mi infancia
pero ella calla.

El niño dibujado
en el muro del quintal
apenas me mira
mírame

gris era el muro
que cerca mis días

mas parece ser el único
en que un hombre puede
recostar la cabeza
sin terror.











Era necesario adiestrar a los animales de estimación
a no pedir comida al borde de la mesa.
Sobre todo, era necesario prohibirles
pedir como humanos.











Réquiem a un caballo


La conciencia de que se va a morir
vuelve más hermoso al hombre.
Pero no tanto
como aquel
que va a perder su caballo.
Saber que aquella carne
musculosa
padecerá antes que la suya.
Y que un gran animal
fue tan manso
para un pequeño atormentado.









Más allá de la calle


El otoño quemó mis manos
con su fuego de hojas
que baja sobre los patios
los perros ovillados
sobre las calles
sobre los niños que juegan
pasan por mí
tropeles orgánicos
no me ven
de zapato y jeans
el rostro de una mujer
en el bolsillo de la camisa
corren, me pasan
miro atrás (mi juventud
es una breve terraza)
miro de nuevo al final de la calle
no es para allá que corren
distraídos pequeños búfalos
en este domingo de ventanas
de una mañana desperdiciada
se van hasta más allá
de la cuadra
de la vida
de mi tiempo
corren hasta más allá
y se reúnen alrededor de mi lápida
en un campo distante
se miran todos
sobrios quietos
me reconocen en fin
aunque sea yo
ahora
este misterio.