Dolores Labarcena
El síndrome del
diletante
A quién no le
gustaría cantar como los dioses, caminar sobre la cuerda floja o escribir a la manera de los clásicos. En La Calera de Bernhard, el protagonista,
megalómano y fanático empedernido del método de Urbantschitsch, a raíz de ese
método, idea un nuevo estudio, (así llamado por él y nunca llevado a término)
para perfeccionar el oído. Su conejillo de indias, la esposa, una mujer
inválida a la que somete a largas jornadas de ejercicios auditivos.
Por supuesto, esta
tortura, ese goteo constante de palabras y frases sueltas, más allá de
entrenarla para percibir a distancia el zumbido de una mosca, la empuja sin
retroceso a una otalgia que tarde o temprano la sumirá en la sordera total. Al
final, o al principio, (ya que Bernhard es una máquina de repetición que
envuelve de forma arrolladora al lector) esta mujer, aparentemente manejable y
siempre encajada es su silla de ruedas, termina de la mano de su aparente
instructor, o maestro, digámoslo así,
con uno, dos o tres disparos en la nuca, quién sabe. La precisión de los
hechos no es el tema que nos toca, si no el síndrome del diletante.
En la poesía, igual
que en La Calera, hay mucho
destartalo y una azucarera de plata. Se ve, se lee de todo, pero no todo llega
a impresionarnos; eso sí, una buena metáfora, un verso sin más, puede marcarnos
y seguirnos durante años como un ritornelo. Las palabras deben rodar del mismo
modo que las piedras en el fondo del lago. Un ruido, de eso se trata, pero acompasado.
No una matraca. Estilo y contenido son harina de otro costal.
¿Alguien se ha
montado en un toro mecánico? Es difícil
no precipitarse súbitamente; todo tiene su cosa, y el secreto es cuestión de
práctica. Dejarse caer y volver otra vez a la carga. La poesía no es simple
caída, y a veces las bellas palabras la sumergen al igual que un submarino en
la vacuidad de la retórica. En efecto, no somos Shakespeare. Pero sólo los
diletantes: aquellos que toman cualquier disciplina a la ligera, están dispuestos
unas veces por falta de talento y otras por ceguera emocional, a tropezones que
rayan en la puerilidad y en el peor de los casos, en el ridículo.
En fin, se asemejan a
esos disparos en la nuca de la señora Konrad, o al tic tac a distancia de
Urbantschitsch, ese tic tac que parece debilitarse y pierde el aliento como un
moribundo.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada