11 de junio de 2012

Stephen Spender






















ULTIMA RATIO REGUM


Las armas escriben la razón definitiva del dinero
en letras de plomo sobre la falda del monte en primavera.
Pero el muchacho que yace muerto bajo los olivos
era demasiado joven y tonto
para que lo considerara notable su importante mirada.
Mejor blanco era para un beso.

En vida, las altas sirenas de la fábrica nunca lo llamaron.
Ni giraron las puertas de vidrio del restaurante para recibirlo.
Su nombre nunca apareció en la prensa.
El mundo mantuvo su tradicional muro
en torno a los muertos con su oro hasta el fondo hundido también,
mientras su vida, intangible cual rumor de Bolsa, partía a la deriva.

Oh, con qué suavidad tiró su gorra
un día que la brisa tiraba pétalos de los árboles.
Del muro que no florece brotaron armas,
la furia de ametralladora segó en seguida las hierbas;
banderas y hojas cayeron de manos y ramas;
la gorra de mezclilla destrozada entre las ortigas.

Piensa en su vida sin valor
por lo que se refiere a empleo, registros, archivos periodísticos.
Piensa. Una bala de cada diez mil mata a un hombre.
Pregunta.  ¿Estaba justificado semejante gasto
en la muerte de alguien tan joven y tan tonto
tendido bajo los olivos, oh, mundo, oh, muerte?