10 de octubre de 2012

Esteban Casañas Lostal


















JUAN PIRINDINGO


Después del almuerzo consumíamos los pocos minutos libres para hablar sobre temas de nuestras tierras, siempre era así. Me sorprendía mucho las coincidencias en algunas costumbres, no con todos ellos, la influencia española era menor en otros sitios que en nuestra isla. Éramos pocos los latinos en aquella fábrica, solo cinco, pero la pasábamos de maravilla en ese corto tiempo, ese día había entrado otro paisano nuevo. 

-¿Compa, tú eres cubano? Me disparó rapidísimo, la curiosidad del latino es sorprendente, tenemos muchos puntos de coincidencia.
-Sí, yo soy cubano. Le respondí con destacada cortesía.
-Mucho gusto, yo me llamo Manuel Pérez. Me extendió su mano y la acepté porque no me gusta rechazar a quien me brinda amistad, nosotros somos así.
-Mucho gusto compa, yo me llamo Juan Pirindingo. Le respondí y noté un gesto raro en su rostro.
-No se lo digas a nadie, pero acabaron contigo con ese nombrecito. Me dijo cuando pudo escapar de su sorpresa.
-Dímelo a mí que lo cargo desde hace cuarenta años.
-Me imagino que Juan sea por tu padre. 
-No compa, Juan es por mi país.
-¿Pero no dices que eres de Cuba? Preguntó intrigado mientras se llevaba una cucharada de sopa a la boca.
-¡Hombre! Pero no me iban a poner Cubo entonces, sucede que antes de llamarse así nuestra isla, los españoles le pusieron Juana.
-¡Ahhhhhhhh! ¿Y lo de Perendengo? Aquel ah sonó kilométrico y llamó la atención de las mesas vecinas aunque no comprendieran nuestro idioma.
-Pirindingo compadre, no me estés cambiando el nombre.
-Bueno, vale, ¿de dónde rayos sale ese nombre?
-¡Ufffff! Eso sí que tiene su historia, pa’no cansarte, el viejo mío fue a estudiar a Rusia no se qué mierda y allá se casó con la que fuera mi madre.
-¡Ahhhhh! ¿Y qué mierda fue la que estudió tu padre?
-Algo sobre cosmonáutica. Observé que le colgaba un fideo del bigote.
-¿Tan adelantada estaba Cuba que iban a mandar cohetes al cosmos?
-¡No seas comemierda, chico! Allá mandaban a estudiar cualquier cosa que luego no tenía aplicación en la isla, lo mismo ocurrió cuando compraron barredoras de nieve.
-¡Púchica! No sabía que en Cuba nevaba.
-Ni yo tampoco, pero es para que tengas solo una idea. Pues, como no encontraron dónde rayos poner a trabajar al viejo, apareció una plaza de traductor para los pocos turistas rusos que viajaban a la isla. Ya sabes, rusas con las patas peludas como los cangrejos y con par de arañas debajo de cada sobaco. Los hombres vistiendo las mismas sandalias, pantalón oscuro y camisa blanca, parecía un ejército uniformado.
-Muy bien todo lo que me cuentas, pero no veo el origen de tu nombre por ningún lado.
-Y si continúas jodiendo y cortándome la conversación te quedarás en esa.
-No se enoje compa, fíjese que me callo.
-Continúo, pero a la primera interrupción o que te pongas a tirar moco, recojo el violín y no toco. El paisa me miraba sorprendido, sin comprender y miraba pa’toos laos buscando el instrumento musical.
-De acuerdo amigo, ándele.
-El viejo se casó mientras estudiaba en Rusia, dice mi tío Piri que ella era muy bonita y vivía en Moscú a tres cuadras de la Plaza Roja. Imagínate por un instante vivir en esas condiciones e ir a parar en un solar de mala muerte en Santiago de Cuba.
-No te creo, pobrecita la rusa. No se pudo contener el hombre y el fideo cayó dentro del mismo plato.
-Eso mismo digo yo ahora que soy grande, el lío es que la pobre vio muchas fotos de Varadero y pensó que eso era Cuba. Y tuvo suerte que mi tío les dio un cuarto en el solar donde vivía, otras infelices se la vieron peor.
-No te creo, pobrecita rusa. Repitió el paisa y se llevó la cuchara a la boca sin apartar su mirada de mi rostro.
-Los primeros días todo marchó bien, en realidad las cosas marchan así cuando se es joven y muy pronto la vieja salió embarazada de mí.
-No te creo, pobrecita la rusa. Repitió con la boca llena y tuve deseos de suspender la explicación sobre el origen de mi nombre.
-Pobrecita nada, se dio su gustazo con mi padre, eso fue todo. Lo jodido vino después de pasar unos meses cuando comprobó que la situación no mejoraba. Imagínate tener que hacer sus necesidades en baños públicos, cargar cubos de agua cuando entraba y dice mi tío que a veces eran solo dos veces por semana. Súmale el calor horrible de Santiago, los mosquitos, la libreta de abastecimiento, las reuniones de los cedeerres para hablar mierdas, el lío del transporte, todo era un puto infierno para mi vieja. Hice una pausa para encender un cigarro.
-No te creo, pobrecita la rusa. Insistió el paisa y ya me tenía un poco jodido, pero me prometí hacer gala de paciencia. Aspiré la primera bocanada y lo miré algo encabronado.
-¿Tú crees que todo esto es mentira? Le pregunté muy serio y el tipo palideció.
-No compa, por supuesto que no. Respondió asustado.
-Entonces no me cortes más, ¿capich?
-Es que me rompo los sesos y no encuentro relación con el origen de tu nombre.
-Pero no me das chance a nada, déjame seguirte la historia.
-Tranquilo Juan, no te interrumpo para nada.
-Bueno, la vieja estaba barrigona en medio de toda esa tragedia que te contaba y viviendo agregada en casa de mi tío en el solar, debo aclararte que mi tío es un alma de Dios. ¡Fíjate! Solo tenía dos cuartos con barbacoas y le cedió uno al cabrón de su hermano teniendo él cuatro hijos.
-No te creo, qué bueno era tu tío. Menos mal que cambió, porque ya me tenía desesperado.
-Mi vieja adoraba a mi tío Piri y se divertía mucho cuando llamaba a sus hijos, ¿sabe como les decía?
-Ni puta idea tengo.
-Pues mi tío les decía “Chivos”.
-No te creo, qué bueno era tu tío.
-¡Cojones! No me interrumpas más. Le grité al borde de la desesperación.
-Disculpa compa, es que como paraste.
-Es que tengo que parar para tomar aliento, fumar y revisar la memoria, no para que hables.
-No te interrumpo más mi compa.
-Como la barriga iba creciendo había que buscar un nombre para bautizarme, claro, por detrás de la iglesia, porque mi padre era comecandela de verdad. No sé a quien carajo se le ocurrió decir que me pusieran “Pirivochi”, era algo así. Entonces mi madre, que era noble como loco le preguntó a mi viejo y como éste andaba en sus jodederas con las turistas rusas y cuantas negritas se le atravesaban en el camino, ¿sabes qué le dijo? Pues le contestó que sí el muy joputa, pero la vieja no tragó así de fácil.
-¿Y qué quiere decir ese Pirivochi?
-Eso quiere decir traductor en ruso, pero el lío es que a mi vieja no le desagradó la idea porque como comienza por “Piri” deseaba hacerle el honor a mi tío.
-No te creo, qué bueno era tu tío. Este viaje no me di cuenta en medio de la emoción que siento al contar esta historia sobre la intervención del compa y se la dejé pasar.
-Así mismo es, era buenísimo y mi vieja lo quería mucho. En fin, que un día mi tío se encontraba peleando con uno de sus hijos y le gritó para que bajara de la barbacoa, ¡Abaja ahora mismo, Pirindingo de mierda!, porque si tengo que subir va a ser peor. Y la vieja al oír aquel nombre quedó maravillada, conservaba el Piri de la raíz y pensó que con ese nombre más tropical podía rendirle ese homenaje de cariño al viejo.
-No te creo, que bueno era tu tío.
-Así mismo es, varios días después en una de esas esporádicas visitas de mi padre al solar, la vieja se lo planteó y el aceptó inmediatamente porque no le importaba un carajo como me llamaran.
-No te creo, que joputa era tu padre.
-Pero todo tiene un final en la vida, después que me parió y ya tuve unos meses, la vieja dijo que iba a visitar a sus padres en Moscú y no regresó más.
-No te creo, que japuta era la rusa.
-Así mismo es, me dejó al cuidado de mi tío y regresó para vivir a tres cuadras de la momia.
-No te creo, ¿se fue para Egipto?
-No compadre, de verdad que tienes cero en matemáticas.
-Entonces, ¿dejó embarcado a tu padre?
-¡Claro! Ella no regresó más.
-No te creo, pobrecito de tu padre.
-¡Mira! Ni un pobrecito más porque el viejo se piró por la base de Guantánamo y me dejó embarcado en la isla.
-¿Pero no me dijiste que era comecandela?
-¡Bahhhh! Como todos los de allí, de dientes pa’fuera.
-No te creo, mira que eran joputas tu madre y tu padre, te cagaron con el nombre que te pusieron. Sonó el timbre y regresamos al puesto de trabajo.