14 de octubre de 2012

Forrest Gander
















Ligadura 1



Cuando el intenso arrastre de la adolescencia del hijo tira a través de ellos, 
la familia se alza hacia el afinamiento y empieza a romperse como una ola.

Cuando te besé, te echaste para atrás, dice la mujer. ¿Por qué?

Días somnolientos en la puerta del invierno.

Cuando señala hacia la mujer, el niño mira su mano como lo haría su perro.

La mandíbula del niño se traba. Como si detrás de sus muelas, dentro de la carne suave 

de su garganta, una nueva camada de dientes estuviera cortando caminos. 
¿Una boca, para qué?

Cada uno ve las cosas desde su esquina. Los argumentos toman giros en cada rincón, 

y ¿quién podría seguirlos? Una secuencia de frases en ruinas entra como un vendaval.

Cuando uno, cuando una palabra, cuando la palabra suicidio entra en la habitación 

donde ellos están gritando, el sistema se colapsa, prematuramente amansado.

El hombre escribe, no me fue dado un sujeto, mas estoy entregado a mi sujeto. 

Estoy dentro de él como un parásito.

Mira el rostro crisparse frente a la aproximación de otros futuros distintos 

a aquel futuro para el que su rostro estaba naturalmente preparado.

Así que brevemente habitan sus cuerpos como lo hace la música. 

Y aún así él continúa actuando como si hubiera porvenir.

Uno de ellos grita: Yo sólo quiero que te vayas.

Inexpresiva y plana como una tortilla, la luna de la tarde tendida sobre la casa.

Ella llama al hombre a una esquina en el sótano. 

Esos no son huevos de araña, dice él, echándose para atrás. Esos son sus ojos.

Cuando el encuentro con el ser es volcánico, nada puede seguirlo.

Abriendo el capullo para manifestarse a sí mismo, un niño en una familia.

Ellos, como a la espera. Como si dentro de la experiencia, destellante de significado, 

hubiera otras experiencias pendientes, innombrables. 







Libreto para Eros (Madrid, 2010, trad. de Valerie Mejer)