1 de noviembre de 2012

Carlos Montenegro


















Un insurrecto

El capitán se alzó sobre los estribos, y llevándose una mano a los ojos a modo de pantalla, oteó el horizonte. Delante de él se extendía la sabana sin fin y, hacia su derecha, el pueblo lejano donde ya comenzaba a encenderse alguna que otra luz apenas visible en las claridades demoradas del crepúsculo. A sus espaldas, separadas de él por maniguazos, yuraguanos y campos de ortigas, se echaba, como una mole cansada, la loma La Vigía, de la que acababa de escapar gracias a la fortaleza de su caballo.
Estaba completamente solo; por estarlo más ni el rifle le quedaba, perdido en la huida; ni podía contar siquiera con su montura, que apenas se mantenía en pie bajo su peso. Le acarició el lomo empapado en sudor, e inclinándose sobre ella, le dijo entre tierno y conmovido:
_Nos escapamos, Inglés.
Después, dándole cuenta de que sus cabalgaduras no se sostenían, se apeó, le quitó los arreos y, ocultándola entre unas matas de tibisí, emprendió el camino a pie hacia la loma donde las fuerzas enemigas lo habían sorprendido.
Era valiente, pero aquella soledad le imponía, y además estaba en la obligación de buscar a alguno de los suyos que se hubiera salvado en la dispersión.
Aquella vez su experiencia no le había servido de nada. Él y sus tres subalternos marchaban en busca de la confidencia, donde debían encontrar medicamentos para la tropa diezmada por las palúdicas, sin contar que él llevaba una misión especial que era el verdadero motivo del viaje. Les soplaba de frente, es decir, de la zona enemiga, una fuerte brisa que seguramente les advertiría de cualquier peligro antes de que su presencia fuera notada. Y así marchaban con el paso demorado, cuando uno de sus hombres, que iba detrás, interrogó:
_ ¿Oyen?
Todos pararon en seco sus bestias.
_ ¡Un tropelaje! _dijo otro de ellos.
El capitán miró hacia todos los lados, y de pronto, al sentir detrás de sí el estruendo de la caballería, hundió las espuelas en los ijares de su caballo dando un grito de alarma. Todavía vio cómo relampagueaban en el aire los machetes, y cómo a Juan, su ordenanza, lo cogía un soldado por la canana y lo volteaba del caballo.
Ya el suyo se había abierto en la carrera: de un salto limpio se llevó unas matas de guao que se atravesaron a su paso, y lanzándose por la ladera de la loma, se enfrentó con los barrancos pedregosos que la cortaban casi perpendicularmente.
El capitán cerró los ojos; por unos instantes estuvo en el aire fuera de la silla, pero el nuevo impulso del animal lo salvó, y sin esperárselo, se vio galopando a una velocidad imposible por sobre los cascajos de la sabana. A sus espaldas el tiroteo era nutrido. Se volvió y alcanzó a ver, coronando el barranco, a los tiradores enemigos haciendo fuego sin atreverse a seguirlo por el camino suicida.
Y ahora regresaba, después de cinco horas, para ver si quedaba alguno de los suyos con vida o por lo menos echarles unas cuantas piedras encima para evitar que fueran pasto de las auras. Ya cerrada la noche se internó en la loma. Por avezado que estuviera en el peligro, el aislamiento en zona enemiga, la posibilidad de una emboscada y la idea de encontrarse a sus soldados descuartizados por el machete de los guerrilleros, lo predisponían al temor. Apenas veía a dos metros de distancia, y a un lado y otro los matojos le asemejaban a cada instante guerrilleros en acecho. Gruesas gotas de sudor le corrían por la frente, y ya no sabía si prefería aquella soledad o la presencia de la guerrilla.
Llegó al lugar de la sorpresa y, no viendo ningún cadáver, la esperanza le creció; ahuecando las manos a modo de bocina, gritó a la oscuridad:
_¡¡¡Juaaan!!!
De la selva brotó un grito múltiple -como si estuviera toda poblada de enemigos- que lo hizo saltar hacia atrás rodando por el suelo. Ya iba a sonreír, precisando dentro de su temor que había sido el eco quien le había contestado, cuando se notó encima de algo blando y viscoso. Súbitamente tuvo la impresión de que había caído sobre un cadáver. Y sin apresurarse, con esa resignación inconsciente que procura lo fatal, se echó a un lado.
Y allí estaba Juan, casi descuartizado, como si «el tropelaje» que fue el primero en precisar le hubiera cruzado por encima, destrozándolo. Y allí, con él, se quedó el capitán hasta el alba, encaneciendo, sintiendo sobre su ánimo, hasta aquel día esforzado, el tropel del miedo.
Con los claros del día comenzó a buscar piedras con que cubrir el cadáver, y ya había hecho un buen acopio de ellas, cuando notó en una de las manos del muerto un papel que le llamó la atención; lo tomó y leyó:
«Dígame al generalíto que mande a buscar la quinina a la farmacia del pueblo, pues difícilmente la encontrará en El Tambor».
La sorpresa se retrató en el rostro del capitán. Precisamente en El Tambor estaba la confidencia -es decir, el lugar que sirve de punto de contacto entre los revolucionarios y sus amigos del pueblo-; a él se dirigía a buscar las medicinas. Aquel papel puesto en las manos del cadáver quería decir no sólo que la confidencia había sido descubierta y probablemente arrasada, sin que en todo aquello había un traidor, lo que también confirmaba las sospechas del general, que lo enviaba a él, con el pretexto de buscar los medicamentos, a investigar quién era el confidente del enemigo.
Más intranquilo aún después de este descubrimiento, se apresuró a cubrir con las piedras recogidas el cuerpo de su compañero, y ya se marchaba cuando, entre unas matas de espartillo, vio otro pedazo de papel que se apresuró a recoger. Esta vez su rostro se cubrió de palidez. Como si dudase de la evidencia se pasó la mano por los ojos y volvió a mirar con detenimiento lo que le había producido tanta emoción.
 _Entonces..., ¿era cierto? _dijo en voz alta_; no cabe duda de que es la misma letra del alférez Román... Su misma letra.
Y apresurando el paso en busca del sitio donde había dejado su caballo, siguió mirando el pliego que tenía en las manos y que representaba un plano. Después, uniéndolo con la nota encontrada en poder de Juan, comprobó que ambos pedazos correspondían al mismo pliego. Pensó que el segundo que había hallado, o bien fue tirado al azar, o bien se perdió cuando, para escribir la nota de burla, lo partieron por la mitad. El capitán no salía de su asombro. Ya no le cabía la menor duda de que el alférez Román era el traidor. Hacía dos días, cuando el general lo había llamado para confiarle aquella misión que le repugnaba, lo había defendido:
 _Eso no es sino una calumnia, general; ese hombre es demasiado valiente para ser traidor. Aquí se le tiene envidia; no le falta comida, no le faltan mujeres, pero, ¿cuál es el que tiene tanto corazón como él para conseguir lo que desea?
Callaba, para no comprometer su defensa, que él incluso le debía la vida. Y ahora, de súbito, cuando menos lo esperaba, le caía en las manos aquella prueba irrefutable, precisamente cuando su gente había sido victima del traidor, cuando él mismo había escapado de milagro.
Ya a caballo siguió estudiando el plano encontrado; en él, partiendo de Villaclara hacia el Norte, estaba el camino de Hatillo; a un lado del camino, la finca de Longino Ruiz; separada por el camino, a su lado, la de Gonzalo. Partiendo de Hatillo hacia el Este, se veía la bifurcación del Arenal que atravesaba la finca de don Goyo Ruiz, padre de los anteriores, e iba a perderse orillando El Tambor _donde estaba establecida la confidencia_, en los realengos entre los cuales se iniciaba la Vereda de los Alambres, serventía de la finca de don Benito Pérez. La zona de la confidencia estaba denunciada por una cruz, y asimismo todos los pasos y «gateras» que conducían a ella. Una cruz marcaba también el inicio de la Vereda de los Alambres. En cambio, el otro paso más al Norte, donde el camino de Hatillo y el río Yabú coincidían, no estaba señalado. Una serie de notas completaban el plano, al final de las cuales había una última escrita con una letra que para el capitán era desconocida.
Guardó el plano en uno de los bolsillos de la guayabera y siguió el camino hacia la zona vigilada. Ahora, con doble motivo, tenía que cumplir su misión. Ya no contaba con los auxiliares que el general le había dado, pero su convicción le parecía más efectiva que todos los auxiliares juntos. Si no podía conducir vivo al traidor hasta el cuartel general, conduciría el cadáver cruzado en la grupa de su caballo, o por lo  menos su cabeza, pues no era cosa de fatigar demasiado a Inglés con el peso de tanta inmundicia.
Por las precauciones el camino se hacía largo, y ya atardecía.
Evitando todos los lugares señalados en el plano, llegó al camino de Hatillo. Comprobó que la confidencia de El Tambor había sido arrasada, y retrocedió hasta la finca de Longino, donde esperaba encontrar algún amigo. Allí supo que el alférez Román se encontraba enfermo en uno de los rincones de la finca, en un rancho disimulado entre júcaros y palmas canas, y ordenó que lo llevaran hasta él. Por el camino había pensado que debía emplear la astucia si no quería fracasar, ya que no tenía a nadie consigo, y no sabía tampoco con quién podía contar en caso de resistencia.
_ ¿Qué hay, Román? _dijo al entrar.
El alférez estaba echado en el suelo sobre una estera; por encima de la ropa y aun en la oscuridad del rancho se notaba fácilmente que estaba enfermo.
 _ ¡Salud, capitán! ¿Qué te trae por aquí? Yo esperaba que viniera alguien, pero nunca se me ocurrió que podrías ser tú.
_ ¿Y qué podría importar que fuera yo o cualquiera otro, Román?
_Hombre... siempre es peligroso venir a esta zona, y yo preferiría a cualquiera de los otros y no precisamente al único al que le tengo amistad. ¿Qué tal de camino? _dijo, después de una pequeña pausa.
_Mal. Me mataron a tres hombres y entre ellos a Juan, mi ordenanza. Yo escapé por un milagro que realizó Inglés.
Román no hizo gesto alguno. Solamente dijo:
_Ya ves cómo tenía razón en preferir que viniera cualquiera de los otros.
_En todas partes hay peligro. ¿Qué pasó con El Tambor?
_Lo arrasaron hace dos días los españoles. Yo había salido a buscar un confidente a pesar de encontrarme bien malo. A la Fundora le llevaron al moño de un balazo... _hizo una larga pausa y de pronto añadió_: capitán, ya me duele esta guerra de la que no veré el fin. Tengo deshechos los pulmones.
A ti, que eres mi amigo, te lo puedo contar todo; te salvé la vida, ¿no? Si pudiera me presentaba...
_ ¿Con traición?
_ ¿Y por qué con traición? ¿Ya piensas como los otros?
_Sé que me has defendido en varias ocasiones de habladurías, por eso te tengo amistad.
_Bueno, dejemos eso. ¿A donde ha sido trasladada la confidencia?
_A la finca de Benito Pérez. ¿Piensas ir?
_Sí, y espero que me acompañes; llegando allá te sentirás más atendido.
_Tal vez. Yo en el monte no tengo salvación. ¿Cuándo partes?
_En seguida.
_ ¿Que camino piensas tomar?
_El del Arenal, atravesando la finca de don Goyo y El Tambor hasta la sabana.
_Me han dicho que hay una guerrilla regada por ahí. Ve mejor por «Dinamarca» a cruzar el río Yabú y te acompañaré.
_No, me es imposible. Tengo que ver a alguien por el camino. ¿Quieres venir conmigo?
_Por ahí no te acompañaría nadie, capitán; te advierto que difícilmente llegarás si te empeñas en seguir ese camino.
Hablaba con cierta premura bajo la mirada investigadora del oficial.
_Pues, chico, no puedo seguir otra ruta que ésa, pase lo que pase; no es un capricho.
_ ¿Y si yo te dijese que vas en busca de la muerte?
_La seguiría lo mismo. Ya te he dicho que no es un capricho mío.
El alférez se quedo meditabundo.
_Bueno, allá tú. Yo he hecho todo lo posible por disuadirte. Si llegas, me encontrarás mañana allá. Oye _dijo de pronto_, llévate mi capa. Veo que estás desabrigado, y yo podré encontrarme otra por aquí. Además, te presto mi caballo; no tiene nada que envidiarle al tuyo y basta con que lo sueltes para que te lleve solo a la Vereda.
_Tú sabes, Román, que Inglés también conoce el camino.
_Pero está cansado. Yo lo montaré una hora o dos después que tú, más fresco ya, sin contar que apenas tengo peso.
Otra vez el capitán se le quedó mirando profundamente. No sabía qué sentir ante el interés de aquel hombre en evitarle la muerte. Enterado de todo, le era fácil percibir la angustia en las palabras del alférez. Y aquello le gustaba. Olvidaba su misión, sus compañeros muertos, la confidencia arrasada. Pero fue sólo un instante. Dijo:
_Bueno, compañero, llevaré tu capa y tu caballo. A lo mejor me sirven de resguardo.
El alférez lo miró interrogante. Pero el rostro del capitán estaba impasible; sólo dejó traslucir una sonrisa que acaso era sinceramente amiga, aunque las comisuras de los labios terminaban en un rasgo demasiado enérgico. El alférez insistió:
_Te voy a dar un último consejo. Un confidente me ha asegurado que el santo y seña de la guerrilla que opera en la zona que tienes que atravesar es: «Fuego en El Tambor.» Si te dan el alto, no te detengas y responde con esa contraseña.
Una hora después, el capitán, vestido con la capa del alférez y montando su caballo negro, se alejó en la busca de la confidencia; pasado algún tiempo lo siguió, por el camino del Norte, el alférez Román.
Tres veces en el trayecto le dieron el alto al capitán, y las tres veces el santo y seña le abrió el paso. Ya en el alba llegó a la nueva confidencia, donde se extrañaron de verle vestir  aquella capa conocida por todos y montando el caballo del oficial enfermo.
 _He oído decir que en el cuartel general se desconfía del alférez Román _dijo Fundora_; por allá quieren saber demasiado, y mientras tanto, uno aquí perdiendo hasta el moño.
Todos miraron al capitán, pero éste sólo dijo:
_No sé; no participo de esas desconfianzas. Estoy seguro de quién es el alférez. Él me aseguró que llegaría hoy aquí y me prestó todo esto, y en cambio, yo le dejé a Inglés. Tomó por el camino de «Dinamarca». Si llega, me tendrá que acompañar al cuartel general; si no, me iré sólo. A lo mejor _añadió_ le habrá ocurrido algún percance en el camino...
Aquella tarde todos se sorprendieron viendo llegar a Inglés sin jinete, con la silla manchada de sangre. Como si esto fuera lo único que esperaba el capitán, ensilló el caballo negro, se puso la capa sobre los hombros, tomó a Inglés del cabestro y, bajo las miradas desconfiadas de los insurrectos, se dispuso a emprender el camino hacia el cuartel general...
Ya montado en el caballo, dijo:
_Tengan cuidado; los españoles han tomado todas las salidas de la confidencia; el santo y seña de ellos es «Fuego en El Tambor». Salud.
Después de caminar un largo trecho, sacó del bolsillo de la guayabera el plano encontrado y leyó en voz alta la nota escrita con una letra que no era la del alférez:
«Vigílese también cuidadosamente el paso del río «Yabú» en el camino del Hatillo y la finca Dinamarca.»
El capitán rompió en pequeños pedazos el plano, y siguiendo su marcha, lo regó en la manigua. Al día siguiente, al llegar al cuartel general, se cuadró delante de su jefe y dijo:
_General, ratifico mi juicio sobre el alférez Román; ha muerto como un valiente en el paso del río Yabú. Era un insurrecto.