7 de junio de 2013

Elías Canetti






















La desconfianza en la posteridad 
(Fragmento)



1965

La inspiración platónica en Cervantes es interesante sólo cuando, sin proponérselo, se transforma en una fuerza negativa. Si las ideas se transforman en un delirio, entonces se despojan de la costra, del tufo rancio y de su falsedad —que una larga tradición literaria les imprimió. La grandeza de Don Quijote no es sino su naturalidad: la idea y el ideal como un delirio que se siente y se palpa con todas sus consecuencias. Si bajo esas circunstancias parece una obra ridícula o no, poco importa: eso no es lo decisivo. A mí me parece profundamente serio.

La moral en Cervantes no es sino su desesperado intento de entenderse con las circunstancias mortificantes de su vida —adaptarse a las convenciones oficiales de los poderosos de su tiempo. Cervantes procura siempre el triunfo de la virtud, su conducta es la conducta de un cristiano. Por fortuna, la sustancia, la angustia de su vida verdadera es tan grande que ninguna actitud conformista pudo ahogarla.

Siento una gran ternura por Cervantes: él sabe más que la opinión común y corriente de su época cuya hipocresía quizá no entiende, pero nos la deja entender sin dificultad. Le admiro su extensión en el espacio: el destino que en tantas ocasiones le mostró su rostro adverso, le dio espacios en lugar de disminuírselos. Me gusta que se le haya reconocido tarde y que, a pesar de este retraso o por él mismo, él no haya perdido la esperanza. A pesar de todas las falsificaciones de la vida que Cervantes se permite en sus historias "ejemplares", ama la vida tal como es.

Aquí radica, creo yo, el único criterio de la creación épica: conocer el aspecto más aterrador de la vida y, a pesar de todos los pesares, amarla apasionadamente; amarla sin desesperarse, porque ese amor es inviolable en la desesperación. No está encadenado a una fe, pues nace de la pluralidad de la vida, de sus cambios insospechados, sorpresivos, milagrosos e imprevisibles. Para quien acosa a la vida y no puede dejarla, la vida se le convierte más tarde en cientos de criaturas nuevas, extrañas y asombrosas. Y para quien sigue acosando incansable a esas cien criaturas, la vida se las convierte en otras mil nuevas e irrepetibles.

La gente importante y superior en las novelas de Cervantes no es menos importante que la gente de Shakespeare. Sin embargo, es delicioso disfrutar en Cervantes a los jóvenes de las "altas esferas" cuando se escapan, por lo menos un par de años, a los "bajos fondos". El joven noble que por amor se transforma en un gitano (sólo que su amada no es, por desgracia, gitana); o el joven que elige la libertad y, después de tres años, regresa sin que sus padres sospechen siquiera dónde estuvo realmente. Si ellos lo llegaran a saber, ¡qué mentiras no les contaría para irse otra vez! El amor de Cervantes por la vida de la gente "baja": conoce a esa gente tan bien sólo porque desea ser reconocido. A la gente "alta" la describe tan insoportablemente alta, sólo porque debe adular a quienes pueden ser sus mecenas. Pero hay algo más que adulación: a Cervantes le gustaría ser uno más de esa gente. ¿Debe uno considerar como una fortuna que le haya ido tan mal en la vida?

En realidad, nadie puede saberlo. La influencia de la calamidad en la imaginación es diferente en cada persona. Sin conocer bien a una persona, nadie puede saber si existieron muchas o pocas calamidades en su vida, si aumentaron o disminuyeron su imaginación.

La riqueza de Stendhal en sus libros de viajes. Sus afirmaciones apodícticas y sus juicios. Su pasión por características nacionales ficticias y por la gente famosa. Su gran pasión por las víctimas y las mujeres. Su ingenuidad: nunca se avergüenza de sus sentimientos. Su placer por los disfraces, por lo menos el del nombre. A uno le gusta porque lo dice todo. Nunca logra conciliar las cosas con su vanidad. Está lleno de recuerdos, pero no sucumbe frente a ellos. Sus recuerdos tienen la extraña capacidad de no cerrarse. Admira tantas cosas que siempre encuentra algo nuevo. Muchas veces se encuentra dichoso. Sin importar su naturaleza, no se siente culpable de la felicidad. No se gasta en las conversaciones, pues odia los conceptos. Su pensamiento está alerta, pero se mantiene dentro de sus sentimientos. No vive sin dioses, éstos provienen de las esferas más distintas, pero no se le ocurre reunirlos o emparentarlos. Las ciudades sólo le interesan si hay personas en ellas. Una buena historia no puede evadirse. Escribe mucho, pero nunca es superior a lo que escribe. La falta de religión le confiere su levedad.

Stendhal nunca fue mi Biblia, pero fue mi redentor entre los escritores. Nunca leí sus obras completas, ni se me transformó en una obsesión. Pero no leí nada de él sin sentirme claro y ligero. Nunca fue mi ley, pero fue mi libertad. Cuando estaba a punto de ahogarme, encontré en él mi libertad. Le debo más que a todos los que me influyeron. Sin Cervantes, sin Gogol, sin Dostoievsky, sin Büchner yo no sería nada: un espíritu sin fuego ni contornos. Pero he podido vivir porque existe Stendhal. Él es mi justificación y mi amor a la vida.