1 de junio de 2013

Susan Howe





















De La pasión del exilio


Todo lo que de algún modo es pensable, dijiste, puede ser objeto de meditación. Cuando pregunté si te referías a la guerra nuclear, la ingeniería genética o al matrimonio, te apresuraste a cerrar la ventana. Yo te había visto, en el parque, sacar una cáscara de banana de la sandalia de la estatua de Constance Witherby y recitar con gestos ampulosos: ¿un poema? ¿una oración fúnebre? Mi formación musical no me permitía leer esa partitura, no con el viento soplando en tu pelo contra la llegada del invierno, aunque si las golondrinas hubieran dejado de sobrevolar en círculos en el sólido azul, me habría faltado el aliento. Punzante olor de mar, de peces acunándose en oleajes. Y nubes ya. Tú dijiste que sería distinto si fuésemos capaces de habitar afuera de la lógica. Supe que querías decir: descalzos.


Traducción de María Negroni.