20 de julio de 2014

Bajo el signo de Leo
















Klaus Ziegler


La mejor poesía aspira a la condición de música, escribió alguna vez Borges. Y pocos poetas se acercan más a este esquivo ideal que Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Häusler, el prodigioso León de Greiff, quizás el más trascendental y original de los poetas colombianos.
Mucho se ha escrito sobre este sujeto “taciturno, hermético, cogitabundo, parco de gesticulaciones, sobrio de ademanes, no nada modulador y de simpatía nula”. A sus biógrafos les encanta ponderar su abolengo escandinavo, insistir en la leyenda del superhombre ario, un mito que llega al extremo ridículo de alegar que su sorprendente don musical y su exclusivo lenguaje poético provienen de ese “norte recóndito”, cuando en realidad, y en palabras de su propio hijo Hjalmar, tanto sus padres como tres de sus abuelos y cuatro de sus bisabuelos eran colombianos. Incluso su abuelo alemán y sus bisabuelos suecos fueron en realidad más antioqueños que germánicos o nórdicos, pues vivieron más años en Antioquia que en sus respectivas patrias.
De Greiff es un poeta singular, inconfundible. Un rapsoda de pasmosa riqueza idiomática de la cual hace honor un glosario de casi seiscientas páginas, donde se recogen los innumerables neologismos, arcaísmos, latinajos y extranjerismos que aparecen en su obra, así como cientos de vocablos de su propia invención. No es fácil para el iniciado descubrir, por ejemplo, que “Bredunco” es un antiguo nombre del río Cauca, “el Bredunco de Almagro”, hasta que no se topa con el “Relato de Erik Fjordsson”: “Oh, tú, Bredunco, oh Cauca de fragoso peregrinar por chorreras y rocales/ atormentado, indómito, bravío/ y de perezas infinitesimales/ en los remansos de absintias aguas quietas/ y de lento girar en espirales/ y de cauce limoso/ oh Cauca, oh Cauca Río”.
Debo indicarle al procesador de palabras que no incluya “absintias” dentro de los errores ortográficos, pues el vocablo es un hermoso adjetivo que De Greiff deriva de “absintia”, nombre francés del licor de ajenjo, elixir de Poe, Baudelaire y Mallarme: “En el absintio quiero que se escondan/ -tras de sus de sirena glaucos ojos-/ mi espíritu arbitrario…
Su obra parece seguir el dictado de un oído prodigioso que logra el milagro de una poesía melódica, erudita, graciosa y cargada de fina ironía. De Greiff se burla de todos y de sí mismo; se deleita con la música de las palabras. Supongo que el goce es similar al de los niños cuando recitan por el solo placer de la rima, incluso sin comprender el significado de los versos. En el extremo opuesto está la pedantería de quienes se embelesan en el soporífero análisis literario —y hasta sicoanalítico— de su extensa obra, algo que uno sospecha, poco o nada hubiera interesado al poeta antioqueño.
Pocas cosas producen tanto placer como “nutrir el ocio” recitando en voz alta, y para uno mismo, la “Admonición a los impertinentes”, o el “Relato de Ramón Antigua”, o el “Relato de Guillaume de Lorges”, un poema extraordinario que contiene uno de los versos más hermosos de la lengua española: “Yo, señor, soy acontista./ Mi profesión es hacer disparos al aire./ ¿Todavía no habré descendido la primera nube?/ También soy jugador de dados/ y tengo mis ribetes de asesino./ Presumo haber en lontana ocasión hurtádome los vasos sagrados/ de ya no sé qué iglesia, abadía o convento/ Creo que han sido mías varias esposas de Jesús,/ cuyos votos de castidad y su amor al esposo divino/ fueron plumas al viento/ y golondrinas migratorias que soltaron su vuelo desde la Cruz”.
Como el mítico país de Bolombolo, “región salida del mapa”, la palabra “acontista”, de acontar, o apuntar, no figura en ningún diccionario. León de Greiff la define como la profesión de lanzar azconas, dardos y virotes al aire, rumbo a las imbeles constelaciones. Tampoco figuran en los mapas multitud de regiones imaginarias: “Netupiromba”, “Zuyexawivo”, o sí figuran, pero con nombres distintos de aquellos que el poeta utiliza en su universo propio para designar a Bogotá y a Medellín. Así mismo, De Greiff prefiere “favila”, por cenizas, y “rauco”, por ronco. Se complace en anacronismos como “ventalle”, por abanico, y en arcaísmos que rescata de la poesía castellana de finales del Medioevo: “vegada”, del latín “vicata”, en lugar de "vez". Igual que al oír el lamento del violín en la Chacona de la segunda partita de Bach, que nos recuerda el triunfo de la muerte sobre la vida, es imposible no quedar anonadado al escuchar por primera vez el comienzo de su Nocturno Número 4 en Si Bemol: “Tabardo astroso cuelga de mis hombros claudicantes y yo le creo clámide augusta”. En él se hace patente esa musicalidad inconfundible que caracteriza su obra, y que ya se advierte en los títulos y subtítulos de sus poemas.
Todos los años se celebran festivales internacionales donde poetas de todos los rincones del Planeta recitan en sus idiomas nativos, mientras un ejército de intérpretes se esfuerza hasta el límite por traducir la poesía. Sin embargo, y a pesar de la buena voluntad, los resultados son por lo general desastrosos. El producto final es algo tan torpe como una interpretación en chirimía de la Chacona para violín, o una versión reggaetón del Aire en la cuerda de Sol. Supe de un atrevido compositor y cantante que musicalizó algunos poemas populares de De Greiff. ¿El resultado? Unas baladas sin la menor fluidez, tan desafortunadas como las monótonas y cacofónicas melodías de “Juanes” cuando mezcla ritmos pop con música de cantina en su guitarra eléctrica. Cuentan que el poeta al enterarse del trabajo artístico del cantautor exclamó: “No sean pendejos, si mi poesía ya tiene música”.
Salvo contadas excepciones, la poesía resulta intraducible. Es un extraordinario privilegio para los hablantes de la lengua española contar con este genio singular, universal e insular a la vez, uno de los más extraños y originales poetas de todos los tiempos; en opinión de algunos, el más grande de los grandes poetas colombianos.




 El Espectador, Bogotá, agosto 31 de 2011

Tomado de Moir.org