27 de septiembre de 2014

Tres poemas de Leonardo Sinisgalli



















El manuscrito de Petrarca


Inclinado sobre el cristal de la vitrina,
igual que me inclinaba sobre el fuego.   
Hay un libro abierto hace siglos: 
en cada renglón dos endecasílabos
seguidos
escritos con pluma de oca.
Pensamientos y suspiros
en duros caracteres. 
No los inciertos signos
que fabrica la naturaleza.


Vi a las Musas

Sobre la colina
ciertamente vi a las Musas
colgadas entre las hojas.
Entonces vi a las Musas
entre las largas hojas de las encinas
comer bellotas y bayas.
Vi a las Musas sobre una encina
secular donde graznaban.
Maravillado mi corazón
preguntó a mi corazón maravillado:
dije a mi corazón la maravilla.


Visita a los etruscos

No quisieron rosas sobre las lápidas
sino vísceras
y alrededor juegos para adultos.
Resguardaron su infierno
del sol y del viento salado,
y se encerraron como dentro de un gallinero.
En la tumba de fosa,
estrecha cámara de amor,
centellean los ojos astutos,
el cetro bermejo
y los glúteos del hermafrodita.



Il manoscritto di Petrarca

Piegato sul vetro della teca
come mi piegavo sul fuoco.
C´è un libro aperto da secoli.
Ci sono scritti con la penna d’oca
in ogni riga due endecasillabi
di seguito. Pensieri e sospiri
in caratteri duri,
non gli incerti segni
che fabbrica la natura.


Vidi le Muse

Sulla collina
io certo vidi le Muse
appollaiate tra le foglie.
Io vidi allora le Muse
tra le foglie larghe delle querce
mangiare ghiande e coccole.
Vidi le Muse su una quercia
secolare che gracchiavano.
Meravigliato il mio cuore
chiesi al mio cuore meravigliato
io dissi al mio cuore la meraviglia.


 Visita agli etruschi


Non vollero rose sulle mense
ma pasti sanguigni
e intorno giuochi per adulti.
Ripararono il loro inferno
dal sole e dal vento salato,
vi si taparonno come dentro un pollaio.
Nella fossa di tufo,
stretta camera d’amore,
scintillano gli occhi furbi,
lo scetro vermiglio,
e i glutei del manfiorita.



Versiones: Pedro Marqués de Armas


25 de septiembre de 2014

Cristina Garcia Rodés

 















VEDASPACE

                                                                                                       Irene te invita  a café


A mi derecha la máquina de escribir, ladeada para que no ocupe espacio y se haga notar. En ella la hoja en blanco que pide a gritos el masaje continuo y excitante que, como mínimo dos horas diarias recibe el resto de sus compañeras.

No dejo de mirarla. Me tienta su virginidad, la sutil provocación: a pesar de ser mi presa, entre el rodillo y la barra sujeta papel, se relaja, reclina y amolda entre ambos.

Insiste, me sigue tentando. Logro desviar la mirada en el cenicero de mi izquierda –amarillo, áureo resplandor que entorpece la visión del resto de mi cercano panorama-. Gustosamente redondo y cóncavo en superficie. Tan sólo una estrofa de cuyos versos aún no he conseguido esta lúcida mañana, desgranar significado alguno:

“Absurdo mi silencio,
te lo cuento:
las formas no son tales,
son pretextos.
Te veo:
Eres uno de ellos…”

Ciertamente absurdo, quizás por ello lo escribí, hace ya dos noches, sumergida en no sé qué mundo, tal vez se haya inventado para mí, sin ninguna explicación lógica. ¿Acaso alguien tiene hoy explicaciones lógicas sobre algo? Y… ¿para quiénes?

De nuevo la Venus revestida en moldes de plástico. Sigue ahí, desafiante, mientras me apunta la palanca de interlineación. Consigue turbarme, cincuenta ojos acecha y uno de ellos vale por quince. Me rindo y enciendo un cigarrillo, me dispongo sobre mi joven e ilusa virgen, como si de una ofrenda de los Dioses mismos se tratara…

Clic, clac, clic, clac: bienvenidos al café de Solsona. Situado estratégicamente a cinco minutos de la facultad de bellas artes, tal vez a quince de la galería, patrimonio de no qué banco.

La verdad, últimamente sólo me fijo en el galerista y en la cronología de las obras expuestas, mirando de asociar acontecimientos de una época que pudieron motivar al autor a reflejar la locura, calma, muerte o belleza. Intentaba conocer y comprender el cuadro, más allá de lo que los libros me pudieran ilustrar.

Aparentemente humilde, con necesidad de alguna reforma, como instalar un servicio de señoras ya que son diarios los farfulleos de los clientes sobre la puntería de algunos de los que aquí concurren.

Una fría barra de mármol. Tazas de café esperan su turno, dispuestas de azucarillo, cucharilla y plato desconchado. Otras tantas aguardan amontonadas en el fregadero. En una de estas descubro el carmín reseco de unos labios.

Son las seis y media, hora punta en la tarde. El espacio reservado para camareros, se pierde entre la multitud de codo, carpetas, paquetes de tabaco y servilletas estrujadas que no han sido más que la diversión de un crío, que no paró hasta que mamá le llamó la atención o simplemente se terminó la carga del servilletero.

Encajan de forma que casi resulta esotérica su presencia en este lugar. Algún que otro intelecto, cazador de musas, bohemio sediento de tertulias de viejo café… y así continuaría mentando tipos de hombres y mujeres que frecuentas lugares como este –más de pompa, unos, otros de lo más austero rozando lo ordinario- en busca de aquellos tipos decadentes, antihéroes, bellezas soterradas, almas en pena… que complementan el suyo.

En un círculo de ambigüedades, frustraciones y demás dilemas existenciales, no se conforman con el “yo soy de tal modo” sino que intentan fundirse como un “tú eres de tal otro”, para compensar su inhibición en un “observo y aprendo”.

La abuela de mirada gris, toda ella una pincelada decadente, guarda, en unas manos agasajadas, unos paquetes de cigarrillos. El celofán que los envuelve está húmedo y opaco por el transpirar de sus manos, desvaídas por los años, el frío y la pobreza.

Escenas como éstas se producían a menudo, quizás demasiado a menudo, pero tenían un matiz romántico y crudo a la vez. Era una perfecta armonía de contrarios como todo lo que sucede, observa, comenta, discute, entra y sale de este café.

Heráclito afirmó que tal armonía era engendrada por la discordia, la diversidad de temas, educación, clase y carácter de cada uno de los sujetos. Accidentales o clientes, bien podrían ser la causa de una tercera guerra mundial. ¿No hubo ya una segunda… y quién sabe si por razones parecidas?


La armonía de todo lo que sucede, comenta, discute, entra y sale de este café reside en que a la hora de observar, discutir, entrar o salir, todos coinciden en el viejo Café de Solsona.






24 de septiembre de 2014

Daniil Kharms























Sinfonía número 2


Anton Mikhilovich escupió y dijo: "¡hugh!", otra vez escupió y dijo: "¡hugh!"; volvió a escupir y otra vez dijo: "¡hugh!"; y luego desapareció. ¡Al diablo con él! En lugar de él déjenme hablarles de Ilya Pavlovich.
Ilya Pavlovich nació en 1893 en Constantinopla. Cuando apenas era un niño su familia se mudó a San Petersburgo, donde se graduó en la Escuela Alemana ubicada en la calle Kirchnaya. Luego trabajó en una tienda y después en alguna otra cosa. Cuando empezó la Revolución él emigró. Bueno, ¡al diablo con él! En su lugar, permítanme hablarles de Anna Ignatievna.
Pero no es fácil hablar de Anna Ignatievna; en primer lugar, porque no sé casi nada sobre ella; y en segundo, porque me acabo de caer de la silla y se me ha olvidado qué les iba a decir. Así es de que mejor les hablaré de mí.
Soy alto, razonablemente inteligente. Me visto con mesura y buen gusto. No bebo, no apuesto en las carreras de caballos pero me gustan las damas. Y a las damas yo no les importo. A ellas les gusta salir conmigo. Sarafima Izmaylovna me ha invitado a su casa varias veces, y Zinaida Yakovlevna ha dicho que le encantaría verme. Pero yo tuve un gracioso incidente con Marina Petrovna, del cual quiero platicar. Fue un asunto muy ordinario pero algo divertido. Por mi culpa Marina Petrovna perdió todo su cabello, quedó calva como nalga de bebé. Sucedió así: cuando llegué a visitar a Marina Petrovna, ¡zas!, perdió todo su cabello. Así como así.










Kim Ki-taek
















El chicle


Un chicle que alguien ha masticado y tirado.
Conserva claramente las huellas de los dientes.
Masa pequeña y redonda
que lleva arrugada en los pliegues de su pequeño cuerpo
huellas de dientes, grabadas
unas sobre otras y otras sin fin,
sin tirar ni borrar ninguna.
Dentro de esas innumerables huellas,
ahora vive en silencio sus horas de fósil.
Aunque ha sido machacado una y otra vez
con la fuerza que desgarra la carne y destroza la fruta,
no ha terminado de machacarse
y menos todavía se ha desgarrado ni destrozado.
Su tacto suave como la piel,
su textura elástica como la carne,
y su blanda flexibilidad de brazos y piernas que resisten
(bajo los dientes
despiertan los lejanos recuerdos de carnicerías olvidadas.
El chicle ha jugado con esa sangre, esa carne y ese hedor,
Ha soportado en su cuerpo
todo el instinto asesino y la hostilidad inscriptos en los
(dientes desde el inicio del mundo.
Después de que trituraron, molieron y aplastaron todo
(lo que quisieron,
los dientes se agotaron primero
y dejaron irse al chicle a pesar suyo.





El crematorio


La chimenea tiene colgado un humo amarillento.
Para no desprenderse de la chimenea
para no convertirse en aire,
el humo se aferra fuertemente
con sus dedos gaseosos.
Se agita como una bufanda
en el cuello de la chimenea,
que tiene un gran vacío en lugar de cabeza.
Aunque ha estado todo el día absorbiendo en lo oscuro
(y largo agujero
con la cabeza metida en la bocaza de la chimenea,
el humo sigue en su lugar
sin que haya engordado ni engordado en lo más mínimo.
Cuando termina un llanto, empieza un nuevo plañido,
cuando parte un coche fúnebre, llega otro nuevo,
el humo sigue fuertemente aferrado como una chimenea
(clavada en el suelo.







19 de septiembre de 2014

Anne Carson

























Entonces 3

Piensa en Jane Wells. El papel que tiene en la mano es una carta de Rebecca West, la amante de su esposo. Su esposo, H. G. Wells, socialista del sexo, quería que sus mujeres se aceptaran/las unas a las otras. Había muchas de tales mujeres. Jane estaba al tanto de/sus idas y venidas, a veces las invitaba a tomar té, les enviaba telegramas de felicitación cuando daban a luz a los hijos bastardos de H. G., y recibía sus notas de solidaridad al enfermarse. “Qué indispuesta ha estado usted… Cómo lo siento… Me alegra que…”, le escribió Rebecca West. Me pregunto por cuánto tiempo estuvo Jane Wells estudiando esta carta antes de tomar el lápiz y añadirle algunos subrayados apenas visibles y signos de exclamación que la volvieron un/documento distinto. Me pregunto también por qué lo hizo. Es muy poco probable que esperara que otra persona alguna vez leyera aquella hoja. Pero hubo consideraciones de privacidad y precisión que la movieron a pulirla en cierta forma, a dejar registro de su estado de ánimo, a balbucir en el papel la falsedad de las frases
de aquella otra mujer.

“La Franqueza—mi Guía—es el único ardid”, escribió Emily Dickinson. (Carta a T. W. Higginson, febrero de 1876.)






17 de septiembre de 2014

Wislawa Szymborska




















Alabanza a los sueños 

En mis sueños 
pinto como Vermeer van Delft. 
Hablo fluidamente griego 
y no sólo con los vivos. 
Conduzco un auto 
que me obedece. 
Tengo talento, 
escribo poemas largos, grandiosos. 
Escucho voces 
no menos que los grandes santos. 
Se sorprenderían 
de mi virtuosismo en el piano. 
Floto en el aire como se debe, 
es decir, por mí misma. 
Si caigo del techo 
puedo aterrizar suavemente en el verde césped. 
No me es difícil 
respirar bajo el agua. 
No me puedo quejar: 
he logrado descubrir la Atlántida. 
Me complace que justo antes de morir 
siempre me las arreglo para despertar. 
Inmediatamente tras el estallido de la guerra 
me vuelvo a mi lado favorito. 
Soy, mas no necesito ser, 
hija de mi tiempo. 
Hace unos pocos años 
vi dos soles. 
Y antes de ayer un pingüino, 
con toda claridad. 




16 de septiembre de 2014

Nelson Simón (1965)














Ultimo poema de amor

"Ya nunca más podré escribir un poema de amor..." Hoy
12 de noviembre, casi en la madrugada, bajo el silencio
que dilata mi casa, escribo estas palabras con
asombrosa serenidad. Miro el paisaje, el trozo de ciudad
que descansa en la ventana. Me vacío de todo
mientras recoges pertenencias: camisas, un cepillo, sentimientos,
cosas pequeñas que, de repente, perdieron su valor. Los últimos días
de la juventud se han ido y solo los poetas jóvenes
pueden escribir un poema de amor. En la mesa quedan
migajas de pan que las hormigas devorarán
como a un cadáver. Hablo de la esterilidad, de la casa,
el transeúnte o los ácidos frutos. Las palabras
se vuelven esquivas y filosas cuando intento escribir
otro poema de amor. Quizás el último. Es 12 de noviembre,
casi de madrugada, y hay en todo una rara paz
que no comprendo.







Robert Frost





















Miedo a la casa

Siempre - te aseguro que ellos aprendieron esto -
siempre en la noche cuando regresaban
de lejos a la casa solitaria
con lámparas sin luz y fuego hecho cenizas,
aprendieron a traquetear la cerradura
para darle a cualquier cosa que pudiera haber
advertencia y tiempo para que se fuera al vuelo:
y al preferir la noche afuera y no encerrados,
aprendieron a dejar abierta la puerta
hasta haber encendido la lámpara allá dentro.




14 de septiembre de 2014

Varlam Shalámov






















El ataque


La pared se balanceó, y una conocida y dulzona sensación de náusea inundó mi garganta. La cerilla quemada en el suelo pasó flotando por milésima vez ante mis ojos. Alargué la mano para agarrar aquella inoportuna cerilla, pero desapareció; dejé de ver. El mundo aún no me había abandonado del todo: allí en el bulevar aún se oía una voz, la voz lejana e insistente de la enfermera. Luego vi pasar velozmente unas batas, la esquina de una casa, el cielo estrellado, surgió una enorme tortuga gris, sus ojos brillaban indiferentes; alguien le había roto un costado del caparazón, y yo me introduje en algo que parecía una cueva, sujetándome con los dedos e impulsándome con los brazos, confiando solo en mis manos.

Recuerdo unos dedos ajenos insistentes que me recostaban con habilidad la cabeza y los hombros sobre una cama. Todo permaneció en silencio y yo me quedé a solas con alguien enorme, parecido a un Gulliver. Yacía sobre una tabla, como un insecto, y alguien me observaba atentamente, me miraba con una lupa. Yo me daba la vuelta y la pavorosa lupa seguía mis movimientos. Me retorcía bajo el monstruoso cristal. Y solo cuando los enfermeros me trasladaron a la cama del hospital y me alcanzó la beatífica calma de la soledad, comprendí que la lupa de Gulliver no era fruto de una pesadilla, sino que eran las gafas del médico. El hecho me alegró indeciblemente.

Me dolía la cabeza, me daba vueltas al menor movimiento y era imposible pensar, solo podía recordar, y viejas y espantosas escenas empezaron a aparecérseme como imágenes de una película de cine mudo con figuras en blanco y negro. La náusea dulzona, parecida a la de la anestesia con éter, no se me pasaba. Me resultaba conocida y ahora había descifrado esta primera sensación.

Recordé como, hace muchos años, en el Norte, después de trabajar seis meses sin descanso, nos dieron por primera vez un día de fiesta. Todos querían quedarse tumbados, sin hacer nada, sin remendar la ropa, sin moverse... Pero nos sacaron a todos de los barracones y nos mandaron a por leña. A ocho kilómetros del poblado se estaba talando un bosque; había que elegir un tronco adecuado a tus fuerzas y llevarlo hasta el campo. Decidí ir en otra dirección;
a unos dos kilómetros de allí había viejas pilas de madera entre las que podría encontrar el tronco apropiado. Ascender por la montaña era duro, y cuando alcancé la pila de leña resultó que no quedaba ningún tronco liviano. Más arriba negreaban unas pilas derruidas de leña, de modo que subí hasta ellas. Aquí los troncos eran finos, pero sus puntas se hallaban enterradas bajo la leña y no tuve la fuerza suficiente para arrancar ninguno. Lo intenté varias veces y finalmente quedé agotado. Sin embargo, no podía regresar sin leña y, reuniendo mis últimas fuerzas, trepé aún más arriba hacia otra pila cubierta por la nieve. Escarbé largo rato la esponjosa y crujiente nieve con pies y manos, y finalmente arranqué uno de los troncos. Pero el madero resultó demasiado pesado. Me quité del cuello la toalla sucia que me servía de bufanda y, tras atarla a la parte superior del tronco, lo arrastré hacia abajo. El tronco daba saltos y me golpeaba en las piernas. A veces se me escapaba y corría pendiente abajo más rápido que yo. Se enganchaba entre los arbustos de stlánik, o se clavaba en la nieve, y yo me arrastraba hasta él y lo obligaba a ponerse de nuevo en movimiento. Aún estaba en lo alto de la montaña cuando descubrí que ya oscurecía. Comprendí que habían pasado muchas horas, y el camino hacia el poblado y el campo quedaba muy lejos. Tiré de la bufanda y el tronco de nuevo se deslizó hacia abajo dando saltos. Saqué el tronco al camino. El bosque se balanceó ante mis ojos y la garganta se me llenó de una náusea dulzona; recobré el conocimiento en la garita del gruista de la mina; este me frotaba las manos y la cabeza con la punzante nieve.

Todo esto se me aparecía ahora en la pared del hospital. Pero en lugar del gruista, quien me sujetaba la mano era el médico. El aparato Riva-Rocci para medir la presión sanguínea estaba allí al lado. Y yo, al comprender que no me encontraba en el Norte, me alegré.

— ¿Dónde estoy?
—En el Instituto de Neurología.

El médico me hacía algunas preguntas. Y yo le contestaba con dificultad. Quería estar solo. Los recuerdos no me daban miedo.

                                              
                                                                                                                                            1960





De Relatos de Kolimá III. El artista de la pala
Traducción: Ricardo San Vicente



Regino Boti























En la pista

Hay más arcano que en el beso,
que en el dolor y que en la muerte,
en el ojo humano del elefante.

Y, mientras danza torpemente
y sincroniza sus orejas,
dice de los misterios de la India,
de la ciencia de Egipto
y de arte de Grecia
el ojo humano del elefante.