30 de marzo de 2014

Juan Sierra




















BOMBARDEO DE POBLACIONES ABIERTAS 


                                                             A José María Cossío

 

Se ahogó el silencio en una tumba sin poros 

Las calles se han regado con una claridad de inmediato suplicio 
El espacio de los ángulos refleja una agresividad contenida 
A los pájaros como siempre no les importa nada de lo que ocurre 
El campo siempre ha sido aquí blando y verde 
Siempre han brillado en el río los materiales de esta ciudad 
Un pequeño vendedor de periódicos escudriña el cielo 
Donde se rumorea una esbeltísima experiencia de motores 

De pronto una estrepitosa novedad que retiembla 
Y molesta mucho 
A las bestias enganchadas en los carritos comerciales de reparto 
Es la defensa antiaérea que ataca 
Grandes pisotones lentos y negros sobre la tierra le contestan 
Son los que realizan el servicio 
Todas las digestiones se cortan con una frialdad despreciativa 
Todas las azoteas alumbran resignadas el centro de su espoleta 
Los ojos de las jóvenes compadecen a un moribundo invisible 
Vemos que nuestra madre es también una criatura muy pequeña 

Siguen las salvas en honor del gran cadáver del silencio 
La luz se ha recogido en el aire con una serenidad de otro tiempo 
Yo pienso en las naranjas embaladas que están sobre los muelles obligadas a jugarse la vida 
Los enormes émbolos del odio vuelven a sacudir profundamente la tierra 
Ya los relojes marcan sangre arrabalera entre vigas y ladrillos
Todos los años que puedan quedarnos de vida son manteados con indiferencia por una gran burla 
La ley de la gravedad se desarrolla majestuosamente con una ira correctísima 
Algo se reza mientras los oídos vigilan escondidos a la muerte 

El silencio ha vuelto del cloroformo 
Una soledad de geranios fracasados ya tomó nota de la venganza 
La Cruz Roja vuela entre teléfonos y calles desiertas 
La sirena final anuncia que el día ya ha envejecido 
Y nosotros por esta vez hemos tenido suerte






19 de marzo de 2014

Jacques Réda



 
















 
El mañana de octubre




Lev Davidovich Bronstein agita su candado, agita

las manos y la hirsuta cabellera, un instante y caerán

del chaleco las gafas de erudito que pierde para siempre

arengando a los marineros de Cronstadt toscamente

tallados en madera de Finlandia, casi tan insensibles

como las cruces de fusiles que salpican la nieve sucia.

Mientras Lev Davidovich predica hasta perder la voz

en el plomo del Neva lentamente se vuelven las torretas

del Aurora y apuntan a la oscura fachada

del Palacio de Invierno.

                                                  Qué labia. Qué cielo amarillo.

Y en los puentes desiertos el peso de la historia y cada tanto

el ronquido de un auto con las alas erizadas de bayonetas.

En Smolny, esa noche, creció la barba; enrojecidos

por el tabaco y por los filamentos de las bombillas, los ojos

ceden ante el crepúsculo de Petrogrado y su silencio

en el que allá, entre los letones feroces y aplicados,

Lev Davidovich profetiza, exhorta y amenaza y tiembla

de sentir que se inclina la masa inmóvil de los siglos

irremediablemente, igual que los cañones en sus ejes,

al borde de esa mañana de octubre.

                                                                           (Ya ha llegado en secreto

Vladimir Ilich a la capital; más tarde dormirá,

maquillado del todo, en féretro de vidrio,

inmóvil entre ramos y fanfarrias.

Lev Davidovich echa al aire mientras tanto su greña,

atrapa sus quevedos

                                             —algo de sangre, algo de cielo

mexicano se mezclarán en el último día, tan lejano

de tu fangoso octubre delirante de banderas rojas al viento.)




 Traducción de Aurelio Asiain



12 de marzo de 2014

Una vida en Rito






















Por Leyla Leyva


Una vida magenta, el más reciente libro de poesía de Rito Ramón Aroche (La Habana, 1961), de cubierta fucsia intenso, tal vez podría desorientar al lector, aunque tratándose de una pieza de Rito, especulo que podría ser el propio autor el menos atribulado con ese ambiguo color, nada desafiante o exigente, según los sicólogos, que le ha tocado en suerte (y que casi se traga la alusiva ilustración de Yornel Martínez), dada su tendencia a lo antitético, a lo contrario.


Pero vayamos a Una vida magenta (Letras Cubanas, 81 páginas), un libro de poesía que se encontrará en los anaqueles de la Feria, y luego en librerías. Libro de poesía más que poemario; voz de trazos cortos, fraccionados, ajena a la lógica chata o a la convención del debe ser en el imaginario poético; fraseo de muestra y recogida, o muestra arbitraria, de manejo de voces y personajes, figuras o figuraciones en un cosmos en el que bien pudiera encontrar reticencias un lector no acostumbrado a moverse en lecturas que indiquen total entrada al juego de esta comunicación.

Dentro de la poesía contemporánea cubana, la de Rito Ramón Aroche se lee, se estudia y comparte como especialmente característica, y Una vida... no significa la excepción. Esto sucede porque de una forma u otra el autor ha perseverado en la defensa de una norma "a lo Rito", sin concesiones al lirismo, sobre todo al clásico, o al medio clásico, o a otra disposición que lo presente nítido, textualmente organizado de pensamiento, ajeno a descoyuntes o torceduras verbales. O sea, listo para el embalaje.

Si acaso hubiera que acercarlo a una visión fácil de definir, sería al Palenque, un grupo de poetas amigos, con blog incluido, cuya afinidad contempla una mirada profunda a la literatura universal y a su mejor poesía, como si desde tal centro se estuviera lanzando un reclamo a nuestras carencias: "Hay que leer, no somos el ombligo del mundo, o "esto ya se ha escrito, no pequemos de ingenuos, o peor, de listos".

Me atrevería a decir que esa posición de embate contra el localismo esterilizante a nivel informativo reafirma la estética de una poesía como la suya, arisca por momentos, de hilarante memoria, marcada por una atípica sonoridad que recurre a las constantes aspiraciones semánticas.

Ahora, eso sí, poca de esta poesía es larga en su sola consecución, y ninguna funciona como antipoesía.

Una vida magenta se organiza en tres partes: Las migraciones, Fu-gantes 1 y 2 y De una vida magenta, y también, a semejanza de sus ocho libros anteriores, este se lee muy sensitivo.

El miro y el veo (Mirar si entro a la pared de fondo. Una vez cada quince días... ); las impresiones no concluidas o resueltas (Toca el verano, el muro./" Es como/ ver nacer del forraje."¿Yacen?) y las experiencias de actos o simulacros de crónica y relaciones y estados anímicos le dan sostén a los fragmentos y orientan/desorientan las voces, las preguntas y respuestas, lo que a la postre resulta una viva escritura de arduo e insólitos cuestionamientos.

(¿Llegaríamos al puente? -Orea tu garganta/ un sorbo y sé (sabes) de ciertas dosis./ "Va hacia ti una arenilla... "/ Más aliviado:/"Ya una vez mi osamenta."Incluso/ antes:"Donde una piedra al sol ¿Vimos?/Donde unas piezas.")

Dejo al lector un corto poema del libro que Rito Ramón Aroche pensara en magenta, es decir, tan oscuro como la sangre, y aunque no es la tónica general del discurso de Una vida..., sospecho que este texto interesará a todo lector, y de paso hará inmejorable el remate.


/Si vas a describir algo, compréndelo, que sea breve./ No tan solo abrasiones. Breve -con un largo destino./ (pág.40). 



8 de marzo de 2014

Mark Strand

 


















Yo había sido un explorador polar

En mi juventud, yo había sido un explorador polar
y pasé innumerables días y noches congelándome
en un lugar blanco y luego en otro. Con el tiempo,
dejé mis viajes y me quedé en casa,
y ahí creció dentro de mí un súbito exceso de deseo,
como si un rayo de luz de los que brillan
adentro de un diamante me surcara.
Llené una página tras otra con visiones de mi vida,
crujientes mares de hielo compacto, glaciares colosales
y el blanco fustigado de los icebergs. Entonces me detuve,
ya sin nada que decir, y dejé que mis ojos descansaran.
Casi al instante, un hombre con sombrero y un abrigo oscuro
apareció bajo los árboles que están frente a mi casa.
Su forma de mirar directamente enfrente, su forma de pararse,
sin cambiar de apoyo, dejando que sus brazos gravitaran
a los lados, me sugirieron que lo conocía. Pero,
al alzar mi mano para saludarlo, dio un paso atrás,
se dio la vuelta y comenzó a desvanecerse,
como el deseo se desvanece hasta que nada queda de él.



3 de marzo de 2014

Dolores Labarcena




















Pedigrí 


Según la tesis un tanto caricaturesca de Lamarck: "En pueblos donde el herrero hereda el oficio de su padre y de sus abuelos, se pensaba que heredaba también unos músculos bien desarrollados. No sólo los heredaba sino que los desarrollaba más con el ejercicio, y pasaba estas mejoras a su hijo".

Beethoven tenía en su ascendencia varios músicos, comenzando por el padre, pero que se sepa, ninguno de ellos fue sordo. La peor trastada que puede jugarle el destino a un compositor es la sordera. Comentan que sufría cambios de humor muy bruscos y que por arrancar de cuajo esa y otras dolencias, además de plantearse seriamente el suicidio, probó en sí mismo varios inventos: cornetas acústicas, un sistema para escuchar el piano, unos ejercicios estrambóticos. Pero no hubo remedio, salvo superar al más afinado de sus contemporáneos.

Stephen Hawking, carente por completo de capacidad motora y habla articulada, ni en sueños heredó su esclerosis lateral amiotrófica. Para moverse, el polémico astrofísico se sirve de una peculiar silla de ruedas con una computadora enchufada, capaz de emitir las palabras que selecciona mediante sus ojos. Ese patinar de sus canículas oculares pone en jaque a más de uno.

Otro caso es el de Oscar Pistorius, atleta sudafricano que posee varias marcas mundiales en campo y pista. Nada menos que el hombre más rápido de la historia sobre ninguna pierna. Cuál no sería el pesar de sus padres cuando tomaron la decisión, (por su bien) de amputar sus extremidades, con apenas un año de nacido. Casi vemos la cara de pasmo del primer entrenador de atletismo, preguntándose para sus adentros, ¿por qué rayos no se dedica mejor al ajedrez? Pero no, su ilusión era la velocidad, y la desarrolló sobre prótesis, también entre los mejores corredores sin impedimento alguno.

Tal ímpetu ha sido absurdamente truncado. Ese “inválido” tenía una obsesa predilección por las armas de fuego… se lee ahora en toda la red. Justo las coletillas que le cuelgan, semejantes a adornos florales, son las que estimulan el fisgoneo. Y entonces te preguntas:  ¿Quiénes tienen la tara? ¿Cuántos gozan de pedigrí? Cierto que ya lo juzgaron por asesinato, pero no queda claro si accionó el gatillo por error o venganza. O una mezcla de los dos; quién sabe.

Desprovisto de talento para la pintura, Hitler se dedicó a plagiar estampillas postales. Tal vez por eso y otros aditivos (el apellido de su abuela, Schickgruber, evidentemente de origen judío) pudo contribuir a lo que conocemos al dedillo: su ley de elección. Si damos crédito a esta versión de la herencia, y no apelásemos a la duda, del mismo modo que los detractores de Lamarck en su tiempo, el Führer hubiera sido como su padre un buen zapatero, oficio que aprendió de niño y ejerció hasta su impávida mocedad. Conjeturar no mata. Así que imaginémoslo entre  piececitos, alcanzándole gustosamente el calzador a las menudas damas de Braunau am Inn.



2 de marzo de 2014

Zbigniew Herbert: Los antiguos maestros [1]












 
Joseph Brodsky




Los orígenes del verso libre, principal instrumento de la poesía moderna, son múltiples, pero su fundamento lo constituye la reacción de los poetas, en el primer cuarto de siglo, contra la música a priori de los metros cerrados, contra su previsibilidad. Se la puede llamar una búsqueda de frescura expresiva, inspirada en el deseo de esos poetas de “hacer cosas nuevas”, para decirlo con Ezra Pound. En otras palabras, se ha tratado de una elección estética o, acaso más exactamente, de una elección de estetas. Con Herbert fue diferente. Si él es moderno, lo es no porque use el verso libre, sino porque son muy modernas las razones por las que se sirve de él.

Nacido en 1924, Herbert pertenece a esa generación de europeos que han visto el propio reino nativo reducido a escombros, sometido al robo y/o, como en su caso particular [Polonia], sometido al rublo. Tal vez con una cierta dosis de ingenuidad, los poetas de aquella generación asociaron instintivamente la poesía formal con el viejo orden social que había conducido a sus propios países a la catástrofe. Por ello buscaron la solución en una nueva forma de lenguaje, sin adornos, directa, simple. La lógica de esta orientación tenía algo en común con esa otra que provocó la Reforma: la poesía formal era vista como una Roma corrupta y cómplice. Si esta reacción estaba bien fundamentada es otra cuestión, pero sin duda la torna comprensible. De cualquier modo, algo es absolutamente claro: a diferencia de su competidor occidental, el modernismo del Este europeo aparece como históricamente justificado.

En todo caso, como ha dicho un crítico muy agudo, el modernismo de Herbert constituye en realidad un modernismo sin acrobacias experimentales. Su idioma está plasmado por la necesidad, por el esteticismo llevado a la sobresaturación por sus inmediatos predecesores y por sus contemporáneos de otras partes del mundo. En sus versos, el impulso no proviene de la extravagancia o de la búsqueda de nuevos medios de seducción, sino de la lógica inmanente del absurdo y del desencanto, de un coraje mental absolutamente único. El suyo es un verso extremadamente condensado, pero de una extraordinaria limpidez, cuya urdimbre constituye a un tiempo la prueba y la receta para la supervivencia de la integridad humana. Para decirlo de otro modo: las virtudes de esta poesía son proporcionales a la magnitud de la presión física y mental a la cual es sometido un individuo por la realidad moderna.

Pero después de toda esta charla sobre modernismo, y no obstante la indiscutible modernidad de la poesía de Herbert, hay algo en su tono, en su mezcla de ironía, desesperación y equilibrio, que impulsa la imaginación de su lector en una dirección diametralmente opuesta a la realidad contemporánea, en la dirección de la antigüedad. Y la antigüedad en cuestión es muy, muy particular: es la de Roma. Puede interesarte saber, querido lector, que casi todos los poetas modernos de peso tratan, tarde o temprano, en el curso de sus trayectorias, de establecer un cierto tipo de afinidad con uno de los cuatro grandes poetas de aquella que, sumariamente, se puede denominar la edad augustea. Siempre que, claro está, el poeta moderno no sea un italiano: entonces no. Pero si en cambio es, para decirlo otra vez sumariamente, un nórdico, las cosas son así. Podría citarte una buena cantidad de ejemplos, pero ya que estamos hablando de Herbert tratemos de no divagar.

Un nórdico propende a buscar esa afinidad cuando su suerte se parece a la de Propercio, Virgilio, Ovidio, Horacio; vale decir: si vive en un imperio o en una de sus provincias. Esto no tiene nada que ver con el mundo fantástico de los poetas; se trata, simplemente, de que los últimos dos mil años de historia europea le han otorgado a esos cuatro romanos las características de figuras arquetípicas. Francamente, querido lector, es la pobreza de la historia la responsable de todos nuestros arquetipos. De todos modos, en nuestro caso está en juego también el hecho de que Propercio (o Catulo, según algunos), Virgilio, Ovidio y Horacio, corresponden aproximadamente a los cuatro temperamentos humanos clasificados por la escuela de Hipócrates. No presumo de tener acceso a la mente de Herbert, pero no me asombraría demasiado si tal vez él se imagina a sí mismo como una especie de Horacio en versión moderna, teniendo en cuenta que a Horacio se parece en la colmada brevedad de sus versos, como así también en la capacidad de asomarse de la poesía para echarle una mirada a eso que en ella se ha filtrado como desde afuera.

Más que a subrayar la seriedad del contenido, esta técnica del anticlímax informa implícitamente al lector sobre la posibilidad de superar el drama de la propia existencia, de llevar las cosas un paso más adelante, hasta liberarse, por así decirlo, de la historia. Ya esta sola capacidad hace de Herbert un poeta de excepcional importancia ética. El contenido estético de sus poesías le provee al lector no un refugio, sino un arma. Y sin embargo sería miope reducir a Herbert al papel de combatiente de la resistencia contra el más formidable sistema de opresión política que nuestro siglo haya conocido. Ya que su verdadero enemigo es la vulgaridad del corazón humano, la cual produce siempre una versión simplificada de la realidad humana. Lo cual inevitablemente da lugar a la injusticia social en el mejor de los casos, y a la transformación de una utopía en pesadilla en el peor —y más frecuente— de los casos.

En otras palabras, sus versos tienen como objetivo la causa, no sólo los efectos: la enfermedad, no sus síntomas. Sus poemas simplemente muestran que la mayor parte de nuestras creencias y convicciones, de nuestras concepciones sociales, son de pésimo gusto, aunque más no sea por el hecho de que siempre son cultivadas a expensas de otro. No asombra que su pluma a menudo apele a la historia, no tanto para juzgarla como para ayudarnos a evitar el cliché, desde el momento en que la historia también ha producido el arte. Si es obligatorio repetirla, mejor será que nuestras vidas imiten al arte antes que a la inversa. Porque la historia, a pesar de todos sus pecados, es la madre de la cultura.



La lluvia


Cuando mi hermano mayor

volvió de la guerra

tenía sobre la frente una estrellita de plata

y debajo de la estrellita

un abismo

una esquirla de shrapnel

lo había alcanzado en Verdún

o quizá en Grunwald

(no recordaba los detalles)

hablaba mucho

en diferentes idiomas

pero sobre todo le gustaba

el lenguaje de la historia

sin parar

levantaba de la tierra a los compañeros caídos

Rolando Feliksiak Aníbal

gritaba

que era la última cruzada

que pronto Cartago caería

y después confesaba sollozando

que no le caía bien a Napoleón

lo veían

empalidecer

los sentidos lo abandonaban

se transformaba lentamente en monumento

por las valvas musicales de los oídos

le penetró un bosque de piedra

y la piel del rostro

fue sujetada

a los dos ciegos y secos

botones de los ojos

le quedó sólo

el tacto

y cuántas historias

contaba con las manos

en la derecha tenía historias de amor

en la izquierda recuerdos de soldado

agarraron a mi hermano

y lo llevaron fuera de la ciudad

ahora vuelve cada otoño

sutil y silencioso

no quiere entrar a casa

golpea el vidrio para que yo salga

nos vamos por las calles

y él me cuenta

historias inauditas

tocándose la cara

con los dedos ciegos del llanto



El pueblo


Justamente en un ángulo de esta vieja carta geográfica está el pueblo del cual tengo nostalgia. Es la patria de las manzanas, de las colinas, de los ríos perezosos, del vino áspero y del amor. Lamentablemente una gran araña ha extendido encima su red y ha cerrado las barreras del sueño con baba pegajosa.

Siempre es así: el ángel con la espada de fuego, la araña, la conciencia.



De la mitología


Al principio era el dios de la noche y de la tempestad, un ídolo negro sin ojos, delante del cual saltaban desnudos y untados con sangre. Después, en los tiempos de la república, había muchos dioses con mujeres, hijos, lechos crujientes y el trueno que estallaba inocuo. Al final sólo neuróticos supersticiosos llevaban en el bolsillo una estatuita de sal, simbolizando al dios de la ironía. No existía en ese tiempo dios más grande que él.

Entonces llegaron los bárbaros. También ellos apreciaban mucho al pequeño dios de la ironía. Lo desmenuzaban con los tacos y lo espolvoreaban sobre las comidas.



Qué piensa el Señor Cogito del infierno


El círculo más bajo del infierno. Contrariamente a la opinión común, no está habitado por los déspotas ni los matricidas, ni por quienes persiguen el cuerpo ajeno. Es el asilo de los artistas, lleno de espejos, instrumentos y cuadros. A primera vista, la más confortable sección del infierno, sin alquitrán, fuego y torturas físicas.

Durante todo el año hay concursos, festivales y conciertos. Aquí no existe la temporada alta. La temporada alta es permanente y poco menos que absoluta. Cada trimestre nacen nuevas tendencias, y nada, a lo que parece, está en condiciones de frenar la marcha triunfal de la vanguardia.

A Belcebú le gusta el arte. Se jacta del hecho de que sus coros, sus poetas y sus pintores ya superen a los celestiales. Quien posee el mejor arte también posee el gobierno mejor, la cosa es evidente. Dentro de poco podrán medirse en el Festival de los Dos Mundos. Y entonces veremos qué queda de Dante, Fra Angelico y Bach.

Belcebú protege el arte. Garantiza a sus artistas tranquilidad, buena comida y aislamiento absoluto de la vida infernal.



Elegía

                                            A la memoria de mi madre



Y ahora tiene sobre la cabeza las nubes broncíneas de las raíces

un débil lirio de sal sobre las sienes granos de arena

y navega sobre el fondo de la barca por galaxias espumosas

muy lejos de nosotros allí donde el río dobla

aparece —desaparece como una luz sobre el oleaje

de verdad no es distinto— abandonada como todos



Los Antiguos Maestros

Los Antiguos Maestros

no se preocupaban por los nombres

sus firmas eran

los dedos blancos de la Virgen

o las rosáceas torres

di città sul mare

y también escenas de vida

della Beata Umiltà

se disolvían

en sogno

miracolo

crocifissione

hallaban refugio

bajo los párpados de los ángeles

detrás de las colinas de las nubes

en la hierba tupida del paraíso

se precipitaban íntegramente

en los horizontes áureos

sin un grito de espanto

sin invocar recuerdos

las superficies de sus cuadros

están pulidas como espejos

no son espejos para nosotros

son espejos para los elegidos



a vosotros os invoco Antiguos Maestros

en los difíciles momentos de la duda

haced que pierda

la escamosa piel del orgullo

que permanezca sordo

a la tentación de la fama

a vosotros os invoco Antiguos Maestros

Pintor de la Lluvia del Maná

Pintor de los Árboles Recamados

Pintor de la Visitación

Pintor de la Sangre Sagrada





El Señor Cogito — Retorno


1


El Señor Cogito

ha decidido volver

al regazo áspero

de la patria

la decisión es dramática

se arrepentirá amargamente

pero no aguanta más

las locuciones coloquiales

— comment allez-vous

— wie geht’s

— how are you

preguntas en apariencia simples

exigen una respuesta complicada

el Señor Cogito arranca

las vendas de la benévola indiferencia

ha dejado de creer en el progreso

sólo le importa su propia herida

las exposiciones de la abundancia

lo llenan de aburrimiento

le tomó gusto nada más

que a una columna dórica

de la iglesia de San Clemente

al retrato de cierta dama

a un libro que no logró concluir

y a alguna otra bagatela

y entonces vuelve

ve ya

los confines

el campo arado

las mortíferas torres de la guardia

las matas compactas de alambre de púas

sin un crujido

la puerta blindada

se cierra lentamente a sus espaldas

y está

ahora

solo

en el cofre

de todas las desgracias



2


entonces por qué vuelve

preguntan los amigos

del mundo mejor

podría quedarse aquí

de algún modo establecerse

confiarle la herida

a un quitamanchas químico

dejarla en la sala de espera

de los grandes aeropuertos

entonces por qué vuelve

— al agua de la infancia

— a las raíces enmarañadas

— al abrazo de la memoria

— a la mano al rostro

quemados sobre las parrillas del tiempo

preguntas en apariencia simples

exigen una respuesta complicada

tal vez el Señor Cogito vuelve

para darle una respuesta

a los apremios del miedo

a la felicidad imposible

al puñetazo imprevisto

a la pregunta asesina




Carta a Ryszard Krynicki

Poco quedará Ryszard, bien poco

de la poesía de este siglo demente sí Rilke Eliot

algún otro insigne chamán conocedor del secreto

de encantar palabras de un modo refractario al tiempo sin el cual

no hay frase memorable y la lengua es como arena

nuestros cuadernos escolares sinceramente atormentados

manchados de sudor lágrimas sangre serán

para la eterna correctora como el texto de una canción sin notas

noblemente leal incluso demasiado evidente

con excesivo apresuramiento creímos que la belleza no salvaba

que conducía torpemente de sueño en sueño a la muerte

ninguno de nosotros ha sabido despertar a la ninfa del álamo

leer la grafía de las nubes

por lo tanto el unicornio no seguirá nuestras huellas

no devolveremos a la vida a la nave en la bahía al pavo real

       a la rosa

ha quedado la desnudez y estamos desnudos de pie

del lado derecho el mejor del tríptico

El Juicio Universal

hemos cargado sobre nuestras flacas espaldas los problemas

      públicos

la lucha contra la tiranía la mentira las imitaciones del sufrimiento

con adversarios —admítelo— miserablemente mezquinos

¿valía entonces la pena rebajar la sagrada lengua

hasta el bla-bla de la tribuna hasta la negra espuma de los diarios?

hay tan poca alegría —hija de los dioses— en nuestros versos

      Ryszard

tan pocos crepúsculos luminosos espejos guirnaldas ímpetus

nada más que oscuras salmodias balbuceo de animales

urnas con cenizas en un jardín quemado



cuánta fuerza es necesaria para susurrar

en el huerto de los olivos a pesar del destino

veredictos de la historia iniquidad humana — tácita noche

cuánta fuerza de ánimo hace falta para hacer saltar

golpeando en la ceguera desesperación contra

desesperación

una chispa de luz una palabra de reconciliación

para que dure eternamente la ronda del baile en la hierba

tupida

el bendito día del nacimiento de un niño y todo comienzo

los dones del aire de la tierra y del fuego y del agua



yo no lo sé —Amigo mío— por eso

te envío en la noche estos enigmas de lechuza

un cordial abrazo

                                la reverencia de mi sombra



Las encinas

Sobre la duna en el bosque tres grandes encinas

a ellas les pido ayuda y consejo

ya que callan coros y profetas

no hay sobre la tierra nadie

digno de respeto por eso a vosotras

os dirijo —encinas— preguntas oscuras

escucho el oráculo como en Dodona

Debo admitirlo sin embargo me inquieta

el ritual de vuestra procreación

—oh sabias— entre primavera y verano

a la sombra de las ramas hay un pulular

de niños y lactantes

jardines de infantes de hojitas orfelinatos de brotes

pálidos muy pálidos

más débiles que la hierba

sobre el océano de arena

luchan solos solos

por qué no defendéis a vuestros hijos

sobre los cuales el primer hielo traerá el exterminio

Por qué —encinas— la loca cruzada

la matanza de inocentes la tétrica selección

el espíritu nietzscheano sobre la quieta duna

que puede calmar los dulces lamentos de Keats

aquí donde todo parece inducir

a besos confesiones reconciliaciones

Qué sentido tiene vuestra oscura parábola

barroco de angelitos boca de blancas tibias

tribunal al alba ejecución a la noche

vida y muerte mezcladas ciegamente

pasos hacia el barroco que no soporto

pero quién gobierna

un dios de ojos acuosos con rostro de contable

un demiurgo de viles tablas estadísticas

que juega a los dados obteniendo siempre provecho

o la necesidad es tan sólo una variante del azar

y el sentido es nostalgia de débiles quimera de desilusionados

                 Tantas preguntas —oh encinas-

tantas hojas y debajo de cada hoja

desesperación



(1) Traducción de María Julia De Ruschi Crespo. “Los poemas de Herbert y la nota de Brodsky (“Lettera al lettore italiano”, que aquí se reproduce parcialmente), se han tomado de la versión italiana de la poesía de Herbert titulada Rapporto dalla città assediata, Milán, 1993.