6 de noviembre de 2007

La vanidad es indecente
















Por: Alberto Abreu



Galardonado recientemente con el premio de Poesía de La Gaceta de Cuba, Rito Ramón Aroche pertenece a la oleada de escritores, artistas y pensadores que irrumpe en la escena cultural cubana en la segunda mitad de los ochenta. Con varios libros de poemas publicados. El último de ellos: El libro de los colegios reales, aparecido precisamente este año.



Mientras preparaba el cuestionario y las fichas para esta entrevista recordé aquella tarde de diciembre del 2000, en el marco de la Bienal de La Habana, cuando conversé, más bien discutí, por primera vez con Rito Ramón Aroche. Me parece estar viendo ante mí los edificios apuntalados de la Plaza Vieja, el polvero, el ajetreo de los constructores. Elio Rodríguez, había concebido un proyecto: una especie de tienda Fluxus improvisada a la intemperie. Allí estaban las mesas de Julio Neyra, Saydel Brito, acompañado de Lupe Alvarez, Alexis Esquivel... De repente, lo encuentro a mi lado esgrimiendo un grupo de reparos sobre las estrategias del lenguaje en el discurso crítico sobre el arte, las simpatías y apatías de los mismos artistas plásticos hacia ciertos críticos. (Acuerdos y desacuerdos a un lado) Comprendí que estaba ante un conocedor de las mañas de magaña, no sólo del campo literario. Esta entrevista, que ahora presento a los lectores de La Gaceta... puede leerse como prolongación de aquella conversación iniciada una tarde de diciembre, hace más de cinco años, en la Plaza Vieja.


¿Por qué no comenzamos hablando de los años en que te fugabas del servicio militar para conversar con Ángel Escobar, intercambiar libros...? ¿Y de aquellas madrugadas en las que trabajaste como custodio?


Con Ángel Escobar fue a principio de los 80 (¿1982 exactamente?) en un encuentro de Talleres donde hubo maña de magaña. Él, sin conocerme: No vengas más aquí, ve por mi casa. Y comencé a ir por su casa. Sí, ya yo estaba de servicio... en el Servicio. Al principio me costó trabajo acercarme. Era yo tímido entonces. Tan tímido que iba a las actividades y no me relacionaba con nadie. Todo lo que hacía era sentarme al final, escuchar y solamente escuchar. A veces tenía que ir a verlo al Teatro Nacional porque él estaba en un grupo de teatro que se llamaba Extramuros. Fui una vez y no lo vi. Después resultó que el grupo usaba de sede un viejo cine en la calle Belascoaín, creo. Y nada, intentaba presentarme actrices muchísimo mayores que yo. Decía: ¿Qué tú crees de aquella? Y sin darme tiempo: Voy a hablar con ella. Venía: Oye, dice que tú eres muy joven para ella. Ese era Ángel. Tú podías ir a su casa y lo menos que hablaba, aunque no siempre, era de literatura. No sé qué tendría. La gente se sentía muy estimulada por él. Viva moneda que nunca / se volverá a repetir. Andando el tiempo conocí en su casa a Nelson Villalobo, a René Francisco, a Ponjuan, a Ibrahím Miranda. No ha que René Francisco me recordó este consejo de Ángel: Hay que pasar con todo, pero no con todo. Rarísimo. En ocasiones ni hablaba. Los dos frente a un té. En otras no me dejaba ni llegar. Decía: Vámonos para El Mirador. Y uno, que no sabía qué diablos era El Mirador y que además, traía tremendas ganas de hablar de literatura, de enseñar los poemas, de aprender. Porque siempre me interesó, y nunca ha dejado de interesarme, que me digan más los defectos, no las virtudes. Era yo niño entonces, sabrás. No bebía, no nada. Corría mis kilómetros diariamente. No comía con grasa. Creo que ni siquiera había tocado la latica todavía. Ya te digo, no nada. Y él: Oye, yo antes era como tú, practicaba el culto a la salud. La primera super perga de cerveza en mi vida me la pagó en El Mirador de Alamar. Decía: Apúrate para comprar la otra. Y uno, que no sabía nada de beber... Y uno, que quería aportar monetariamente. ¿Te imaginas? Iba a verlo a Belascoaín. Vamos al frente. Un bar. Hacía esquina. También allí el primero de ron. De mi bolsillo nada. Estaba donde estaba. Tú sabes. Por fin los libros. Nada de intercambios, qué podía uno prestarle, era él quien me prestaba. A veces me lo leía en la misma parada. Viraba. Otro, ya me lo leí. A veces me lo leía en la misma parada pero no viraba, me daba pena. Me los leía en la doble cerca, mientras hacía guardia. Lo enredaba con unos bejucos, y hacía que daba paseítos, que hacía guardia. Nada, lo que hacía era leer, leer y leer. Oye, tú si tienes interés. Y luego: Además, tienes una cosa, devuelves los libros, porque sino, resuelves uno, pero pierdes un amigo. Me dio un día una lista de autores cuando ya había terminado, militarmente hablando, mi servicio...en el Servicio. Pregunté dónde estaban. Me dijo que en la Biblioteca Nacional y en Casa de las Américas. Salí a comérmelos. No encontré los que quise en la Nacional. Me colé en la de las Américas donde no prestaban a nadie en esa época que no fuera escritor, profesor, investigador, estudiante de letras... eso, según me dijeron... las mismas, que después comenzaron a prestarme, incluso, y a escondidas, hasta ejemplares únicos que a veces me leía en la parada misma. Regresaba. Otro. Ellas: Pero, ¿ya lo leíste? Tú tienes interés. Y así me hice socio. Tengo a mi lado aún el viejo carnet.


Lo de custodio fue ya justo cuando a mi novia se le ocurrió tener un hijo en medio del Período. Nació mi hija. Era ayudante de mecánico de ascensor. Cuatro años. Sacrificamos entonces el peor salario... ¿Sí? Por otro peor. De noche trabajaba de sereno, de día mi novia investigaba, escribía. De día casi no dormía, cuidaba a mi hija. Criaba puercos, gallinas, conejos, vendía puercos, no tenía clientes para gallinas; para conejos, tampoco tenía clientes. Debía comérmelos. Y me los comía. Después, no lo creerás, me encontré una chiva, y yo, que no soy bueno, no me iba a poner a llorar: ¿De quién es la chiva? Qué trabajo. No podía sacar la chiva a pastorear porque podía aparecer el dueño. Tú sabes. Tampoco podíamos hacer que pasara a mejor vida por su poco tamaño. La regalé. Había en el mismo patio una super mata de mangos. Muchacho, como tenía dueños durante el verano aquella mata. Mucho más hojas durante todo el año que mangos. ¿Quién dijo, si es que lo dijo, que un árbol es una catedral de hojas? Lo era este. Y qué mangos. Pesaban como cuatro o cinco libras. Ignoro si eran macondianos aquellos mangos. A veces tenía que salir al patio hasta con un casco. De noche, mientras dormías, podías sufrir infarto, Newton mediante, cuando caían sobre el techo de zinc de los puercos, las gallinas, la chiva o los conejos. Ismael le llamaba El patio inglés. Sudaba uno mientras barría; mientras, sacaba sacos y más sacos de hojas de aquel patio. Cosas de él: Hermano, voy a escribir una crónica. Nunca la vi. Y en medio de todo arreglaba la casa... cosa que nunca he podido terminar de hacer; casa que nunca creo pueda terminar de arreglar. Nada, los tiempos. Siento que no soy el único. Y no lo fui. De sereno trabajamos un montón de gente: Ismael González, Antonio Armenteros,... Hablábamos por teléfono. Hacíamos una especie de triway rudimentario, primitivo. Había que estar colgando y luego marcar para poder hablar con otro. ¿Quién es el tercero que siempre camina a tu lado? / Who is the third who walks always beside you? (Eliot). La noche en eso. La noche acompañado por los que nunca trabajaron de sereno: Kimani Carbonel, Ricardo Arrieta, Alberto Guerra... ya te digo, son muchos pero son, nos hacían la media, o por los que sí lo eran pero no trabajaban esa noche o, por los que lo fueron pero ya habían perdido el trabajo por equis motivo. ¿Te imaginas? En medio de aquello, en vez de buscar trabajo que diera dinero, lo que buscábamos era tiempo: para leer y escribir por la noche, para leer y escribir por el día. Las familias de uno atacadas. Sí, señor. Las noches eran (y me dicen que todavía son) interesantísimas para escribir. Eso, si te buscas un trabajo donde no haya mucho de qué preocuparse, ni que robarse, claro.


¿Desde la perspectiva que ofrece todo lo andado y desandado en estos años cómo ves la generación que emerge en la segunda mitad de los ochenta atendiendo al destino personal y literario de muchos de sus protagonistas?


Pienso efectivamente que un golpe de fecha (1989) hizo que lo que hubiera podido ser esa segunda promoción de los 80, viniera a parar de golpe y porrazo, a la primera generación de los 90. O algo así. Fecha tan traviesa se la pone un poco difícil a los críticos que gustan de acomodarlo todo... o tenerlo todo cómodo para no tener que pensar mucho, supongo. Y esto no fue malo. Hizo (muchacho, angustias son angustias) que muchos pudiéramos pensar más sobre lo que queríamos hacer, contra qué queríamos reaccionar. Cómo hay que leer. Qué es lo que hay que leer. Qué no. Y pudimos pulir y pulir y pulir, y romper y romper y romper. En una palabra: madurar. Hoy tú no ves eso. Se inventan generaciones. Escritores. Se les premian y se escribe sobre ellos cuando aún están super verdes punto com. . Estoy claro, no creo haya que escribir una obra maestra para comenzar a ser publicado. La opera prima puede ser, y no dudo que lo sea, importante. Alfonso Reyes: todo escritor tiene una prehistoria literaria de la cual debiera después arrepentirse. O algo así. Aunque aquí hay quienes no se arrepienten de nada. Se creen clásicos. Por otra parte, se dice que Diáspora(s) terminó haciendo honor a su nombre. Siento que no fueron ellos solos. ¿Dejaron un saldo? Ya lo creo. Y lo puedes ver en cualquier lectura de poesía. Nadie dice hoy que va a leer unos poemas. Dicen textos. Recuerdo una vez a un poeta bajarle tremendo avión a los D. (ya idos, así que no pudieron responderle; ya idos, tú sabes: los muertos que vos matáis...). Te decía, el poeta les baja tremendo avión con un poema durante una lectura cuando ya todo el clima, la tensión y la atmósfera de aquellos años habían transcurrido. Conté y creo haber contado bien. Repitió unas quince veces, y no era ironía, que iba a leer un texto tal, y un texto más cual. Y textos no eran. Eran, y son, unos simples y maravillosos poemas. Porque maravillosos, eso sí eran, y son, pero hasta ahí las clases. No es que los D. quisieran embarcar nada ni a nadie. Se embarca quien quiere ¿no? Fueron provocativos, irracionales, pretenciosos, y altaneros literarios. Y más, fueron petulantes. La obra habla mucho mejor. Ahí tienes Mapa Imaginario. Vaya antología. ¿Y es malo esto? ¿Por qué no entonces un somero vistazo a la historia del arte? Los Siglos de Oro, el Dada, el Surrealismo, el propio grupo Orígenes. En todos hubo deserciones, envidia, fajatiñas, acusados de oscuros, o vaya usted a saber. Idalia Morejón dijo más o menos que ellos, los D., lo que quisieron fue hacer poesía expulsándola de su propio territorio. No quiero decir que lo hallan logrado o no. Y la Mateo, que alguien dijo, si no fue ella misma quien lo inventó: Cuba tiene una cosa, comienza las vanguardias pero no las termina. Bueno sería en estos años preguntarnos por qué. De modo que buscaban distinguir textos de escrituras. No eran cuentos, sino escrituras. No eran poemas sino textos. Contaban con una visión y un aparato de lectura extremadamente radical. Y esto no fue privativo de ellos solos. Aún cuando muchos fueron, como más o menos diría un postestructuralista, encontrando su lugar en el plano, ya tenían amistad (entre algunos de ellos muy antigua) y no dejaron de tratarse por tamaña escisión, es decir, no tuvieron que ser D. para escribir buena literatura. Lo demostraron y siguen demostrando. Ellos saben quienes son. Discúlpame que me ahorre los nombres.


Ya que me hablas de Diáspora(s) en tu poética se aprecian zonas de confluencias con muchos de los presupuestos que sustentan su concepto de la escritura. Sobre todo en tu último poemario El libro de los colegios reales donde este gesto se expresa a la manera de un diálogo intertextual, no excepto de la réplica. ¿Cómo explicas este hecho?


No sé qué te diga. Es una pregunta a la que se le puede dar varias respuestas. No hay dudas que los tiempos y el ambiente de la época influyeron. Pero creo que cuando D. comienza, año 93 si no me equivoco, y modestia si tú quieres un poco aparte, ya yo tenía mi tumbao pega'o como dice una canción popular. Tumbao pega'o en el sentido de saber ya, no de intuir, hacia donde llevar las cosas, qué hacer con ellas, cómo conducirlas sobre la base del estudio. Estudio y más estudio. Más ese noventa y pico por ciento que a casi todo le atribuye William Faulkner. Observar primero que nada las reglas si es que después quería violarlas. En una palabra, trabajar con mis propios conceptos. No olvides a Cezanne: Lo más difícil que hay es convencer a los demás que eso que uno hace está bien hecho. Tal es así que no ha mucho que le bajo un speach a alguien sobre la imagen literaria. ¿Y qué tú crees? Me dijo: Qué raro que alguien como tú me hable así. Y otro día en un lugar otro sobre el poema largo y el poema corto. Qué leyes los gobiernan o, mejor, qué leyes los deberían gobernar. No creo haber dicho nada. Solo repetir lo que ya Paz estudió mejor. ¿Y qué tú crees? Se me dijo: Mira a Rito a esta hora con Octavio Paz. Mi primer libro es de 1989, y allí las intentaba con el idealismo subjetivo, oh Berkeley, y puede que con un montón de cosas más. El libro se llama Dígitos en el óvalo (aún inédito). Son apenas unos seis o siete poemas. La idea era la de un número mayor de páginas. La idea era la de seguir cierta lógica que felizmente abandoné. El segundo Material Entrañable, 1990 y Puerta Siguiente escrito entre 1991-1992 (estos sí publicados). Casa Bermeja y Diferencia de la sangre (inéditos aún). Todos anterior a 1993 o trabajados sobre esa fecha y después. Y todos conformadores de una saga que he dado en llamar Historias que Confunden. Te puedo decir que anduve solo prácticamente hasta 1989. Gracias a Ángel Escobar es que empiezo a relacionarme con muchos. Y ellos, y los que no eran ellos pero que se relacionaban con ellos, ya estaban tratando de reaccionar (cada uno a su modo, como es lógico) contra la pereza mental, contra la grafomanía, la palabrería, etcétera, de generaciones anteriores, e incluso, de su propia generación, ya que la generación va de oriente a occidente como una invasión, ¿no? Mis manuscritos, porque no había publicado casi nada, recuerdo que resultaban muy extraños. Pero antes de 1989 Marina, uruguaya, ese personaje de La vía pública, esposa de Ángel Escobar por aquel entonces, veía mis cosas. Marina: Rito, tu poesía tiene algo, y es que no se parece a nadie. Y el propio Ángel un día en su casa de Alamar en tanto conversábamos un grupo: Estoy cansado de decirle a Rito que no siga haciendo esas cosas que él hace, pero como la amistad funda, ya yo lo veo bien. Comenzando los 90 y en casa de uno de los poetas de la llamada generación del 50: No sé, pero veo que tú logras la poesía. Y eso para no decirte que cuando alguno de los que integró D. vio por primera vez mis cosas: Eh, ¿y tú dónde estabas? Un servidor: ¿Yo? En mi casa. Es decir, que parece que mi pobre hacer provocaba cierta extrañeza. Para mí, por supuesto, fue determinante mi amistad con el autor de Abuso de Confianza. Esta fue una de las pocas cosas que dijo sobre lo que yo hacía: Veo que tú tratas de exigirle al lenguaje. Y te digo que eso sí que me cuadró una pila.



Sin embargo, ¿no crees que los libros que mejor pudieran responder a los presupuestos del grupo, no se han producido entre sus miembros, sino en aquellas zonas de contacto de Diáspora(s) con otros autores: el tuyo, Lapsus Calami, de Jorge Ángel Pérez...?


No creo. D. tiene varios tiempos, quizás tres. Personalmente me interesa el primer D., ese que pretendió intentarlas con los juegos de lenguaje siguiendo cierta fijación de Wittgenstein, hicieron performance o lo que yo preferiría llamar acción poética. (Un pintor, Leandro Soto, según Gerardo Mosquera, emplea el término «acción plástica», para nombrar su trabajo... Y uno: ¿por qué entonces a la labor del poeta en ese sentido no le podríamos llamar acción poética?). Y tienes que se hablaba de pensar el libro, hicieron vídeo art, un manifiesto, del que nunca entendí nada de nada. Por ahí lo tengo todavía. Y estas cosas no digo, y te repito, que lo hayan hecho mejor ni peor. Lo cierto es que lo hicieron cuando eso no era nada. Y tal vez lo poco que se intenta hoy fuera menos todavía de no ser por aquellos momentos. Dejaron, dentro de cierta forma de acercase al ensayo, un libro: Fascículos sobre Lezama. Un libro de cuentos: Escrituras. Y un poema: Retrato de A. Hooper y su esposa. Quién sabe si más. Hay quienes piensan que no dejaron nada. Toleramos casi cuanto sea de afuera. En Cuba te dirán: Nada nuevo, eso ya se hizo. Eso ya lo hicieron las vanguardias. Así que ya lo sabes, vas a ser un problema. Ahora bien, sucede que antes, y después de su fundación, ya andábamos, y seguimos después, juntos de alguna manera. Nos prestábamos libros, discutíamos. No recuerdo un segundo donde no se discutiera. Usted iba a casa de Almelio Calderón y allí se discutía de cualquier cosa, artes plásticas, cine, literatura, de cualquier cosa hasta la saciedad y a cualquier hora, te digo que no hacía falta que Almelio estuviera. Muchacho, allí mismo se formaba. La azotea de Reina María tuvo su papel, teníamos curiosidad, queríamos saber, integrar, encontrar poetas y libros desconocidos hasta ese entonces para nosotros. Creo que fue una etapa donde se leyó hasta la saturación, con voracidad, con verdadera pasión. Se iba a la biblioteca, se pasaban horas en la biblioteca. La información se sacaba de abajo de la tierra. Pero se usaba. Muchos publicaron primero en plaquette y no en libro, porque no había papel; se hacía la apología del plaquette. Al mejorar las cosas, pobre plaquette, lo demonizaron. Cuando el plaquette no es sino, y hasta donde creo, una forma más. El discreto encanto de la fidelidad, Algo de lo sagrado, Asiento en las ruinas, Los pájaros escritos... si eso era producir en el borde, ya esos libros y sus propios autores lo estaban... no olvides que por algo llegó a hablarse de un cambio de norma. ¿En el borde tú dices? ¿Qué haríamos con Páramos y Abuso de confianza? En fin, que un crítico recientemente acaba de emitir su idea (desventurada, no faltaba más) sobre esos años. Pienso que si no se fue más lejos sus motivos habrían y bien claros. ¿Tú me vas a decir que vas a hacer poesía virtual, holográfica, cibernética en la década de los 90 cuando todavía hoy, no ya tener una computadora, sino fotocopiar simplemente un papel, es un problema? Algo se hizo y sus antecedentes hubo. Solo que ya conoces ese adagio donde se evita relacionar una sola golondrina con el necesario verano... hacer literatura que hallar poesía. Di tú. Mira, pase lo que haya pasado, me robo estas de Borges a propósito de su relación con el Ultraísmo: teníamos el deber de ser otros.


¿Cómo explicarías esa ansiedad espacial que caracteriza a tus textos?


No suelo dar explicaciones sobre mi trabajo. De hecho tengo la suerte de que nadie me lo pregunte. Me interesan las vanguardias, vengan de donde vengan, todo lo que de vanguardia en el mundo ha habido, y sus manifiestos. Los manifiestos suelen superar las pretensiones. Me estimulan, los estudio. Y si más alejadas están esas manifestaciones de la literatura, mejor. No creo ser discursivo. Quizás un minimalista. Es sólo lo que ves —dijo Frank Stella, sobre su trabajo. Me gusta eso. Puede que uno pueda decir lo mismo. Trabajar con muy pocos elementos, muy pocas cosas buscando decir más. No me preguntes nada. No tengo por qué decirte nada. Frank Stella: Es sólo lo que ves. La poesía es muchas cosas y goza de muchos dones y hay quienes lo han olvidado. La sugestión, lo raro, el misterio, y la composición tal como lo entendería un pintor y, esto, por solo decirte algunos. Como siempre me ha interesado todo lo que tenga que ver con la técnica, los recursos del poema y la estructura del libro. Nada de ripios. Un buen crítico recién habló de poemas abstractos. No suelo poner atención a la opinión de los críticos sobre lo que hago, sin embargo, eso me llamó la atención. ¿Y el aspecto técnico? Aunque creo haberte hablado ya de eso, oye tú la idea expuesta por Marianne Craig Moore: Cuando la técnica no tiene ningún interés para un escritor, dudo que ese escritor sea un artista. Y no es que uno lo sea o no, mas no logro explicarme el por qué de mi exigencia. Para Ezra Pound la poesía es lenguaje cargado intensamente de sentido. Alguien dijo a propósito de nosotros que, por ese camino (¿el de la síntesis, el de la economía...?) se corre el riesgo de no decir nada. Alguna vez, allá, en Brasil, se lo dijeron a los Concretistas. Tal como la vemos hoy aquí, solavaya la “sobreabundancia”. Y sí, riesgos son riesgos. Ya sabes que: en arte no hay progresos (André Maurois) Pienso: al menos no importantes. Martí lo sabía: un grano de poesía sazona un siglo. Y casi todos los grandes, cada uno a su modo, ya te digo, lo sabían. Sobre El libro de los colegios... me dijiste: Más apto para la crítica de artes plásticas que para la crítica literaria. Y pensé: Bueno, aunque podría decirse de algún otro, por fin alguien se dio cuenta. Y es que no hablo. Escribo y punto. La vanidad es indecente.


¿A que obedece el carácter metaoperativo de tu escritura donde el texto va reflexionando sobre su propia operatoria: se introducen alusiones, reflexiones, citas, notas al pie sobre otros poetas y pensadores?


No lo sé. Pero sospecho se trate del valor agregado. Sospecho se trate de enriquecer, de animar. Pero más que nada de jugar. De correr un poco las fronteras. Ver lo que hago —es mi manera— como una obra de arte. La idea como arte. Pienso rápidamente, y ahora que hablo contigo, en un asunto de límites. Están Marcel Duchamp, Malevich, Joseph Kosuth y Joseph Cornell y el budismo Zen, Gertrude Stein y... De adentrarme a mi forma en esa zona, oh Wittgenstein, llamada juegos de lenguaje y que Charles Albert en algún que otro número de La revista del siglo XX, asume como juegos de escritura. No es nada nuevo, te dirán, y es cierto. Solo que yo en ocasiones pretendo asumirlo. Me preocupa no el lenguaje por el lenguaje, sino el lenguaje y sus implicaciones en sí. Ser parte de sus resonancias por ese camino, ojalá.


Hay un hecho que me resulta significativo en El libro de los colegios reales y es que los poemas están fechados entre 1993 y 1996. ¿Por qué los publicas ahora?


Cuestiones ajenas cien por cien a mi voluntad. Recuerda que no se publica cuando tú quieres. Por lo menos no en mi caso. Aunque me paso años trabajando mis cuadernos, te puedo decir que carezco de suerte editorial. El libro de los colegios reales estuvo diez años. Y al final, qué tú crees, solo trescientos ejemplares. Casi todo lo que he podido publicar me ha traído problemas de un tipo o de otro. Y no debe ser que no se entiendan, puesto que me haría sentir que no soy el único. Un personaje (ay, mira tú si de cuyo nombre no quiero acordarme) me dijo un día que fulanito se merecía publicar un libro todos los años porque tiene mucho talento. Surgió una pregunta: ¿Y se entiende? Respuesta: No, pero es interesante. En estos momentos dos de tres libros míos disfrutan el sueño bien espeso del colchón editorial. Frase que parecía ya abolida ahora que tanto se habla de nuevas tecnologías. No te hablo del otro, el tercero, porque lo entregué recién. De esos dos uno se pasó como cuatro años en una editorial. Me cansé. Hablé en otra y expliqué. Se me dijo: Estamos buscando libros así. Muchacho, como me entusiasmé. Soy —mal de Rito en ocasiones— un poco iluso. Rito o el optimismo, me dijo Ángel Escobar un día. Tú sabes, sólo alguien que pueda tener algo detenido ¿con guantes de seda? (mira que nunca se sabe) se puede entusiasmar. Corrí como un loco y lo saqué, y a esa otra lo di. Muchacho, el diablo son las cosas. ¿Que si las son? Fíjate que por mi cuenta lleva ya como seis. En total diez. Me dicen: Eso no es nada, algunos han estado veinte. Y si lo quieres con letra de guaguancó y todo, ahí te va: Consuélate como yo. Me digo: Creo que se pasó de editorial... ¿Que quién? El Diablo. Para no decirte ya de los que me han rechazado, así, sin más ni más. Me digo: Caramba ¿no será que como no regalo botella de ron, no doy, no cojo, no invito, no soy inteligente...? Muchacho, si te ponen el cartel de inteligente no importa el bodrio que escribas, corren y te lo publican, corren y hasta te lo premian. O, puede que te lo premien, corran y te lo publiquen y, luego, puede que te lo vuelvan a premiar. ¿Es esto la literatura? Allende los mares las cosas me van distinto, a un cierto nivel, sin concesiones. Dios quiera que no se llegue a cumplir, aunque sea por una sola vez, eso de nadie es profeta en su tierra. De modo que estas cosas me las he sabido tomar con calma. Si son buenos, y me quieren, sabrán resistir la prueba. ¿Verdad Job? ¿Verdad Odiseo? No sé muy bien qué tendrán que ver pero es lo que se me acaba de ocurrir. Por otro lado creo que el objeto de la demora... Qué te digo, algunas pruebas tengo. Algunas que no deberían ser muy oportunas por ahora revelar.


Tus indagaciones, propuestas escriturales, están más cercanas al discurso de la plástica cubana en los noventa, y a la forma en que ese discurso crítico sobre el arte ha explorado esas zonas de la escritura o textualidad visual. ¿Cuál crees que sea la recepción de este libro, por parte de una crítica literaria anclada todavía en el historicismo y el darwinismo lingüístico, que sigue hablando de generaciones, tradiciones y rupturas y apegada todavía a lo filológico? ¿Estoy siendo absoluto?


Tal vez sí, tal vez no. Es decir, puede que estés siendo si no absoluto por lo menos sí un poco apresurado. La academia (y yo distingo entre academia extra y de intramuros) tiene por costumbre llegar tarde o demasiado temprano. A veces llega tan temprano, y es lo que veo hoy, que no repara en la calidad y rápidamente se detiene a estudiar fenómenos. No te dicen media palabra sobre la calidad del libro en cuestión. Porque si es academia, no importa de qué lado del muro se encuentre, debe fijar primero que nada, qué diablos es un libro bien escrito, y qué no. La crítica como la justicia debe ser ciega. Idea de un amigo mío: En literatura no hay justicia. Justicia, hijo, tal como debería ser entendida la crítica literaria, cuyo único compromiso sea con el texto en sí, la cosa en sí ¿la cosidad? Eso. He trabajado con artistas plásticos. Me han ayudado. He conversado con muchos de ellos y también los he visto trabajar en su estudio. Aprendo mucho, muchísimo de ellos. Siempre estoy aprendiendo. Siempre estoy asistiendo a exposiciones, a galerías. Me prestan libros de su especialidad. ¿No dicen que hay que saber tirar y tirar bien? Bueno, me enseñan a mirar y mirar bien. La plástica es algo que va conmigo aunque te confieso que nunca he intentado invadir espacios. Aunque te diga que no sé pintar ni un dibujito loco. Y te pregunto ¿por qué tener que reducirlo todo a la plástica de los noventa? Tú hablas de El libro de los colegios reales. Pero yo he notado que los dos volúmenes de Cuasi podrían estar más cerca de tu afirmación. En fin, que deseo tanto la recepción del lector, y menos, la de la crítica.


¿Qué opinión te merece la literatura que se está produciendo al margen de los circuitos de legitimación habanocentristas?


No puedo evitar repetirlo: circuitos de legitimación habanocentrista. Casi estoy seguro que no todos esos autores que tenemos por clásicos, universales, o sencillamente nos interesan, no nacieron en Madrid, París, Londres, Roma, Moscú... ni siquiera nos preguntamos a veces antes de leerlos si fue en la capital de sus respectivos, donde hicieron su obra... Y no porque hayas nacido en la Habana serás rápidamente legitimado. ¿Qué significa en la Cuba de hoy ser un autor legitimado? Sé que se hacen esfuerzos bastante desventurados, por cierto, y los conozco. Basta con repasar someramente los efectos de legitimación durante los años setenta de aquello que se quiso legitimar. Hay legitimación y legitimación. La obra es la que debería valerse por sí sola. El autor no importa donde esté viviendo. El primero y mejor legitimador de todos, tengo la impresión (ligera, si es que la tengo) debe ser el lector. Si bien es cierto que como diría Gore Vidal, hay libros que demoran en encontrar su lector. Y el lector es alguien que a veces se toma su buen tiempo. Y si no, que te lo diga Moby Dick. Cincuenta bien cumplidos antes de que el lector, incluso, se diera por enterado de la mano de un crítico, de la existencia de esa novela, según, según, la más norteamericana. Y ese mismo lector, travieso como ya te dije, a veces se va con bolas malas. Vaya, con la de trapo. Son tantos los mecanismos y tantos los subterfugios en función de ello. Finalmente él termina y endereza, más tarde o más temprano, el timón. Mira tú si las hay cuando se le quiere meter algo por los ojos. Que para eso los tiene ¿no? —vaya opinión de los legitimadores y su negocio—. Lo demás es arar y arar... ¿No dicen que en el mar la vida es más sabrosa? Y que, según, según: un libro no debería ser leído hasta dentro de cincuenta años. Muchacho, aquí los hay quienes (autores digo) se creen salvados para la posteridad. Incluso los conozco que se comportan como verdaderos clásicos. Me dice un amigo: La literatura envejece muy rápido. Creo pensar lo mismo. Ahora te digo, no hay que preocuparse mucho, ni siquiera de mi opinión. No decide nada. Nada determina. Por fortuna —es la voz de Marcel Raymond— los verdaderos poetas dan siempre con la poesía. Y yo que te diría: los lectores también. Serán siempre unos pocos los que estén trabajando bien. Vomitar aquí y ahora mi criterio haría suponer que este servidor se encuentre ahora mismo entre esos pocos. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Cuanto puedo leer, no todo, no a todos, eso está claro, dígase intra, extramuros dígase, adolece en ocasiones de desconocimiento, palabrería, vicios, disparates. Te puedo decir que me sé unos cuantos. Lástima. Los apuran antes de tiempo. Notas la poca preparación de muchos y el bajo nivel, intelectualmente hablando. ¿Y es esto un problema? Según, según: Defectos, tenlos— que es la mejor manera de excusarlos. De excusarlos, hijo, antes que sobrevenga sobre ti el peso de legitimadores y su negocio. Y esos mismos problemas te los encuentras en autores con varios libros en su haber. Se ha dicho que es un asunto de información, de concepto, de... En ese sentido, recuerdo haber escuchado a un marginal decirle a otro: El problema no es la foto, sino lo que tú hagas con la muchacha.


Allá por los años noventa me llamó mucho la atención que ciertos escritores dentro de la ciudad letrada se referían a ustedes como “los negros”. Y eso en verdad me causaba cierta confusión. Más allá de los posibles matices de esta denominación creo que esto los dotaba de visibilidad dentro del campo literario cubano. ¿Cómo recepcionaban ustedes esta denominación?


Nunca oí decir tal de un grupo de amigos preocupados más por escribir y escribir bien. A veces he pensado que eso tenga su afirmación en que con semejanzas y diferencias, con avances y retrocesos como diría Lezama, dentro de nuestras relaciones nos hemos sabido mantener ahí, ahí, ahí, al decir de Van Van. No tenemos programa ni mucho menos anexos secretos. No tenemos revistas donde pronunciarnos, tampoco manifiestos. Tampoco los queremos porque sencillamente no los necesitamos. La amistad es otra cosa, si es que muchos no la suponen, y valga la redundancia, con eso de “los negros” otra cosa. ¿O de verdad tú puedes pensar que la amistad es un asunto de raza y color? Nuestra amistad arranca de principio de los 90, quizás de antes, perdimos a muchos con todo esto de la diáspora, tuvimos que hacer nuevos, como todo el mundo supongo. En algún momento coincidimos varios. Alguien se conmovió y se apartó. Me di cuenta. Me aparté también. Me dijo: Rito, cuántos faltan, asere, cuántos faltan. Y lo dijo por la amistad, no por un asunto de color o raza. Lloraba casi. Personalmente no vivo el tema de la racialidad. Tampoco la manejo en mi obra. Amigos tengo que sí. Respeto eso. Algún ensayo escribí sobre determinado fenómeno. Te puedo contar que alguna vez, y de eso hará tres o cuatro años, se me pidió permiso para ver si se nos podía poner El palenque. Creí haberlo entendido como una forma de anteponernos a D. Quizás lo que necesitaba ese personaje (mira tú si el mismo, de cuyo nombre no quiero acordarme) era terminar de borrar el fantasma. Y esto también nos ha traído no pocos problemas. Como en toda ley no escrita, no podemos, y no es que queramos o nos vayamos a morir por eso, ir juntos a ninguna parte, no podemos ser jurado juntos, no podemos ir a ferias de provincia juntos porque somos (y subráyalo bien ahí) de una misma tendencia, somos un grupo. Ay Goethe, y tú que dijiste que la sociedad suele escindirse en grupos. Di tú.


Hace ya algún tiempo te escuché leer un texto en el que pasabas revistas, con nombre y apellidos a posturas esencialistas y fundamentalistas encontradas en un grupo de obras y autores a la hora de abordar los asuntos y conflictos de la racialidad en la sociedad contemporánea. Me gustaría que ahondaras más al respecto, si es posible nuevamente con nombres y apellidos.


Ya te había dicho que no es mi tema. Lo que sucedió fue que no sabía que me sabía ese ensayo y vino alguien, me motivó y, bueno, mira si lo escribí. No lo he publicado porque no me considero un ensayista de raza. Cuando hago un tipo de trabajo así, lo hago guiado por determinadas circunstancias que no vienen a cuento ahora aquí. Hablas de posturas escencialistas y fundamentalistas. No yo. Lo que me interesó fue indagar. 1- Si los nacidos con la revolución están “leyendo” a Nicolás Guillén. 2-. Si, y esto a partir de una idea de Benítez Rojo, si están tratando de ver valores culturales en el negro tal como él cita que han tratado de hacer históricamente las mejores letras cubanas. Y 3-. Ver las marcas todavía predominantes hoy dentro del habla de la sociedad cubana como son tenía que ser negro, negro con alma blanca, mulatas criadas para blancos, si tiene dinero es como si fuera blanco, mulata blanconaza, hay que adelantar la raza, mulato de pelo bueno... este (esta) es piolo, aquel (aquella) es blanquisera, fulano tiene un dálmata ( Dálmata: dísese en el argot popular del hijo cuyos padres son de raza y color diferente) y un etcétera de etcétera. Después pude ver que el trabajo está de alguna manera relacionado con uno de Odette Casamayor. Ella indaga a su modo dentro de la narrativa de algunos actuales y el tratamiento del negro dentro de sus obras, y yo, a mi modo brutal, un modo / manso para los infelices, dentro de la poesía de autores negros cuya obra, dicho sea de paso, no es su veintiúnico tema. Esto es, que de pronto empiezo a ver un poema por aquí, otro de otro por allá, envueltos en eso de raza y color. Raza y nación. Me adentro en la pradera despacioso, sigo, mira si no podía ser de otro modo, y empiezo a encontrar en poetas nacidos en los sesenta, nacidos en los setenta, y creo que en los ochenta. Focalizo el tratamiento del tema que a su vez me han dicho da para más. Debes saber que por ahí ronda cierta falacia que dice que los que se dedican a esos temas son los que han viajado en los últimos diez años a E.U.A. Muchacho, nada te dicen, por ejemplo, sobre esas marcas del habla que ya te mencioné ajenas al Todo mezclado, al color cubano y al hombre es más que negro más que blanco... dígase hombre... y tao tao tao. ¿Consignas? Así que corre. Parece que lo mejor es callar y que las cosas se mantengan igual. De los poetas que me ocupé, ninguno se puso de acuerdo entre sí, obvio, para escribir esos poemas. En casi todos la impronta marginal. ¿No sería mejor en nuestro contexto ver qué genera ese tipo de visión? Fue curioso notar cómo en algunos de esos poemas se dice que los negros no entienden. Están siempre parados en la esquina, son algo así como chismosos, beben algo, no ron, si no algo ahí. Son lascivos, están sudados (muchacho, interesantísimos los negros cuando están sudados). Sin embargo, uno de esos poemas sostiene una aptitud, o mejor, una posición crítica ante la crisis de ciertas posiciones, tal como más o menos intento sostener en el trabajo. Es un poema en prosa. Estos, sus últimos momentos:


Por otro lado están las excelentes poetisas R, que no saben del cuerpo negro nacional. Algunas, lo ven apto para el baile, ladrón de sentimientos, pero imposible de ser héroe de una literatura expuesta e impuesta por otro tipo de canon de belleza, dicen —las más atrevidas— qué rabos más largos.
Será acaso que no hemos evolucionado?


Bueno, sin comentarios, ¿no? Lo de los nombres y los apellidos mira tú si me los vuelvo ahorrar. No sé por qué, pero será otro día.


Sin embargo, las voces emergentes necesitan formas de agrupamientos para lograr visibilidad, y espacios de inserción. Es un fenómeno natural. ¿Qué opinas de proyectos como el Centro Onelio Jorge Cardoso y La estrella de Cuba los que si bien en su concepción inicial de sus promotores no han tenido esta intención muchos de sus participantes, sobre todo los más jóvenes y con más ansias de legitimación (en las provincias por ejemplo), lo asumen como una especie de ghetto?


Carezco de una opinión definitiva sobre el tema. Aunque tengo la impresión (¿ligera, si es que la tengo?) que se mezcla leche con magnesia. Una cosa es el Centro y otra La estrella. A mí personalmente no es nada que me preocupe. Ni La estrella ni el Centro. Lo que sí parece ser es que todo aquel que comienza necesita de algo o alguien que lo ayude a dar sus primeros. No es que siempre lo consiga, ni que lo necesite siempre, ahora, tal parece que es así. Existen en el mundo entero esos tipos de talleres. Si ya tú hiciste una parte, bien. Más si te pones encima de todo eso a buscar financiamiento y a inventar concursos para ellos solitos y a... Luego, un tipo de empujón por aquí, un tipo de empujóncito por allá, no digo yo, más tarde o más temprano terminarás haciéndoles daño, como seguramente ya se los habrás hecho a otros. Ante tal estado de cosas no puedes evitar que el río suene. ¿Sabes lo último que he podido escuchar sobre el Centro? Que debe, como la ONU, democratizarse. Y cuando el río suena... como en este caso, es porque nada tiene que ver con ese otro de ¿Ladran Sancho?... Y tú debes saber que la formación de un escritor es un proceso que puede llevar, y sin duda lleva, años. Muchacho, y tú lo sabes, hay que leer como un caballo. En ocasiones un montón de cosas solo por disciplina. Un año, o toda tu vida en un taller, por muchas condiciones que este tenga, no te va hacer mejor ni peor escritor. ¿Que qué decía Lezama?:...pero a un poeta joven hay que descubrirlo y encubrirlo para cuidarlo del daño y de la maldición. Descubrirlo y encubrirlo para que se desenvuelva sin riesgo innecesario en la pradera y en su río. Si se le descubre y no se encubre, se desasosiega. Y esto que Lezama hace valer para los poetas, quién te dice que no sea válido para los narradores igual. Y hasta una especie de alerta temprana (mira que ciclones son ciclones) para inventores y legitimadores. Y más, para cualquiera que se precie de querer ser un buen escritor. Según, según: el oficio de escritor es el oficio más solitario del mundo. Raymond Chandler: Mi experiencia tratando de ayudar a otra gente ha sido limitada pero intensa. He hecho de todo, desde darle dinero para vivir a presuntos escritores hasta hacerles el argumento y escribirles de nuevo las obras, y, hasta ahora, hallo que es una absoluta pérdida de tiempo. La gente a la que Dios o la naturaleza destinan a ser escritores encuentran sus propias respuestas, pero para los que tienen que preguntar es imposible la ayuda. Son nada más que personas que quieren ser escritores. In extenso, ¿verdad? Quizás sea bueno que se conozca. A fuego limpio. Si es que ahora no le da a alguno por notar una baja en la producción de acero y cabillas.


¿Tú no crees que deba haber sido mucho más interesante la gira y el Bicentenario que la compilación? El Bicentenario tanto más importante sin duda que la gira y la compilación. En México no hubo ni gira ni compilación. Lo que sí se produjo fue la aparición de un montón de libros sobre el Bicentenario. Fueron mucho más productivos. El verso aquí sacado de contexto. La calidad de La estrella (me refiero a su brillo) muy desigual. No importan los bombos y platillos, que mucho de fanfarria hubo para verla brillar. Ya salió en Venezuela, mañana posiblemente en Bolivia. ¿Cuántas tú conoces con mucho más valor con tamaña suerte? Palabras de una amiga hace como veinte años: Ninguna antología ha hecho a nadie. Muchacho, las hay que terminan embarcando a uno. Si lo sabré yo.


Recientemente obtuviste el Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba. Creo que el hecho es un buen pretexto para introducir en esta conversación el tema de los concursos literarios ¿Qué importancia le concedes a los mismos dentro de un campo literario tan fragmentado como el que tenemos hoy?


Bueno, hijo, si es por lo que hago, no le veo importancia. Lo cual no quiere decir que no la tenga. Hago una literatura bastante alejada de lo que un crítico acaba de llamar lenguaje de éxito. Otro criterio desventurado, sobre todo, cuando se pone a explicar en materia de poesía qué cosa es eso. Y se lo atribuye a los que ganaron concursos en los 90. Cuanto conozco aquí acerca de premios y concursos, en más de un noventa y nueve por ciento de los casos, es bastante sociolismo, bastante teje y maneje extraliterario. Mucho conejo de abajo de la manga. Habrá quien te diga: No hay casualidad. Hay quien le ha dado en llamar pandillerismo literario. De las cuentas del rosario, una: Lo que dijo un presidente de jurado luego de haberse otorgado el Nacional de Literatura: ... ha tocado temas del periodismo que nadie ha tocado (sic). Y uno que teme ruborizarse de sólo pensar: ¿Y entonces por qué no le dieron el Premio Nacional de Periodismo? Na ni ná: Bien que lo oí: el televisor ahí y yo aquí. Na ni ná: aunque halla rebelión en la octava casa, socios son socios. ¿Y... por un año? Ese último Carpentier de novela 2006 no sorprendió absolutamente a nadie, toda vez que se supo con muchísimo tiempo de antelación el presidente del jurado, toda vez que se supo no quiénes, sino quién había enviado. ¿Es esto la literatura? Menos mal que ya sabemos con Borges que la literatura no es una carrera de caballos. Fíjate ahora mismo. No ha que acaban de fallar los Premios de la Crítica, y todavía sigue siendo un misterio los nombres del jurado. Todo lo cual demuestra que el campo literario siempre ha estado como ha estado. Basta solamente una encuesta y tendrás el estado de opinión. De momento te pueden decir que ha habido una revitalización de la décima. Y uno: ¿Cómo? Cómo que una revitalización de la décima si la décima en este país nunca ha estado mal, si hasta en el llamado Quinquenio Gris llegó a tener un concurso para ella sola. No lo tuvo el soneto. El villancico no lo tuvo. El romance menos que menos. Y a lo mejor nunca a esos géneros le han hecho falta ¿Sabes? Recuperar no significa necesariamente aportar, contribuir, renovar. Tal como van las cosas no puedes evitar entonces que surjan preocupaciones. Un amigo: ¿Usted cree que se pueda renovar la literatura cubana escribiendo décimas? Personalmente cuando envío lo hago para dar quehacer. Ante tal estado de cosas, esta es la opinión de uno de los nuestros: ¿Y si esta vez es tu jurado? Y después tremendo trabajo para recuperar las copias. Porque no me trago el cuento ese de que no serán devueltas. Lo que me ha ocurrido en ocasiones es que se han perdido misteriosamente. Siento que no soy el único.





Esta entrevista aparece publicada en La Gaceta.