8 de febrero de 2008

Gore Vidal










Nueva York, 3 de octubre de 1925. Escritor estadounidense





Ensayos (1952-2001)
Traductor: Eduardo Iriarte. Edhasa, 2007





John Dos Passos a mediados de siglo




La mayor parte de la escritura americana está aquejada de una terrible verbosidad, un legado, sin lugar a dudas, de la Vieja Frontera. Sin embargo, allí donde el narrador de altura de épocas más sencillas seguía adelante sin descanso, nunca muy seguro ni muy preocupado por lo que pudiera contener la siguiente bocanada de aliento, cuando estaba inspirado imbuía al sentido de la vida de un fulgor demótico. Por desgracia, desde aquellos primeros originales, la corriente principal de la novela norteamericana ha dado un salto atrás hasta herederos incontinentes aquejados de verborragia, divagadores que no descartan ni una palabra. Veamos: el individuo entra en la barbería y ve cuatro sillas con dos clientes, uno con barba y otro que lee un cómic de Bugs Bunny; a continuación, toma asiento, piensa en los primeros rizos cortados de un niño y (si se ha psicoanalizado) en la castración, mientras nos enumera las etiquetas de todo frasco de tónico capilar en las estanterías, recoge hasta la última palabra que tiene que decir el peluquero sobre béisbol, y todo eso sin dejar de preguntarse qué ha ocurrido con ese cepillo blanco y duro con aroma a polvos de talco rancio con el que acostumbraban a cepillarte la nuca... Para cortarse el pelo, el auténtico verborrágico utiliza una docena de páginas de descripciones y diálogos al azar que, a fin de cuentas, no guardan ninguna relación con el tema de su novela, si es que lo tiene. Las incluyó de pronto porque al charlatán le vino a la cabeza casualmente una visita al barbero, del mismo modo que el bueno de Tom Wolfe enumeró en cierta ocasión todos los ríos de América porque se le puso en las narices.

Por cada Scott Fitzgerald preocupado por dar con la palabra precisa y la selección del incidente oportuno, hay un centenar de escritores estadounidenses, muchos de ellos de renombre, que al parecer creen que tanto da una palabra como otra, y que merece la pena transcribir lo primero que se les pase por la cabeza. Se trata de una singularidad nuestra que deriva, según sospecho, de una idea desvirtuada de la democracia: si todo y todos están revestidos de la misma valía, una palabra cualquiera sirve lo mismo que otra para expresar un significado, que a su vez no es más valioso que cualquier otro significado. O, por decirlo de otro modo, si todo el mundo vale lo mismo, entonces cualquier cosa que escriba el escritor (que es valioso) debe de tener valor, de modo que, ¿para qué ser selectivos? Esta clase de escritura, que yo llamo demótica, se puede observar en su estado más puro en la obra de Jack Kerouac.

Thackeray dijo de Smollett: "Imagino que no inventó gran cosa". Ahí está el asunto: las dos clases de escritor, recalcadas por el verbo elegido. Imaginar. Inventar. La mayoría de nuestros escritores tienden a ser puntuales narradores de hechos. Nos cuentan lo que ocurrió el verano pasado, por qué se fue al garete su matrimonio, cómo perdieron la patria potestad sobre los hijos, cuánto bebieron y con quién se acostaron, y, si pertenecen al género de la escritura demótica, la tarea de ordenar el alud de palabras e impresiones entre cubierta y contracubierta tendrá que llevarla a cabo el lector. De todos estos narradores sobre lo que ocurrió el verano pasado -o la década pasada-, John Dos Passos es el más obstinado. Desde los hermanos Goncourt no se ha visto tal dedicación a anotar exactamente lo que ocurrió, y, de no ser por sus pasiones políticas, podría haber sido una auténtica cámara cinematográfica de nuestra época. Inventa poco e imagina menos. A menudo destaca cuando cuenta algo que él mismo ha vivido, y anotado. Tiene cualidades para ser un buen crítico de la sociedad, papel que se ha adjudicado a sí mismo: conciencia de la República, severo recordatorio de las buenas maneras que se han perdido, de los senderos útiles que no se llegaron a tomar.

Con lo que parece una actitud desafiante, las primeras dos páginas de la nueva novela de John Dos Passos, Mediados de siglo, las ocupan los títulos de sus obras publicadas, con generosos espacios, diecisiete títulos en la primera página, dieciséis en la segunda: treinta y tres libros, el trabajo de unos cuarenta años. Esta lista atestigua la valentía de Dos Passos, su terquedad y su fracaso terrenal y artístico. Parafraseando la despiadada sabiduría de Hollywood, el escritor pertinaz vale lo que vale su década más reciente. John Dos Passos, objeto de una admiración extravagante durante los años veinte y treinta, se vio ampliamente ignorado en las décadas de los cuarenta y cincuenta, y sus nuevos trabajos, bien se pasaron por alto en silencio, o bien se reseñaron con la tristeza ritual que reservamos a quienes no cumplieron su promesa al arte. Él mismo es consciente de su propio dilema, y en una reciente novela titulada The Great Days registró con una objetividad valerosa, si bien un tanto perpleja, un declive similar al suyo. No voy a intentar hacerme eco de los cambios más evidentes que sugiere su trayectoria. Sin embargo, no puedo sino señalar que hay algo en Dos Passos que pone a los demás escritores inopinadamente a la defensiva, en parte por compasión hacia su persona, y en parte porque la suerte de Dos Passos constituye un escalofriante recordatorio, para aquéllos condenados a escribir de por vida, de que eso es lo que ocurre casi siempre en una sociedad que, por decirlo con tacto, no tiene gran interés por la evolución de los escritores, un proceso demasiado lento para el temperamento norteamericano. Como resultado de ello, en nuestra literatura abundan los velocistas, pero hay una carencia significativa de corredores de fondo.

Antes que nada, debo aclarar que, a diferencia de lo que opinan los críticos más liberales de Dos Passos, sus primeras obras no me parecieron gran cosa, ni siquiera las mejores. Por otra parte, siempre he disfrutado con lo estrafalario de sus ideas políticas, incluso me ha parecido un rasgo admirable. Su progreso político de la izquierda radical a la extrema derecha me parece muy acorde con el espíritu estadounidense, y sólo un liberal doctrinario sin el más mínimo sentido del humor se horrorizaría ante algo así. Después de todo, no se puede decir que Dos Passos tenga la menor relevancia política. Si no se le toma muy en serio, es agradable. Mientras que hay un grado notable de comicidad inadvertida en su admiración por congresistas patanes como Barry Goldwater, Mediados de siglo no es más que una página tras otra de demagogia al estilo de la vieja guardia. Se observa, por ejemplo, esa anticuada expresión sureña de "la guerra de Roosevelt", en lugar de la Segunda Guerra Mundial, así como, de vez en cuando, algún pasaje parece casi parodiar al último prodigio salido de Wisconsin:

La invasión de la Unión Soviética llevada a cabo por Hitler interrumpió el apoyo de los comunistas. Stalin necesitaba ayuda lo antes posible. Un belicista como Roosevelt se convirtió en el dios de los comunistas. [...] Para numerosos burócratas de Washington, el trabajo bélico representaba antes que nada ayuda para los soviéticos.

Ese "numerosos" es magistral. "Tengo en mis manos una lista de NUMEROSOS burócratas de Washington que..." Políticamente, por hacer un atroz retruécano, Dos Passos está por los de Byrd.1

1. El "atroz retruécano" estriba en el doble sentido que encierra la expresión Is for the Byrds, que significa, "está a favor de los de Byrd", en referencia al senador estadounidense Robert C. Byrd, pero también "es trivial" o "es de poca monta". (N. del T.)

Mediados de siglo aborda, a grandes rasgos, el movimiento obrero norteamericano desde el New Deal hasta el presente, con ocasionales reminiscencias de tiempos anteriores. La organización del libro es caótica. Hay poemas en prosa en cursiva, breves biografías impresionistas de figuras públicas reales, varias narraciones ficticias en las que diversos hombres y mujeres sufren las represalias de los sindicatos obreros. Y, por supuesto, su recurso patentado en USA: el uso de titulares periodísticos y fragmentos de noticias como contrapunto a la narración, con objeto de afianzar ésta en el espacio y el tiempo.

Veamos antes que nada este último recurso. En USA tenía efectividad. En dicho libro, Dos Passos se topó con un hecho interesante: prácticamente todos sufrimos el efecto narcotizante de los periódicos. El diseño de la plana de un diario tiene algo que, aunque sólo sea por costumbre, mantiene nuestra atención por aburrido que sea el asunto. Uno sigue leyendo, a la espera de una sorpresa o estimulación. El éxito de las columnas de cotilleo no es más que una descarada explotación de la adicción a los periódicos. Aunque a uno le importe un carajo lo que le dijo la duquesa de Windsor a Elsa Maxwell, o qué desconocida recibió en plena noche una visita de sir Stork, si uno tiene la mirada adicta seguirá leyendo, alelado.

(Una nota entre paréntesis para escritores de rompe y rasga y un aviso para lectores que sufren la explotación: cualquier columna de texto, incluso esta misma, mantiene la atención del lector si hay suficientes nombres propios. Nat King Cole, Lee Remick, Central Park, marqués de Sade, senador Bourke, Hickenlooper, Marilyn Monroe. ¿Lo ven? He atrapado a unos cuantos que habían hojeado los párrafos anteriores, de carácter más denso, convencidos de que era material literario bastante soso. "¿Marqués de Sade? Debo de haberme saltado algo. Veamos, aquí pone "estimulación"..., no, "Hollywood"..., no.")

Esquire, mayo de 1961