26 de agosto de 2008

Manuel Rivas

















La Coruña vio nacer a Manuel Rivas en 1957. Es poeta, narrador, ensayista y periodista. Su obra narrativa ha sido galardonada con el Premio de la Crítica Española (por O lapis do carpinteiro, 1988, y por Un millón de vacas, 1989), el Premio de la Crítica de Galicia (por En salvaxe compaña, 1993), el Torrente Ballester y el Premio Nacional de Narrativa (por ¿Que me queres, amor?, 1996). Su obra poética, por otra parte, cuenta con el Leliadoura (1989). Estamos en presencia de uno de los autores sobresalientes de la Generación Poética de los Ochenta.


Traducción y nota introductoria: Rafael Álvarez R.






De: Malabares e ourizos, en Do descoñecido ao descoñecido, obra poética (1980-2003), 2003.









Las preguntas


I

Gracias a los organizadores por invitarme

a este simposio sobre la crisis de las vanguardias.

Señoras y señores:

Decía Allan Poe que la ametralladora…

En esa fase del armamento

se podía ser suprematista, futurista, dadaísta, surrealista,

constructivista y también optimista,

aunque ya Kasimir Malevich había pintado

por segunda vez el cuadrado negro

y Vladimir Maiakovski había devuelto el uniforme

al cabo de abastecimiento,

eso sí, sin la boina con la estrella roja de la esperanza

que le sirvió de blanco

en la posición del adiós.

El imaginario de los estorninos cambió con Guernica.

Hasta entonces volaban en bandada instintiva,

dibujando con gracia un sueño protector

de poderosa ave

que espantase la realidad.

Poco después comenzó la producción industrial

de la muerte.

Gunther Anders recuerda el aspecto inofensivo

de los bidones de Ciclón-B en Auschwitz.

También recuerda que había hecho el ridículo en Francia,

con gente culta,

cuando auguraba que aquel payaso, Hitler,

no admitido en la Escuela de Bellas Artes de Viena,

traería un horror nunca visto.

Con la obligación moral de odiar,

Anders se había convertido

-son sus propias palabras-

en un hombre oscuro,

un bicho raro,

pero pudo escribir un libro de denuncia.

En Nueva Inglaterra,

en algún lugar de Mount Washington,

Gunther Anders

se sentó a la sombra de un nogal

con un cuaderno en la mano.

No descubrió la nuez de la gravedad

pero sí una pregunta que ahora les comunico:

¿Por qué?