25 de abril de 2011

Edoardo Sanguineti














Un poema de  Stracciafoglio 



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he comenzado aquel cuaderno tuyo chino, para terminar (y para empezar) el año
trabajando: ( una superstición, en el fondo, me conoces): (pues, todo esto corresponde
a viejos mitos y ritos, muy míos): y me hago mi pequeña Gran Fiesta, para mí:
(pero aquella que Benjamin, a propósito, no calculaba, es el “aura” tecnológica): (existe
toda una distancia técnica, precisamente, que reproduce, en reproducción, el tabú): (pero,
de esto, en otra ocasión):
                                         he llenado ya alguna que otra página de apuntes, con notas
muy desordenadas, todavía: (que se refieren, en parte, al capitulo inaugural, y
en parte a la estructura general): (adelantos, de todos modos, no te los quiero dar:
verás todo, es mejor, al final, de golpe):
                                                             he recomenzado muchas veces mi
comienzo: hay una escena donde un yo (o un él, todavía no sé, e importa poco)
escapa de una casa: (la llamaré la Casa de las Tres Chicas, eso es, pienso):
(hay todo un clima de media opereta, es un hecho, en apertura): aun si aquellas tres
chicas, verdaderamente, son dos chicas con un chico de más, gigantesco y travestido: habrá
un “habit d´ Arménien”, esa, supongo, como la Clarice de Aventures de***
cuando corre detrás de Clorante, tomo I (“je vais la suivre à mon tour”): (me lo leo
apunto enseguida, ves): (en ciertos momentos, pienso: desde el momento en que me fui, y ya,
podré escribirte así, desde aquí hasta la eternidad): ( que es una ilusión, naturalmente): (y
me detengo rápido, en efecto, aquí):
                                                        (pero es Las palabras Cruzadas, olvidaba, el título, por ahora):



Traducción: Dolores Labarcena y Pedro Marqués de Armas