23 de junio de 2011

Julio Mitjans
















Calle Crespo

Son las calles de las estampas, las citas del lugareño. El río de otra conversación las va recobrando, confines que atraviesan  derroteros ilusorios,  se avizoran de pronto, de repente llegan como si estuvieran al acecho, pasajes en los que una noche a la discreta luz del vecino me robabas la vida.



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Una vida respetable

Del otro lado de la bahía, le esperan una esposa amantísima,  los hijos  preguntan por sus golosinas, los hombres del barrio de vez en vez le requieren por sus piezas diseñadas para suplir alguna carencia, para aliviar la pobreza. Partidas de dominó llenan sus noches, y alguna historia le dice a los hijos antes de dormir, como en las películas, así lo ha visto, un padre sobre el que descansa el hogar. Nadie sospecha el acontecer de sus tardes, se pierde entre la gente, busca unos brazos fuertes, en los que ahoga un deseo semejante, a veces es infructuosa la cacería, ya no tiene veinte años, el vigor comienza abandonarlo, entonces llama la puerta que antes cerró porque él quería más,  un hogar, unas paredes que le devolviesen las sonrisas de los pequeños, una mujer, una vida respetable.



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Felino

No dejé de buscarlo, de cada hallazgo fui haciendo otra ciudad tras el eco de sus actos, no podría decir si  el vicio ó la sobrevida  tocaban a su puerta,  no podría decir ya no lo amo;  de entre los escombros aún se abre paso cierta confianza, cierto abandono sostiene mis horas, se deja sentir como un bolero lacerante,  como el insistente llamado de un felino que muerde la mano que lo alimenta.


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Primera de Ancestros

Se confunden las palabras hacia el este, sólo queda mar abierto.
Un refugio de cadáveres cruza entre los barcos  y se escuchan nombres antiguos, Txinga,  es  decir nuestra última dignidad,  y el viento desnuda las palabras, ya no dicen lo mismo  que en el lejano litoral, una danza de caminos secretos se abre paso en la inmensidad, una danza que sólo encuentra reposo en el sentimiento. Cada uno de nosotros se asoma a la misma procesión,  al ulular traicionero que desnuda nuestros huesos en medio de la travesía, ha sido sedienta la espera mientras el suicidio se cebaba en nuestros jóvenes más bellos, ellos no pudieron ser braceros, no pudieron abrir los ojos sin la luz de la tierra semiárida,  sin el ímpetu de la intrincada danza, ellos no pudieron abrazar al hermano como un soplo de esperanza.
Se confunden, pasaron muchas  lunas, mucho mar  de insistente ritmo, y nuestros huesos desnudos  esperando florecer otra vez en medio de la ceniza y la traición,  ya las palabras no fueron lo mismo, otra dignidad aguarda, otro gesto descubre un rostro en medio de las cuatro esquinas, donde el viento bate y ya nadie se atreve.