3 de agosto de 2011

Dolores Labarcena




















Animalidad


¿Ha tenido perros, animales domésticos, un gato, papagayos, crías de hamters? La infancia es el lugar donde se incuba la afición o apatía hacia ellos. Marina Tsvetáieva tenía a su Myshaty, así le llamaba. Algo parecido a un dogo, sin pelaje y con un rabo fuerte y vivaz como el de una leona ¿Una raza de lobos del Báltico?, pues no. El diablo en toda la extensión de la palabra.  

La primera vez que lo vio (al diablo quiero decir, no a una mascota cualquiera) estaba sentado sobre una cama, en una habitación vacía; una especie de buhardilla llena de chucherías pero sobre todo de libros -los que Tsvetáieva devoraba a solas como un niño glotón devora golosinas. En esa habitación pernoctaban Almas muertas de Gógol, Catacumbas de Evgueni Tour y series enteras de la revista Rodnik, en fin, lo que llamó “el árbol de la ciencia”.

En Memorias póstumas de Blas Cubas, Machado de Assis crea un personaje que cuenta sus memorias desde el más allá. El lector de esta biografía sin orden y un poco a su albedrio (“golpe de remo” de Assis) siente un ahogo de película. Y no por la trama, ni por la prosa admirable, limpia y cáustica; sino porque desde la primeras líneas, desde el inicio, sabemos que no hay remedio. La trama se convierte trampa y la limpidez de la prosa, en hueco de claraboya. He ahí el quid de esta nouvelle.

¿No es duro quitarse la venda de los ojos? El sentido de auto-preservación se tambalea; la realidad nos lanza un uppercut directo a la mandíbula, y ¿por qué no? hasta al mismísimo Machado. Ocurre lo mismo con el protagonista, hombrecito común que se conduele por la pérdida de sí mismo ¡Oh, ego, qué dolor! Abur, abur… ya vivió su minuto de gloria.

El pensamiento es cinta que corre y de la cual sólo se conoce un extremo. Su destino, varios. Pan que quema en las manos del panadero. El mismo Gógol no pudo con él (con su pensamiento, no con el pan) y lo arrojó a la estufa, bueno, eso pensó. Lo que arrojaba era papel entintado. Irónicamente, el hombre de La Nariz quería escapar a trote de sí mismo, tarde en la noche, como Pavel Ivanovich, el personaje principal de Almas muertas…

Pero hablábamos de animales. ¿Y qué es la animalidad? A veces el pensamiento se comporta como tal. Hay un dicho que dice que la cabra tira hacia el monte. De eso se trata, de la parte baja y de la resistencia que le oponemos. En la literatura hay muchas cabras, exquisitas cabras que nos mantienen “en vilo entre la gratitud y el furor”; el verso es de Montale y señala a un supuesto entrenador de boxeo, en este caso su consciencia.  

Muy a pesar de los escrúpulos, o en contra de la propia voluntad, es la animalidad del pensamiento lo que prevalece en las obras de la Tsvetáieva, Machado de Assis y Gógol. Como el púgil, el belicoso boxeador sobre el ring, el buen escritor nunca tira la toalla.



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