30 de septiembre de 2011

Paulo Leminski


















Catatau


Los antiguos abrían bueyes para ver un futuro en estructura de tripa: ejércitos huyendo, granizo, ríos desbordados, gente sangrando, espadas fuera de la vaina, cosechas, ciudades quemadas. Más recientemente, corté algunos trozos para que me admitieran en los círculos más próximos a las intimidades de la vida. La ciencia llegó allí, se paró: fueron necesarios cuchillos. Ya disequé un montón: la lama cortó por donde la cabeza debía comprender, dividí los menudos para estar contento. Adelanto que no hay bicho que yo entienda. Cuanto más grande el ojo, más denso se vuelve, el oso hormiguero se hormigueriza del todo: queriendo captar su verdad en un abrir y cerrar de ojos y en un cambiar de lente, pescar en el aire. Pero quizá no valga la pena. Ninguno vale un cuadrado, un círculo, un cero. ¿Y a mí que me importa? De aquí a lo infinitamente grande o a lo infinitamente chico la distancia es la misma, tanto da, poco importa. Canta la máquina-pájaro, pasta la máquina-tapir: caza la máquina-bicho. No soy máquina, no soy bicho, soy René Descartes, por la gracia de Dios. Al enterarme de esto me vuelvo entero. Fui yo el que fabricó esta selva: salgan de ella puentes, fuentes y mejoras, periplos de indios bravos o aldehuelas de Baviera. ¡Expendo Pensamientos y extiendo la Extensión! Pretendo una Extensión pura, sin la escoria de vuestros corazones, sin el menstruo de esos monstruos, sin las heces de esas reses, sin la brutalidad de esas tesis, sin la bosta de esas bestias. ¡Abajo las metamorfosis de esos bichos, camaleones robando el color de la piedra! Polvos en seco: en el huevo, ¿quién encontró primero al otro, un ala parecida a un gajo o un tirón en busca de agasajo? No saben qué hacer de sí mismos, los insectos toman la forma de la hoja: ¿Y la forma? ¡Cosas de la vida! ¡Venid a mí, geometrías, figuras perfectas, Platón, abre el corral de arquetipos y prototipos; Formas geométricas, embestid con vuestras aristas únicas, ángulos imposibles, filos invisibles a simple vista, contra lo bestial de estas bestias, sus barbillas barbudas, cuerpos retorcidos, picos dificiles de explicar, cifras embarazadas de mutaciones, ojos de rodaja de cebolla! ¡Venid, círculos contra los osos hormigueros, cuadrados en lugar de tucanes, losanges en vez de tatús, bienvenidos! ¡Mi ingenio contra esos ingenios! ¡La sed que se suma a la fe que hambrea! Me falta realidad. Ahí cabalga la pereza más parecida a mí, pero no vence a la arcilla humana, que sabe decir no? Desde los años más verdes, me tentaron el eclipse y la economía de los esquemas. Eximio, con la mayor habilidad para manejar ausencias, busqué apoyo en los últimos reductos del cero. Fue la época en que más prestigié el, silencio, el ayuno y el no. La geometría. El casi no pensar. El cuadrado es casi nada. Un círculo prácticamente falta, traza una línea al borde del ocio: pensar un problema de geometría es desviar de un vuelo sin decir Pío. Para el geómetra, el ser se reduce a la mínima nada. ¿Quién soy yo para alterarlo? Esa araña geometriza sus caprichos en la Idea de esa tela: enmarañada la fábrica de líneas y está esperando que le caiga a ciegas un bicho: ahí trabaja, ahí cela, ahí descansa. Anda por el aire, se sustenta del éter, obra a partir de la nada: no vacila, no duda, no erra. Organiza el vacio por delante, palpa, papa y palpita, resplandece en la nada donde se engasta y se agarra de la alhaja en que pena, desierto de rectas donde la geometría no corre riesgos pero es cagada. Esa desolación del verde en este desierto atiborrado se está nutriendo de mis hechos de armas y pensamientos. ¿Sabes con quién estás hablando? Cultivé mi ser, me hice de a poco: me constituí. Las letras me alimentaron desde la infancia, mamé en los compendios y me abrevé en las nociones de las naciones. Consulté índices y comparé episodios. Desaté el nudo de las actas, manoseé manuales y saqueé tomos. Ojo nocturno y diurno, empalmé las letras formando calles: tropecé en las comas, caí en el abismo de las reticencias, yací en las cárceles de los paréntesis, hice rodar las piedras de molino de las mayúsculas, adelgacé el nudo gordiano de los signos de interrogación, el florete de las exclamaciones me traspasó, encallecí la mano hidalga pasando páginas. Por descifrar enigmas fui un Edipo: por hacer rodar cogitaciones un Sísifo: por multiplicar hojas en el aire un otoño. Entré en guerras y en tolderías: asiduo en el atrio de las basílicas, crucé mares, me encaramé al palo de los navíos, sobre el mármol de los palacios y la cabeza de las cobras. me quedo con Parménides, fluyo con Heráclito, trasciendo con Platón, disfruto con Epicuro, me privo estoicamente, dudo con Pirro y creo en Tertuliano, porque es más absurdo. Linterna en mano golpeé a la puerta de los volúmenes, mendigándoles un sentido. Y en la noche oscura de las bibliotecas me iluminaba el cielo la luz de los asteriscos. Maté uno a uno los bichos de la biblia. Me dixit magister quod ipsi magistri dixerunt: Thyphus degli Odassi, Whilem Van der Overthuisen, Bassano di Mione, Ercole Bolognetti, Constantin Huyghens, Bernardino Baldi, Cosmas Indicopleustes, Robert Grosseteste et ceten. Estoy en el latín como esos bichos en casa de fieras, golpeo la cabeza contra las paredes, camino de muro a muro, sumando millas. Diviso. Me senté a la mesa de los notables, acompañé a varones insignes, así soy yo, nacido y hecho. Un hombre hecho de armas y de pensamientos. Mis virtudes, coartadas, inmunidades y potencias: la náutica, la cinegética, la haliéutica, la poliorcética, la patrística, la didascalia, el pancracio, la exégesis, la heurística, la ascesis, la óptica, la cábala, la bucólica, la casuística, la propedéutica, fábulas, apoteosis, partenogénesis, exorcismos, soliloquios, panaceas, metempsicosis jeroglíficos, palimpsestos, incunables, laberintos, bestiarios y fenómenos. Me curvé con ceremonia ante reyes y damas. La piedra de los templos me hirió en la rodilla derecha, horas mías en el oro de relojes perfectos. Me incliné sobre libros a ver pasar ríos de palabras. Todos los ramos del saber me cautivaron, sebastián flechado por las dudas de los autores. Navegué con fortuna entre la higiene y el bautismo, entre el catecismo y el escepticismo, la idolatría y la iconoclastia, el eclecticismo y el fanatismo, el pelagianismo y el quietismo, el heroísmo y el egoísmo la apatía y el nerviosismo y emergí incólume frente al sol naciente de la buena doctrina, entre el precipicio y su borde. Sin haber renunciado aún a los brincos en que la infancia consume sus días, me di al florete, los juegos de espada me absorbieron del todo. Extenué a maestros duchos en tal arte. Mi pensamiento afilaba láminas día y noche, trabajaba posturas y estocadas, desgarrado en una maraña de espadines, un florete recogió las flores del aire. Habité aposentos diversos del palacio de la espada. El primer florete esgrimido exhibe el peso de todas las confusiones, el onus de un huevo, estertores de bicho y una lógica que adivinan cinco dedos. En los florilegios de las posturas de las primeras prácticas, Vuestra Merced es bueno. La espada se da, la mano florece naturalmente en florete, primavera a flor de piel. Pero de repente el florete vira y te muerde la mano. Nada más incierto; Vuestra Merced se pierde en un laberinto de posiciones, tajos, punzadas, deposiciones, puntos y formas. A partir de ahí lo menos que puede suceder es que uno se dé vuelta y arroje lejos el florete: se abre un abismo entre la mano y la espada. Sin embargo hay que mantenerse firme. Muchos se echan atrás, pocos perseveran. Vencido este lance comienza la verdadera práctica. Es la segunda morada del palacio: muchos trabajos, poco consuelo. Pero entonces el florete ya es un instrumento. Largo, se prolonga. Un día, lejos de la espada, la mano se contorsiona al comprender y toca la primera punta del filo, la Lógica. Vuestra Merced ya es de la casa, admitido a la cuarta morada. La conversación con el estilete ya es sin reservas. Lo característico de esta morada es el menguado pensar: una geometría de mínimo discurso. La mano sostiene la espada como si fuera un huevo, dedos tan flojos que no lo quiebren y tan firmes que no caiga. De que Vuestra Merced y la espada contemplan el mismo destino, usted se entera: entero está ahora. Aquí se multiplican los corredores, ¿quod vitae sectabor iter? Al no pensar en mi persona elegí mal: di en pensar que yo era una espada sin entender que precisaba de ella. Las luces del entendimiento parpadeaban. Pero el remedio para mis males no estaba lejos. Redacté el tratado de esgrima en que expuse los resultados de mi industria. Pero al escribir, dejé de entenderme a mí mismo en aquella artimaña. Entonces, ya que me encontraba en edad del servicio militar, puse mi espada al servicio de los príncipes gemelos, y de los Heeren XIX* de la Compañía de las Indias. Pero arrojé los floretes para empuñar la pluma. Porfian discretos: si la flor o la pluma nos autorizan mejor a las eternidades de la memoria. Hoy ya no florecen en mi mano. Hice números con el cuerpo y fue esgrima, números con las cosas y fue ciencia, números con el verbo y fue poesía. Anclé la cabeza llena de humo en el mar de este mundo de humos donde moriré de tanto mirar. ¿Jugar duele? Aunque los charlatanes se batan acalorados, hoy en día ya no existe la guerra, que así mal llamo a esas prestaciones de mercenarios cuya bravura se compra por diez centavos y vale diez centavos. Ni a ese conjunto cada vez más mayor de gente que, venciendo combates más por el número que por el denuedo o los altos compromisos, llamaré guerrero. ¿Acaso ese concurso de cañonazos no borró el dibujo de los blasones, insignias y divisas en un báratro de estrépitos donde se confunden las personas, las cualidades y los estados? Me alegra recordar un caso digno de ser recordado para que la pluma y la tinta lo libren de los azares de la memoria en un sitio más seguro: en una carta. Buen combate combatí en Hungría, en los tumultos de la sucesión del Palatinado. Un cuerpo de hidalgos, todos del mayor mérito y más alto nacimiento, topó con nosotros al comienzo de una planicie magiar. Por nuestra parte, CCCXIII, todos de pro. Mediríamos nuestras armas, estipulado el uso sólo de blancas. Ahí se hicieron primores de proezas. Mucho escribí desde entonces, y si por mucha pluma naciese un pájaro ya hace tiempo habría volado de mi mano derecha. Si las letras del escrito marchitan las flores vivas del pensamiento, el alfabeto lapida los estertores de las aristas de los sentidos: el arte gráfico cristaliza el manuscrito en arquitectura de signos, pensamiento en superficie mensurable, raciocinio ponderado, muriendo gradualmente desde los esplendores agónicos del pensar vivo hasta las obras completas. Máquinas he visto increíbles: espejo ustator, la eolipila de Athanasius Kircher. La luz de los cirios y candelas es captada por un cono e incide en un círculo de vidrio con diseños a manera de zodíaco mientras el haz despliega una imagen sobre una pared blanca: el Padre Athanasius acciona una rueda para dar vida al movimiento, las almas agitan sus brazos frenéticos entre las llamas del infierno o los elegidos giran en torno al Padre - la linterna mágica introduce las sombras de la caverna platónica. ¿Qué decir del artefacto de un llamado Pascal, cuya sola mención es maravilla y pasmo de las gentes? A pedido de la Academia de Ciencias manejé una y otra vez el laberinto de piezas y menudencias que apretadas con los dedos calculan con todos los rigores del escrutinio: experimenté su eficacia un día entero y no se equivocó ni siquiera una vez. ¡Tiempos bizarros éstos en que una máquina poco mayor que una caja de música ejerce las operaciones del entendimiento humano! El reloj de Lanfranco Fontana es uno de los logros máximos de los intelectos de esta época que construye quimeras: no contento con mostrar y dar las horas, acusa el movimiento de los planetas y adivina eclipses. Lidié con la obstinación de la aguja magnética que persigue el meridiano hacia el Norte. Otras cosas callo, de las variadas que temo un día nos cerquen, para no alarmar al mundo. Considerando este cuerpo como una máquina, Leonardo, aquél ingenio tan agudo y artífice sutilísimo, ¿no compuso acaso un autómata semoviente a la manera de los humanos? Vendrá el día en que se erijan altares a un dios-máquina: Dios, la máquina de una sola pieza. Estos monstruos hacen cualquier cosa con las máquinas de que hablo: ¿cuál es el propósito de estas retorcidas arquitecturas? ¿Provocar pasmo maravilla, o risa? El perdido busca a una persona perdida años atrás; ¿va a encontrarla? ¿Cómo era el nombre de aquel río del que decían horrores acerca de la amnesia que producía a la hora en que se bebía su agua? No me acuerdo ¿de veras? ¡Qué bien, mamá, mira, soy huérfano! Lo que desaparece no se enmohece. Dejo atrás un ser perfecto al desafiar de frente estos bichos: repto. No cambio mis engendros por ningún oro del mundo: los dejo en un letargo analgésico raramente interrumpido por accesos de furia asesina. Saltan desde las columnas de Hércules a las colinas de miércoles, ¡sólo por encontrar dónde nacen las espirales! Aquí ningún procedimiento es despreciable. En Venecia, cuando, les da por vengarse por bien o por mal, ¡facecias! La china amuralla la aldea. Coreas ciertas del ritmo interfuturo traen a flor de ojos el temor de una tregua. Pero surjo y me corrijo: supero el sacudimiento bautismal. Tengo el sueño leve, leve, el único sueño que tengo. Me libra y me alivia y me lleva en medio de la mejor hora de la fiesta, juego en curso y ludo en carrera, una viruela de colores pesa y levita, herida leve, apuesta ágil. El campeón del usucapión venció el huso de los abismos por cansancio y por abuso de cismas. ¡Mala señal cuando la cabeza piensa y el dueño no quiere! ¿Quién se mide conmigo? ¡Qué no intervenga quien no fue llamado a meterse! Un ojo solo basta a quien ve tanto. ¿Quién me va a agujerear? Estas zonas producen el calor que acaba en el interior de las ballenas. ¿Es canto de cigarras o de sirenas? Me sacan del hueco de este día de sombras que me acosan con lágrimas en los ojos y cera en los oídos. El cuerpo se arquea de dolor, olor, sonido y luz, me debato en una penumbra de perfume, a punto de abarcar el conjunto en una conferencia única se ruega a los internos interesarse por lo encontrado. Es propio del alimento corporal que al alimentar pierda el sabor que deja en la boca pero los frutos de esta tierra son la castaña de cajú, la pasionaria y los ananás, no pasan por la glotis, carcomen la úvula y se pegan a la garganta. De saporibus et de coloribus en mi imaginación... Las cosas se deslizan, se transforman sin salir de su lugar: el peso, riguroso con los otros, complaciente con los suyos, permitiéndose a sí mismo liviandades de todos los quilates. El pesadisimo pedazo caló toda su pesada tara y tarea en el peaje de un no ¡aún más leve que el aire, más que él, oro levísimo! Ningún lugar contiene el peso de todo, fisico, mecánico, porque ninguna variedad se podría introducir allí: desgaste continuo hasta un colapso que precipitaría el orbe quién sabe dónde. Ese lugar existe, no puedo adelantar nada más sobre lo que me lleva la delantera en gravidez. Está tan pesado que no lo puedo levantar, hágase más leve, leve, más, que lo voy llevando. El calor y los mosquitos rumian el pensamiento. La mierda del suelo se filtra por la flor de los perfumes del aire, fragancia flagrante. Mi pensar se pudre entre mameyes, cajas de azúcar y flores de borraja, mudanzas rapidisimas, absurdos instantáneos, lapsos relapsos, trepidaciones relámpago, más breve, monstruo, su excelencia recientísima, tan reciente que es casi presente y sin serlo irá más allá, porque va yendo con más ímpetu, pupilo en la pupila de los ojos de su ministro. La cabeza duerme en un teorema comiendo ananás, despierta con la boca llena de hormigas. Cuando el asombro ya es comienzo de eternidad receta una hierba, recita y resucita un fantasma para atormentar la duración que le es debida. El pensamiento se extravía en la órbitade esa canícula cancelada por un cáncer. ¡Aquí la sustancia humana nada pensante, pesando lo que tiene de pensil! Ahí en al torre Marcfravf, Goethuisen, Usselincx, Barleus, Post, Grauswinkel, Japikse, Rovlox, Eckhout** coleccionan y correlacionan en vitrinas de vidrio los bichos y las flores de este mundo. Pero ¿no advierten que deberían pinchar al Brasil entero con un alfiler bajo el vidrio? Puedo engañarme, lo que nadie puede es engañarse en mi lugar. Se reúne el Consejo Secreto de Mauritius: los negros conspiran, avanzan quilomberos, atacan a las ges, invierten brasileros, cae el precio del azúcar, ¿o qué? ¿La ge? ¿La equis? No. Discuten especies y especímenes de flora y fauna, maneras locales de decir, posiciones de astros. Dos pesos entran por un ojo: el cero absoluto y la inmaculada concepción -dos medidas salen por el otro: movimiento continuo y destino. La unidad de medida será, en lo que respecta a las ponderaciones, la ceniza que resulta de la quema de tres gajos grandes del árbol bungue - encontrado en Ceilán una vez en la vida y otra en la muerte - recogidos en el día del trigésimo aniversario de la precipitación de sus semillas. En cuanto al criterio adulto, esperemos definirlo según los inescrutables designios de una asamblea de sabios en permanente inminencia de hacerlo. En lo que se refiere a la extensión, tómese por unidad la distancia que separa a los implicados en la santísima trinidad. El tiempo será dividido por las pautas entre un latido del corazón y el ataque de un arquero persa de veintiocho años, veterano de todas las batallas aún por venir, recogido por sorpresa por una mano en masa de mandioca rallada que nunca faltó al encuentro con su de repente, cayendo en peso sobre el pelo invariablemente dotada de la velocidad que tiene para ir desde la segunda ventana del palacio de Mauricio hasta la corola del tulipán de tres lunas, la primer pluma que cae de la cauda del ave cualcatúa, que algunos entretanto sostienen que no pasa de una leyenda no piadosa de las islas Macanas, motivo de escarnio en todos los archipiélagos circumvecinos. Una parasanga son tres mil palmos, cada palmo veinte dedos, cada dedo seis uñias, cada una una ceja levantada frente a un cilio, cada ceja dos pelos de cilicio, cada silencio un ostensorio: una paranga. Más detalles en la portería. Discute y argumenta Bizancio, ¡enemigo en puerta! ¿Cuántos ángeles en la punta de una aguja? ¿Quién metió la linterna en el culo del acomodador? ¿Cuántos insectos en una cacerola? ¿Cuántas flechas en tu cuerpo? Están comentando en los circumpélagos, fluctúa a lo largo del curso del flujo. El recurso es volver corriendo, la conversación recomienza y se atrasa, ¡mis condescendencias a título de condolencias! La velocidad de la lógica supera el límite del lenguaje, ¿detrás del lenguaje y enfrente de qué? Todo es igual al eco ¡sólo falta equiparar! Puedo ser inútil si me vendo claro, pero entiendo, y entendiendo me vuelvo entendedor de semicorcheas y dé colmenas plenas. Quién da qué hablar, ¿no da para hacer lo mismo? En un primer relajamiento se algebriza de arriba abajo. Seguidamente sucede sin conformidad. Árboles acuáticos, viveros soleados, un aura mínima, cosas delicuescentes o momentáneas, números y leyes de uno y otro día. El jazz pone en peligro el destino del clan. Como yo soy, así queda, en piedra. Quien lo hizo, en otro lugar adelanta audiciones. Sucede conforme o adrede. Insiste, siempre. Se preserva de lo real en una turrts ebúrnea: lo real va llegando, está por llegar ¡es lo que adviene! Vrijburg se defiende: ¡defiéndanse, vrijburgueses, el cerco aprieta, ajusta de cerca, alerta, alarde, alarma, atalaya! Todo tiro es susto, todo humo espanto, todo cuidado — poco caso. Se ve entre los negros de los quilombos, en las naves de carcamanes, en la cara de estos bichos: basiliscos brasileros queman la caña, entre las llamas desflían los pendones. Caerás, torre de Vrijburg, con gran ruina. Paseo entre cobras y escorpiones mi calcañar de Aquino, caminar de Aquiles. Y de esa torre de Babel, orgullo de Marcgravf y Spix, no quedará piedra sobre piedra, vendrá el matorral sobre la piedra y la piedra a la espera de una tregua se pudre y se vuelve hiedra la piedra que era... La confusión de las lenguas no deja margen para que el río de las dudas bañe de oro y de verde las esperanzas de los planes de todos nosotros: las tablas de eclipses del Marcgravft no están de acuerdo con las de Grauswinkel; Japikse piensa que es macaco el ahí que Rovlox dice fruto de los coitos rabiosos de Toupinambaoults y de osos hormigueros; Grauswinkel, perito en las mañas de los cuerpos celestes, en las manchas del sol y otras rarezas uránicas es un lunático; Spix, cabeza de selva, donde un aiurupara está posado en cada embuayaembo, una aiurucuruca, un aiurucurau, una aiurucatinga, un papagayo, una cigúeña, una tuitirica, un arará, un araracá, una araracá, un araracauga, una ararauna; ¡en cada gajo del catálogo de caapomonga, caetimay, taioia, ibabiraba, ibiraobi! ¿Vivero? ¡Eso está muerto del todo! Por ellos, los árboles ya nacían con el nombre en latín sobre la corteza, los animales con el nombre en la frente según la moda que lanzó la bestia del apocalipsis con una décima periódica por diadema, cada hombre ya nacía con un epitafio escrito en el pecho, los frutos brotarían con el recetario de sus propiedades, virtudes y contraindicaciones. Este es emético, este diurético, éste es antiséptico, laxante, dispéptico, astringente, esto es letal. Abaris cantó el viaje de Apolo al país de los hiperbóreos, mientras el dios lo contemplaba bajo el tirocinio de su vaticinio y la flecha en la cual volaba. El reloj de sol en este caso es cera que se derrite, rechaza la honra de marcar las horas, la mierda de la pereza nos entierra en arena movediza... Hasta aquí, Marcgravf; sed ego contra: Grauswinkel, Rovlox, Spix, vuestro reino no es de este mundo, vuestra patria no es Germania ni Bavaria. ¡Tu reino es el reino animal, rey: el león; tu reino es el reino vegetal, reina: la rosa; tu reino es el reino mineral, rey: el oro! Desbarranca la torre con su corona de sextantes y astrolabios hasta el último burgo de casas. Da para seguir pero nadie que leas hace lo que dice. De la multitud de pueblos se levanta un prolongado gemido confirmando lo que decían acerca del sueño del rey sus jefes. Por aquí no pasó, si cayera, no pasaría más allá del suelo. ¡Con cuántos palos se fabrican las canoas atlánticas! Si su navegar casase con la mujer al acaso, el descanso criaría raíces remontando la más alta antigúedad como un autóctono pero las lenguas estilingúes dieron ejemplos y mantuvieron las tablillas auténticas. ¿Qué adivino? El mayor ampo del astro del zodíaco de Antyczewsky... Enfréntalo con naturalidad. La naturaleza no permite que el genio de la lluvia se equivoque, moja a grandes y chicos, a secos y a mojados, moja lo exacto y lo impreciso y, si se duda mucho, hasta esta misma cuestión. Sí, ahorita, una garúa orinada. En un universo impreciso es preciso ser inexacto, decir siempre casi antes de lo dicho: "casi murió" por "lo entierran hoy"; "casi llueve", por "aprés moi, le déluge" "casi del todo" para decir que se la metió entera. Minadas de sones persiguen torbellinos de heliotropos por dentro de los cruzamientos de las cosas: respiro en esa luz un aire detenido, respiro y habiendo respirado en la rueda de ese giro paso y reparo. Cuando ya nos hayamos ido, ¿el cáncer de Brasilia engullirá todo o el núcleo de orden de la geometría de esas jaulas prevalecerá? Troya caerá, cayó Vrijburg. Lo real lleno de caries va llegando. Jamás se vio cosa igual: ningún fraude lo frustra. ¡Nada obsta el proyecto de la primera materia, ninguna carrera lo impide ni hay barrera que lo detenga! La vida se vuelve la vía. Los monstruos adulteran las vías a fuerza de tachaduras. Los bichos se burlan de los sabios: montan una pieza más perfecta que el laboratorio de la torre de cuyas efemérides es la réplica en efigie. Todo lo que el macaco tiene que hacer es legitimar los duplicados: la retentiva de un papagayo perpetúa todos los recorridos de un tatú que examina raíces en las convexidades de la tierra, la lengua del oso hormiguero absorbe hormigas que observan atentas todas las fases de la operación. La cobra escruta la recurva de las lupas. ¿Cómo llegué a pensar en esto? ¡Esta arquitectura no se justifica! La penumbra de la pereza pesa peñascos en los platillos de balanza de mi entendimiento, dormir con el rumor del azúcar que hincha los tallos de las cañas, despertar con el sostenido cascabeleo de las cobras. Lamparones de haces explotan entre las frutas, racimos de insectos y hernia. Cada marca cada vez más cerca se acerca a mi infarto, el peso impulsa cada óbice. La araña lleva de aquí para allá el tiempo que me tomó lograr el tenor de semejantes teoremas. Doy por perdido aquél instante, piedra preciosa del tesoro de las cronologías. Al fumar, la boca se llena de tierra, y la cabeza de un agua quieta. Ni una sombra de duda se refleja en el punto en blanco de mi mirabilis fundamentum que no sea indicio de la irrupción de nuevas realidades. ¿Qué signos abrieron las cortinas que separaban mis métodos de las tentaciones de los dioses de estos parajes? Para probarlos en esa piedra de toque, mi pensamiento-de-choque golpea esa piedra, y el eco es ecuación, mismidad y cotejo. Retrata, devuelve, y confiere: carniza de Narciso. ¿Sabes lo que pensé? Sí sé. ¿Vas intentar lo que no consigo? Sigo. ¿Garanto y no niego? Eco. Como resulta patente, no se pude confiar siquiera en este subproducto de las ausencias.

 
Notas

* Nassau era del signo de Géminis. Los Heeren XIX eran la asamblea suprema de la Compañía de las Indias Occidentales.

** Sabios y artistas que viajaron al Brasil con Nassau. La Torre era una mezcla de museo y de observatorio astronómico, donde Marcgravf describió el primer eclipse solar visto en el Brasil.


Nota del traductor

CATATAU (1975) es un poema epistemológico. El yo lírico, Descartes, un cierto Descartes que imagina Leminski, viaja al Brasil con un grupo de sabios holandeses. Su discurso filosófico es bañado y desmantelado por esta nueva experiencia.
Frente al caos de nuevos animales y plantas, frente a una naturaleza desconcertante, el yo lírico intenta establecer un cierto orden simplificador. La materia, en tanto sustancia, es, para el Descartes histórico, res extensa. Pero a la extensión simplificadora se contrapone, en el Descartes de Leminski, un discurso sobre las cosas y las disciplinas que se orienta según afinidades de sonidos y complicación de sentidos. Al acto de voluntad que simplifica (para dominar) se opone la mano que escribe, que admite la complicación incontrolable de los procesos reales.
Y cumple una curva, una recurva. Pensar es como respirar, una práctica con sus momentos enérgicos y sus momentos de pereza. En el yo lírico alternan una actividad heroica, enfebrecida (esgrima, servicio militar: Descartes fue soldado) con una constatación crítica del límite de las propias tuerzas y lo imposible de la empresa de explicar nuestra experiencia de las cosas. No debe hablarse aquí de nihilismo, al que Nietzsche criticaba por su indiferencia e inanidad frente a las incitaciones y a las tareas. Tal vez pueda hablarse del resurgimiento de un escepticismo que el Descartes histórico combatió en sus escritos filosóficos y que, concomitante al redescubrimiento de los filósofos escépticos griegos, permeó las letras de la época barroca. El Descartes histórico puso en escena la duda escéptica para derrotaría, el Descartes de Catatau convive con esta duda inerradicable.
La lucidez está limitada no sólo por las disyunciones copresentes (en el sentido del verso de Góngora: "duda cuál más su color sea") sino también por una amnesia que devora cada genealogía y por las imprevisibles conexiones que proyectan el discurso hacia adelante. El Descartes de Catatau es un héroe barroco que dramatiza la siguiente operación: una afirmación reductora (materia reducida a extensión) es momentáneamente vital, pero el proceso mismo de los acontecimientos (discursivos) reabre, vitalmente también, el laberinto que se presumía clausurar.
Este proceso sobrepasa, en tanto estilo, el control de un yo que se afirma, va más allá de cualquier cálculo. En este sentido puede decirse que es maquinal. Las máquinas barrocas que evoca el yo lírico (y que corresponden a las que Descartes conoció o pudo conocer) alegorizan este aspecto de la poética.
Catatau es un poema de proporciones ciclópeas (doscientas densas páginas). Es el volumen rotundo de un autor que luego se aplicó a escribir guiones y programas de televisión, novelas cortas, poemas a veces fulgurantes pero relativamente breves, y a una actividad de editor, polemista, ensayista, reseñista. Junto con Mar paraguayo de Wilson Bueno y Galáxias de Haroldo de Campos, Catatau es una piedra de toque de la contemporánea escritura del Brasil.

Roberto Echavarren