14 de marzo de 2012

Pedro Marqués de Armas





















(Salvo el perro)


Y bien que nos fijamos en el cuadro: Lenin en Smolny, de Isaak Brodsky (1930). Un perro tendido a sus pies, cuyos ojos parecen malograr la brevedad de la pausa, revelando el interior en definitiva ferozmente doméstico de los “asuntos de Estado”. Como si el rodillo de la industria fuera para el pensamiento, en esa hora de reposo, no una ilusión sino una aplanadora; y el cerebro -epítome de un músculo- hubiese sido exprimido hasta la extenuación. En cierto momento imaginé un paisaje de fondo, despoblado; pero ahora puedo corregirlo. Nada se oculta en esa superficie (salvo el perro). La única verdad que se sostiene es la cabeza, cayendo por su peso, como si en efecto se fuera quedando dormido.  


***


Varias veces pintó Deineka el paisaje más feo. Hay para escoger… Esas vacas que marchan sin nervio, incluso felices en su resignación, y que hablan más del ojo del demiurgo, capaz de anteponer un búcaro con flores, una oscuridad anodina al cielo matutino contra el que se recortan.
Cuesta creerlo. 
A este orden pertenece también El portero (1934), ejemplo de que no todo está perdido. Si bien el vuelo hacia el balón no logra ser liviano (¿y qué vuelo lo es en Deineka?) al menos promete un cumplimiento. Siempre estará al alcance de la mano, como una meta, ese balón. Y entretanto, habrá que vencer otros gravámenes: ese fondo amarillo que da miedo y ese monte convertido en mogote.
Así debió ser el paisaje al día siguiente de la creación…
Se trata, en este caso, de un “retoque decisivo”.
Al fin y al cabo, el sol se pone en la cuenca del Don.



Letatlin


Como el suyo se fue discretamente por encima del sueño del Soviet, no llegó con su torre a ningún lado. Copitos de algodón cayeron sobre las consignas y terminó Tatlin entre gallinas y pavos elaborando una máquina de vuelo (para uso personal) ¡Qué ocurrencia! Cebar de ese modo el orgullo y despertar con plumas en la cabeza.