26 de abril de 2012

Eliseo Diego





















DE LOS TERRIBLES INOCENTES


Vivía en una buhardilla y era diariamente feliz. La buhardilla tenía una ventana de vidrios gruesos, como el ojo sabio e irónico de un anciano que, a la vuelta de tanto amable zapato viejo, se hubiese aficionado al agridulce zumo de sus años. Sentado a su ventana -"soy, decía, la pupila de la casa"- miraba la extensión rojo-desierta de la azotea y, más abajo, las chimeneas de las otras casas, negras, frágiles, con sus importantes caperuzas, que acostumbraban echar con él una pipa de cuando en cuando. Tranquilos, sosegados, expelían todos a un tiempo el humo gris, y entonces era un gusto ver, arropado al fin en el humo, el aire.
Pero, ¿quién que vive en una buhardilla no es poeta? Había allí cosas, no la mesa, sino el modo de pesar la mesa con sus desvencijadas patas sobre el suelo, rozando al mismo tiempo el barro de la pared y ardiendo con luz propia en infinitas calidades de lumbre según que la encarnase una u otra hora, relaciones, cosas, en fin, que pedían con verdadera urgencia que se les inventase un nombre. ¡Ah, y qué tensa y regocijada quietud hubo el día en que apareció la primera hoja en blanco y el nuevo poeta hundió por primera vez la pluma en el tintero! Un candelabro roto sobre el lavabo pareció que se empinase y no bastaba la brisa a justificar la inquietud del sillón viejo. Hasta la ventana pareció que mirase hacia adentro con extraña esperanza.
Tiernamente le escuchaban los nombres que iba descubriéndoles, procuraban ayudarle, no permitiendo que tropezase con sus esquinas agrias, acallando como podían esos roncos quejidos que a las madrugadas, cuando agoniza la luna, el frío les arranca. Hasta una tarde en que paseaba la azotea y se acercó demasiado al borde, el muro bajo se las compuso para adivinarle el traspiés último y contenerlo a tiempo.
Pero pronto se acostumbraron a oírlo y ya se impacientaban cuando dejaba su trabajo. Cierto mediodía en que quiso salir por fresco a la azotea, se atoró y por poco se ahoga entre el humo que una de las chimeneas le sopló poderosamente en la cara.
Hubo una noche en que la hoja permaneció obstinadamente blanca. Al día siguiente fue igual, y al otro igual. Ya el continuado esfuerzo de antes lo traía flaco y débil, y al tercer día, luego de un desesperado argüir, le dio un mareo y cayó desgarrándose la frente con el filo de la mesa. Durmió mal, golpeadas las sienes de rabiosos crujidos, de pesados frotes entre la sombra. A la madrugada se despertó temblando. Tenía la sensación de que alguien lo miraba. Al centro de los cristales empolvados y ahora negros de la ventana aparecía la amarilla pupila con un helado resplandor fijo.
Como un último recurso habló de sí mismo durante siete días. Pareció que lo escuchaban con interés al principio, luego distraídamente. Al séptimo le interrumpió un ruido fuerte. La ventana se había abierto de un golpe. La casa toda bostezaba.
Resignadamente comprendió que había llegado al fin de sí, dejó la pluma inútil y salió a la azotea. El chirrido funéreo de sus zapatos le advirtió demasiado tarde. Se habían aburrido de él y se despeñaba a la calle.