4 de abril de 2012

Joseph Brodsky





















Brise marine


Querida, a última hora de la tarde puse un pie en la calle  
 sólo para inhalar el aire fresco del océano nada distante.
 El sol se consumía bajo la ceniza como un abanico chino en una galería
 y una nube levantaba su párpado inmenso, como un Steinway.


Hace un cuarto de siglo morías de antojo por los dátiles y el curry del Senegal,
probabas tu voz para la escena, abocetabas perfiles en un bloc.
Coqueteabas conmigo, pero más tarde te amalgamaste con un ingeniero químico
y, a juzgar por tus cartas, te volviste bastante imbécil.


 Te han visto en los últimos tiempos en iglesias de la capital y de provincia,
 en funerales de nuestros amigos y conocidos, ahora incesantes.
 Así y todo, me alegro de que el mundo augure todavía
 distancias más inconcebibles que la que nos separa.


 Entiéndeme bien: tu cuerpo, tu gorjeo, tu segundo nombre,
 ya casi no despiertan nada. No es que hayan dejado de echar brotes;
 pero para olvidar una vida un hombre necesita, al menos,
 otra vida más. Y yo he gastado mi cuota.


 También tuviste suerte: ¿en dónde, si no en una foto,
 seguirás siempre sin arrugas, ágil, cáustica, vivaz?
 Al dar de cara con la memoria, el tiempo se entera de su impotencia.
 Marea baja: fumo en lo oscuro y respiro hediondas algas. 






Del libro So Forth
Versión del original en inglés de José Luis Rivas