25 de mayo de 2012

Pablo de la Torriente Brau















EL HEROE

Llegamos en silencio, como ante los muertos tendidos. El maquinista tenía la enorme mano soldada en la palanca del freno, y con los ojos muy grandes, miraba como por primera vez el mecanismo inexplicable de la caldera o la insoportable angustia del paisaje. Y mientras, de sus ojos caían lágrimas, como campanadas de reloj… Dimos la vuelta con temor. Allí estaba el viejo con las manos apoyadas en la tierra, y el busto erguido ¡y con cara tranquila!… "Que den para atrás" -nos dijo- y, luego, al ver nuestro asombro, una risita nerviosa y espeluznante hirió nuestros oídos y quedó en ellos para siempre… Pensé, ante aquella muestra de valor espontáneo y tranquilo, cuan despreciables eran las hazañas famosas de todos los héroes fanfarrones de la historia. Y como si empezara a aburrirse, dijo luego, con una voz llena de urgencia: "Vamos, den marcha atrás, que no voy a estar aquí toda la vida"… El maquinista por fin hizo retroceder a la máquina, y los crujidos de los huesos rotos se oían en medio del fragor del coloso, lastimeramente, como el llanto de un niño que despierta durante una ovación en el teatro… ¡Qué profunda pena y qué profunda admiración sentí entonces hacia aquel viejecito valeroso!… Cuando el monstruo negro dejó libre el espacio entre el andén y las vías, ¿nos acercamos o fuimos atraídos? No lo sé… Ya el telegrafista estaba en pie, pálido pero tranquilo, recostado al muro de cemento, con su pierna rota en la vía, y nos dijo con calma: "Vaya, vaya, ¡por Dios!, dejen esa cara. No ha sido nada. La pierna era de palo; la original está enterrada en el campo de batalla de Ceja del Negro…