11 de octubre de 2012

Dolores Labarcena























Esperar forma parte de la fiesta, pero partir es menos tedioso que habituarse al paisaje. Y aunque el frío raspara, (en ese reducto llamado Polheim) cruzó la frontera como quien corta un huevo duro. ¡Bravo por Amundsen!, no murió de escorbuto, o por lo menos en esa ocasión. Se alimentó de mejunjes y trozos de carne cruda; un verdadero estratega. Tarde o temprano caería precipitadamente y no entre copitos de nieve. Sus restos siguieron de largo por el Mar de Barents: He ahí la guinda del pastel.

          
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Además de rostros que no te los regala una ciudad, formaban el elenco cajones y bestias de atar. Desde los ventanales, podías entrever la campiña (casi una postal), hasta que no se vio otra cosa que barracas y ruedas de pasto. Dentro, un ruido cada vez más  atroz, semejante a zarigüeyas correteando en el sótano.

Y naturalmente, mil kilómetros por delante para llegar a C.
         
Oh, mon amour, ya sin ánimos de comernos el mundo.