23 de diciembre de 2012

François Villon

















BALADA DE LAS LENGUAS ENVIDIOSAS




En una mezcla de arsénico de roca;

en trisulfuro, en salitre y cal viva;

en plomo hirviendo, para consumirlas mejor;

en hollín y pez empapados de lejía

hecha de excrementos y orines de judía;

en agua que ha lavado las piernas de leprosos;

en raspaduras de pies y calzados viejos;

en sangre de culebra y en drogas venenosas;

en hiel de lobo, de zorro y de tejón,

¡sean fritas esas lenguas envidiosas!


En sesos de gato que odia pescar,

negro, tan viejo que no tenga un diente en las encías;

de un viejo mastín, que vale igual de caro,

rabioso, en la baba y saliva;

en la espuma de una mula asmática

bien troceada con buenas tijeras;

en agua en que las ratas zambullen hocicos,

igual que ranas, sapos y alimañas peligrosas,

serpientes, lagartos y otros nobles pájaros,

¡sean fritas esas lenguas envidiosas!


En sublimado, peligroso de tocar;

y sobre el ombligo de una culebra viva;

en sangre que se ve seca en las vasijas

de los barberos, cuando llega la luna llena

y que una parte es negra, y la otra, verde cebollino;

en pupas y tumores y en los sucios lebrillos

donde las nodrizas aclaran sus paños;

en los enjuagues de muchachas amorosas

(quien no me entiende no ha visto burdeles),

¡sean fritas esas lenguas envidiosas!


¡Príncipe! coloca esos sabrosos trozos sin hueso,

si no tienes estameña, saco o tamiz,

hazlo en el fondo de unas bragas sucias;

pero antes... en excremento de cerdo,

¡sean fritas esas lenguas envidiosas!