27 de mayo de 2013

Juan Eduardo Cirlot



 














Momento

 
Mi cuerpo se pasea por mi habitación llena de libros y espadas
y con dos cruces góticas; sobre mi mesa están “Art of the European Iron Age”
y “The Age of Plantagenets and Valois”,
aparte de un resumen de la Ars Magna de Lulio.

La fotografía de Bronwyn (las fotografías) están en sus carpetas, como tantas
otras cosas que guardo (versos, ideas, citas, fotos).

Si ahora fuera a morir, en esta tarde (son las 6) de finales de mayo de 1971, 
y lo supiera de antemano, no me conmovería mucho, ni siquiera a causa
del poema “La Quête de Bronwyn” que está en la imprenta.

En rigor, no creo en la “otra vida”, ni en la reencarnación,
ni tengo la dicha (menos aún) de creer
que se pueda renacer hacia atrás, por ejemplo, en el siglo XI.

Sé que me espera la nada, y como la nada es inexperimentable,
me espera algo no sé dónde ni cómo, posiblemente ser en cualquier existente
como ahora soy ahora en Juan-Eduardo Cirlot.

Mi cuerpo me estorbaría y desearía la muerte −¡ah, cómo la desearía!−
si pudiera creer en que el alma es algo en sí que se puede alejar
e ir hacia los bosques donde el triángulo invertido de los ojos
y boca de Rosemary Forsyth
me lanzaría de nuevo a la tierra de los hombres,
porque en esta vida no he sabido o no he podido
trascender la condición humana, y el amor ha sido mi elemento,
aunque fuese un amor hecho de nada, para la nada y donde nunca.

Estoy oyendo Khamma de Debussy, que, sin ser uno de mis músicos favoritos
(éstos son Scriabin, Schönberg y otros)
no deja de ayudarme cuando estoy triste, que es casi siempre.

Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma
y de mis campañas con Lúculo, Pompeyo o Sila,
y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas
en los tiempos románicos, y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn 
cuando, entonces, en el siglo XI,
regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca.

Pero, pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto,
pues cuando era en Egipto vendedor de caballos,
ya era un hombre conocido por “el triste”.

Y es que el ángel, en mí, siempre está a punto de rasgar el velo del cuerpo,
y el ángel que no se rebeló y luchó contra Lucifer, pero más tarde
cedió a las hijas de los hombres y devino hombre,
el ángel es el peor de los dragones.


  (para D.)