3 de septiembre de 2013

Julio Mitjans

















Nueve golpes


Ese muchacho torpe,  aún no conoce el rencor, aún descansa en la donosura de
 su cuerpo,  despreocupado atraviesa la vida de otros por unos céntimos,  los 
propicios, para al día siguiente exhibir sus veinte años como una gota en la riada 
del muro,  frente al mar.

A veces en soledad escucha un danzón y vuelve a las noches en que la banda del 
pueblo le hacía soñar con una vida,  con las manos enormes de Alberto el 
tamborero, que después de la función  esperaba en lo oscuro,  en la promesa de 
unas navidades con el favor de ountolokum.

Ese muchacho que antes lo viste atravesar una calle sin pudor de sus miembros 
perfectos, aún no sabe que su belleza es un país a la deriva en la nostalgia más 
dura de los nueve golpes del danzón.






Confecciones de hilo


La inquietud le antecede, a su paso las mujeres dejan entreabiertas las puertas 
desde la oscuridad se pierden en el tranco,  la distancia que cada una quisiera   
medirle con el cuerpo. Abatidas por  la  franqueza con que dice sus nombres, en 
las noches de baile se disputan el favor de sus brazos estáticos
 sostenidos en el abismo.

Perras, decimos unas de las otras, intentando retener  la promiscuidad del hilo, 
el vértigo hacia unos pantalones que delatan; esfuerzos,  intimidad de una 
conversación sin propósitos, palabras que se esfuman a cada compás. 

Si el aburrimiento  cunde exhibimos nuestros trofeos: una mirada, el alivio de 
un peso al regreso del mercado, un leve roce en una esquina,  la bondad de sus 
actos entre los ancianos, sus dones para la carpintería,  la pulcritud, y el 
perfume de todos los días, prueba de su lealtad.

Siempre, una de nosotras escapa al embrujo,  y se consuela así misma: nunca su 
piel será nuestro abrevadero, un negro así no ha nacido para mujeres de su raza, 
válganos el misterio,  las paredes de hilo.






Llueve


Llueve, nada perturba ese ocultar los astros, por mi calle
hombres ebrios hablan del destino: nadie sabe…
lo que vemos son atisbos, posibles desencuentros no más.

Bajo  la inmensa oscuridad las miradas
alumbran más  allá  en los brazos que se abren
como  esculturas que terminan en el vacío
 llueve y el viento se esconde. Podríamos asegurarlo,
 torrentes presurosos hacia el mar.

Nadie se atreve en  el corazón de los paseantes
viejas músicas entonan los borrachos
cantos por los que ruedan lágrimas
 surcos, grafitos. Hay quien abre las manos hacia el cielo
recogiendo las sombras. Sólo mirar…
en ese destello en los astros aún permanece la luz de ayer.