4 de septiembre de 2013

Jean-Joseph Rabearivelo


















 

Y tú asistes...


El vidriero negro
cuyas pupilas innumerables nadie ha visto jamás
y a cuya chepa nadie se ha subido aún,
ese esclavo engalanado de perlas de bujería,
tan robusto como Atlas
y que se lleva los siete cielos sobre su cabeza,
parece como si el río múltiple de las nubes fuese a arrastrarlo,
el río que ya ha mojado su pampanilla.

Miles de fragmentos de vidrio
caen de sus manos
pero rebotan hacia su frente
castigada por las montañas
donde nacen los vientos.

Y tú asistes a su suplicio cotidiano
y a su labor interminable;
asistes a su agonía de hombre herido por el rayo
cuando resuenan en las murallas del Este
las caracolas marinas
pero ya no sientes piedad por él
y ya ni siquiera recuerdas que de nuevo comienza a sufrir
cada vez que naufraga el sol.





(Antananarivo, Madagascar; 4 de marzo de 1901 - Antananarivo, Madagascar; 22 de junio de 1937)



Traducción: Juan Abeleira