2 de marzo de 2014

Zbigniew Herbert: Los antiguos maestros [1]












 
Joseph Brodsky




Los orígenes del verso libre, principal instrumento de la poesía moderna, son múltiples, pero su fundamento lo constituye la reacción de los poetas, en el primer cuarto de siglo, contra la música a priori de los metros cerrados, contra su previsibilidad. Se la puede llamar una búsqueda de frescura expresiva, inspirada en el deseo de esos poetas de “hacer cosas nuevas”, para decirlo con Ezra Pound. En otras palabras, se ha tratado de una elección estética o, acaso más exactamente, de una elección de estetas. Con Herbert fue diferente. Si él es moderno, lo es no porque use el verso libre, sino porque son muy modernas las razones por las que se sirve de él.

Nacido en 1924, Herbert pertenece a esa generación de europeos que han visto el propio reino nativo reducido a escombros, sometido al robo y/o, como en su caso particular [Polonia], sometido al rublo. Tal vez con una cierta dosis de ingenuidad, los poetas de aquella generación asociaron instintivamente la poesía formal con el viejo orden social que había conducido a sus propios países a la catástrofe. Por ello buscaron la solución en una nueva forma de lenguaje, sin adornos, directa, simple. La lógica de esta orientación tenía algo en común con esa otra que provocó la Reforma: la poesía formal era vista como una Roma corrupta y cómplice. Si esta reacción estaba bien fundamentada es otra cuestión, pero sin duda la torna comprensible. De cualquier modo, algo es absolutamente claro: a diferencia de su competidor occidental, el modernismo del Este europeo aparece como históricamente justificado.

En todo caso, como ha dicho un crítico muy agudo, el modernismo de Herbert constituye en realidad un modernismo sin acrobacias experimentales. Su idioma está plasmado por la necesidad, por el esteticismo llevado a la sobresaturación por sus inmediatos predecesores y por sus contemporáneos de otras partes del mundo. En sus versos, el impulso no proviene de la extravagancia o de la búsqueda de nuevos medios de seducción, sino de la lógica inmanente del absurdo y del desencanto, de un coraje mental absolutamente único. El suyo es un verso extremadamente condensado, pero de una extraordinaria limpidez, cuya urdimbre constituye a un tiempo la prueba y la receta para la supervivencia de la integridad humana. Para decirlo de otro modo: las virtudes de esta poesía son proporcionales a la magnitud de la presión física y mental a la cual es sometido un individuo por la realidad moderna.

Pero después de toda esta charla sobre modernismo, y no obstante la indiscutible modernidad de la poesía de Herbert, hay algo en su tono, en su mezcla de ironía, desesperación y equilibrio, que impulsa la imaginación de su lector en una dirección diametralmente opuesta a la realidad contemporánea, en la dirección de la antigüedad. Y la antigüedad en cuestión es muy, muy particular: es la de Roma. Puede interesarte saber, querido lector, que casi todos los poetas modernos de peso tratan, tarde o temprano, en el curso de sus trayectorias, de establecer un cierto tipo de afinidad con uno de los cuatro grandes poetas de aquella que, sumariamente, se puede denominar la edad augustea. Siempre que, claro está, el poeta moderno no sea un italiano: entonces no. Pero si en cambio es, para decirlo otra vez sumariamente, un nórdico, las cosas son así. Podría citarte una buena cantidad de ejemplos, pero ya que estamos hablando de Herbert tratemos de no divagar.

Un nórdico propende a buscar esa afinidad cuando su suerte se parece a la de Propercio, Virgilio, Ovidio, Horacio; vale decir: si vive en un imperio o en una de sus provincias. Esto no tiene nada que ver con el mundo fantástico de los poetas; se trata, simplemente, de que los últimos dos mil años de historia europea le han otorgado a esos cuatro romanos las características de figuras arquetípicas. Francamente, querido lector, es la pobreza de la historia la responsable de todos nuestros arquetipos. De todos modos, en nuestro caso está en juego también el hecho de que Propercio (o Catulo, según algunos), Virgilio, Ovidio y Horacio, corresponden aproximadamente a los cuatro temperamentos humanos clasificados por la escuela de Hipócrates. No presumo de tener acceso a la mente de Herbert, pero no me asombraría demasiado si tal vez él se imagina a sí mismo como una especie de Horacio en versión moderna, teniendo en cuenta que a Horacio se parece en la colmada brevedad de sus versos, como así también en la capacidad de asomarse de la poesía para echarle una mirada a eso que en ella se ha filtrado como desde afuera.

Más que a subrayar la seriedad del contenido, esta técnica del anticlímax informa implícitamente al lector sobre la posibilidad de superar el drama de la propia existencia, de llevar las cosas un paso más adelante, hasta liberarse, por así decirlo, de la historia. Ya esta sola capacidad hace de Herbert un poeta de excepcional importancia ética. El contenido estético de sus poesías le provee al lector no un refugio, sino un arma. Y sin embargo sería miope reducir a Herbert al papel de combatiente de la resistencia contra el más formidable sistema de opresión política que nuestro siglo haya conocido. Ya que su verdadero enemigo es la vulgaridad del corazón humano, la cual produce siempre una versión simplificada de la realidad humana. Lo cual inevitablemente da lugar a la injusticia social en el mejor de los casos, y a la transformación de una utopía en pesadilla en el peor —y más frecuente— de los casos.

En otras palabras, sus versos tienen como objetivo la causa, no sólo los efectos: la enfermedad, no sus síntomas. Sus poemas simplemente muestran que la mayor parte de nuestras creencias y convicciones, de nuestras concepciones sociales, son de pésimo gusto, aunque más no sea por el hecho de que siempre son cultivadas a expensas de otro. No asombra que su pluma a menudo apele a la historia, no tanto para juzgarla como para ayudarnos a evitar el cliché, desde el momento en que la historia también ha producido el arte. Si es obligatorio repetirla, mejor será que nuestras vidas imiten al arte antes que a la inversa. Porque la historia, a pesar de todos sus pecados, es la madre de la cultura.



La lluvia


Cuando mi hermano mayor

volvió de la guerra

tenía sobre la frente una estrellita de plata

y debajo de la estrellita

un abismo

una esquirla de shrapnel

lo había alcanzado en Verdún

o quizá en Grunwald

(no recordaba los detalles)

hablaba mucho

en diferentes idiomas

pero sobre todo le gustaba

el lenguaje de la historia

sin parar

levantaba de la tierra a los compañeros caídos

Rolando Feliksiak Aníbal

gritaba

que era la última cruzada

que pronto Cartago caería

y después confesaba sollozando

que no le caía bien a Napoleón

lo veían

empalidecer

los sentidos lo abandonaban

se transformaba lentamente en monumento

por las valvas musicales de los oídos

le penetró un bosque de piedra

y la piel del rostro

fue sujetada

a los dos ciegos y secos

botones de los ojos

le quedó sólo

el tacto

y cuántas historias

contaba con las manos

en la derecha tenía historias de amor

en la izquierda recuerdos de soldado

agarraron a mi hermano

y lo llevaron fuera de la ciudad

ahora vuelve cada otoño

sutil y silencioso

no quiere entrar a casa

golpea el vidrio para que yo salga

nos vamos por las calles

y él me cuenta

historias inauditas

tocándose la cara

con los dedos ciegos del llanto



El pueblo


Justamente en un ángulo de esta vieja carta geográfica está el pueblo del cual tengo nostalgia. Es la patria de las manzanas, de las colinas, de los ríos perezosos, del vino áspero y del amor. Lamentablemente una gran araña ha extendido encima su red y ha cerrado las barreras del sueño con baba pegajosa.

Siempre es así: el ángel con la espada de fuego, la araña, la conciencia.



De la mitología


Al principio era el dios de la noche y de la tempestad, un ídolo negro sin ojos, delante del cual saltaban desnudos y untados con sangre. Después, en los tiempos de la república, había muchos dioses con mujeres, hijos, lechos crujientes y el trueno que estallaba inocuo. Al final sólo neuróticos supersticiosos llevaban en el bolsillo una estatuita de sal, simbolizando al dios de la ironía. No existía en ese tiempo dios más grande que él.

Entonces llegaron los bárbaros. También ellos apreciaban mucho al pequeño dios de la ironía. Lo desmenuzaban con los tacos y lo espolvoreaban sobre las comidas.



Qué piensa el Señor Cogito del infierno


El círculo más bajo del infierno. Contrariamente a la opinión común, no está habitado por los déspotas ni los matricidas, ni por quienes persiguen el cuerpo ajeno. Es el asilo de los artistas, lleno de espejos, instrumentos y cuadros. A primera vista, la más confortable sección del infierno, sin alquitrán, fuego y torturas físicas.

Durante todo el año hay concursos, festivales y conciertos. Aquí no existe la temporada alta. La temporada alta es permanente y poco menos que absoluta. Cada trimestre nacen nuevas tendencias, y nada, a lo que parece, está en condiciones de frenar la marcha triunfal de la vanguardia.

A Belcebú le gusta el arte. Se jacta del hecho de que sus coros, sus poetas y sus pintores ya superen a los celestiales. Quien posee el mejor arte también posee el gobierno mejor, la cosa es evidente. Dentro de poco podrán medirse en el Festival de los Dos Mundos. Y entonces veremos qué queda de Dante, Fra Angelico y Bach.

Belcebú protege el arte. Garantiza a sus artistas tranquilidad, buena comida y aislamiento absoluto de la vida infernal.



Elegía

                                            A la memoria de mi madre



Y ahora tiene sobre la cabeza las nubes broncíneas de las raíces

un débil lirio de sal sobre las sienes granos de arena

y navega sobre el fondo de la barca por galaxias espumosas

muy lejos de nosotros allí donde el río dobla

aparece —desaparece como una luz sobre el oleaje

de verdad no es distinto— abandonada como todos



Los Antiguos Maestros

Los Antiguos Maestros

no se preocupaban por los nombres

sus firmas eran

los dedos blancos de la Virgen

o las rosáceas torres

di città sul mare

y también escenas de vida

della Beata Umiltà

se disolvían

en sogno

miracolo

crocifissione

hallaban refugio

bajo los párpados de los ángeles

detrás de las colinas de las nubes

en la hierba tupida del paraíso

se precipitaban íntegramente

en los horizontes áureos

sin un grito de espanto

sin invocar recuerdos

las superficies de sus cuadros

están pulidas como espejos

no son espejos para nosotros

son espejos para los elegidos



a vosotros os invoco Antiguos Maestros

en los difíciles momentos de la duda

haced que pierda

la escamosa piel del orgullo

que permanezca sordo

a la tentación de la fama

a vosotros os invoco Antiguos Maestros

Pintor de la Lluvia del Maná

Pintor de los Árboles Recamados

Pintor de la Visitación

Pintor de la Sangre Sagrada





El Señor Cogito — Retorno


1


El Señor Cogito

ha decidido volver

al regazo áspero

de la patria

la decisión es dramática

se arrepentirá amargamente

pero no aguanta más

las locuciones coloquiales

— comment allez-vous

— wie geht’s

— how are you

preguntas en apariencia simples

exigen una respuesta complicada

el Señor Cogito arranca

las vendas de la benévola indiferencia

ha dejado de creer en el progreso

sólo le importa su propia herida

las exposiciones de la abundancia

lo llenan de aburrimiento

le tomó gusto nada más

que a una columna dórica

de la iglesia de San Clemente

al retrato de cierta dama

a un libro que no logró concluir

y a alguna otra bagatela

y entonces vuelve

ve ya

los confines

el campo arado

las mortíferas torres de la guardia

las matas compactas de alambre de púas

sin un crujido

la puerta blindada

se cierra lentamente a sus espaldas

y está

ahora

solo

en el cofre

de todas las desgracias



2


entonces por qué vuelve

preguntan los amigos

del mundo mejor

podría quedarse aquí

de algún modo establecerse

confiarle la herida

a un quitamanchas químico

dejarla en la sala de espera

de los grandes aeropuertos

entonces por qué vuelve

— al agua de la infancia

— a las raíces enmarañadas

— al abrazo de la memoria

— a la mano al rostro

quemados sobre las parrillas del tiempo

preguntas en apariencia simples

exigen una respuesta complicada

tal vez el Señor Cogito vuelve

para darle una respuesta

a los apremios del miedo

a la felicidad imposible

al puñetazo imprevisto

a la pregunta asesina




Carta a Ryszard Krynicki

Poco quedará Ryszard, bien poco

de la poesía de este siglo demente sí Rilke Eliot

algún otro insigne chamán conocedor del secreto

de encantar palabras de un modo refractario al tiempo sin el cual

no hay frase memorable y la lengua es como arena

nuestros cuadernos escolares sinceramente atormentados

manchados de sudor lágrimas sangre serán

para la eterna correctora como el texto de una canción sin notas

noblemente leal incluso demasiado evidente

con excesivo apresuramiento creímos que la belleza no salvaba

que conducía torpemente de sueño en sueño a la muerte

ninguno de nosotros ha sabido despertar a la ninfa del álamo

leer la grafía de las nubes

por lo tanto el unicornio no seguirá nuestras huellas

no devolveremos a la vida a la nave en la bahía al pavo real

       a la rosa

ha quedado la desnudez y estamos desnudos de pie

del lado derecho el mejor del tríptico

El Juicio Universal

hemos cargado sobre nuestras flacas espaldas los problemas

      públicos

la lucha contra la tiranía la mentira las imitaciones del sufrimiento

con adversarios —admítelo— miserablemente mezquinos

¿valía entonces la pena rebajar la sagrada lengua

hasta el bla-bla de la tribuna hasta la negra espuma de los diarios?

hay tan poca alegría —hija de los dioses— en nuestros versos

      Ryszard

tan pocos crepúsculos luminosos espejos guirnaldas ímpetus

nada más que oscuras salmodias balbuceo de animales

urnas con cenizas en un jardín quemado



cuánta fuerza es necesaria para susurrar

en el huerto de los olivos a pesar del destino

veredictos de la historia iniquidad humana — tácita noche

cuánta fuerza de ánimo hace falta para hacer saltar

golpeando en la ceguera desesperación contra

desesperación

una chispa de luz una palabra de reconciliación

para que dure eternamente la ronda del baile en la hierba

tupida

el bendito día del nacimiento de un niño y todo comienzo

los dones del aire de la tierra y del fuego y del agua



yo no lo sé —Amigo mío— por eso

te envío en la noche estos enigmas de lechuza

un cordial abrazo

                                la reverencia de mi sombra



Las encinas

Sobre la duna en el bosque tres grandes encinas

a ellas les pido ayuda y consejo

ya que callan coros y profetas

no hay sobre la tierra nadie

digno de respeto por eso a vosotras

os dirijo —encinas— preguntas oscuras

escucho el oráculo como en Dodona

Debo admitirlo sin embargo me inquieta

el ritual de vuestra procreación

—oh sabias— entre primavera y verano

a la sombra de las ramas hay un pulular

de niños y lactantes

jardines de infantes de hojitas orfelinatos de brotes

pálidos muy pálidos

más débiles que la hierba

sobre el océano de arena

luchan solos solos

por qué no defendéis a vuestros hijos

sobre los cuales el primer hielo traerá el exterminio

Por qué —encinas— la loca cruzada

la matanza de inocentes la tétrica selección

el espíritu nietzscheano sobre la quieta duna

que puede calmar los dulces lamentos de Keats

aquí donde todo parece inducir

a besos confesiones reconciliaciones

Qué sentido tiene vuestra oscura parábola

barroco de angelitos boca de blancas tibias

tribunal al alba ejecución a la noche

vida y muerte mezcladas ciegamente

pasos hacia el barroco que no soporto

pero quién gobierna

un dios de ojos acuosos con rostro de contable

un demiurgo de viles tablas estadísticas

que juega a los dados obteniendo siempre provecho

o la necesidad es tan sólo una variante del azar

y el sentido es nostalgia de débiles quimera de desilusionados

                 Tantas preguntas —oh encinas-

tantas hojas y debajo de cada hoja

desesperación



(1) Traducción de María Julia De Ruschi Crespo. “Los poemas de Herbert y la nota de Brodsky (“Lettera al lettore italiano”, que aquí se reproduce parcialmente), se han tomado de la versión italiana de la poesía de Herbert titulada Rapporto dalla città assediata, Milán, 1993.