8 de noviembre de 2007

Alessandra Molina













En la calle Real. Nueva Orleáns



Sería la pipa de algún rey,
de un príncipe de tribu.
Podía guardar el tabaco más húmedo, quemarlo lentamente.
Casi un dedal de yerba, con él se aromaba los enlaces,
duraba un holocausto. Dejaba conjurar.
Frágil, como un ombligo seco, al roce de las uñas sus pliegues de corteza
tenían lo duro del diamante, sus ángulos, su mapa
y el imposible trazo de los rostros,
las caretas de líneas.
Sería más que un lujo
y el trayecto sinuoso, la miserable pieza de un alivio
ensamblada en sus partes por anillos dorados.
Para que la aprendieran los jerarcas
en su forma de joya se ocultaba una ley:
ser madera de pipa, que no es heno,
que endurece, se pule, que se ahonda
contra un nudo volátil de pasiones,
las pasiones del hombre.
Ser madera de pipa, que resiste
y hace que el fuego vuelva siempre al fuego.