18 de abril de 2013

Rito Ramón Aroche: Las fundaciones


















Por Luis Álvarez Álvarez


Las fundaciones, el nuevo poemario de Rito Ramón Aroche (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2012), vuelve a enfrentarnos al problema esencial de la poesía, es decir, al carácter irrepetible y enigmático de cada una de sus iluminaciones. Este libro se construye desde el más intenso —y por otra parte natural en tono y en fluencia— desgajamiento verbal: nada se extraña, ninguna palabra sobra, ningún mecanismo relumbra como artilugio: palabra desgajada de sí misma, que tiene que ser sobre todo presentida, de modo que su lectura obliga a cumplir lo que uno de los versos nos describe: “La interpretación —qué estoy diciendo— viene en el agua”. Pues Las fundaciones es un libro que, como su título sugiere, alude a la construcción de un universo. En efecto, el sujeto lírico avanza tanteando, descubriendo gradualmente su mundo, del cual se apropia como quien levanta su hogar propio:

Y si aparece aun, dinos, delimitábase.
Donde se deposita.
                                 Donde.
Delimitábanse, fechas, las descripciones, dinos
bajo qué sombras.

El poemario avanza como un descubrimiento progresivo del entorno, revelado al poeta bajo una luz más grave y difusa, derivada de un diálogo soterrado del hombre con su más íntimo acaecer: “Qué heridas son esas que nunca cierran. /Del cuerpo ¿sobre las escrituras? /Ellos: La muerte de un animal. Uno: La muerte”.

El poema “La manta” insiste en la instalación de una perspectiva, un punto de mira hacia el entorno, a través del cual el poeta configura un universo propio, crecido hacia sí mismo de preguntas y sondeos: “¿Ya presumen o están?  — ¿Las vi descalzo? /Interior de las formas había escrito. /En papel colocado en una taza”.

En visión entrecortada, como entre dos lampos fotográficos, el poeta devela —para sí mismo, para nosotros— un universo entrecortado; el poema “Hechos” nos sitúa frente a la imagen facticia e inquietante de un paisaje extraño, que se confunde con el propio crispamiento interior:

Cabrillean las aguas.
Esmalte el pico de los pájaros.
Todo allí es sembradío
El humo, los puestos.
El humo se desprende.
¿Cieno? —el humo, las imágenes.

Es, ciertamente, la función de un ámbito en su más concentrada inmediatez. El sujeto lírico busca orientarse en un espacio por completo distanciado, que ahora es preciso definir, incorporar así. Hay en esta actitud soterrada una postura de contemporaneidad suma, la búsqueda de una nueva certeza para el juicio, el gesto de adelantarse para acercar un nuevo espacio del ser humano en un mundo que parecía escaparse. El tiempo mismo resulta transformado: se rescata otra vez el ritmo entrecortado en que el sujeto puede recuperar su aliento:

No es lugar que uno fije.
El día
            funde
entre insectos. Entre     lugares ya no altos.
Como
             simiente en cuerpo el día      figura
ya no es ante / la piel insana / vieran     las tibias horas.

Una y otra vez se insiste en la interiorización, pero no en términos de mera emoción o sensibilidad, sino en un tensado hacia la reflexión, un nuevo asomarse sobre el horizonte, tan maltrecho y exiguo en el milenio nuevo. En Las fundaciones se percibe una acerada aspiración de transfigurar la perspectiva y, con ella, los perfiles del mundo cotidiano:

Te construyen un mundo de su mundo.
Y qué de ciertas colocaciones.
—Tú en tu sitio.
Un mundo de su mundo te construyen.
—No hallo aquí otro sentido.
Hay un dios allá abajo amor, dicen, que paga todo.
—No hallo aquí otro momento.
Lodos, que se concentran debajo amor, dicen, junto a los lodos.

Una llamarada sarcástica aflora por momentos y arrasa con la cotidianidad más chata, con la satisfacción rumiante que se acoge a las cosas más elementales del mercado y ensombrece cualquier percepción de una vida realmente humana. Así, en “Carros viejos”, el poeta apunta con acritud:

¿Exponen sobre todo, y prueban, sus ideas?
Las expondrían mientras
hablan y pintan, remiendan, en otro patio, carros viejos.
Seca la mata de naranja, o casi.
Sombra que se empantana, a veces, entre sombras.

La rabia por la deshumanización se descarga en una entonación más alta, metafísica incluso en un poema como “El bote”, en que la angustia se proyecta a una dimensión universal y profundamente humana, con un tono de una desesperada franqueza poco usual en la poesía de las últimas décadas en Cuba:

¿El detritus algo importa?
¿Tampoco la luminosidad por estos páramos? Donde
se instalarían las depuraciones. Y polvo
en el camino, o fango. ¿Hurgan       los moradores?
El humo desasido. Moscas. Porque se ha visto
revolotear al ave carroñera, y perros, vagar por estos días.
¿También hurgan los perros? Oye, aquí voltean
tractores y camiones     —grumos. ¿Los desperdicios?
Que no llegue a la noche. Aquí se habita. De aquí…
bueno. Y sacos de botellas. Latas. ¿Viven?
El mundo es reciclable, oh Dios. ¿El mundo que creaste?

El alarido de poemas como el anterior, se asordina en retratos estremecidos del ser humano como tal, sometido al misterio y la furia de la existencia cotidiana, en la cual una persona parece continuamente amenazada, expuesta al fragor y también a la incertidumbre. Véase la fuerza afilada de “Criaturas”:

Te cubres     si era rostro acerado y manos qué
buscan y rasgan     ¿lo que pueden?
fuerzas     que no saldrían ya de ti      ni voz / ¿nadie oiría?
rostro   acerado y fresca en ese instante
la mañana.
                  Perdida manilla de reloj y bolso     en forcejeos
lo poco     que no esperabas de ti misma y quizás sobre la hierba
hacías       de las más disparatadas cosas
acerada tú misma     en forcejeos     inútiles tú misma. De mañana.

Las fundaciones marca sin duda un hito en la trayectoria poética de Rito Ramón Aroche: hay un ensimismamiento con timbre peculiar, una voluntad de hablar no solo en su nombre, sino en el de todos. Se atreve uno a pensar que este poemario, de una meditación concentrada, apunta —alto— hacia un examen de la condición humana y, también, de la existencia insular en sus ángulos diversos —obsesión por el ser, apetito de lo minúsculo diario—. De aquí la resonancia peculiar de “Gnósis”, en que puede hallarse uno de los núcleos de mayor intensidad en el poemario:

Queremos descifrar      — dijimos. Y más tarde:
Queremos—dijimos— descifrarlo. Apenas un minuto.
¿Contarlo apenas?
No sé qué tanto        de aquella superficie toca
en un día      que podíamos ser completamente
y solo     lo fuimos a intentar
cuando       ¿el frasco contra la pared? ¿Se adensa el aire?
Ufanos de aquella superficie entonces, si hay una claridad.
               Si algo entendimos.

Y, en efecto, este mínimo y denso poemario a ello se refiere: a la comprensión de un presente, a la interiorización de una perspectiva sobre el devenir humano en nuestras propias circunstancias. Hay que decir, entonces, antes estas páginas, no más que uno de los versos ya dichos del poeta: “La interpretación —qué estoy diciendo— viene en el agua”.






Tomado de Cubaliteraria, 08 de abril de 2013