21 de abril de 2013

Severo Sarduy














La señorita SS


  Severo Sarduy, según sus propias declaraciones -nunca se encontró su acta de nacimiento, a pesar de la persistente investigación a que se entregaron sus estudiosos en las sacristías de su ciudad natal- nació en Camagüey, Cuba, el 25 de febrero de 1937. Su nombre de bautismo, parece ser, fue Eleonora, aunque para los suyos, siempre fue Nora, y luego, para Gustavo Guerrero, Juana Pérez. Para ella misma, fue sucesivamente María Antonieta Pons, Blanquita Amaro, Rosa Carmina, Tongolele o Ninón Sevilla, según fueron cambiando, con el tiempo, sus preferencias cinematográficas o rumberas.
 De su infancia se sabe muy poco, fuera de lo que cuenta en su autobiografía: una penosa letanía de anécdotas banales y de terribles injusticias en un contexto de pobreza y de discriminación racial característica de las pequeñas ciudades de la provincia insular. En este testimonio, sin duda apócrifo, se presenta como una Justina moderna, cuya virtud ultrajada no podía sino convertirlo en un ser desamparado, frustrado para siempre y por definición.
 A decir verdad, en su alegato contra la sociedad de consumo, hay detalles que sólo se repitieron unos años más tarde, en ese documento, orgullo de nuestras letras y modelo de sintaxis que es El derecho de Nacer: un padre que abandona el hogar, una madre embarazada y soltera que pierde, por ello, su puesto de sirvienta; malos tratos, tareas más que humildes, violaciones, y finalmente, la casa de corrección, esa perífrasis con que se designaba la cárcel de menores o el atenuado manicomio que padeció. En unas palabras, todos “los ingredientes de la tragedia humana”, para decirlo con una frase típica de Jacques Lacan...
 En pago por los mandados y limpiezas que hacía para la patrona de una equitable casa de citas del vecindario, frecuentada por el obispo y la policía local, la casa de Raquel Vega -lástima que en tanto orden quedaran colillas por el suelo y una luz que nadie apaga; se ve cómo ganaban de fácil el dinero...-, la madame la autorizaba a que pasara algunos discos en el fonógrafo que decoraba el salón. Allí conoció a sus grandes ídolos: Daniel Santos, Lucho Gatica, y sobre todo Mirta Silva, la Gorda de Oro, de la que admiraba sobre el repertorio y las letras tan bien escritas por los mayores poetas, el “inmenso volumen sonoro y el feeling particular”.
 Fuera de todas las especulaciones a que puede dar lugar una biografía con orígenes tan obscuros, hay algo seguro: si Severo Sarduy llegó a ser cantante fue por casualidad, o porque, para citar a Claude Lévi-Strauss, “todo está escrito en el destino y el ser humano no puede más que leer”, en el sentido, claro está, que da a esta palabra el célebre grafólogo francés.
 Todo sucedió en La Habana, cuando fue a encontrar a su madre, que entonces residía en esa megalópolis cubana. Acababa de abandonar el presidio de la Isla de Pinos, donde había pasado cuatro meses por posesión ilícita de mariguana y un agravante de prostitución.
 Tenían que pagar el cuarto -aunque nimio, escrupuloso- que arrendaban en un prestigioso solar de Guanabacoa. Una noche, pasando por Marte y Belona, dió con un cartelito discreto que, con impecable ortografía reclamaba bailarinas y meseras para el encumbrado local.
 Aquel familiar speak easy era particularmente célebre por los pianistas que lo amenizaban tarde en la noche y hasta el crepúsculo del alba. El más popular de ellos era Chapotín, que encantaba a los danzantes con un estilo estridente y que, con su sombero de gala, el “bombín”, su pajarita negra a toda hora y su tabaco en la boca, conversaba con los clientes sin dejar de tocar esos arpegios que, para fortuna de musicólogos y rumberos, La Voix de son Maître tuvo el tino de captar.
 Antes de terminar el primer ensayo, el propietario se levantó y con un gesto, aunque drástico, versallesco le dijo al joven candidato que era inútil que siguieran perdiendo tiempo ya que no tenía ni las menores dotes para el baile y no daba ni siquiera un paso que no estuviera al revés.
 El pianista se apiadó. Le preguntó, al verla humillada, postergada, fânée, descangayada, soslayada y llamada a desaparecer, si sabía cantar.
 Ella respondió que conocía sólo de memoria una canción: “Un chorizo na má queda, bombo camarú”. La entonó, logrando notas de una exquisita coloratura, arabescos vocales y un vibrato que no se escuchaba desde la Malibrán. 
 Esa noche llegó, y para siempre, al cénit lírico y vocal.
 O, como escribiera años más tarde el Bárbaro del Ritmo: “Esa noche, el significante fonético/nómada tuvo su primera y/o última anagnórisis con la criolla epis temé.
 Pero volvamos a Severo. Por entonces, ganaba dieciocho pesos por semana, más las pródigas propinas que la ya naciente clase de sacarócratas comprometidos -dril cien, sombrero panamá, diamante en el meñique y tacón- le deslizaba en el atrevido escote o bajo la liga de las medias, cuando iba canturreando de mesa en mesa después del séptimo daiquirí.
 Pero ese modo de capturar la clientela masculina, cada vez más numerosa, le resulta humillante. Decide terminar de una vez y adopta esa actitud que los otros juzgarán arrogante y que le valdrá el apodo de la Duquesa o de Lady S.S.
 Graba su primer disco. Entra en un período fasto, ya que, después de las carestías del machadato, el país disfruta de una danza de millones tan inverosímil que los cabarets se multiplican; los hay en cada esquina. Tropicana deslumbra al mundo entero y los traganíqueles hacen los primeros discos por una pieza de un medio. Se convierte, de la noche a la mañana, en la gran rival de Rita Montaner. Hollywood le reclama.
 Viaja a California para participar en el cortometraje de la Paramount Symphony in Black donde interpreta uno de los raros blues de su carrera.

 Prefiero no consignar el resto de su vida.
 que es largo y tendido.
 Y que luego tornaré a contaros.


 Tomado de Vuelta, no 261, Agosto de 1998, pp. 62-63.