24 de mayo de 2013

Israel Domínguez



















Si tuviera que ser la memoria de mis hijas
comenzaría con el silencio.
Un hijo es profundidad,
un enigma al que bajamos.

Supera la figuración,
el defecto y la virtud,
el idilio de los labios que se desbocan.

Cuando mis hijas viajan
algo de mí va con ellas.

Yo las amo desde el instante
en que los primeros ojos saltaron al vacío,
desde la existencia apenas perceptible,
desde la noche en que subí el mosquitero
para ver si respiraban,
ahora que me abrazan y se refugian en mí.

La memoria de mis hijas se ramifica.
La distancia entre ellas y yo se ramifica.
El amor, eterno y extraño, se extiende
entre cielo y bosque.





Cuba, Villa Clara, 1973.