8 de marzo de 2014

Mark Strand

 


















Yo había sido un explorador polar

En mi juventud, yo había sido un explorador polar
y pasé innumerables días y noches congelándome
en un lugar blanco y luego en otro. Con el tiempo,
dejé mis viajes y me quedé en casa,
y ahí creció dentro de mí un súbito exceso de deseo,
como si un rayo de luz de los que brillan
adentro de un diamante me surcara.
Llené una página tras otra con visiones de mi vida,
crujientes mares de hielo compacto, glaciares colosales
y el blanco fustigado de los icebergs. Entonces me detuve,
ya sin nada que decir, y dejé que mis ojos descansaran.
Casi al instante, un hombre con sombrero y un abrigo oscuro
apareció bajo los árboles que están frente a mi casa.
Su forma de mirar directamente enfrente, su forma de pararse,
sin cambiar de apoyo, dejando que sus brazos gravitaran
a los lados, me sugirieron que lo conocía. Pero,
al alzar mi mano para saludarlo, dio un paso atrás,
se dio la vuelta y comenzó a desvanecerse,
como el deseo se desvanece hasta que nada queda de él.