25 de septiembre de 2014

Cristina Garcia Rodés

 















VEDASPACE

                                                                                                       Irene te invita  a café


A mi derecha la máquina de escribir, ladeada para que no ocupe espacio y se haga notar. En ella la hoja en blanco que pide a gritos el masaje continuo y excitante que, como mínimo dos horas diarias recibe el resto de sus compañeras.

No dejo de mirarla. Me tienta su virginidad, la sutil provocación: a pesar de ser mi presa, entre el rodillo y la barra sujeta papel, se relaja, reclina y amolda entre ambos.

Insiste, me sigue tentando. Logro desviar la mirada en el cenicero de mi izquierda –amarillo, áureo resplandor que entorpece la visión del resto de mi cercano panorama-. Gustosamente redondo y cóncavo en superficie. Tan sólo una estrofa de cuyos versos aún no he conseguido esta lúcida mañana, desgranar significado alguno:

“Absurdo mi silencio,
te lo cuento:
las formas no son tales,
son pretextos.
Te veo:
Eres uno de ellos…”

Ciertamente absurdo, quizás por ello lo escribí, hace ya dos noches, sumergida en no sé qué mundo, tal vez se haya inventado para mí, sin ninguna explicación lógica. ¿Acaso alguien tiene hoy explicaciones lógicas sobre algo? Y… ¿para quiénes?

De nuevo la Venus revestida en moldes de plástico. Sigue ahí, desafiante, mientras me apunta la palanca de interlineación. Consigue turbarme, cincuenta ojos acecha y uno de ellos vale por quince. Me rindo y enciendo un cigarrillo, me dispongo sobre mi joven e ilusa virgen, como si de una ofrenda de los Dioses mismos se tratara…

Clic, clac, clic, clac: bienvenidos al café de Solsona. Situado estratégicamente a cinco minutos de la facultad de bellas artes, tal vez a quince de la galería, patrimonio de no qué banco.

La verdad, últimamente sólo me fijo en el galerista y en la cronología de las obras expuestas, mirando de asociar acontecimientos de una época que pudieron motivar al autor a reflejar la locura, calma, muerte o belleza. Intentaba conocer y comprender el cuadro, más allá de lo que los libros me pudieran ilustrar.

Aparentemente humilde, con necesidad de alguna reforma, como instalar un servicio de señoras ya que son diarios los farfulleos de los clientes sobre la puntería de algunos de los que aquí concurren.

Una fría barra de mármol. Tazas de café esperan su turno, dispuestas de azucarillo, cucharilla y plato desconchado. Otras tantas aguardan amontonadas en el fregadero. En una de estas descubro el carmín reseco de unos labios.

Son las seis y media, hora punta en la tarde. El espacio reservado para camareros, se pierde entre la multitud de codo, carpetas, paquetes de tabaco y servilletas estrujadas que no han sido más que la diversión de un crío, que no paró hasta que mamá le llamó la atención o simplemente se terminó la carga del servilletero.

Encajan de forma que casi resulta esotérica su presencia en este lugar. Algún que otro intelecto, cazador de musas, bohemio sediento de tertulias de viejo café… y así continuaría mentando tipos de hombres y mujeres que frecuentas lugares como este –más de pompa, unos, otros de lo más austero rozando lo ordinario- en busca de aquellos tipos decadentes, antihéroes, bellezas soterradas, almas en pena… que complementan el suyo.

En un círculo de ambigüedades, frustraciones y demás dilemas existenciales, no se conforman con el “yo soy de tal modo” sino que intentan fundirse como un “tú eres de tal otro”, para compensar su inhibición en un “observo y aprendo”.

La abuela de mirada gris, toda ella una pincelada decadente, guarda, en unas manos agasajadas, unos paquetes de cigarrillos. El celofán que los envuelve está húmedo y opaco por el transpirar de sus manos, desvaídas por los años, el frío y la pobreza.

Escenas como éstas se producían a menudo, quizás demasiado a menudo, pero tenían un matiz romántico y crudo a la vez. Era una perfecta armonía de contrarios como todo lo que sucede, observa, comenta, discute, entra y sale de este café.

Heráclito afirmó que tal armonía era engendrada por la discordia, la diversidad de temas, educación, clase y carácter de cada uno de los sujetos. Accidentales o clientes, bien podrían ser la causa de una tercera guerra mundial. ¿No hubo ya una segunda… y quién sabe si por razones parecidas?


La armonía de todo lo que sucede, comenta, discute, entra y sale de este café reside en que a la hora de observar, discutir, entrar o salir, todos coinciden en el viejo Café de Solsona.