24 de septiembre de 2014

Kim Ki-taek
















El chicle


Un chicle que alguien ha masticado y tirado.
Conserva claramente las huellas de los dientes.
Masa pequeña y redonda
que lleva arrugada en los pliegues de su pequeño cuerpo
huellas de dientes, grabadas
unas sobre otras y otras sin fin,
sin tirar ni borrar ninguna.
Dentro de esas innumerables huellas,
ahora vive en silencio sus horas de fósil.
Aunque ha sido machacado una y otra vez
con la fuerza que desgarra la carne y destroza la fruta,
no ha terminado de machacarse
y menos todavía se ha desgarrado ni destrozado.
Su tacto suave como la piel,
su textura elástica como la carne,
y su blanda flexibilidad de brazos y piernas que resisten
(bajo los dientes
despiertan los lejanos recuerdos de carnicerías olvidadas.
El chicle ha jugado con esa sangre, esa carne y ese hedor,
Ha soportado en su cuerpo
todo el instinto asesino y la hostilidad inscriptos en los
(dientes desde el inicio del mundo.
Después de que trituraron, molieron y aplastaron todo
(lo que quisieron,
los dientes se agotaron primero
y dejaron irse al chicle a pesar suyo.





El crematorio


La chimenea tiene colgado un humo amarillento.
Para no desprenderse de la chimenea
para no convertirse en aire,
el humo se aferra fuertemente
con sus dedos gaseosos.
Se agita como una bufanda
en el cuello de la chimenea,
que tiene un gran vacío en lugar de cabeza.
Aunque ha estado todo el día absorbiendo en lo oscuro
(y largo agujero
con la cabeza metida en la bocaza de la chimenea,
el humo sigue en su lugar
sin que haya engordado ni engordado en lo más mínimo.
Cuando termina un llanto, empieza un nuevo plañido,
cuando parte un coche fúnebre, llega otro nuevo,
el humo sigue fuertemente aferrado como una chimenea
(clavada en el suelo.